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El aplaudidor

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Juan Manuel RocaHay que verlo. Es un tipo singular. Como pocos. Hay hombres que caminan por el aire en una cuerda tensa entre altos campanarios sin llamarse Zaratustra y resultan verdaderos ejemplos de rareza.

Hay otros a los que llaman tragaldabas porque todo se lo comen, inclusive las palabras cuando tienen que decir algo verdadero y hasta cuando quisieran pedir auxilio, atragantados por la espina de pescado de una palabra que no entienden.

El AplaudidorBis

"El aplaudidor", Ron Ian Waska, Oleo sobre tela, 70 X 50 cm

Hay, y todos lo saben, los peritos en mirar y controlar un pluviómetro. Estos hombres de campo hablan de las estaciones como lo haría un mago de sus hechizos. Hasta cuando lloran llevan la cuenta de sus lágrimas como dicen que hacía Nerón con las suyas, que sin duda eran de naturaleza divina. Los controladores de pluviómetros ejercen su labor dos veces al día desde los griegos, hace la nada de 500 años antes de la llegada de Cristo.

Pues sí. Hay grandes hacedores de agujeros en el agua, como llaman a los ociosos los burlones y diligentes esquimales del “país de las sombras largas”. En esos paisajes albinos una sola noche dura seis meses y mientras pasa, pueden dedicarse a limpiar arrumes de pescados con su cuchillo glacial. En materia de oficios hay gente para todo.

Pues bien. Entre tantas rarezas en ejercicio, como la de los cazadores de nubes del páramo o los contadores de sílabas y versos, nadie me sorprende más que el aplaudidor de oficio.

Este hombre no parece distinguirse en nada de los demás cuando está solo. Ah, pero cuando está en rebaño revela su profesión de aplaudidor, su pasión y paroxismo. Hasta podría decirse que así como hay virtuosos del violín o el clarinete, del clavecín o la viola, los hay del aplauso, de un feroz palmoteo que llevan engatillado a los teatros.

Intentaré describirlo. Posee un habla untuosa, una lengua pringosa, conoce bien unas palabras al dente que deja caer en las solapas del aplaudido como si le entregara una provisión de maná o agua bendita. A veces, impaciente, aplaude a destiempo. Cuando lleva las manos en los bolsillos muy seguramente se le agitan con ganas de salir de esos pequeños agujeros negros y aplaudir, aplaudir, aplaudir sin descanso, no importando la naturaleza de lo aplaudido.

En verdad, en mi país son muy vistosos estos ejemplares de la fauna cortesana. Un amigo me dice que esos lamedores de suelas están en todo el derecho de paladear adulaciones, así como otros lengüetean helados de fresa.

El aplaudidor sueña con tener un juego de manos de todos los tamaños para abrirlas y cerrarlas a compás, como quien junta dos sonoras panderetas. A veces logra coptar a otros aplaudidores que van por las salas convocados al santo y seña de una devoción por la lisonja. Y entonces es la apoteosis. La extensión de los aplausos mide lo que no podrán recibir de parte de todos los públicos del futuro.

Aduladores en ejercicio permanente, así se pasan la vida, los días que unos tras otros son granados. Hay que verlos haciendo calistenia, calentando las palmas de las manos antes de que empiece el recital de turno, la serenata, el ballet, el discurso, la conferencia o el concierto.

Resulta mucho más frecuente que triste su ritual. Hay que verlo, muy seguro de sí, medrando por las pasarelas del mundo y derrochando sonrisas y abrazos a órdenes del dios de los Tartufos.

En verdad, no necesita que alguien cante, baile o toque un fagot para ejercer con disciplina su oficio. Para el aplaudidor de oficio, el mayor intérprete de la noche es quien toca una estruendosa sonata para gritos y aplausos. ¡Ay!, cómo se duele de no tener más de dos manos para aplaudir.

Juan Manuel Rocapara La Pluma, 23 de abril de 2017

 

Juan  Manuel Roca (Medellín, 1946). Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 17 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán. Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003).  Premio Nacional de Poesía 2004 del Ministerio de Cultura. Colaborador de La Pluma.net.

 

Textos y poemas de Juan Manuel Roca Publicados en La Pluma


 

Actualizado ( Martes, 25 de Abril de 2017 20:07 )