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Que no calle la calle/¿Cuántos Cambray más nos esperan?

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Marcelo ColussiBis

Terminaron ya las manifestaciones de los sábados. ¿Terminaron? ¿Eso era todo? ¿Se terminó la corrupción en el país? ¿Nos damos por satisfechos con expresidente y exvice tras las rejas?

No hay dudas de que se dio un proceso interesante: la corrupción llevó a dos altos funcionarios de Gobierno a un proceso judicial. ¡Buena noticia!, sin dudas. Pero eso no significa —para nada— que terminaron los problemas del país. Más aún, si analizamos pormenorizadamente la situación, podemos sacar varias conclusiones.

  1. Estas movilizaciones tuvieron mucho de manipulación. ¿Por qué ahora, en una sociedad donde corrupción e impunidad son una constante, aparece esto que parece una cruzada religiosa contra la corrupción? ¿Por qué el embajador de Estados Unidos y el Cacif se muestran tan comprometidos en ello? ¿Cómo entender que un soldado funcional al sistema como Pérez Molina —gran actor durante la pasada guerra anticomunista— sea sacrificado? Se habla de una revolución democrática ciudadana. ¡Cuidado! Vale hacerse una pregunta: ¿realmente fueron las movilizaciones sabatinas las que sacaron al binomio presidencial del Gobierno? Meses atrás el vicepresidente estadounidense había visitado Guatemala exigiendo la continuidad de la Cicig y evitando explícitamente reunirse con Roxana Baldetti, símbolo de la corrupción y la ostentación de poder. Estados Unidos necesita gobernabilidad y transparencia para su Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte de América Central, plan de recolonización de su patio trasero ante el avance chino en la región. Un gobierno de mafiosos que pedía un 30 % de mordida en cada proyecto no es negocio para Washington. La Cicig cumplió a cabalidad su papel: destapó una cloaca que indignó a buena parte de la población, pero, veamos, se indigna y sale a la calle una clase media urbana para exigir la renuncia de dos funcionarios corruptos, pero nunca se dijo nada de los corruptores, los verdaderos beneficiados de las prácticas mafiosas ante la SAT o con el IGGS. Sería cambiar algo para que no cambie nada. Presos Pérez Molina y amante, ¿terminó la corrupción? Más aún, ¿terminaron los problemas por los que muchísima gente sigue manifestado no en la plaza con vuvuzelas, sino por reivindicaciones ancestrales y más estructurales: falta de tierra, salarios de hambre, ecocidio con las mineras, servicios públicos desastrosos, racismo, machismo? Sin negar la importancia de la corrupción, la actual cruzada cívica entonando el himno nacional funciona como buena cortina de humo para esos problemas estructurales.
  2. La población, entendida como masa (amorfa, como la masa de la panadería, por tanto manejable), es volátil, manipulable, se mueve por sentimientos inmediatos. Fenómenos sociales como la moda o el linchamiento permiten ver esto con claridad (¿por qué la masa sigue ciegamente una consigna?). El pan y circo es viejo como el mundo, pero ahora, con refinadas técnicas comunicacionales (léase cultura de la imagen, sacrosantas redes sociales, creación de estereotipos y falsas preocupaciones —hablamos más de Messi que de los salarios, que cubren apenas la mitad de la canasta básica—), esa manipulación alcanza valor de ciencia, de tecnología aplicada al control social. En muy buena medida pensamos y sentimos lo que grupos de poder deciden. Estas revoluciones democráticas, de las que ya van varias en distintas partes del mundo, lo evidencian. ¿Por qué protestamos contra la Baldetti, y no contra la explotación?
  3. Las elecciones vinieron a completar el show. Realizada la fiesta democrática (¿fiesta para quién?, ¿quién gana con esto?), la gente volvió a sus casas. ¿Terminó la corrupción? ¿Terminaron los problemas estructurales? Lo que tenemos ahora para la segunda vuelta es más de lo mismo. No está Baldizón, satanizado como el malo de la película. ¿Son mejores los que quedaron?
  4. El descontento que estuvo en la calle es real, pero no pudo pasar a más. Eso marca la ausencia de un proyecto político alternativo. Las fuerzas populares, los proyectos de cambio, la izquierda quedaron tremendamente mermados después de la guerra (ese fue el objetivo de la represión: descabezar la protesta social). ¿Podrá articularse la indignación anticorrupción con otras demandas: campesinos, trabajadores varios, desocupados, hambreados de todo tipo, excluidos de los beneficios, pueblos indígenas?
  5. De nosotros depende que todo lo anterior se mantenga y amplíe. Es decir, ¡que no calle la calle!

Marcelo Colussi

Fuente: Plaza Pública, 21 de octubre de 2015
______________

¿Cuántos Cambray más nos esperan?

El 12 de enero de 2010, en Haití, un terremoto mató un número indeterminado de personas que se calcula que llega a 200 000 y produjo 250 000 heridos.

Un sismo de igual magnitud en Hokkaido, Japón, en 2003 dejó 400 heridos y ni un muerto. Un terremoto de magnitud 7.4 en la escala de Richter sacudió California en 1992 y produjo un muerto.

En Nicaragua, en 1972, con un fenómeno de igual magnitud fueron 15 000 las víctimas mortales. El huracán Elena en Estados Unidos dejó 5 muertos. Un ciclón de similar fuerza en Bangladesh, medio millón… Más que la naturaleza, nos mata la pobreza. En otros términos, lo que destruye no es tanto la madre natura enfurecida, sino la forma como nos relacionamos con ella.

Pareciera bastante obvio entonces que, a mayor cantidad de recursos, mayores posibilidades de salir airosos de estas catástrofes. Pero ¿qué decir de Cuba? Con infinitamente menos recursos que otros países desarrollados y soportando por décadas un asesino bloqueo, el continuo paso de huracanes por su territorio no constituye una calamidad nacional. Por el contrario, con un aceitado mecanismo de preparación para desastres, las que en nuestros países latinoamericanos son catástrofes de proporciones descomunales son allí, donde un Estado realmente funciona, eventos bien abordados que no terminan nunca en infiernos.

En nuestro país acaba de suceder una catástrofe de grandes proporciones: el deslave de tierra sobre la aldea El Cambray II, en Santa Catarina Pinula. La cantidad de muertos ronda las 300 personas. Las autoridades, golpeándose el pecho, hablan de la existencia de medio millón de personas que viven en condiciones de absoluta precariedad, lo que las coloca sobre un barril de pólvora: en cualquier momento eso puede estallar.

De hecho, Guatemala está entre los cuatro países del mundo a los cuales la combinación de eventos naturales, la pobreza estructural crónica y la falta de previsión del Estado la colocan en una situación de absoluto peligro. Es decir, ¡vivimos sobre un continuo barril de pólvora listo para explotar en cualquier momento! En ese estado de vulnerabilidad, ¿qué pasará ante la nueva catástrofe que nos golpee? Y esto no es puro negativismo agorero. Sabemos que el país está hondamente expuesto a estos eventos naturales: terremotos (vivimos en una zona altamente sísmica), huracanes (estamos en un corredor de huracanes entre el Pacífico y el Caribe), erupciones volcánicas (vivimos en medio del Cinturón de Fuego del Pacífico). Y ni hablar de otros terremotos sociales como la impunidad o la violencia, con su goteo diario de muertes. ¿Por qué un invierno copioso pasa a ser casi forzosamente una catástrofe?

La pregunta pretende mostrar que estamos mal preparados para afrontar lo que lamentablemente podrá seguir viniendo: el deslave de El Cambray es solo un síntoma visible. El país, en muy buena medida, es un Cambray.

Nuestro Estado está muy debilitado. Pero no por los «políticos corruptos que se lo roban todo», como dice el discurso que hace años la prensa pretende hacernos creer. Está debilitado por las políticas de privatización que desde hace varias décadas estamos soportando y porque la clase dirigente no tiene la mínima intención de fortalecerlo. Un Estado debilitado en todos los aspectos, sin recursos, con raquítica recaudación fiscal (10 % del PIB, de las más bajas en todo el continente), sin proyecto político como nación más allá de la rapiña de cada administración puntual que lo maneja por cuatro años, no está nunca en condiciones de gestionar adecuadamente las crisis que significan cualquiera de estos eventos catastróficos.

En China (¡donde sin miramientos se fusila a los funcionarios corruptos, como sería el caso del ex binomio presidencial guatemalteco!), el Estado tiene proyectos de largo aliento que ya piensan en el siglo XXII. ¿Por qué aquí no podemos tener un plan que supere el efímero paso de una administración de cuatro años? Evidentemente porque hay intereses que hacen que el Estado siga siendo este botín de guerra, ineficiente y bobo, que no puede superar un precario asistencialismo posdesastres. Pero nos merecemos algo mejor, ¿no?

Marcelo Colussi

Fuente: Plaza Pública, 19 de enero de 2015

Lea en la Pluma:

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Artículos de Marcelo Colussi publicados por La Pluma :

Guatemala: ¿Corrupción o injusticia estructural? Marcelo Colussi

A propósito del caso Ríos Montt en Guatemala: reconciliación no es impunidad. Marcelo Colussi.

Guatemala: ¿se podrá ir más allá de la lucha contra la corrupción? Marcelo Colussi.

Sobre el caso Snowden: Todos somos sospechosos. Marcelo Colussi.

Guatemala: De cómo la corrupción contribuye a la falta de desarrollo

La profesión militar: Un absurdo

Masacres en Estados Unidos: ¿Por qué?

Juventud en Latinoamérica: De “promesa de futuro” a “sospechosa”

Venezuela: ¿Apoyar, apoyar críticamente, no apoyar?... He ahí el dilema

 

Palabras clave:Guatemala  El Cambray II  Huracanes  Movilizaciones sabatinas  Cicig  corrupción  América Latina  Abya Yala  Marcelo Colussi  

Actualizado ( Domingo, 25 de Octubre de 2015 21:19 )  

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