La pluma dice lo que el hombre calla...

25 febrero 2018 - 15:35
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¡Canallas! ¡Canallas! ¡Canallas!

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Eric NepomucenoBisEl jueves 2 de abril de 1964 otro golpe de Estado, un golpe cívico-militar, se consumaba, liquidando un gobierno elegido por el voto popular y soberano. En aquella ocasión, las mismas fuerzas que ayer triunfaron recorrieron a los cuarteles. Ahora las tropas son dispensables.

Hace 52 años, presidiendo una sesión extraordinaria del Congreso que reunía a diputados y senadores, el conspirador derechista Auro de Moura Andrade decretó vacante la presidencia, afirmando que el presidente constitucional, João Goulart, había abandonado el país.

Era mentira. Goulart estaba en Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul, intentando reunir fuerzas suficientes para resistir al golpe. Moura Andrade lo sabía. Todos sabían.

El entonces diputado Tancredo Neves, conocido por sus maneras suaves y cordiales, apuntó el dedo al rostro de Moura Andrade y disparó, con insospechada voz de trueno: ¡Canalla! ¡Canalla! ¡Canalla!

Pasados los años, hace tres días le tocó al nieto de Tancredo, el senador Aécio Neves, uno de los artífices del golpe contra Dilma Rousseff, ver cómo su colega Roberto Requião, del mismo PMDB de Michel Temer, lo miraba a los ojos y disparaba, a él y a su pupilo Antonio Anastasía, las mismas palabras: ¡Canallas! ¡Canallas! ¡Canallas!

El miércoles, la palabra quedó estampada, de una vez y para siempre, en la frente de Aécio, Anastasía y otros 59 senadores. Siete más de lo que era necesario para fulminar un mandato popular.

Algunos de los 61 votos que destituyeron a la presidenta fueron emitidos por senadores que hasta hace pocos meses eran ministros del gobierno ahora liquidado.

En los largos e intensos debates de los últimos días se ha visto de todo: cinismo, farsa, hipocresía, cobardía, traición.

Canalladas.

No hubo una única prueba concreta que justificase la fulminación de los 54 millones de votos soberanos logrados por Dilma Rousseff en octubre de 2014. Bajo el manto de las formalidades, se consumó la indignidad.

Lejos del pleno del Senado, lo que se ha visto fue la reiteración de los viejos hábitos de la más baja política brasileña: Michel Temer y sus cómplices ofreciendo el oro y el moro con tal de asegurar votos suficientes para legitimarlo legalmente en el puesto que usurpó a base de traición. Legalmente: moralmente, imposible.

Sobran ejemplos de ese comercio de intereses. Menciono dos.

A las tres de la mañana del miércoles, frente a un pleno casi vacío y a una audiencia ínfima, uno de los que se declararon indecisos, el ex jugador Romario, leyó, con evidente dificultad, el texto escrito por algún asesor justificando su voto favorable a la destitución de Dilma Rousseff.

Dijo que se convenció gracias a las razones expuestas por los acusadores de la mandataria.

Mentira: se convenció al lograr el nombramiento de algunos de sus apaniguados en el gobierno de Temer.

Idéntica suerte tuvo el también indeciso senador Cristovam Buarque, ex ministro de Educación del primer mandato de Lula da Silva: a cambio de su voto, se le prometió el luminoso puesto de embajador brasileño en la Unesco. Cambió una biografía por París.

Ese ha sido el precio de su dignidad, suponiendo que Temer cumpla lo pactado. Y suponiendo que esa dignidad alguna vez existió.

¡Canallas! ¡Canallas infames! ¡Un aquelarre de 61 canallas!

¿Por qué? Por haber asumido una farsa. Por imponer a los brasileños un programa político y económico que fue rechazado con vehemencia por las urnas electorales en las cuatro últimas elecciones. Por entregar el país a una pandilla. Por vilipendiar la historia. Por entreguistas. Por condenar el futuro. Por haber permitido que una mujer honesta sea sustituida por un bando de corruptos.

Por defender la traición.

La historia sabrá juzgarlos. Lo que cometieron ahora, sin embargo, es irreversible. El precio será pagado por los humildes, como siempre.

Empieza un tiempo de incertidumbre. De expoliación de derechos alcanzados en los últimos 13 años.

Tiempo de brumas. Tiempo de infamias. Tiempo de vergüenza.

Tiempo de canallas.

Éric Nepomuceno

Fuente: La Jornada, 2 de septiembre de 2016

Éric Nepomuceno (São Pauloes 1948). Periodista, militante político, escritor y traductor de español, es el autor brasileño que más destaca la historia de América Latina. Se marchó de su Brasil natal a Buenos Aires en 1973, donde se inició en el mundo periodístico en un idioma que no era el suyo. Allí trabajó como corresponsal del Diario de São Paulo y colaboró con La opinión y con la revista Crisis, dirigida por Eduardo Galeano. En 1976 se mudó a Madrid, donde fue la pluma en España de la revista brasileña Veja. Empezó entonces a colaborar también con Cambio 16 y con un neonato diario El País, pero tres años más tarde volvió a cruzar el charco para instalarse esta vez en México. Nepomuceno volvió a Brasil en 1983 y trabajó de nuevo para El País, una relación que se alargó hasta 1989. Actualmente es el corresponsal en Rio de Janeiro del periódico argentino Página 12. Además de su faceta periodística, Éric Nepomuceno es escritor y traductor. Ha sido el traductor al portugués de algunos amigos suyos, como Gabriel García Márquez; Julio Cortázar; Eduardo Galeano; Juan Rulfo y otros escritores admirados, como Miguel de Unamuno. Entre sus traducciones se encuentra una joya bizarra, ‘Fuego en las entrañas’, una novela porno que escribió Pedro Almodóvar en 1979 cuando era funcionario de Telefónica.

Lea en la Pluma:

 

Golpe en Brasil a #DilmaRousseff


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Actualizado ( Lunes, 05 de Septiembre de 2016 23:18 )  

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