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18 febrero 2018 - 18:10
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Argentina: Nuestra posición ante el ballotage

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La CalderaBisDesde la Organización Política La Caldera llamamos a votar en blanco en el ballotage del próximo 22 de noviembre. Compartimos en este documento los fundamentos de nuestra posición  y un aporte al debate que atraviesa al campo popular ante esta inédita coyuntura y el próximo periodo político.

¿Un giro a la derecha? 

Candidatos a presidente que expresan en su trayectoria y en su cultura política opciones de centroderecha y derecha, han sacado el 95% de los votos en las elecciones generales de octubre. Y ahora el ballotage…

La noche del 25 de octubre puso blanco sobre negro un fuerte cansancio social con el kirchnerismo. El 34% de Macri y el 21% de Massa tienen en común un fuerte contenido antikirchnerista. Y si bien en este sentimiento hay presentes elementos progresivos como el rechazo a la corrupción, el narcotráfico e incluso la apropiación privada del Estado, también es cierto que esos votos (ni hablar los candidatos que los reciben) tienen elementos claramente regresivos. Aún cuando esos elementos no han sido del todo explicitados en el discurso de Cambiemos, sí se manifestaron en las confrontaciones llevadas a cabo por la fuerza social que representa, en el 8N, el 18F, etc.

¿Se han derechizado entonces la “opinión pública” y los partidos políticos? En realidad, la derrota kirchnerista no es un rayo en cielo sereno. Expresa una tendencia regresiva, si bien no exenta de contradicciones, que debemos recapitular.

La constitución del kirchnerismo como fuerza política

La recomposición de la gobernabilidad luego de la crisis de 2001-2002 se dio primero de la mano de la reactivación económica bajo la conducción estatal por un sector del PJ que integró a diversas corrientes progresistas y, de manera subordinada, a importantes sectores populares (destacándose sobre todo algunas corrientes del movimiento piquetero y organismos de derechos humanos). El núcleo histórico de la clase dominante en Argentina pagó un precio por esa recomposición de la gobernabilidad: con el control del poder ejecutivo y legislativo el kirchnerismo libró una batalla sostenida por controlar todos los espacios estatales con una doble finalidad: impulsar algunos cambios en la matriz neoliberal heredada de los años 90, así como ubicarse como fuerza política por derecho propio, capaz de garantizar la continuidad y la estabilidad del nuevo ciclo de acumulación.

Esas modificaciones fueron importantes: se destacan la transferencia de renta agraria hacia la industria, las paritarias, la Asignación Universal por Hijo, las estatizaciones (de las AFJP, parcial de YPF, etc.), derechos civiles como el matrimonio igualitario, y leyes democratizantes como la Ley de Medios. Sin embargo, el kirchnerismo no puso en cuestión el carácter capitalista dependiente de nuestro país, dando continuidad a aspectos claves de la reestructuración neoliberal, mientras profundizó las actividades extractivistas. Más de 150.000 millones de dólares pagados en la fraudulenta deuda externa, casi 200.000 millones fugados al exterior, degradación ambiental, consolidación de la precarización laboral y de la vida. Pero, aún más importante, el kirchnerismo instaló como política de Estado una estrategia de cooptación y marginalización del poder independiente de lxs trabajadorxs. 

La política del kirchnerismo reactivó el crecimiento económico, que tuvo como principal motor al sector del agro debido al boom de las commodities. A su vez, el nuevo tipo de cambio instaurado por la devaluación de Duhalde y la transferencia de renta agraria a la industria mejoraron la competitividad de la producción industrial, que también experimentó un ascenso que implicó una mejora en los niveles de empleo.

En términos políticos esto se expresó en el intento del kirchnerismo de construir un bloque de poder incorporando a las fracciones débiles de la burguesía industrial, la burocracia sindical y (de forma subordinada) las organizaciones populares que aceptaran encolumnarse detrás de un proyecto que plantea al Estado como interventor de la economía para garantizar la rentabilidad de los distintos sectores de la producción y como mediador activo de la relación entre el capital y el trabajo. Esta propuesta de desarrollo de un "capitalismo nacional" (que no logró superar los niveles de extranjerización de la propiedad sobre los medios de producción) se basó en el incentivo a la inversión privada, en la que el Estado no jugó un rol activo y planificador más que como garante de la rentabilidad, y mucho menos empoderó a las organizaciones de trabajadorxs para ejercer ese rol. Sin embargo, dio margen al Estado para dar a la clase trabajadora una serie de importantes concesiones que le permitió al gobierno gozar de altos niveles de consenso.

En esta década larga fue quedando cada vez más claro que la participación del sujeto obrero y popular sólo es admisible para el kirchnerismo bajo su conducción política, es decir, si le es “leal”, en una una versión remozada del clásico principio peronista, según el cuál el movimiento obrero es “la columna vertebral”, pero jamás la cabeza.

La iniciativa obrera y popular independiente tuvo así un marco desfavorable, que sólo pudo fructificar en los casos en que las organizaciones supimos condensar fuerzas en extremo en territorios específicos. En estos casos pudimos avanzar en una construcción contrahegemónica y prefigurativa de nuevas relaciones sociales,un importante piso de independencia de clase y un reaseguro organizativo de ese avance, pero no logró articularse como un proyecto político alternativo.

Los vaivenes de la hegemonía kirchnerista

El kirchnerismo intentó construir su propia tropa, dar la "batalla cultural" contra el neoliberalismo por el sentido común o la subjetividad popular, establecer un marco de alianzas en el plano nacional e internacional, y realizar modificaciones pro-industrialistas y mercado-internistas sin romper con el esquema de acumulación neoliberal. Tuvo sus momentos de gloria, como en el 2005 al pasar a conducir el PJ y derrotar el ALCA o en el 2010 con los actos del Bicentenario y el 54% de votos a Cristina en 2011. Pero en verdad nunca logró estructurar de manera definitiva una nueva fuerza capitalista hegemónica con arraigo popular.

El crecimiento económico tuvo motivos coyunturales (altos precios de los bienes primarios exportables, amplia disposición de bienes de capital post 2001, default, devaluación...) que a partir del 2007 fueron agotándose, sin ser reemplazados por otros más que parcialmente. Dos de los intentos claves a los que apostó, suba de retenciones y control de capitales, para dar una salida que podía ser progresiva a aquella encerrona, en caso de enlazarse con otras medidas mayores y movilizaciones de masas, terminaron en duras derrotas tras el conflicto de la 125 en el 2008 y los cacerolazos del 2012.

El repliegue de la lucha popular debido a la recomposición de la hegemonía política de la burguesía y su institucionalidad, junto con el agotamiento de la fase de ascenso económico con el surgimiento de la crisis internacional, trajeron a un primer plano de la lucha política las pujas entre las distintas fracciones de la burguesía para mejorar sus situaciones particulares. En este marco se da la progresiva configuración de una oposición por derecha al kirchnerismo. Esta fue pasando de una actitud defensiva irascible, a una progresiva reconstitución de su poder histórico, retomando iniciativa propia y la recuperación de cierta organicidad como fuerza social. Al día de hoy van llegando a cierta división del trabajo planificada y coherente entre sus cuadros orgánicos en el plano político-partidario (alianza CAMBIEMOS) en sus thinks thanks nacionales e internacionales (fundación Pensar, CEMA, IDEA, etc.), en sus frentes de la sociedad civil (como el Foro de Convergencia Empresarial, la coordinación entre La Nación y Clarín como en la SIP, Expoagro, etc.) su inserción y dirección estructural en áreas claves del estado como el poder judicial, etc.

Las movilizaciones anti kirchneristas en 2008 y en 2012, van marcando el ritmo de la reconstitución de la fuerza social históricamente dominante en nuestro país y su hegemonía sobre cada vez capas más amplias de la sociedad.

Pero, hay que remarcar, esos resultados y esa tendencia regresiva no fueron resultado mecánico de una desfavorable correlación de fuerzas, sino más bien resultado de la apuesta estratégica del kirchnerismo a un “capitalismo nacional” que debiera ser, en su visión, motorizado por la reinversión de las distintas fracciones del capital en alianza con un Estado cerrado a toda participación popular democrática y protagonismo de lxs trabajadorxs.

Los sectores populares autónomos no hemos sido abstencionistas ante esos grandes combates. Con el conflicto “del campo” buscamos formas de unidad en la lucha por quebrar el lock out patronal agrario, mientras el gobierno se negó a desplegar formas progresivas de autoorganización y acción directa popular. Otro tanto pasa con la política proactiva de la RNMA ante la Ley de Medios y siguen los ejemplos. En última instancia, el gobierno confrontaba con sectores del capital concentrado (iba “por todo”) para luego negociar en mejores condiciones, reconstruyendo siempre formas de entendimiento con sectores de esa patronal y de la burguesía en general, al tiempo que disciplinaba a un movimiento popular expectante y ajeno a esas negociaciones.

Allí podemos ver el reiterado y frustrado intento de Cristina de institucionalizar un Pacto Social que consolidara la gobernabilidad capitalista en Argentina, a cambio del compromiso del empresariado de reinvertir sus enormes ganancias y aceptar la regulación estatal, así como del compromiso de la dirigencia de los sindicatos de aceptar techos salariales y no cuestionar el poder patronal en las fábricas.

En el 2008 el conflicto por las retenciones hizo saltar por los aires el armado de ese Pacto Social, tras el estado de guerra con las patronales agrarias y la negativa rotunda de los industriales de llegar a ningún compromiso hasta que el gobierno cediera ante el agro. A la dura derrota del gobierno le siguió su recomposición política en base a audaces medidas (estatizaciones, AUH, leyes democratizadoras, etc.) y una tendencia a la desinversión empresaria y fuga de capitales.

En el 2011 Cristina propuso una nueva versión del pacto social: la sintonía fina. Incrementar la regulación e intervención estatal en todos los planos, en busca de garantizar un buen ritmo de la acumulación de capital, así como un sostén del empleo -precario-. Así vino el cepo al dólar, las trabas a las importaciones, el uso de las reservas, el mantenimiento de los subsidios, el incremento de planes sociales. La renta agraria y las reservas financiaban esa acumulación de capital (industria, empleo, planes sociales). En este marco de tironeos la mayor parte de la burguesía se negó a hacer un pacto social bajo este gobierno, y así también crecientes sectores del movimiento obrero. Entre los paros generales y los cacerolazos el pacto social que pretendía el gobierno era ilusorio. Aunque claramente los cacerolazos fueron, por masividad y respaldo orgánico burgués, quienes marcaron el tono y la tendencia de este último período.

Mientras tanto, la crisis mundial que se extiende desde el 2008 hizo bajar los precios de las materias primas (y la renta agraria), a la par que el Mercosur se degradó con la subordinación respectiva de Argentina y Brasil a las manufacturas de China. El agro se estancó junto a la industria y las reservas se evaporaron, mientras seguimos pagando las deudas religiosamente. De conjunto, la tendencia global del período marca una crisis del neoliberalismo que se expresa en fuerzas políticas que, en el gobierno -apenas- moderan ese neoliberalismo (Syriza es sólo el más trágico de estos ejemplos).

Las experiencias más avanzadas a nivel estatal a nivel mundial (la de los países del ALBA), afectados también por la caída del precio de sus bienes exportables, mostraron un redistribucionismo desde arriba, limitadas formas de democratización estatal y la emergencia de formas de propiedad públicas y colectivas de distinto tipo, que no logran proyectarse hasta el punto de cambiar la matriz de acumulación, que sigue basada en un neodesarrollismo extractivista basada en la asociación del capital internacional con los nuevos gobiernos de esos países. Es así que a pesar de la crisis neoliberal en estos últimos años los países que promueven el libre comercio subordinado a los EEUU han sido más dinámicos que el sector del ALBA y el Mercosur.

En esta difícil situación vemos que las corrientes más progresivas que planteamos una ruptura cualitativa con el régimen político y económico dominante, nos mantenemos en una etapa de acumulación de fuerzas, sin llegar a mover el amperímetro de la política de masas, salvo en luchas puntuales.

Las elecciones de 2015 y el fin de ciclo

Con cuatro años de estancamiento económico, Scioli lanzó su campaña proponiendo una "mejora" del modelo, sin precisar problemas ni soluciones. La ausencia de una perspectiva de salida a la actual crisis económica, que empalmo con un cansancio con el modo político kirchnerista (soberbia, corrupción, etc.) devinieron en una extendida necesidad de “un cambio” que Scioli no supo expresar políticamente.

La alianza Cambiemos, por su parte, no hizo hincapié en su programa, sino más bien en la construcción de una identidad capaz de aglutinar a todos los sectores que desean un cambio. Un mensaje de optimismo y esperanza que contrasta con la fatiga con el kirchnerismo. Centrado en ese deseo genérico de “cambio” logró canalizar a un 34% del electorado, concentrado en amplias capas medias del campo y la ciudad e incluso con llegada a sectores populares.

Por supuesto, que no publiciten su programa de gobierno no significa que no lo tengan. Se trata de “volver al redil”, subordinarse aún más al capital “occidental”, hacerle caso al FMI, acatar las cortes judiciales yanquis, liberalizar la economía, eliminar buena parte de los impuestos a la renta agraria, y cambiar el alineamiento regional e internacional hacia los países que mantienen TLC con EEUU.

Ahora bien, más allá de sus promesas electorales, no podemos esperar de Scioli un programa muy diferente. Con el agotamiento de las reservas del Banco Central y las presiones devaluatorias de la burguesía es dificil que se prolongue el stand-by que viene realizando el kirchnerismo, tirando la pelota del ajuste al próximo gobierno. Sin duda tendrá que devaluar y recurrir al financiamiento externo para normalizar la situación del mercado cambiario y recuperar el nivel de reservas, lo que implicará de por sí un ajuste a los salarios y de mínima un arreglo con los fondos buitres (cuando no un acercamiento a los organismos internacionales de crédito, que exigirán mayores medidas de recorte y austeridad). En el frente externo es posible que no se dé un realineamiento con el imperialismo yanqui, sino que mantenga la política del kirchnerismo de jugar a dos puntas, manteniendo el intercambio con otras potencias como Rusia y China. Sin embargo, no podemos sembrar ilusiones sobre lo que estas relaciones representan en términos de superación de la dependencia del capitalismo argentino: el propio intercambio con China ha debilitado los procesos de integración regional y nos sigue condenando al rol de productores de materias primas.

Macri propone también una modernización estatal, basada en su gestión en CABA - que es sin embargo una gestión mediocre en el distrito con mayor renta per cápita del país y una deuda en aumento - oponiendo este modelo al pobre funcionamiento y las malas condiciones que presenta la educación y la salud pública en Provincia de Buenos Aires y muchas provincias del interior. Se presenta como un gestor eficiente guiado por la lógica de la rentabilidad empresaria, a costa de la intensificación de los ritmos de trabajo, montandose sobre la fuerte desmoralización que existe en el sector público de la Provincia de Buenos Aires, con escasez de recursos y sobreocupación del personal por los bajos salarios, que no afecta sólo a lxs trabajadorxs del sector, sino al conjunto de la población que depende de los servicios públicos estatales. Eso representa un desafío en el próximo periodo, enfrentar tanto la desmoralización como el avance de la lógica mercantil en el sector estatal, oponiendole una óptica de clase que permita disputar de conjunto, trabajadorxs y usuarixs, las políticas públicas en los distintos sectores del estado. 

Lxs trabajadorxs ¿convidadxs de piedra?

Siendo más de dos tercios del padrón electoral, lxs trabajadorxs no podemos hacer pesar nuestro número en la defensa de nuestros intereses de clase. Los principales candidatos representan opciones pro capitalistas dirigidas por capitalistas. Entre las corrientes que propugnamos una alternativa anticapitalista no hemos construido aún capacidad de intervenir exitósamente en el plano político-electoral. El Frente de Izquierda y de los Trabajadores ha conquistado un piso respetable (si bien aún minoritario) de casi un millón de votos (3.5%) y han ganado referencia mediática y social. Pero no ha redundado en una unidad política desde las bases, en la estructuración de una fuerza inserta y con capacidad movilización a nivel de masas, que es, a nuestro entender, una de las tareas primordiales de la etapa.

En gran medida producto de nuestras propias debilidades y errores, las fuerzas políticas capitalistas subsumen dentro suyo a la mayor parte de lxs trabajadorxs, diviendo a nuestra clase tras dos proyectos burgueses. Hubo un voto útil que jugó a favor de Cambiemos, un voto anti kirchnerista, sin mayores determinaciones. Es un voto independiente que fortalece a la derecha liberal, pero que no lo hace pensando en respaldar un ajuste o una agenda conservadora. Un voto que percibe el enfrentamiento del kirchnerismo con otros sectores de la clase dominante como un enfrentamiento que le es ajeno y que no soluciona sus problemas cotidianos.

El voto a Scioli es un voto defensivo y moderado, cada vez menos convencido en “el modelo” y cada vez más resignado al "mal menor”. Muchxs compañerxs plantean que el voto a Scioli es un voto contra la ofensiva conservadora que avanza en Latinoamérica, expresada en particular por el PRO en nuestro país. Un voto que sirva para elegir a un presidente que no vuelva atrás en las mejoras en las condiciones de vida experimentadas durante esta década.

Nuestra política de cara al ballotage. 

De nuestra parte, creemos que un voto a Scioli no es un freno a la ofensiva conservadora. En cambio, tendrá un claro mensaje social de aceptación y adaptación a la tendencia regresiva que el kirchnerismo viene traccionando en favor de la recomposición de la hegemonía burguesa. Depositar en Scioli un voto de confianza desde la izquierda es, a nuestro entender, una manera de fortalecer el giro conservador del escenario político, subsumiendo incluso a las corrientes más radicalizadas, y debilitando ideológica y subjetivamente a las masas bajo la hipótesis de que no es la correlación de fuerzas construida en las últimas décadas la que configura nuestras condiciones de lucha y la posibilidad de avanzar en nuestras reivindicaciones, sino el favor del gobierno de turno. 

Este escenario coloca a las corrientes que apostamos por el desarrollo de la autoactividad de nuestra clase y la construcción de poder popular ante el riesgo de la marginalidad o la adaptación. Entendemos que el llamado al voto en blanco, en este duro contexto, es la táctica más útil para instalar y visibilizar una alternativa política independiente que rechaza el programa político de ajuste de ambos candidatos; y eventualmente, si fuera una opción electoral con cierta masividad, puede también expresar ese rechazo en el resultado electoral, anticipando el ciclo de luchas que deberá enfrentar el próximo gobierno. 

Por supuesto el criterio del mal menor tampoco puede ser rechazado a priori. El frente antifascista y el frente democrático suponen tener como aliados a sectores reformistas e incluso liberales, en ciertas ocasiones. Pero en esta elección no nos enfrentamos al ascenso del fascismo ni a una dictadura. La adaptación a la lógica infinita del mal menor, en cambio, ha tenido severas consecuencias a lo largo de la historia. Menem prometiendo la revolucion productiva y el salariazo era el mal menor frente a Angeloz y su lapiz rojo del recorte; De la Rúa con sloganes progresistas era el mal menor frente al conservador Duhalde; en Brasil organizaciones sociales como el Movimiento Sin Tierra se jugaron por el mal menor de Dilma frente al candidato del ajuste neoliberal, y el ajuste neoliberal lo terminó aplicando Dilma, pero con la legitimidad del movimiento popular. Esto hipoteca la credibilidad de las organizaciones anticapitalistas, confundiendo y desmoralizando a la base social que pretendemos organizar y proyectar en una alternativa política autónoma de la clase.

Como dice Antonio Gramsci, "todo mal resulta menor en comparación con otro que se anuncia mayor y así hasta el infinito. La fórmula del mal menor, del menos peor, no es sino la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento históricamente regresivo, movimiento cuyo desarrollo es guiado por una fuerza audazmente eficaz, mientras que las fuerzas antagónicas (o mejor los jefes de las mismas) están decididas a capitular progresivamente, por pequeñas etapas y no de un solo golpe (lo que tendría un efecto psicológico condensado y podría hacer nacer una fuerza competidora activa contraria a la que pasivamente se adapta a la “fatalidad” o reforzarla si ya existe)”.

Ahora bien, aún cuando la correlación de fuerzas sigue siendo desfavorable, las organizaciones que buscamos un cambio social tenemos una experiencia acumulada cada vez más asentada, con raíces en la clase. Ante el rechazo popular a “volver a los noventa” y el agotamiento del modelo kirchnerista, hay una mayor predisposición a buscar otras alternativas. Forjar este camino y señalar ese horizonte es una tarea inmediata de las organizaciones populares más radicales. En particular la nueva izquierda anticapitalista -aún minoritaria- lleva en el corazón y en su capacidad de autorreflexión y autocrítica esa capacidad.

En la construcción de una fuerza social revolucionaria...

Como OP La Caldera en esta elección votamos en blanco. Comprendemos este voto como un momento táctico en la tarea estratégica de aportar a la construcción de una fuerza social revolucionaria. 

Por encima y más allá del voto importa la claridad en la necesaria independencia de clase. La discusión respecto a qué votar en el ballotage esté siendo parte de un apasionado debate en los ámbitos de la vida cotidiana, así como en muchas organizaciones populares. Y es bueno que aprovechemos estas discusiones para intercambiar visiones y profundizar debates, dialogando respetuosamente con aquellas tendencias que pueden optar por otras tácticas en este contexto, puesto que la construcción de una hegemonía socialista dentro del campo popular requiere aprovechar cada coyuntura para avanzar dialécticamente junto a la clase.  

De nuestra parte, venimos intentando construir una tendencia que combine claridad estratégica con carnadura de masas, con movimientos y agrupaciones conscientes enraizados en construcciones colectivas de base, capaz de activar y catalizar la organización desde abajo, acompañado de la elaboración de una perspectiva de transformación social palpable, viable y deseable para el conjunto del pueblo trabajador. 

Como sabemos, gane Macri o gane Scioli, la clave para parar el ajuste y la represión será la organización popular. Aún más, debemos apuntar a tomar la inciativa nosotrxs, en todos los niveles. Para ello, es necesario fortalecer la unidad de las organizaciones indendientes y en lucha.  Allí están lxs compañerxs de la Red Nacional de Medios Alternativos, como Antena Negra TV y el resto de las organizaciones que lo componen; la Campaña Nacional contra las Violencias y la Campaña por el Derecho al Aborto; la Asociación Gremial de Trabajadorxs Cooperativistas, Autogestivxs y Precarizadxs; la Corriente Político-Sindical Rompiendo Cadenas; el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. Debemos proyectar nuestras valiosas luchas y organizaciones a una escala mayor, en frente único de la clase.

Este 22, votamos en blanco, pero con la convicción de que la tarea central por delante es organizarnos por millones y proyectar nuestra organización en una alternativa política autónoma de lxs trabajadorxs y el pueblo. Todxs hacemos y haremos falta. Debatamos fraternalmente y apuntemos los cañones al futuro:

La mano viene jodida. Que el voto no nos divida.

Iniciativa popular. Unidad para luchar.

¡A forjar la alternativa de clase, desde abajo y a la izquierda!

Fuente: La Caldera, 12 de noviembre de 2015

 

 

 

 

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