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Las perspectivas para la paz en Colombia

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Juan Diego GarcíaSantos ha iniciado su segunda administración rodeado de la comunidad internacional y con un respaldo cada vez mayor de la población a su plan de paz con la insurgencia. En su toma de posesión el pasado 7 de agosto además de reafirmar su propósito de continuar los diálogos en La Habana el presidente prometió un ambicioso plan de inversiones en educación y medidas destinadas a combatir la pobreza en un país que ostenta el nada honroso título del más desigual del continente (además del más violento).

Con las cautelas que merecen este tipo de promesas el reto de superar la vergonzosa situación de la educación en el país (certificada recientemente casi en el último lugar de la región) debe ser reconocido al nuevo mandatario. Que asegure para la educación un presupuesto mayor que el destinado a la guerra es ciertamente una medida audaz frente a la que aún no han reaccionado los militares que seguramente exigirán que de su presupuesto no se haga la menor disminución, sobre todo porque el gobierno mantiene las hostilidades mientras se conversa con la guerrilla, una decisión absurda y peligrosa que ya cuestionan muchas voces sensatas en el país.

Las promesas de mejora del nivel de vida de la población se armonizan poco (por no decir que nada) con la actual estrategia económica que Santos mantiene intacta. En el mejor de los casos, ese modelo de inspiración neoliberal y de vocación claramente librecambista solo deja espacios menores para practicar algún tipo de demagogia populista, entregando pequeñas dádivas a los sectores más pobres casi siempre a expensas de los obreros y las denominadas “clases medias” (que entonces se presentan oficialmente como “privilegiados” que tienen empleo, devengan un salario y sobreviven, y que en consecuencia deben sacrificarse por los “más necesitados”).

Es obvia la intención de asegurar mediante medidas populistas y demagógicas un electorado cautivo para el gobierno. No importa si esas medidas solo compran el voto de porcentajes pequeños de la población puesto que a las urnas solo acude siempre menos de la mitad del censo electoral. El sistema electoral está diseñado con este propósito. Se puede entonces hacer demagogia a precios muy asequibles sin el temor de que una fuerza política opositora logre movilizar a la masa abstencionista en contra del sistema.

El actual modelo neoliberal no promueve forma alguna de distribución de la riqueza en busca de equilibrios sociales y políticos que permitan la gestión del descontento. Para contener las protestas ya están la policía, los militares y los jueces. Pero una estrategia económica que no tiene como objetivo el bienestar de las mayorías (por el contrario, aumenta las desigualdades) y que se basa en las exportaciones de materias primas, artículos de poco valor agregado y mano de obra barata para los mercados metropolitanos tiene un talón de Aquiles ya muy conocido: depende de manera esencial de los vaivenes de la demanda externa, algo que en el pasado mostró su enorme limitación como condición para financiar el desarrollo.

En efecto, nadie puede garantizar que duren bastante los actuales altos precios de las materias primas que el país exporta (con la excepción del oro, probablemente); por su parte, las mercancías elaboradas apenas pueden competir con los baratos productos chinos en el mercado mundial (y menos en el propio) y la remesa de divisas que envían los emigrados disminuye en la medida en que ya se produce -fruto de la crisis mundial- un retorno masivo (el desempleo en las economías centrales golpea primero a este colectivo de inmigrantes ante que a cualquier otro).

No deben descartarse sin embargo medidas que aunque no mejoren lo fundamental del problema si ofrecen ciertos márgenes de acción al nuevo mandatario. Su apuesta por la “tercera vía” como solución a los males del neoliberalismo suena bien aunque no es más que una versión edulcorada de éste cuyos resultados han sido poco menos que catastróficos. Basta con recordar qué ocurrió con los partidos que han aplicado este “social-liberalismo” de la “tercera vía”: todos sin excepción cayeron en el descrédito, perdieron las elecciones y vieron como sus partidos se convertían en fuerzas secundarias desplazadas por nuevos partidos de izquierda, o peor aún, por fuerzas de la derecha más extrema.

No menores son los retos que Santos debe superar en el camino hacia la paz. El nuevo presidente tiene como respaldo a una clase dominante que oscila entre los apoyos de ciertos sectores y la abierta oposición de otros (los vinculados al campo, sobre todo). Seguramente esto explica las indecisiones de Santos, su lenguaje ambivalente intentado satisfacer a todos y su permanente mensaje a la clase dominante y a sus aliados extranjeros garantizando que un posible acuerdo de paz no afectará el actual orden económico, social y político en absoluto.

El Estado (su principal instrumento de gestión política) apenas garantiza a Santos un apoyo eficaz. El desprestigio de políticos e instituciones es hoy mayor que nunca antes. Los respaldos parlamentarios al nuevo presidente -en apariencia mayoritarios- pueden cambiar de signo con gran facilidad. Además, con un estado raquítico, ineficaz y afectado de corrupción y politiquería (sobre todo en sus niveles medios y altos) Santos tendrá grandes problemas para cumplir cualquiera de las tres grandes promesas de su discurso de posesión.

Y quedan los cuarteles que o se oponen abiertamente a los diálogos de La Habana o lo hacen de forma indirecta (militares en la reserva, políticos de la extrema derecha, creadores/manipuladores de opinión, etc.). Para alcanzar la paz a Santos le queda sin duda el respaldo mayoritario de la población, un respaldo que ya lo llevó a la presidencia y que es sin duda la mayor garantía ante los inciertos acontecimientos que se avecinan. Será la fuerza de la movilización popular la que imponga la feliz culminación de los diálogos con la insurgencia cuando a Santos le tiemble la mano para firmar los acuerdos que abren el camino de la paz o cuando -porque lo quiere o se lo imponen- intente abandonar la mesa de conversaciones.

Juan Diego García para  La Pluma, 8 de agosto de 2014

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Juan Diego García (Cali, 1945). Doctor en sociología, Universidad de Frankfurt/RFA Reside en España desde hace varios años. Escribe una columna semanal que publican diversos medios. Corresponsal de La Pluma dice lo que el hombre calla..

 

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Actualizado ( Lunes, 11 de Agosto de 2014 13:03 )  

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