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Soplan vientos de guerra

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reinaldo-spitalettaBisTal vez todos somos sirios, por historia; porque todos los pueblos y ciudades de ese país, que ha estado en el camino y la codicia desaforada de los imperios, han sido declarados patrimonio de la humanidad; por las profecías y la ruta de la seda; por las ruinas históricas, por los mitos. Por todo. Somos sirios. Parte de una cultura ancestral. De un tiempo remoto profano y sagrado.

Tal vez somos sirios por la bíblica Damasco, la que vio a Alejandro el Magno y a Saladino, la de los romanos como Calígula, la de las evocaciones de Las mil y una noches, la del Corán y la Tierra Santa. Quizá nos toque un poco de su tierra de árboles de dátil en la antigua Palmira (la de los templos y los teatros en ruinas), de Alepo y sus barrios cristianos y árabes. Sí, es posible. Todos somos sirios.

 

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Mapa de Damasco, Braun et Hogenberg, Civitates Orbis Terrarum, 1575

Menos poética, de pronto, es la Siria de hoy. La que continúa atravesada en el camino de los imperios. En ese país, de berenjenas y el keshek refrescante, un conflicto interno, aupado por potencias extranjeras, ha cobrado miles de víctimas y destruido ciudades que son parte de la herencia cultural de la humanidad.

Siria, la que ha alentado a los palestinos contra Israel, la que perdió parte de los Altos del Golán, la que acogió a miles de refugiados de Palestina en tiempos que todavía siguen siendo siniestros, ha sufrido ahora otro ataque: la del guerrerista Donald Trump, que con una descarga de misiles, ha puesto a soplar no solo en la región sino en el mundo nuevos vientos de guerra.

La agresión del nuevo halcón estadounidense, un ataque unilateral, no autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU, que contraviene los postulados de la convivencia y el respeto a la soberanía de los países, se configura como una violación en flagrancia del derecho internacional. Claro, se sabe que a los Estados Unidos parece importarles un dátil una ofensa como la de la pasada semana. Están acostumbrados a invasiones, golpes de estado, asesinatos de líderes, y otras tropelías, y todo por el afán de dominar mercados, de quedarse con el petróleo, de imponer su poderío a sangre y fuego.

Pobre Siria. Vapuleada por imperios, por gringos y rusos, y los acólitos de estos en Europa y Asia. Se dirá que quién la manda a estar en una posición estratégica, en un punto clave para el petróleo y el gas, en una región disputada por la geopolítica de ayer y de hoy. Qué vaina: a veces, o casi siempre, tener riquezas naturales es más peligroso y fatídico que las pobrezas.

 

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Falco, Cuba

Trump ha amparado su operación misilera como reacción a un ataque con armas químicas de la aviación siria a una localidad de ese país. Y con qué derecho Washington asume una “acción punitiva”. Hay organismos competentes para investigar el bombardeo con armas químicas, como las Naciones Unidas y la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas. No sobra recordar que el imperialismo yanqui ha “justificado” invasiones como la que hizo a Irak con el cuentico de las armas químicas. Como se sabe, en Irak no había ningún arsenal de esa índole. Ah, y como dato adicional: el noventa por ciento de las armas químicas del mundo están en manos de los cinco países que forman el Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China).

El mundo debe clamar por la cesación del conflicto interno en Siria (que, como suele suceder, ha producido desgracias a granel en la población civil), mediante una negociación política y oponerse a una salida guerrerista. Ya Rusia y China despliegan sus portaaviones por lugares estratégicos y E.E. U.U. apunta a Corea del Norte. En Europa suenan clarines bélicos.

Siria, la histórica y mítica Siria, la de la posición privilegiada entre el Mediterráneo y el Caspio, es, según observadores, un nuevo episodio de una Guerra Fría, que se está calentando. Son múltiples los intereses estratégicos y de mercado en la zona y, a la postre, en medio de disfraces religiosos, las superpotencias y sus conmilitones meten baza para desestabilizar y sacar sus mejores réditos.

Siria, la de los pistachos y la miel, la que goza de la patrimonial Damasco, tal vez la ciudad más antigua del mundo, nombrada en el Génesis, conquistada por Pompeyo, Siria, digo, es hoy una bomba de tiempo, que puede estallar en una conflagración que involucre al mundo. Así que, sin ser apocalípticos, Siria puede ser el primer escalón hacia un cataclismo universal.

 

Reinaldo Spitaletta para la Pluma, 12 de abril de 2017

 

Artículos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma


 

Palabras clave:Guerra de Siria | Trump | USA | Patrimonio Humanidad | Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Lunes, 17 de Abril de 2017 13:40 )