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1964: el malestar en la cultura

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Edgard PiedrahitaBisIniciamos esta serie sobre las dos obras que generaron pánico en 1964 a la alta dirección de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos: el  filme Teléfono rojo” de Stanley Kubrick y  “El espía que vino del frío”, clásica novela de espionaje de John Le Carré.

Parte I: “Teléfono Rojo”

La historiadora y periodista Frances Stonor Saunders publicó en 1999 “La CIA  y la guerra fría cultural”, un interesante ensayo histórico sobre la relación de la naciente Agencia Central de Inteligencia de los EE.UU. con el mundo de la cultura. La autora, inocente de cualquier simpatía comunista, presenta una robusta sustentación sobre las políticas y estrategias del servicio exterior norteamericano en momentos en los que el arte resultaba ser un escenario más de batalla.

telefono rojo Edgar

Esta obra -a la cual accedimos en su reedición cubana de 2003- ayuda a desmitificar el mundo del arte contemporáneo, erigido por el pensamiento liberal hegemónico en territorio presuntamente ajeno a la lucha de clases. Personajes como el escritor George Orwell o el pintor Mark Rothko, entre otros paladines de un “mundo libre” para la opinión pública, son desnudados por la autora como propagandistas y agentes de una aguda ofensiva propagandística anticomunista de gigantesca magnitud.

La obra de Stonor Saunders, cuya lectura recomendamos, nos sirve de excusa para volver a un tema sobre el que ya nos hemos referido brevemente: los sucesos de 1964 -incluyendo el ataque a Marquetalia- y su relación con el mundo cultural

La autora destaca la forma como en 1964 la Agencia pasó por una compleja crisis: de un lado, la muerte o defección de su vieja guardia de agentes e ideólogos; del otro, la generalización de una suerte de malestar en la cultura que afectaría seriamente la plena seguridad en el “modo de vida americano” por parte de la juventud. La contracultura, la literatura beatnick, las drogas y el espíritu contestatario derrumbaban la unanimidad del consenso nacional.

Stonor Saunders resalta dos producciones culturales que generaron serias conmociones al interior de la CIA: “Teléfono rojo” de Stanley Kubrick y “El espía que surgió del frío” de John Le Carré. En el álgido 1964 -el año del ataque a Marquetalia, de la renuncia de Kruschev, de la muerte de Nehru y del golpe en Vietnam del Sur- una película y una novela le sacaron canas al servicio exterior del país más poderoso del mundo. ¿Qué hay detrás de ellas? Es de lo que nos ocupamos en estas dos entregas.

telefono_rojo1Empezaremos, cómo no, por Teléfono rojo. Se trata quizá de la más subvalorada película de uno de los mejores directores de la historia del cine. La traducción de su título al español no se corresponde con el original -“Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb”, una suerte de “Dr. Raroamor o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”-, apenas adecuado para una obra plagada de sarcasmo, humor negro y sátira política, que pretende desnudar los absurdos de la Guerra Fría y la carrera armamentística nuclear.

Kubrick, junto a Peter George y Terry Southern, coincibió un guión alucinante en el que la locura de un general de la Fuerza Aérea conduce a un ataque nuclear masivo sobre la Unión Soviética que es imposible de detener -incluso para el mismo presidente de los Estados Unidos-, activando la respuesta defensiva de la contraparte que resulta ser -palabras más, palabras menos- la aniquilación de la humanidad.

Telefonorojo2La trama general se orquesta a través de situaciones delirantes como el embajador soviético que rechaza un puro jamaiquino por preferir un habano, el comandante de la Fuerza Aérea que recibe una llamada de su amante en la Sala de Guerra del Pentágono en el momento mismo en que se decide el destino de la humanidad o la enrevesada referencia a la cooptación de técnicos militares nazis por parte de las fuerzas de defensa norteamericanas. En medio de todo está la magistral actuación de Peter Sellers, quien se ocupa de tres personajes del filme, imprimiéndoles su peculiar carácter cómico.

DrStrangeloveBisKubrick recalca la trama de “Teléfono rojo” con guiños simbólicos de hondo calado. El general Jack D. Ripper (Jack el Destripador) desata la ofensiva final enmarcado por un bonito cuadro que reza “La paz es nuestra profesión”. Una linda pin-up en traje de baño es la encargada de transmitirle a la alta oficialidad que el mundo entero está en peligro. Y, en uno de los finales más icónicos de la historia del cine, el fin de la humanidad es posible gracias a un tejano de sombrero de ala ancha que cabalga sobre una bomba atómica por los cielos de Rusia.

El tono general del filme es el de una visión satírica sobre los horrores de la carrera armamentística nuclear entre los EE.UU. y la URSS. “Teléfono rojo” nos hace reír, sí, pero sin ahogar el horror de saber que de lo que nos reímos resulta rigurosamente cierto. La lógica bélica de la Guerra Fría se fundamentó en el principio de disuasión que, en últimas, implicó la certeza de la mutua destrucción de las potencias confrontadas. Analistas militares denominaron a la estrategia de la disuasión como Destrucción Mutua Asegurada, cuya sigla en inglés -MAD- traduce prácticamente locura.

Y es en la capacidad de dibujar esta locura donde precisamente reside la maestría de la obra de Kubrick. El jocoso argumento nos traduce la confrontación ideológica más importante de la historia del siglo XX -la de los dos bloques de la Guerra Fría- al horror cotidiano de la guerra nuclear: la humanidad ha puesto en juego su existencia misma. La magnitud de los avances de la técnica se traducen en una monumental letalidad donde los cálculos de bajas se cuentan por millones. En nuestra película lo afirma el general Turgidson en plena Sala de Guerra del Pentágono:

“Sr. Presidente: estamos acercándonos rápidamente al momento de la verdad, tanto para nosotros mismos como seres humanos, como para la vida de nuestra nación. Ahora, la verdad no es siempre una cosa agradable. Pero es necesario tomar una decisión ahora entre dos posibles ambientes de posguerra, ambos ciertamente lamentables, pero claramente distinguibles: ¡uno en el que son asesinadas 20 millones de personas, y el otro en el que son asesinadas 150 millones de personas!”.

pentagono

Lo irracional de la guerra entre potencias es desnudado magistralmente. Quien esto escribe recomienda adobar esta experiencia con la lectura de “Los vigilantes” de Alan Moore. Después de esto, una rápida mirada al escalamiento armamentístico que vive nuestro planeta hoy nos puede resultar más fácil y menos aburrido.

Edgar Piedrahita

Blog, Delegación de Paz de las FARC-EP, La Habana, 22 de julio de 2015

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Parte II: “El espía que vino del frío”

el espia que vino del frio

No hay que dar muchas vueltas para entender por qué esta obra originó preocupación en el espionaje norteamericano. John Le Carré era realmente el seudónimo literario de David John Moore Cronwell, un ciudadano inglés que desde los veinte años de edad se vinculó a los servicios de inteligencia del Reino Unido, primero en el Ejército Real, luego en el MI5 y el MI6. Contrario a lo usual en el mundo de la literatura de espionaje, Le Carré conocía de primera mano el asunto del que escribía. Ocurre con él como con Graham Greene -agente del MI6 antes de ser reconocido novelista-: escribían del mundo de las agencias de información a partir de su propia experiencia. Esto, obviamente, no era motivo de celebración para el espionaje occidental.

el-topo-cartel-1En las novelas de Le Carré -incluida la genial saga del agente Smiley, cuya obra nodal es la clásica “El Topo”- el canon del espía se aleja del playboy James Bond para tocar el perfil clásico del miembro del MI6: universitarios de alto nivel intelectual, sedentarios, solitarios y discretos. Se trata de aventuras más de corte psicológico o político que de las clásicas persecuciones y tiroteos a los que Hollywood nos acostumbró.

“El espía que vino del frío” es una novela periférica dentro de la saga del agente Smiley. En ella, un agente británico -Alec Leamas- vuelve a Londres después de fracasar como responsable de la oficina de espionaje en Berlín Occidental. Su dirección inmediata -el misterioso oficial Control, secundado por Smiley- le encarga una compleja misión: fingir su “caída” dentro de la Agencia y desmoralizarse públicamente para atraer con su defección a los servicios de inteligencia de la República Democrática Alemana.

El objetivo superior es lograr el caos interno en la agencia germana, lo que le implicará a Leamas “traicionar” y ponerse a disposición del enemigo tras al Telón de Acero para, de esta manera, atraer a los agentes enemigos, convencerlos de la veracidad de su hartazgo ante la vida y depositar paso a paso el descrédito dentro de la inteligencia enemiga. Todo esto, con el trasfondo de las inquietudes personales de Leamas y de sus amoríos con una joven judía militante del Partido Comunista de la Gran Bretaña, en el contexto de una Guerra Fría que ya alcanzaba su primera década.

Se inicia de esta manera una enrevesada trama que desnuda los factores psicológicos y éticos que servían de trasfondo a la confrontación de los dos bloques. Así, Le Carré derrumba los presupuestos de superioridad moral que levantaban los gobiernos y servicios secretos de lado y lado, mostrando el desierto de un mundo como el del espionaje y la intriga política, signado por la traición y los intereses personales.

La novela tuvo un enorme éxito editorial y para 1965 resultó adaptada a la pantalla grande bajo la dirección de Martin Ritt -recientemente rehabilitado en Hollywood tras de varios años en las listas negras del macartismo por supuestas simpatías comunistas- y con la actuación de Richard Burton como Alec Leamas. La fidelidad casi estricta a la novela original y la contundencia de Burton al encarnar a quien traiciona sus ideales, son suficientes razones para recomendarla.

Finalmente, una adenda futbolera. Cuando el barranquillero Andrés Salcedo trabajaba para la Deutsche Welle y narraba para toda América Latina la Bundesliga de los 80, solía ponerle curiosos apodos a los jugadores teutones: “Caperucita Roja” Rummenigge, “el Boricua” Magath, “Mateíto” Matthaus y muchos más. Cierto jugador del Bayern Munich, desertado de la RDA y nacionalizado en la Alemania Federal, fue rebautizado como “El espía que vino del frío”. Ojalá Le Carré no se haya enterado.

Edgar Piedrahita

Blog, Delegación de Paz de las FARC-EP, La Habana, 3 de agosto de 2015

Artículos de Edgard Piedrahita publicados por La Pluma:

Algunas notas sobre la historia y el conflicto: 1962, año convulso.

Marquetalia y “Allá ellos”



 

Palabras clave:Hollywood  Stanley Kubrick  John Le Carré  CIA  Richard Burton  Literatura insurgente  Edgar Piedrahita  

Actualizado ( Sábado, 08 de Agosto de 2015 19:54 )  

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