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Gardel, a ritmo de candela

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reinaldo-spitalettaBis(El accidente, los dientes del Zorzal y el viaje hacia la gloria)

La temperatura era primaveral (hacia las dos y treinta de la tarde, veinticuatro grados centígrados) en Medellín, el 24 de junio de 1935. Día brillante. Cielo azul. En el campo de aviación Las Playas (todavía nadie se acostumbraba al nombre oficial de Olaya Herrera), ya estaban dispuestos dos trimotores Ford, uno de la compañía colombo-alemana Scadta y otro de la Saco (Servicio Aéreo Colombiano), para su próximo despegue.

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El F-31, de la Saco, piloteado por el colombiano Ernesto Samper Mendoza, de 33 años, con 12 personas a bordo, comenzó su carreteo hacia el sur por la pista destapada, de tierra y cascajo, del aeropuerto a las 14:43 (y aquí el tiempo, ese que algún poeta calificó como “la única verdad”, comienza a ser relativo), transitó unos cien metros. Después, se volvió para tomar impulso. Unos cañaverales sembrados en el campo de aviación se mecían. Había viento cruzado, suroeste, sostenido y alto.

De súbito, el avión de Saco se desvió de su ruta terrenal y colisionó con el Manizales, que estaba listo para emprender sus maniobras preliminares de despegue. Tras el choque, hubo una especie de silencio de espanto, tal vez más en los que atestiguaban el histórico accidente, que en los que ocupaban los trágicos aviones. El impacto invirtió las naves. El Manizales quedó ligeramente por debajo del de Saco. Del F-31 escaparon por las fisuras que tenía el fuselaje, en la parte trasera, varios pasajeros.

Y tras el instantáneo silencio, el incendio se desató. Algunos espectadores se tapaban la boca para contener los gritos. Las llamas no permitieron a nadie acercarse a menos de cincuenta metros de la conflagración. Ahí, en medio de las lenguas de fuego, se achicharraba el Rey del Tango, Carlos Gardel, que once días atrás se había presentado en el Circo Teatro España, en tres funciones el 11, 12 y 13 de junio, con un éxito de taquilla quizá antes jamás registrado en Medellín. Los boletos costaban así: Palco, un peso;  Luneta, sesenta centavos; y General, veinte centavos (en aquellos días, un dólar se cotizaba en un peso y ochenta y cuatro centavos).

El piloto del F-31, Samper, que como caso curioso tenía dos mascotas de nombre Whisky y Soda, había llegado temprano a Medellín. Se fue al Club Unión a desayunar, y en el avión a su mando que debía partir hacia Cali en la tarde, y que desde Bogotá pilotaron dos norteamericanos, solo tenía diez horas de vuelo. Cuando chocó su aparato contra el Manizales, el avión donde viajaba Gardel apenas levantó la cola en los primeros metros del carreteo y después se asentó. El piloto, que murió al instante, se encontró tras el accidente aferrado a la palanca de comando de la aeronave.

Se podría decir que el tiempo se detuvo en el momento del accidente. Gardel comenzaba su viaje hacia el mito y hacia la historia. Su reloj se frenó en las tres y siete; el de otro pasajero, en las tres y diez, mientras el del F-31 se paró a las tres y treinta  (tal vez, como señaló un médico forense, siguió andando hasta que el incendio lo dañó).  A los siete minutos del desastre, los bomberos arribaron al lugar. Y el incendio lo controlaron veinte minutos después. La temperatura en la ciudad seguía siendo agradable.

Cuando Gardel se embarcó en el F-31 en Bogotá, vestía un traje oscuro, sombrero gris tipo Orión, bufanda de seda, abrigo café, chaleco de cuero con forro de seda, relleno de plumas.  Su cadáver se halló en posición decúbito ventral bajo las válvulas de un motor. Su pasaporte, que se encontró casi intacto, protegido por el chaleco, decía que nació en Tacuarembó, Uruguay, de 48 años, nacionalizado argentino. Entre sus pertenencias, estaba una cadena de oro con la inscripción “Carlos Gardel-Jean Jaures 735-Buenos Aires”, que contribuyó a su identificación lo mismo que el estado de sus dientes.

Y en este punto viene el cuento de la dentadura. Tenía algunas piezas de oro, metal que resiste las altas temperaturas. Un estudiante de Medicina de la Universidad de Antioquia, de segundo año, Jaime Rodríguez, al que le correspondió “arreglar” el cadáver del artista se quedó admirado con los dientes áureos, porque él los había visto en los “montañeros” de Medellín, que se hacían forrar su dentadura en oro para enamorar a las muchachas. Una sonrisa dorada daba para seducir a la chica más difícil.

Mucho tiempo después del accidente de Medellín, por distintas partes de la ciudad y poblaciones vecinas, hubo avivatos que feriaron los “dientes” del cantor.  El mito daba para todo. Uno de ellos, se dice en las consejas populares, llegó a vender unas tres mil piezas dentales del Rey del Tango. En Bello, por ejemplo, donde para los años cuarenta ya estaba la presencia de “teguas” o dentistas empíricos,  los presuntos dientes de Gardel circularon por distintos gabinetes dentales. Así que Carlitos pudo haber tenido más dientes que el pez gato.

Pero, de otro lado, en la preparación del cadáver, porque no hubo en rigor una autopsia, no se habló por ninguna parte de otra “señal particular” del Morocho del Abasto. En  1915, al salir del Palais de Glace, en Buenos Aires, Gardel se enfrentó en una gresca con un tipo de nombre Roberto Guevara, que desenfundó un revólver (se cree que calibre 32) y disparó. La bala se alojó en el pulmón izquierdo. Los médicos del Hospital Ramos Mejía (para entonces se llamaba San Roque) diagnosticaron que no había necesidad de extraerla, porque se enquistaría con el tiempo. Y así sucedió. El proyectil permaneció allí hasta su muerte de fuego en la antigua Villa de La Candelaria de Medellín.

Como curiosidad, en la misma ciudad de Bello, para los años cincuenta una urbe obrera, en la que el tango se escuchaba en las pianolas de los cafetines, un vendedor de helados, al que apodaban Rinvía, cantaba, mientras iba sonando las campanitas de su carrito blanco y frío, una parodia compuesta por él y basada en una canción popular de Cuba: Las pelotas de carey. Se la dedicó al Zorzal Criollo: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Colombia pa’ tener recuerdos d’él”.

Velación y entierro

En Medellín, con ciento sesenta mil habitantes en 1935, el suceso trágico del Olaya Herrera, el 24 de junio, en el que pereció, entre otros, el fundador del tango-canción, marcó su vida cotidiana que ya no era de monotonías y otros bostezos. Un accidente aéreo era, cómo no, un acontecimiento fuera de lo común. Y que en el mismo hubieran muerto varios extranjeros, le conferían al evento unos ribetes de mayor drama.

Tal vez sus habitantes no vislumbraban todavía que la ciudad iba a ser parte de la historia del tango. Y aun de la aviación. Tras la rápida “medio necropsia” a los cadáveres,  los cuerpos de Carlos Gardel, Celedonio Palacio, Alfredo Lepera, José C. Moreno y Guillermo Barbieri, se velaron en la residencia del sacerdote y doctor Enrique Uribe Ospina, situada en lo que hoy corresponde al edificio La Ceiba, enseguida del edificio Gonzalo Mejía, en el que estaban el Teatro Junín y el Hotel Europa. En este se hospedó Gardel en su paso por la Villa.

El gerente del Teatro Junín había ofrecido el vestíbulo de la sala de cine para la velación de Gardel y los otros cadáveres. Sin embargo, el presbítero Uribe Ospina, que había escuchado por la Voz de Antioquia (emisora que con el reportero Antonio Henao Gaviria  transmitió desde el campo de aviación las incidencias de la catástrofe) el ofrecimiento, cuando llegaron con los cuerpos decidió prestar su casa, porque le pareció que era más digno el lugar.

La noche del velatorio aparecieron allí algunos masones. Tenían referencias de que el cantor había sido miembro de esa fraternidad. Sin embargo, ante la petición del clérigo de que demostraran el aserto, los fracmasones se retiraron. Al día siguiente, Gardel, en un féretro metálico, fue llevado a la iglesia de La Candelaria, y tras las exequias, cuatro artistas de la compañía de comedias españolas de Marina Uguetty, que por entonces estaba de gira en Medellín, cargaron el ataúd en hombros. Hasta el cementerio de San Pedro, los acompañaron cien automóviles con flores y un cortejo de gentes dolidas y expectantes.

El féretro se depositó en el local 34 de la Galería de San Pablo Norte, bóveda número dos, orden 8557 (un número que de seguro los supersticiosos pueden jugar en loterías y otras apuestas), donde permaneció hasta el 18 de diciembre de 1935, cuando se realizó la exhumación para enviar sus restos a Buenos Aires, en un largo periplo que lo desembarcó en la capital argentina el 5 de febrero de 1936.

El viaje con los restos de Gardel, en tren desde Medellín hasta Buenaventura, duró seis días. En Supía permaneció el 20 de diciembre, y de allí hubo que recorrer caminos de herradura con el ataúd en hombros. Una novela de Fernando Cruz Kronfly, La caravana de Gardel, y una película, basada en la obra del escritor caleño, dan cuenta del último viaje del Zorzal.

caravana-gardel1

La caravana de Gardel

Fernando Cruz Kronfly

Referencia:

Colección Trazos y sílabas
Novela
ISBN: 978-958-8794-62-4
Publicación: junio de 2015
Formato: 21.5 x 14 cm
Páginas: 228

Una foto aérea, tomada por Obando desde un avión de Scadta, muestra los restos de las dos aeronaves en el aeropuerto de Las Playas. El cañaveral que había junto a la pista, fue cortado poco después del siniestro. La muerte de Gardel en Medellín significó el nacimiento de un mito, pero, a su vez, el de una figura trascendental de la cultura popular, que, de acuerdo con lineamientos que hace tiempos trazó la Academia Porteña del Lunfardo, hay que sacar del anecdotario para ponerla en sus dimensiones históricas.

(Escrito en Medellín, Colombia, el 24 de junio, a los ochenta años de la muerte de Gardel)

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Reinaldo Spitaletta para La Pluma,  24 de junio de 2015

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Palabras clave:Colombia  Medellín  Muerte de Gadel  80 aniversario  Carlos Gardel  El Zorzal  viaje hacia la gloria  nacimineto de un mito  figura trascendental de la cultura popular  Academia Porteña del Lunfardo  Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Viernes, 02 de Diciembre de 2016 00:27 )  

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