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La agonía de Sándor Márai y un caballito de palo

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reinaldo-spitalettaBisEra ya casi el crepúsculo, cuando en el piso del corredor de una cabaña de Santa Elena, vi un caballito de palo. Acababa de leer estas frases de los Diarios de Sándor Márai 1984-1989: “La lengua surgió como interjecciones, no como palabras, al igual que la música surgió en forma de ritmo, no como melodía” (pag. 68).

El insecto, como una especie de monstruoso rocinante, se movió con lentitud sobre las baldosas y se dirigió hacia la base de una columna. Al fondo, el cielo comenzaba a pintarse de arreboles y se escuchaba un clamor de pájaros del atardecer.

El escuálido animalito color madera me llevó a una rápida digresión: el ser humano debe metamorfosearse como una posibilidad de dejar al planeta con cierta tranquilidad, y lo mejor sería que lo hiciera en uno de estos insectos, que todavía evocan parte de la floresta, de los silvestre. Al principio del libro, el escritor húngaro, nacido en 1900 y suicidado en 1989, de una manera más bien poco estética, pero efectiva, de un disparo en la cabeza, había narrado un episodio sobre un insecto en la cocina de su casa.

Su mujer, Lola (diminutivo de Illona) comentó que durante la noche un bicho de caparazón negro y de dos centímetros y medio de largo, roía la comida que se dejaba en la cocina, como frutas y trozos de pan. Y la magia del escritor convertía un hecho intrascendente en una atracción aterradora, en una suerte de visión nerviosa: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente…”. Después, Márai se interroga cómo es que encuentra la comida, cómo perpetra el robo, quién demonios le informa sobre lo que debe hacer y cómo hacerlo. Un misterio. Una hecho que produce miedo.

El caballito de palo de pronto comenzó a crecer y crecer hasta convertirse en un apocalíptico monstruo. Así podría pintarse el fin del mundo, con todos los insectos con dimensiones imposibles aterrorizando los últimos instantes de la humanidad. El cielo estaba cada vez más rojizo y tenía la apariencia de una acuarela. Me olvidé del flacuchento caballito y continué con la lectura de un diario, el último que escribió el autor de Los rebeldes y El último encuentro, en el que expresa con tranquilidad, aunque con buena dosis de furia, la decadencia física, los obstáculos y miserias de la vejez, el irse consumiendo con inexorabilidad para llegar a la nada.

En esta especie de memoria final, que no de testamento, Sándor Márai da cuenta de su cultura, de lo ido, aunque sin nostalgias ni sensiblerías, y del camino hacia la muerte. Es una certificación del mundo del siglo XX, con sus crueldades y logros, que van desde los genocidios y represiones, hasta los descubrimientos científicos que permitieron, por ejemplo, que el hombre llegara a la Luna. El lector se encontrará con una agonía, o con varias, porque también está la de Lola, la mujer que estuvo casada con el escritor durante sesenta y dos años, y que en el largo exilio derivan en los Estados Unidos, donde ambos morirán.

 Es una constancia sobre la vejez y acerca de la impotencia de un creador de no poder escribir más novelas. Los Diarios son la voz de un testigo de las miserias y las hazañas de una centuria de campos de concentración, bombas nucleares, despojos y hedores. La vida y la muerte (tal vez, con mayor fuerza esta última) se mueven en las páginas dolidas, brillantes y con tono de desventura, del autor de Confesiones de un burgués.

Márai (lo dice en el diario) escribía para su mujer. Puede ser un pretexto. Tal vez, sea una manera de darle a L. su dimensión real, enorme, de ser sensible e inteligente. Y al ver la rápida demolición que ella va sufriendo, el escritor advierte acerca de las soledades (las clasifica en su texto) y de las ausencias. Es un libro sobre la enfermedad (y quizá la peor es la vejez, la misma que en la novela Yo el Supremo, de Roa Bastos, se describe como la enferma-edad, la sola-edad) que se va comiendo por dentro, como un gusano, al hombre. Bueno, por dentro y por fuera. Son palabras para esperar, como él mismo lo dice, el final, que a veces tarda, que a veces cojea. Es el tránsito hacia la decadencia absoluta, con glaucoma, con pasos cansinos, con todos los achaques, pero todavía con una menta clara en un cuerpo descaecido.

Durante sus últimos cuarenta años, Márai escribió diarios, como sustitutos de la prensa, como un modo de conectarse con la realidad, con lo circundante, con las inestabilidades de un mundo de inequidades y violencias, y también con algunas expresiones que pueden ser orgullo del hombre (el arte, la ciencia), que es un depredador. Pero en estos últimos, los de 1984-1989, que pueden ser un tratado sobre las desventuras de la vejez, y acerca de las angustias finales de un escritor, hay un canto a la vida, a la que se extingue, a la que se vivió. Y, a su vez, una despedida. “La proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo”, dice.

En estos apuntes bien meditados hay una radiografía de cómo es la muerte consumista, la que produce dineros a los negociantes de la salud, la que ha deshumanizado a la medicina, pero, más todavía, a los médicos y personal adyacente. Los médicos “son seres repugnantes, mercachifles que venden estómagos, ojos, corazones, pocos hay que muestren un atisbo de humanidad”, advierte, tras su paso por hospitales, sobre todo acompañando a su esposa, destruida por un cáncer y cada vez más próxima al final. “El robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”.

Una bella reflexión acerca de la muerte, de la vejez, también y en menor medida de los días de embriagadora juventud, del amor y la cultura, es la que consigna en sus últimas palabras el cuestionador Márai, que sabe que “es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil”. Hay un recorrido por sus últimas lecturas y relecturas (Cervantes, Voltaire, poetas húngaros, Shakespeare, el autorretrato de Cellini, Sófocles…) y, con cierta sutileza, por la preparación del suicidio: “no perder la ocasión de matarme antes de que llegue el tiempo de la impotencia”.

Hay, asimismo, aparte de la presencia de la agonía, un testimonio de cómo es ir quedándose solo en el mundo, un mundo ancho y siempre ajeno; qué se siente al ir perdiendo hermanos, amigos y la esposa, hasta ser el único sobreviviente de sus coetáneos y allegados. La frase que su mujer pronunciara, “¡Qué lento muero!”, es más para él.

Al final de los días, el escritor no solo está desahuciado, sino que ha ganado en escepticismo, en hondura de pensamiento, que le permite concluir, por ejemplo, que “todo lo que han dicho los curas y filósofos es una completa mentira” y que “todo es un asco”. Hay un cuestionamiento a la denominada civilización, a sus espejismos, a su arteriosclerosis. Y a la explotación comercial de la agonía.

Después de todo, me he hundido tanto en la lectura de los Diarios 1984-1989 de Sándor Márai, que cuando vuelvo a mis circunstancias, ya no hay arreboles y por ninguna parte veo al caballito de palo.


Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 16 de enero de 2016

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