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Descanse en paz la guerra

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Juan Manuel RocaNo tengo afición por los balances de fin de año. Generalmente, por lo enumerativos y fríos se quedan en el campo de los listados como en esos llamados “top-ten” a los que nos han acostumbrado los medios.

Supongo que a los que algunos señalan como catastrofistas, al momento de elegir los 10 peores hechos ocurridos, y en este caso el número se ve restringido a un número de sucesos que tapan otra centena de desgracias, les costará trabajo hacer el decálogo, por no tener más de dos manos y diez dedos para seguir contando los episodios monstruosos del mundo. Debe quedarles un sabor a balance amargo pero inacabado. Bastaría con señalar solamente la devastación de Alepo para que el mundo se sintiera humillado y ofendido.

Pero también está como un agujero negro en la conciencia de este áspero siglo de las sombras, otro hecho infame que es la tranquilidad con la que el presidente entrante de Estados Unidos dice “arma nuclear” como quien da un “buenos días” a sus vecinos, sin que una sola sílaba se le atraviese como una espina de pescado en la garganta.

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 (In) mundo, por Jorge Alaminos Fernández especial para La Pluma

El recién elegido dice llanamente que hasta que “el mundo entre en razón” hay que incrementar el armamento nuclear. Pero si el mundo entrara en razón sencillamente no elegiría gente de su calaña, señor Trump. Porque usted, y otros mandatarios del ulcerado planeta que vamos dejando a nuestro paso, y así lo entiende el admirable Noam Chomsky, le dan cuerda a los minuteros del “reloj del juicio final”, un reloj que marcha a toda máquina, a destiempo con nuestra mansedumbre colectiva.

A los profesionales del optimismo les costará trabajo encontrar los 10 mejores hechos ocurridos en el mundo, pero ya se las arreglarán para contradecir a quienes a su vez ven como profesionales del llanto: algo bueno encontrarán en algún avance científico, en la cura de una enfermedad y no por supuesto la de la enfermedad -incurable- del conformismo. De pronto, desde la cultura, se nos revela un gran poeta, un ensayista, un gran músico o un narrador, y los que aún con cierto grado de firmezas anacrónicas creemos en la palabra o en el arte, sentimos al menos un poco de aire. Y ahí vamos, un poco doctor Jekill, un poco señor Hyde. Cada vez resulta más clara la metáfora de Stevenson, el científico aporta luz pero su otro entrega oscuridad. Y los dos viven, cohabitan en un mismo cuerpo, son una pareja malavenida atrapada en un mismo pellejo.

Me piden los amigos de “La Pluma”, desde París, que haga un balance de este desbalanceado año que para bien enterraremos en pocos días. Y no quiero ser Jekill, no quiero ser Hyde y además hay gentes más doctas en los análisis socio-políticos.

Sólo voy a apuntar a dos hechos de diferente signo en lo que tiene que ver con Colombia. El primero, que es de orden positivo, fue recogido por un noticiero nacional (CM&) en un informe que señala que los hospitales colombianos se han ido quedando sin soldados heridos poco a poco, desde que se iniciaron los acuerdos de paz. Estos son los datos que dejan de ser fríos números estadísticos gracias al horror que desalojan: en el Hospital Militar de Bogotá en 2011 había 424 soldados heridos en combate o a causa de minas llamadas, no sin poca crueldad, “minas quiebrapatas”.

En 2013, 395 miembros del ejército a quienes dicen admirar nuestras elites retardatarias por ser los salvadores de la patria, pero a quienes quisieran seguir metiendo en la guerra, ingresaron al hospital en un número de 395.

Para el año 2015 los heridos que ahora portaban un deslucido uniforme de bata blanca, sin insignias ni distinciones, bajó a 131 muchachos entre mutilados o a punto de serlo.

En este año 2016 solo fueron atendidos 30 soldados y al momento de hoy solamente hay uno. Muchos otros que fallecieron ni se enteraron de las escasas diferencias que hay entre banderas y mortajas.

Como lo pedimos hace algunos años en dupla con María Mercedes Carranza, queremos que descanse en paz la guerra. Y con esto, que baje el mercurio en el termómetro de la violencia. Hospitales sin heridos de guerra, he ahí lo más positivo que pueda señalar para este año en Colombia.

Y bien, como no hay Paraíso sin serpiente, casi al mismo tiempo de las camas sin heridos, se nos anuncia un hecho de guerra que en apariencia no deja tantos hombres por fuera de combate. Es un hecho que no llena las camas de los hospitales ni requiere de febrífugos, de una provisión de muletas, de prótesis ni gasas, y que sin embargo atenta contra la salud, la educación, la cultura y la estabilidad de las familias colombianas, que verán recortados todos esos derechos en la dura pelea cotidiana. Esa que solamente deja héroes anónimos y soldados desconocidos.

Es una guerra sucia y menos visible la nueva cascada de impuestos con la que nos castiga el gobierno para sanear la economía que ellos, los gobernantes corruptos, han enfermado casi hasta llevarla a un estado terminal. Es una guerra brutal y camuflada que se nos declara en medio de los lánguidos festejos de la navidad, “ese tiempo en que los comerciantes se vengan de Cristo por haberlos expulsado del templo”, como diría el mexicano Edmundo O'Gorman. Y mientras tanto, mientras nos dan la orden de sacrificarnos por el bien del país, (¿de cuál), la iglesia de los pobres vuelve, como siempre, a callar.

Juan Manuel Roca especial para La Pluma, 26 de diciembre de 2016

Juan  Manuel Roca (Medellín, 1946). Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 17 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán. Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003).  Premio Nacional de Poesía 2004 del Ministerio de Cultura. Colaborador de La Pluma.net.

Textos y poemas de Juan Manuel Roca Publicados en La Pluma

Editado por María Piedad Ossaba

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Palabras clave:La Pluma| Edición especial « Balance 2016 » | guerra/paz | siglo de sombras | Trump | USA | Colombia | Juan Manuel Roca  

Actualizado ( Sábado, 31 de Diciembre de 2016 04:20 )