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La legalización del aborto no es una cuestión moral

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aut_6002BisHe aquí la mejor respuesta que pudimos encontrar a la reciente declaración de una trentena de curas, obispos y misioneras villeros titulada  “Con los pobres abrazamos la vida”, que es una declaración de guerra contra la despenalización del aborto y el proyecto de ley  garantizando el aborto legal, seguro y gratuito para las mujeres que decidan interrumpir el embarazo durante las primeras 14 semanas del proceso gestacional, depuesto  recientemente en el Congreso argentino.

Esta declaración es un monumento de mala fe y de demagogia de puro marco jesuítico y bergogliano. No es acaso si sale ahora, a pocos días de la “Marcha por la vida”, prevista para el 25 de marzo en Buenos Aires y otras ciudades argentinas. Nacida en USA en 1973, después del fallo de la Corte Suprema despenalizando el aborto, la Marcha por la vida se ha hecho mundial, de Perú a Alemania. La última marcha en Washington, el 19 de enero pasado, les abrió las puertas del Paraíso a los participantes: en efecto el arzobispo de Washington anunció que  “en virtud de la autoridad otorgada por nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, una indulgencia plenaria puede obtenerse en las condiciones habituales por los fieles cristianos que son verdaderamente penitenciales y movidos por la caridad, si participan en las celebraciones sagradas junto con los fieles reunidos a lo largo de todo el evento anual llamado ‘March for Life’”. No se sabe si eso vale también para los fieles argentinos: los caminos del Señor son inescrutables.-Tlaxcala

No hay que discutir si el aborto está bien o mal. El debate, como dice la norma, tiene que darse por la legalidad.

El problema de la discusión sobre la legalización del aborto es que, desde siempre, los discursos de quienes se oponen giran en torno de una mentira, o al menos de una falacia lógica. Discutimos sobre un objeto específico —si el aborto debe ser legal o no— con argumentos que se refieren a otro objeto absolutamente diferente: si el aborto está “bien” o “mal”. Y de esa falacia surge otra discusión igualmente inconducente: hacemos de cuenta que, dependiendo de si se legaliza o no, habrá o dejará de haber abortos, o habrá una cantidad mayor o menor. Esas dos distorsiones transforman una discusión sobre política pública en debate moral sobre un dilema ficticio.

La legalización del aborto no es una cuestión moral: no es sobre estar a favor o en contra “de la vida”. Tampoco es una discusión científica o filosófica sobre cuándo comienza la vida, ni sobre si un feto de ocho semanas es lo mismo que un bebé. La discusión sobre la legalización del aborto ni siquiera es una discusión sobre el aborto, ya que el aborto es un hecho y no una discusión.

En una entrevista publicada por el diario Clarín, el ministro de Salud de la Nación, Adolfo Rubinstein, respondió honestamente con datos del mundo real: “Está demostrado que en los países donde el aborto es legal la cifra de abortos que se hacen no es mayor que la de los países donde es ilegal, es decir, no aumentan por ser legales. La gran diferencia es que en esos países se ha reducido drásticamente la mortalidad materna”. En Argentina, explicó el ministro, los abortos inseguros son la principal causa de mortalidad materna: 18%.

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La deshonestidad argumentativa de quienes tratan de transformar una discusión sobre cuál es la mejor política pública para la realidad del aborto en una discusión moral sobre su práctica no es nada original. Es el mismo recurso usado en otras discusiones que, por ese motivo, son erróneamente clasificadas como "temas morales" de la agenda política. Voy a dar cuatro ejemplos: el matrimonio igualitario, la adopción de niños por parejas del mismo sexo, el reconocimiento de la identidad de género de las personas trans y la legalización de las drogas.

Cuando discutíamos el matrimonio igualitario, quienes se oponían hacían de cuenta que la discusión fuese sobre si está "bien" o "mal" que existan parejas del mismo sexo, sobre si la homosexualidad es moral o inmoral o sobre si la ley debería incentivar o cohibir la existencia de ese tipo de relaciones. Es más que obvio que se trataba de una falacia. Las parejas del mismo sexo existen y continuarían existiendo con o sin ley. La aprobación del matrimonio igualitario no iba a aumentar o disminuir su cantidad, ni podría incentivar o cohibir la homosexualidad, que ha existido en todos los tiempos, continentes y culturas a pesar de siglos de represión. La homosexualidad tampoco es una cuestión moral, sino una de las posibles orientaciones sexuales que construyen la diversa sexualidad humana. No es mejor ni peor, ni más o menos normal, del mismo modo que no lo es ser blanco o negro. Y ninguna ley puede cambiar eso.

Sin reducir la sexualidad humana a la biología, ya que se trata de un fenómeno mucho más complejo, lo cierto es que discutir si es "moral" la homosexualidad es tan ridículo como discutir si es "moral" la melanina.

El Roto, España

La discusión tampoco era, como insistía la Iglesia, sobre estar "a favor de la familia". Vean la similitud de los argumentos: a favor de la familia, a favor de la vida. Ninguna familia formada por parejas heterosexuales fue perjudicada por la ley de matrimonio igualitario. En todo caso, esa ley fue "a favor" de las familias que, hasta entonces, estaban excluidas de la protección del Estado y discriminadas de forma injusta y humillante por la ley.

Lo mismo sucedió con el debate sobre la adopción. Antes de la ley, ya había miles de niños con dos mamás o dos papás. Esas familias ya existían y es un punto pacífico entre los especialistas en infancia que no había ningún problema con ellas. Lo único que la ley cambió es que ahora esos chicos, cuya existencia fue oficialmente reconocida, pasaron a tener los mismos derechos que los que tienen un papá y una mamá. Sin la ley, continuarían teniendo padres del mismo sexo, pero se quedarían sin obra social, herencia, etc.

¿Y qué pasó con la ley de identidad de género? Los opositores hacían de cuenta que el debate era sobre si era "posible" que las mujeres trans usaran nombre de mujer y los hombres trans, nombres de hombre, si estaba "bien" o "mal", si eran "realmente" hombres o mujeres. La polémica recordaba las palabras de Crátilo en el clásico diálogo de Platón sobre los nombres, cuando aquel le dice a Hermógenes que él no se llama así aunque ese sea el nombre que todos usan para llamarlo.

Durante diez años, antes de la aprobación de la ley, Marcela Romero esperó que un juez finalmente le permitiera usar ese nombre en su DNI. Pero la discusión nunca fue sobre si Marcela se llamaba Marcela. Ella ya se llamaba así y ese era el nombre por el que todos la conocían y el único que la hacía sentirse adulada cuando alguien la llamaba. La ley no podría cambiar eso, pero podría darles a miles de Marcelas un DNI con el nombre que las nombró toda la vida, para evitarles miles de problemas, trastornos y humillaciones hasta en situaciones tan simples como ir al médico, votar o buscar trabajo. Si la ley no se hubiese aprobado, Marcela igualmente iba a continuar llamándose Marcela, aunque su DNI no lo reconociera.

Por último, sucede lo mismo con el debate —que aún no hemos dado por completo en la Argentina— sobre la legalización de las drogas. Todos los argumentos de quienes se oponen parten de la misma mentira: hacen de cuenta que la discusión fuese, por ejemplo, sobre si fumar marihuana está "bien" o "mal", si es recomendable o no, si debemos permitirlo o impedirlo. Se recurre a un dilema ficticio, como si la prohibición impidiese que la marihuana sea cultivada, procesada, comercializada y consumida.

Sin embargo, aunque sea ilegal, todo el mundo sabe dónde, cómo, a quién y por cuánto comprar un porro. Y la política de prohibición no ha disminuido el consumo ni un poquito, al contrario. Ha provocado, sí, muchos problemas realmente graves.

¿Entonces, sobre qué es realmente la discusión? Si la marihuana (u otras drogas hoy ilícitas) fuese legal, no se consumiría más que ahora. Hay muchos datos empíricos que lo confirman alrededor del mundo. Pero sí cambiaría lo siguiente, por ejemplo: la marihuana consumida sería de mejor calidad porque pasaría por controles, su envase traería información sobre su composición y efectos, podrían establecerse reglas para su comercialización —que, por ejemplo, harían mucho más difícil el acceso de los menores—, habría recaudación de impuestos, los vendedores no estarían armados, ni se enfrentarían a tiros con la policía, las organizaciones criminales dedicadas al tráfico quebrarían, disminuiría la violencia y gastaríamos menos en cárceles y armamento policial. La experiencia de la "ley seca" en los Estados Unidos (¿se acuerdan de Al Capone y Eliot Ness?) es un buen ejemplo de lo que realmente estamos discutiendo.

Lo mismo pasa con el aborto.

Si abortar está bien o mal es una cuestión interesante para la filosofía, la religión o la ética, que podemos continuar analizando. La discusión sobre cuándo comienza la vida también continuará ocupando a esas y otras disciplinas, como la biología. Son debates interesantísimos, pero no va a resolverlos la Cámara de Diputados ni el Senado.

La legalización del aborto no tiene nada que ver con la posibilidad del aborto —otra vez, hablo de un dato empírico incuestionable—, ni con sus implicaciones éticas, religiosas o filosóficas. El aborto es un hecho de la realidad: miles de mujeres lo practican todo el año, cada día, en todo el mundo. Con educación sexual para decidir y anticonceptivos para no abortar, como reclaman miles de mujeres, tal vez se reduzca de verdad el número de abortos, pero el número continuará siendo alto, por motivos que no dependen del Código Penal.

Lo que estamos discutiendo es si las mujeres que quieren interrumpir un embarazo por algún motivo y no tienen dinero para pagar una buena clínica clandestina o comprar misoprostol en el mercado podrán recurrir a la salud pública para abortar en condiciones seguras y no poner en riesgo su salud y su vida. Esa es la única cuestión que realmente depende de la ley que el Congreso tiene en sus manos. Los políticos que dicen que están en contra de la legalización del aborto porque están "a favor de la vida" son simplemente unos mentirosos que usan una falacia moral para evitar un debate político necesario y urgente.

Porque, si la discusión sobre la legalización del aborto no es una cuestión moral, hay un aspecto concreto del problema, el único verdaderamente relacionado con la vida real, que sí debería provocar una reflexión ética sobre las políticas públicas de salud. La prohibición del aborto no impide el aborto ni reduce su número, pero condena a miles de mujeres pobres a la muerte, además de negar un servicio público de salud que es objetivamente necesario. Y ahí no hay discusión filosófica que valga, ni controversias morales, religiosas o biológicas sobre esas mujeres que se mueren: son todas ya nacidas, nadie duda de que se trata de vidas humanas y, en ese caso, sí podemos salvarlas.

Eric Drooker

Bruno Bimbi

Fuente : Tlaxcala, 19 de marzo de 2018

Traducciones disponibles: Français

 

Palabras clave:Despenalización aborto  Argentina  Derechos mujeres  Abya Yala  Bruno Bimbi  

Actualizado ( Domingo, 25 de Marzo de 2018 16:36 )  

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