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Doña Rosa y el sapo que sorbe mi sopa

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reinaldo-spitalettaBisProfesores de los días felices (4)

La cartilla era ella, vocálica, mimadora (“mi mamá me mima”). Los primeros asomos al encanto. Ella, con su voz de contadora de historias, nos abrió las puertas del hechizo. Con la palabra nos acercó a los dioses, que también son palabra. Nos hizo iguales a ellos. Nos regaló el fuego. Era, al recitarnos el abecedario, como una reencarnación de Prometeo. Nos metió en ritmos y rimas y aliteraciones (“ese sapo salta a mi mesa”). ¿Quién aunque no sea memorioso podría olvidar a la primera maestra? ("yo mimo a mi mamá").

 

 

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Jugando a maestras, pintura de Theophile-Emmanuel Duverger (1821-1901)

Nos dijo los números. Con ella, de la mano y de imaginación, recorrimos los primeros mapas. Tenía la voz del río. Era pájaro. Y cielo. Cometa. A veces, se paraba sobre una nube. Y cantaba. Canciones simples para adorar vírgenes de mayo florido, o para sentir que con las palabras uno podía crear el mundo, las cosas.

Había -ella la cantaba- una canción que tenía músicas del Elíxir de amor, de Gaetano Donizetti. Hablaba de la escuela, del retorno a ella. De vergeles y palomas. Del anhelo de saber. Se nos abrían las puertas del cielo. Doña Rosa, sí, doña Rosa, con hoyuelo en el mentón y el sol en el pelo, ensayaba cuentos de su cosecha. Elementales. Y los decía con todo el cuerpo. Un día, uno de piratas. El siguiente, de mambrúes criollos, qué horror, qué pena, que las guerras estaban ahí, pero no sabíamos. Después, el del enano que se subía a la mesa a hacer piruetas. Y así, infinita ella.

Ah, y el tablero era ella. Y la tiza. Nos pintaba, a su modo, los héroes de una presunta patria, patilludos, militarescos. Generales. Mariscales. “Simón Bolívar nació en Caracas”, y nosotros agregábamos: “en un potrero de siete vacas”. Nos enseñó la risa. Y nos puso a volar con el cóndor del escudo. Doña Rosa se volvía bandera. Era Moisés guiando a su pueblo, cuando hablaba de historia sagrada. Era Eva. Era Adán. Manzana. Sin pecado original. De alguna manera, nos insinuó la desobediencia, esa virtud hoy venida a menos. (“Las unas gordas, las otras flacas, las demás llenas de garrapatas”).

Más allá del sapo que sorbe mi sopa, más allá de aquella Susana que lava la lana, metidos en la cartilla, estaba ella. Repartida. Era más que el sonido de las letras. Más que todas las sílabas y las solfas. Era uva. Osa mayor. Era estrella.

Se volvía jardín cuando hablaba de flores, y pájaro cuando nos regalaba las alas. En la cartilla estaban el aro, el elefante, la iguana, el oso, la uña. Y las vocales, enormes, bien pintadas. Pero ella era más que una sucesión de letras. A veces, era Blanca Nieves. O Cenicienta. O Rin Rin Renacuajo. Érase una vez. Muchas veces. Doña Rosa estaba en todas las fábulas, en todas las geografías, en todos los astros.

Pertenecía al plural asombro. En ella hubo algo de nido, algo de ninfa y mucho de maga. Aunque nunca sacó palomas del escritorio, ni conejos de los bolsillos, era capaz de hacer entrar el arco iris al salón (era un aula amplia, de altos techos, por las ventanas se colaba bastante cielo). Nos traía la montaña lejana y el vallecito. Con ella, el universo estaba al alcance de la mano.

No sé si entonces a todas las doñas Rosas les demoraban los sueldos (creo que sí); no sé cuántos hijos tenía, ni si tuvo alguien que le llevara serenatas. Nunca supe en cuál barrio vivía. Ni si lloraba por alguna ausencia. Porque, más que todo, era pura risa. Era la alegría de enseñar, de sentirse útil, de transmitir emociones y pensamientos a la chiquillería.

Había un dejo de mamá en su actitud. Y también de diosa. Ahora, desde el balcón del tiempo, la miro y me parece ver en ella a una niña. Porque doña Rosa nunca perdió la infancia: la recuperaba en cada relato, en cada lectura, en cada recitación. Tenía un enorme talento para ganarse la atención del otro. Creo que, en el fondo, había en ella una especie de Scheerezada, de narradora extraordinaria con la facultad de hipnotizar al auditorio.

Doña Rosa es ahora como una vieja canción, de esas que cada vez que suenan renuevan su belleza. De esas que uno tararea para sentirse acompañado. O para devolverse en la historia. La cartilla, con sus payasos y enanos y trapecistas (tenía la magia del extinguido circo), era ella, tan mimosa, tan hada. Tan de nosotros. Doña Rosa, sol-luna, no estaba hecha para los olvidos.

Alegria_de_leer

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 15 de mayo de 2018

 

Editado por María Piedad Ossaba

Artículos, ensayos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma



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Actualizado ( Lunes, 21 de Mayo de 2018 16:15 )  

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