Esto se debe a la aceleración del ritmo de estrés de la vida profesional y alto costo del tratamiento de los problemas sexuales psicológicos comprar-rx.online
Inicio Articulos Cultura Literatura


Alberto Rodriguez Tosca, un álbum en la memoria

E-mail Imprimir PDF
Usar puntuación: / 0
MaloBueno 

Juan Manuel RocaAlberto Rodríguez Tosca (Artemisa 1962- La Habana, 16 de septiembre de 2015)

(A Joseíto, hermano de nuestro hermano. A Lien, su sobrina amada y a Claudia Arcila, cuyo nombre,como un talismán siempre acudía a los labios de Alberto).

UN ENCUENTRO HABANERO

Conocí a Alberto Rodríguez Tosca en el segundo viaje que hice a La Habana, en 1988. El poeta trabajaba entonces en su otra vocación, el periodismo cultural en la radio habanera y ya empezaba a ser considerado como un poeta de marca mayor pues un año antes había obtenido el Premio David de Poesía por su bello libro inaugural “Todas las jaurías del rey”, un volumen que fue recibido como un notable descubrimiento para la poesía cubana por parte de poetas y críticos de diversas generaciones, incluída por supuesto la suya.

Me resultó un hombre introvertido, con un peculiar sentido del humor un tanto estrábico, un humor que siempre apuntaba donde no todos lograban capturar su realidad autónoma y fecunda. Esa manera suya de andar por el mundo era tan particular que a veces lo llevaba a confundirse entre las cosas prácticas para extraviarle su mapa cotidiano. Él mismo decía que se perdía en su propia ciudad, que su brújula se le rompió desde cuando manejó un tanque de guerra, y que estaba a punto de perderse aún dentro de un ascensor. Curiosa paradoja, porque su brújula poética siempre marcó sus dos más claros puntos cardinales, “sabiduría y humildad”, como diría nuestro común amigo Jorge Boccanera.

En 1988 visité con Alberto a Fayad Jamís en su apartamento, con Rodríguez Núñez, en el mismo edificio en el que vive hoy nuestro entrañable Norberto Codina y aún veinticinco años después me recordaba la tarde lentamente pastoreada con vasos de ron “Paticruzado”, mientras oíamos las historias parisinas del poeta de “El ahorcado del café Bonaparte” en compañia del escultor uruguayo Gonzalo Fonseca.

En 1994, y tras espaciados encuentros, nos volvimos a ver en esa Bogotá convulsa de entonces, donde vino por primera vez para quedarse. Venía casado, con la poesía por supuesto pero también con una esposa colombiana, Luz Ángela Melo. De esa época data su amistad con una ciudad dura con la que tuvo desencuentros pero a la que aprendió a amar, con el país aduanero y policivo que jugó con él al bumerang, en salidas y entradas a Ecuador para renovar su esquivo papeleo. El poeta debía presentarse a cada nada al DAS a certificar su buena conducta. Imagínense, que un ente gansteril hoy disuelto por sus abusos, sea quien decide que uno se porta bien. Todo por culpa de Kafka, rematábamos cada vez que se aludía al tema. Por los anteriores y patéticos motivos, en 2013 un grupo de amigos decidimos publicar sus poemas en la colección “Doble Fondo”, del Líbano, Tolima, una propuesta que ahora imitan en otro país y que incluye a un poeta colombiano y a uno de otra nación hispanoamericana. Entonces decidimos darle la nacionalidad colombiana a Alberto, sin permiso del establecimiento y sin pasar por la oficina de extranjería. Más de 30 amigotes, poetas, narradores, periodistas, pintores fotógrafos, arquitectos, editores, titiriteros, libreros, lo declaramos colombiano sin consultarle, en un homenaje hecho a traición. Lo acompañó en ese libro el argentino Samuel Bossini, tan buen poeta como amigo. Ahora Samuel me escribe desde Buenos Aires y me dice ante la muerte de Alberto: “ahora quedé sólo, sin compañero de libro, quedé sólo en el cuarto porque era un poeta muy bueno”.

Ah, pero como las emociones suscitadas por la amistad no tienen estrictas cronologías, no debo olvidar que en 2002 fundamos con Mariela Agudelo y con Alberto el periódico “La sangrada escritura”, aventura que duró cinco o seis ediciones. El bautismo de “La Sangrada Escritura” (El periódico de Babel), se llevó a cabo en la noble ciudad de Villa de Leyva. Así decía parte de nuestro primer editorial: No parece un simple azar el hecho de que “La Sangrada Escritura” haya nacido frente al desierto de La Candelaria, porque más o menos así se ha vuelto el periodismo cultural en Colombia: despoblado y desértico. No faltará quien proponga el Premio Sahara de Periodismo Cultural.

Rodriguez-VI-Festival-Internacional-YouTube_CYMIMA20150916_0004_15

Alberto Rodríguez Tosca en el VI Festival Internacional de Poesía de Cali, en 2006. (YouTube)

LAS DERROTAS

“Buenos días, siglo”. Con ese lema despega el libro de Alberto Rodríguez Tosca, “Las Derrotas”. Y con esa misma divisa, la enumeración de sus caídas, de las derrotas, no sólo en el sentido cruel de la palabra sino en el sentido náutico de ella, cuando una embarcación se aparta de su rumbo originario. Porque un viajero de la palabra siempre sabe de qué puerto despega pero no a cuál llega. Este catálogo de derrotas sería entonces la bitácora de unos días que caen del calendario como frutos maduros. Las preguntas que sólo “los muertos y la luna podrían responder”. Hay en el libro de Alberto lluvias mitológicas, la fiesta de los náufragos, que es el festín de los caídos al mar de sí mismos donde nadan hasta oír el último gorgoteo del cielo.

La palabra de estos poemas se encabalga en imágenes dolidas y dolientes, a las que un soterrado humor les sirve de salvavidas. No es que la poesía sea esa suerte de cabo arrojado al agua, de neumático salvavidas, pero la catarsis que se opera al leer estos versos desgarrados y amargos y sinceros de quien toca “a la puerta equivocada”, pero vuelve a hacerlo como si tras sus maderas se encontrara el rechazo nuestro de cada día.

Desde que leo la poesía de Alberto Rodríguez Tosca, desde “Todas las jaurías del rey” me ha atrapado y seducido el poder germinal de su palabra. Lejos de la tiranía de la prudencia, la poética de nuestro amigo cubano se complace en caminar los caminos no trillados, en irse por los abismos como un fulano en su casa.

Son poemas, tarjetas de visita de un asombro, de alguien que prepara su derrota con esmero. Que conquista su derrota en alianza consigo mismo, que a veces es su peor enemigo. Imaginen un ejército que se dispara a sí mismo, que se hostiga y se pone celadas, que logra la emboscada y se extingue pasado por sus armas. De esa naturaleza son las derrotas del poeta. Va en su lánguido caballo, desarmado contra sus fantasmas: el miedo, la locura, la orfandad, el silencio interior que lo castiga. Lo dicen mejor sus versos: “debes regresar a la primera noche con el fervor de quien regresa de una gran derrota. Recuerda: eres el derrotado. Alégrate por eso. Y llora”.

He aquí a un mandarín de sus soledades. A un poeta que no ama la ópera sino las “maceradas calles de la ciudad”. Que no ama a los triunfadores sino a una ciudad ajena que sólo le pertenece al alba. Que “es del sueño”. Que “es de la noche”, como lo es él mismo: vagabundo del alba como en la vieja expresión de Fayad Jamís, ebrio del sueño, espía de la noche.

Son los calendarios de una larga derrota estos poemas. Alberto Rodríguez Tosca nos trae estos poemas a esta casa donde queremos que el amor por la poesía, el amor por los arcanos, el amor por los ángeles de la música, sean los lazarillos de la noche. De todas las noches. Del día de las conquistas y las noches de las derrotas.

De “Las derrotas” dijo Rafael Alcides: “es tan bueno que asusta. Yo no sabía que se podía escribir así, Alberto, no lo sabía”

ESCRITO SOBRE EL HIELO

Las superficies en las que se escribe dictan de manera evidente el destino que el escribiente quisiera para sus palabras. Hay quienes sólo quisieran escribir en mármol o en granito en el deseo de que sus palabras puedan ser leídas por los siglos de los siglos con su amén incorporado.

Hay quienes lo hacen sobre agua, como reza el epitafio de John Keats, (“aquí yace uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua”), porque no temen a la fugacidad o porque escribir sobre un río es aspirar a desembocar en un océano. Así sea en ese mar sin orillas que es la muerte. Es como escribir en la pizarra de la calle con tiza para ver cómo lo escrito se borra bajo la lluvia.

La naturaleza de Escrito sobre el hielo hace pensar, precisamente, en uno de los asuntos que más ha preocupado a la poesía contemporánea: el tema de la palabra, de la duda ante la escritura, de los miles de Narcisos que han trazado su rostro en el espejo del agua, en un arte que se informa a sí mismo. Por más de que sea agua compacta, un bloque de hielo bajo el sol de los trópicos desaparece poco a poco aunque esté inscrita en él la palabra eternidad.

Imagino al poeta hundiendo un punzón en el hielo como un esquimal que hace un silabario o traza la palabra distancia, en medio de una inmensa soledad. Porque su libro habla de lo efímero. De lo efímero del hombre y de lo efímero de su verbo. Y lo hace desde un signo o de un vestigio de la poesía como exploración, como reflexión y forma del pensar nacida en una bien habitada soledad.

Yo me asomo a sus poemas, que además se apoyan en un encabalgamiento de aforismos y me siento atrapado por el peso de la irrealidad, de lo que no tiene rango de comprobable pero que existe en nosotros, de aquello que es un aspecto de la realidad que por desconocida escamoteamos a conciencia.

Así lo manifiesta en el primer poema del libro que además inserta una cita de Cioran en la que dice que “toda palabra es una palabra de más”. El poema se titula Nada de lo que escribo es real y en unos de sus versos dice: “porque no sabes/ dónde desemboca el mar de Nicodemo/ en el mapamundi de su horror”. Todo lo leído, pero más aún lo vivido y no-vivido, entra en la poética de Rodríguez Tosca. Desde el don o el arte hecho sin voluntad expresa, el arte que brota de una fuente que no es puramente racional, “como aquel niño que escribía/ palabras inocentes en la arena/ e ignoraba totalmente el arte de escribir”, hasta el deseo conciente de forcejear con la poesía que nace de la poesía misma, o de las largas conversaciones con los paisajes y los libros. El poeta cubano nos aclara que “en escribir no hay arte, hay vértigo”.

Y eso, precisamente eso, el vértigo, es lo que jalonó mi lectura de este volumen de poemas. El libro está dividido en dos partes, Letra muerta y Toda la dicha está en una cabina de teléfonos. En las dos secciones habita el vértigo. El vértigo de asistir a poemas que reflexionan, como el dragón que se muerde la cola, sobre lo inútil de la escritura cuya utilidad está en negarse a sí misma o, por lo menos, en informarse de sus imposibles. O el vértigo de ese poema con un cisne cuelliroto que escribió en su natal Artemisa: “Este mundo, este cisne,/ perdido ganado en mi juego/ y ahora muerto. Este cisne/ muerto. ¡Vengan a ver/ al cisne muerto! No alegre/ sino muerto, el presumido cisne muerto”.

Son los suyos poemas que nos invitan, como en todo gran arte, a participar de la duda. Porque eso son el poeta y la poesía –epicentro de todas las demás artes- y el filósofo, gente capaz de pastorear sus demonios interiores. No de matarlos. No de anularlos. Sólo de saber convivir con ellos a pesar de su bronca ferocidad, de su ambigua mansedumbre.

Cuando Rodríguez Tosca reflexiona en su poema Los extraños sobre la palabra, sobre su condición de puente tendido pero a la vez de puente cercenado y recuerda que “de niños/ nos enseñan los grandes/ que con extraños no se habla”, uno como lector se puede preguntar si no se trata de una amputación prematura del otro, si no hablar con extraños es una forma de no hablar con nuestro adentro, ya que el primer extraño que se conoce en el mundo es uno mismo. Por eso viene tan bien en su libro la sentencia de esa magistral mujer y poetisa norteamericana, Denise Levertov, que en su ensayo El poeta en el mundo afirma que “escribir es escuchar”.

Sólo quien sabe escucharse, quien sabe traducirse a sí mismo, podrá escuchar a los demás y podrá traducirlos. Cuando el poeta lo logra quizá se produce el hecho estético y logra anidar en la parte del otro que hace suya, o viceversa.

Todo esto lo leo de manera muy clara en Escrito sobre el hielo. Su gusto por la fragmentación, tan caro para Apollinaire, para Nietzshe o para Kafka, desde expresiones diversas, su manera de verse en un sucediendo, “cada día el que soy/ traiciona al que fui./ El que fui/ traiciona al que seré./ Cada día de traición en traición/ avanzo”, me remite al autor de Así hablaba Zaratustra: “la serpiente que no logra cambiar de piel, perece”.

No es esta una poesía suave, edulcorada ni complaciente. Es un tour de force, una demostración de fuerza en la captura de imágenes provenientes de la multiplicidad del mundo. Hay en todo esto una almendra amarga. Una visión dura que se hace soportable por el grado de ironía que desaloja el dolor y la miseria humana.

Es una valiente y riesgosa poesía que en su aspecto más visible me recuerda al formidable viejo anarquista George Orwell, cuando afirma que “si la libertad significa algo, es el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír.

POÉTICA CON VENTANAS

Poco tiempo antes de su regreso defintivo a Cuba y a petición del director del hospital del barrio Meisen, nos reunimos algunos de sus allegados en una sala que acondicionaron a manera de teatro para compartir música y poesía. Lo que pudo ser un momento de patetismo, en verdad fue un punto de esperanza en su recuperación. Era extraño y bello ver la simpatía auténtica generada por Alberto entre enfermeras y médicos, y sobre todo entre sus agradecidos alumnos del taller de poesía. Estas fueron mis palabras:

Es clara la complicidad de ventana y poesía. En un viejo filme -o a lo mejor fue en un sueño-, se registra el pabellón de un hospital con decenas de camas y de heridos. Solo uno de ellos tiene acceso a una pequeña ventana con vista a la calle. El hombre entreabre sus dos hojas y cuenta lo que pasa en el afuera: una mujer joven cruza bajo un paraguas rojo, dos niños patean un balón entre los charcos, una monja casi enana les da comida a las palomas del parque, una pareja de novios se besa a la entrada de un café, un cartero se empina frente a un timbre...

Un noche el enfermo que narra los sucesos muere y, por supuesto, todos quieren su camastro con vista a la calle. Cuando el hombre al que le asignan su lecho entreabre la ventana, descubre asombrado que solo hay al frente un muro de ladrillo infranqueable que le impide a cualquiera ver el paisaje. Creo que no hay nada más parecido al poeta que el personaje de esta historia. Se trata de alguien capaz de fabular desde el encierro, desde la condición de reo del mundo a la que siempre se niega el poeta. Sin duda, una poderosa analogía.

Esto es algo que ha hecho por nosotros Alberto, no pocas veces de manera exultante. Donde algunos solo vemos un muro, él ve sucesos humanos, bellos o dolorosos, al hombre en su esencia más allá de cualquier mesianismo. Por eso su poesía nos ha acompañado desde que leímos su primer verso. Y ni qué decir de la persona Rodríguez Tosca, del que ha andado entre nosotros enseñándonos a vestir de dignidad nuestros actos, a estar en una sintonía de autenticidad entre “los otros” y nosotros”. En la treintena de años que lo conozco Alberto ha sido un fiel testigo de sus días y sus noches y los ha hecho nuestros gracias a su palabra.

Hoy estamos acá sus amigos, para hacerle sentir nuestra estima grande, sin protocolos ni medallas, para decirle que pocas veces la poesía visita el hospital o que lo hace casi privativamente en su condición de herida. Ahora lo hace, en cambio, en su condición de aliada, lo hace poniendo una flor que no es de esparadrapo ni de gasas, sino de la más fresca y limpia floración que crece en los jardines de la amistad. Venimos a pasar un rato alrededor de la palabra y la música, Alberto, algo que has alimentado como los antiguos lo hacían junto al fuego. Venimos a hacerlo en una pieza de un hospital verdaderamente hospitalario que acepta con entusiasmo a tus amigos poetas que tanto te queremos. Hombre, Albertín, ya no te podrás deshacer de nosotros, que te seguiremos jodiendo y llamando a Cuba cuando dudemos de poner una coma, de sopesar un gerundio, de saber si algo que decimos ya lo dijo con mayor fortuna el resabiado Lezama Lima.

Juan Manuel Roca para La Pluma, Bogotá, 13 de octubre de 2015


Juan  Manuel Roca (Medellín, 1946). Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 17 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán. Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003). Acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía 2004 del Ministerio de Cultura.

Colaborador de La Pluma.net.


Textos y poemas de Juan Manuel Roca Publicados en La Pluma:

El vuelo de La Pluma

Poema sin fecha de vencimiento

Triptico de la infamia, una coreografía de sombras

La calle del error

Pequeñas cosas que trae la Paz

De la carta enviada por Funes el memorioso a Don Lorenzo de Miranda. Por Juan Manuel Roca

Charlot encuentra al Fürher en el espejo mientras filma El Gran Dictador

Fe de erratas

Esquirlas trágicas de la literatura alemana

Memoria en mapas fragmentados

Al pobre diablo

En algún lugar

Crónica de México, entre carnaval y cuaresma

Con el perdón de Kafka

Kawabata y García Márquez: dos novelas habitadas por muchachas

Álvaro Mutis, Las tierras bajas (Bogotá, 1923-México 2013

 

Palabras clave:Alberto Rodriguez Tosca  Poeta  ensayista y narrador  homenaje  Juan Manuel Roca  

Actualizado ( Martes, 13 de Octubre de 2015 18:57 )  

Otros artículos relacionados

Colombia : Manifiesto por la paz, hasta la última gota de nuestros sueños...   

 Colombia: Manifiesto por la paz, hasta la última gota de nuestros sueños

Existe en el corazón de América un refugio humano abrazado a tres cordilleras, arrullado por exuberantes valles, frondosas selvas, y bañado por dos océanos... Leer / firmar manifiesto

Contador de visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy31897
mod_vvisit_counterAyer89669
mod_vvisit_counterEsta semana274965
mod_vvisit_counterSemana precedente558884
mod_vvisit_counterEste mes1763903
mod_vvisit_counterMes precedente2168160

We have: 554 guests, 6 bots online
Tu IP es: 54.158.194.80
 , 
Hoy es el 23 de May de 2018