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Corrupción e inseguridad: Retos estratégicos de la Revolución Bolivariana

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El 7 de octubre de 2012 la gente honrada y progresista del planeta respiró tranquila: Chávez ganó las elecciones en Venezuela.  Alegría y júbilo entre muchos latinoamericanos a quienes su triunfo nos afecta directamente.

La trascendencia geopolítica de este régimen obligó a la derecha de todos los matices a generar un ambiente de derrota del candidato Hugo Chávez: hicieron el ridículo, pero eso poco les importa.  Lo que sí les quita el sueño es que la principal reserva petrolera del mundo no esté en manos de las multinacionales y sí en manos de un pueblo soberano, que las riquezas de un país se inviertan en gasto social cuando lo que manda ahora es que la mano invisible de los mercados sea la que brinde los servicios elementales a los ciudadanos.  Esa riqueza y ese mal ejemplo no deja dormir a los “dueños” del planeta.

Los datos de la gestión bolivariana son irrefutables.  Su sistema electoral, avanzado y eficiente, envidia de más de un país del primer mundo, no parece fácil alterarlo: dictadura, caudillismo, populismo, aseveran los medios de comunicación afines al capital, con base en falaces argumentaciones.

No obstante, en aras a defender la revolución bolivariana en Venezuela, es necesario examinar algunos aspectos, que de pasarse por alto, podrían dar al traste con tan consecuente proyecto.

 


 

LA REVOLUCIÓN: QUÉ TANTO DE REALIDAD Y QUÉ TANTO DE UTOPÍA

El régimen político bolivariano ha cumplido con el papel que le corresponde al Estado a la hora de garantizar, por medio del gasto público, los derechos humanos de sus ciudadanos.  Eso, en la actualidad y en América Latina (Nuestra América), se había olvidado pues el neoliberalismo convirtió estas obligaciones del Estado en negocio. 

Al mismo tiempo se ha promovido en alto grado la organización política, lo que se traduce en una participación sin precedentes por parte de aquellos que solo eran vistos como estadísticas y, como mucho, instrumento fácil a la hora de legitimar electoralmente a los verdugos.

Ese intervensionismo de estado en todas las esferas de la sociedad unido a la organización política de los más desfavorecidos, da la impresión de un cambio revolucionario, pero en sentido estricto, tal cual lo ha establecido la historia, no es una revolución: “...la revolución se ve ante todo, como una radical transformación de las estructuras sociales y económicas, o como el ascenso al poder de una nueva clase social.”[i]

La revolución podría entenderse como un camino, o mejor, como un punto de llegada, en ese sentido el excelente Programa de Chávez así lo reconoce: “No nos llamemos a engaño: la formación socioeconómica que todavía prevalece en Venezuela es de carácter capitalista y rentista.” (pg. 2)

Es decir, la burguesía venezolana sigue en el poder.  Ha perdido sí el control de los principales órganos de dirección del Estado, instrumento clave para conservarse como clase, pero en las otras esferas de la vida social y política siguen demostrando la capacidad que tienen como grupo social a la hora de defender sus intereses.

Con la paciencia, que a la fuerza ha tenido que adquirir, está horadando los cimientos del Estado bolivariano por medio de la corrupción, entre otros.

 

 

LA CORRUCPCIÓN: APROPIACIÓN PRIVADA DE LO PÚBLICO

Está claro que un nuevo enfoque del gasto social se ha instalado en Venezuela, que ello ha repercutido en un aumento considerable del nivel de vida de sus nacionales, pero, ¿se han modificado las relaciones cotidianas entre el ciudadano y la administración pública? 

¿Cuál es el tamaño, tan siquiera aproximado, de la corrupción?  ¿Existen datos oficiales?  Es cierto que en la época de la derecha esta conducta campaba a sus anchas, pero nuestro referente no pueden ser ellos.

El caso es que con la corrupción se da una paradoja: mientras el Estado socializa empresas estratégicas, una tupida red de individuos se apropia del patrimonio público.  Lo que se hace con una mano se está perdiendo con la otra.  Esto implica un modo de funcionamiento burgués en el Estado: esos mismos funcionarios “bolivarianos” se venderán, en una época de crisis, al mejor postor.  Ellos mismos serán la prueba irrefutable de la inoperancia del Estado y el mejor argumento para privatizar.  Les dará lo mismo: los gustos del consumo no conocen ideología, más que la del dinero.

Lo peligroso es que la corrupción tiene un extenso gris en común con la delincuencia.  Y ahí llegamos a otro terreno todavía más delicado.

LA INSEGURIDAD: APROPIACIÓN O MENOSCABO CASI SIEMPRE VIOLENTO DE BIENES JURÍDICOS CON FINES DE LUCRO O GOCE INDIVIDUAL

Por bien jurídico se entiende un elemento esencial para la vida social e individual protegido por el ius puniendi (derecho penal).  Son ellos la vida y la integridad física, la libertad, la indemnidad y libertad sexual, la intimidad, la propiedad, el honor, etc.

¿Cómo entender que tan abrumadores logros en la reducción de la pobreza y el aumento del nivel de vida no hayan impedido el aumento de la delincuencia en Venezuela?

Las cifras son demoledoras.  En 2001 ocurrieron 7.960 homicidios; en 2010, 13.080; y en 2011, 19.336.  “Si realizamos el cálculo exclusivamente con las cifras incompletas del registro oficial, tenemos una tasa de 60 víctimas por cada 100.000 habitantes. Cabe recordar que de acuerdo a los estándares de los organismos de las Naciones Unidas, una tasa por encima de 10 homicidios por cada 100.000 habitantes se considera una epidemia, por lo tanto podemos concluir que Venezuela vive una muy grave epidemia de homicidios.”[ii]

Eso sin hablar de robos, hurtos, extorsiones, secuestros, delitos contra la libertad sexual, etc.  ¿Y dónde están los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado?  Todos recordamos a los agentes de la Policía Metropolitana de Caracas, cubiertos con camiones antidisturbios disparándole al pueblo en el golpe de estado de 2002 y apoyando a los golpistas. 

Entre delincuentes, policías corruptos, más la connivencia de más de un funcionario venal y el regocijo y patrocinio de la burguesía, el pueblo venezolano observa como entre el mostrador de una administración y las calles de su ciudad su proyecto de vida se desvanece.

 


 

ES HORA DEL ORDEN REVOLUCIONARIO

Contrastando el programa de Chávez con el de Capriles la diferencia es pasmosa.  El primero, organizado, coherente: una propuesta de nación, todo un plan de desarrollo alternativo.  En cambio el de Capriles, una serie de categorías y frases huecas que prometen metas que ya se han alcanzado durante el proceso bolivariano, pero con una virtud: a la hora de hablar de seguridad su mensaje es sencillo y eficaz: “Estamos comprometidos contigo. Nuestro compromiso es que tú y tu familia se sientan tranquilos y seguros. Sin miedos, sin temores, sin angustias. Vamos a tener cero tolerancia con la violencia, el delito y la impunidad.” (pg. 22) 

Muchos venezolanos honrados están hartos de la delincuencia y la corrupción.  Quieren mano dura: poco les importará el sello ideológico del Estado que la ejerza.  La burguesía pondrá el grito en el cielo, pues hoy detienen a los pillos de la calle, mañana irán por ellos al ser una clase social que le agrada estar al margen de la ley.

Esta situación se ha reflejado en los resultados electorales y es para preocuparse.  En las elecciones presidenciales del año 2006 los votos anti Chávez sumaron 4’321.072 y los a favor de Chávez llegaron a 7`309.080.  En el 2012 votaron por Chávez 8`135.192 y por Capriles 6`498.776.[iii] 

Es decir, los bolivarianos aumentaron unos 800.000 votos, pero la derecha aumentó más de dos millones.  La reflexión debe ser profunda.  Ya es hora que el poder popular se vea, en las oficinas y en las barriadas.  Ese poder paralelo compuesto por burguesía, corrupción y delincuencia hay que acabarlo, o ellos acabarán con lo que va de revolución y no les temblará la mano a la hora de defender “sus gustos por consumir”.

Un estado de derecha presidido por Álvaro Uribe, en alianza con sectores del narcotráfico, aupado por la oligarquía, el visto bueno de los EEUU y por medio del Terrorismo de Estado, le brindaron el espejismo de la seguridad a los colombianos: durante algún tiempo a la gente no la atracaban en las ciudades y no la secuestraban en las carreteras cuando salían a pasear.  Duró lo que las aberrantes desigualdades sociales lo permitieron, pero le alcanzó, entre otros, para gobernar ocho años (2002-2010).  Todavía hay gente del pueblo que lo añora.

Simón Bolívar dio ejemplo: “Decreto 18 de marzo de 1824 Señalando premios a los denunciantes de contrabandos.  Art. 3. Todo empleado en Aduana, Resguardo, Capitanía de puerto o cualquiera otro destino de Hacienda Pública que tomare parte en los fraudes que se cometan contra ella, bien sea interviniendo como principal, bien sea sabiendo el fraude y no delatándolo, quedará sujeto a la pena capital que se le aplicará irremisiblemente.”[iv]

La decisión está en manos del pueblo venezolano, pero muy especialmente de sus dirigentes, de sus organizaciones políticas y sociales, de sus instituciones.  O dan la dolorosa batalla ahora en condiciones favorables o aplazan la decisión, con argumentaciones eclécticas que probablemente provengan de quienes reciben pingües ganancias: correrán el futuro riesgo de una terrible confrontación, vaya a saberse en qué condiciones.


[i] Guerra, François-Xavier. Modernidad e Independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. Editorial Fondo de Cultura Económica y Editorial Mapfre. México, 1992. pg. 12

Jaime Jiménez especial para La pluma,11 de octubre de 2012

*Jaime Jiménez : Historiador y Abogado. Colaborador de La Pluma

 

Traductions disponibles : Français 

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Palabras clave:Jaime Jiménez  Venezuela  Chávez  Revolución Bolivariana  Socialismo del siglo XXI  Elecciones presidenciales 2012  

Actualizado ( Domingo, 28 de Octubre de 2012 18:52 )  

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