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El autor del Maracanazo ha muerto

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El estadio más grande del mundo estaba colmado: había ciento noventa y nueve mil ochocientos cincuenta y cuatro espectadores el 16 de julio de 1950, cuando todos los que allí estaban y los que había por fuera en un país que tiene al fútbol como una religión daban por descontado que Brasil sería el campeón, sobre todo, porque el rival, Uruguay, no intimidaba a nadie y lo único a que aspiraban los dirigentes del pequeño país era que no les marcaran a su selección más de cuatro goles.

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Ghiggia, Schiaffino y el negro Varela, los héroes uruguayos de 1950

Sí, Brasil, antes de jugar la final, era el campeón. Río de Janeiro era un carnaval en mitad de año. A los jugadores brasileños, la víspera del partido definitivo, les habían regalado relojes de oro con la inscripción en el dorso “para los campeones del mundo”. Ni el más optimista, o, en otras palabras, ni el menos pesimista, ni siquiera en Uruguay, daba cinco centavos de cruceiro por los charrúas. No había dudas en ninguna parte: Brasil sería el campeón. Y punto.

Porque, además, en los últimos juegos, había derrotado por goleadas de estruendo a España y Suecia, a las que apenas Uruguay les había empatado a la primera y ganado tres a dos, a la segunda.

Y el 16 de julio el Maracaná vibraba. Era una sola voz: ¡Brasil, Brasil! Fiesta y festones. La apoteosis. La consagración. Caras risueñas en las tribunas. En las afueras. En todo el enorme país. Y además de esas alegrías tumultuarias, estaba Río estrenando estadio. Y no cualquiera. El más grande del orbe. Y todo el mundo esperaba que Brasil ganara. Es decir, en rigor, los uruguayos esa tarde estaban jugando contra el mundo.

El veterano de la selección uruguaya era el mediocampista Obdulio Varela, el negro, de treintaitrés años, fogueado en todas partes, sin miedos ni complejos. Los otros, eran muchachos, inexpertos, pero eso sí, jugaban sabroso. Sabían mover la esférica. Cuando iban a saltar al gramado, el capitán Varela les dijo a sus compañeros que no miraran la tribuna, que salieran tranquilos que el partido se jugaba abajo, en la cancha y no en las graderías. Los recibió una silbatina ensordecedora.

El negro no le dio la mano al árbitro. Solo lo saludó con cordialidad. Y no más. Comenzó el partido. Y el carnaval vibraba a punta de samba en el Maracaná y también en sus afueras. Pero qué va, con todo, Uruguay estuvo más cerca de marcar en el primer tiempo que los anfitriones. “Me di cuenta que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían”, le contó Varela, años después, al periodista y escritor argentino Osvaldo Soriano. El primer tiempo terminó cero a cero.

En el segundo, Brasil, la máquina, los demoledores, los sin piedad, salieron a exterminar a los atrevidos uruguayos. Había que darles su merecido. Ponerlos en su sitial de perdedores. Y a los seis minutos, ¡gol de Brasil! ¡Gol de Friaça! La goleada parecía inminente, se veía venir, pero nadie contaba con la astucia del negro Varela, con su capacidad heroica, con su inteligencia. Era un canchero. Tomó el balón y salió despacio hacia la mitad del campo. Las tribunas hervían. Y él, tranquilo, sin afanes. Había visto que el línea (el linesman) había alzado la bandera antes de la jugada de gol y luego la había bajado. Y entonces pensó en ir a discutirle al central, mientras andaba con parsimonio y el balón en sus manos, mientras la fanaticada se iba alterando y lo insultaba.

Cuando Varela llegó al centro de la cancha, el estadio estaba en silencio. Y en vez de poner la pelota en la mitad para el saque, se fue hacia donde el referí y pidió un traductor. El grone alegaba que había off-side (entonces no se decía fuera de lugar) y así se fue otro minuto. Varela quería enfriar la máquina brasileña, cuyo combustible era el público. “Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más”.

Cuando se reanudó el cotejo, los brasileños parecían ciegos, torpes, no atinaban y en esos momentos, los uruguayos, en particular su capitán, se dieron cuenta de que podían no solo empatar sino ganar el encuentro. Varela empujó a su equipo, le dio carácter, lo volvió una congregación de jugadores tranquilos y con vocación de triunfo. Sin miedos. Sin arrugarse. Sin complejos. Y llegó el empate a cargo de Schiaffino. La tribuna no lo podía creer. Y cuando faltaban nueve minutos para el final, apareció Alcides Ghiggia y de un tiro cruzado desde la derecha venció al arquero Moacyr Barbosa, que alcanzó a tocar el balón y cuando se levantó creyendo que lo había desviado, vio con desazón e incredulidad la bola adentro.

Y entonces, en medio de lo inesperado, se hizo el silencio. Nadie creía que Brasil estaba perdiendo. “Solo tres personas en la historia han conseguido hacer callar al Maracaná con un solo gesto: el papa (Juan Pablo II), Frank Sinatra y yo”, declararía tiempo después Ghiggia, el veloz delantero uruguayo que provocó el 16 de julio de 1950 el turbulento y afamado Maracanazo.

Brasil era la desolación. El duelo. Lo siniestro. El infierno. Llantos adentro y afuera del estadio. Los cajones de voladores flotaban en el mar. Hubo suicidios. Infartos. Desvanecimientos. Varela, por la noche, salió con el masajista a tomarse unos “chopps” en boliches de Río. “Obdulio nos ganó el partido”, decía en medio del llanto un grandote que entró al bar donde estaba el capitán uruguayo. “Me sentí tan amargado como él. Yo les había arruinado el carnaval. Teníamos un título, ¿pero qué era eso ante tanta tristeza”, recordaría el capitán.

Los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol se hicieron otorgar medallas de oro, mientras a los jugadores les dieron de plata. Obdulio Varela, con el premio, logró comprar un Ford del año 31, que se lo robaron a la semana siguiente. Ghiggia, que luego se fue a jugar a Italia, y después militó en el Peñarol y el Danubio, escribió la hazaña que para muchos uruguayos ha sido la más grande en la historia del país de Ortigas, los treintaitrés orientales y Gardel.

Mientras Brasil lloraba, Uruguay festejaba. “Salimos como locos por las calles. Nunca vi tanta explosión y alegría resumida en la sociedad uruguaya; tal vez cuando se fue la dictadura, pero nunca vi tanta alegría resumida en un pueblo”, recordaría el expresidente José Mujica. Y sus palabras las produjo el deceso de Ghiggia, que murió exactamente sesenta y cinco años después de marcar su golazo histórico.

Ghiggia, el número siete, el último sobreviviente de aquella batalla, se despidió del mundo a los ochenta y ocho años de edad, el 16 de julio de 2015. Su epopeya, que produjo un silencio de sepulcros en Brasil, trasladó a Uruguay el carnaval, al ritmo de candombes. El maracanazo fue obra suya. Monumental. Tan grande, como el llanto de un pueblo que todavía no ha podido olvidar aquella tragedia en la que un silencio atronador se sintió en todo el mundo.

(Escrito en Medellín cuando sonaban los voladores de la virgen del Carmen)

El gol de Ghiggia

 

Reinaldo Spitaletta para La Pluma,  18 de julio de 2015

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Actualizado ( Jueves, 01 de Diciembre de 2016 23:40 )  

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