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El discurso de la paz y la construcción de la hegemonía nacional popular. Segunda parte

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Horacio Duque Giraldo1BisEn la segunda parte de esta reflexión política sobre la construcción de la hegemonía nacional popular en tiempos de paz, examinamos a fondo el papel de la teoria del discurso en la construcción de identidades y de la hegemonía política.

Lea en La Pluma: Paz y hegemonía nacional popular Primera parte

gramsci

Pensamiento gramsciano sobre la hegemonía y teoría del discurso se articulan para generar un nuevo enfoque alrededor de la conformación de la hegemonía nacional popular. 

Construir una hegemonía nacional popular en el nuevo escenario de paz no es algo que se pueda relacionar fácilmente con la crisis económica en curso, como un mero reflejo superestructural del terremoto que sacude la base económica de la formación social, tampoco con una coyuntural manifestación y auge de la acción colectiva y la protesta social, y menos con pactos y coaliciones de cúpulas dogmáticas y sectarias que se creen dueñas de la verdad y de minoritarias redes clientelares.

Mientras  el  concepto  de  hegemonía,  supuso  para  el  pensamiento  marxista de manual  una  “válvula  de  escape”  del  esquema  estructura/superestructura  –parecido  a  la  del  concepto  de  “autonomía  relativa”- Laclau y Mouffe,  plantean  levantar  sobre  él  toda  una  teoría  política[1], que genera un punto de reflexión innovador y productivo, alternativo a la rutina dogmática[2].

Para ello adoptaron un enfoque postestructuralista enriquecido  con el concepto focuaultiano de “discurso”, para comprender el papel político central de los  actos de nominación y las reglas de construcción de los discursos con pretensión de veracidad.

“En  toda  sociedad  la producción del discurso es  […] controlada,  seleccionada, organizada y  redistribuida de acuerdo con una serie de procedimientos, cuya función es evitar sus poderes y  sus peligros. […], para eludir su pesada,  imponente materialidad[3].

Igualmente con el psicoanálisis de Lacan para asimilar el antagonismo constitutivo de lo social por el  deseo del individuo de alcanzar una “plenitud” que es siempre incompleta, puesto que para la  construcción de  toda  identidad es necesario  la oposición con respecto al “otro”, que siempre pone en duda así nuestra identidad[4].

La  tesis  de  que  toda  identidad  política  está  construida  discursivamente  no  implica  necesariamente,  para  Laclau  y  Mouffe,  negar  cualquier  “existencia  objetiva”  externa  al  pensamiento, pero  sí afirmar con Heidegger que, a  fin de  cuentas, el mundo  sólo puede  ser  conocido y dotado de significado por construcciones discursivas, puesto que una cosa es “la  existencia”  esencial  de  un  objeto  y  otra  “el  ser”  construido  por  las  prácticas  sociales  de  atribución  de  significado, señalan Laclau y Mouffe. 

De  esta  manera, agrega Errejon,  una  cosa  es  la  existencia  esférica  de  un  objeto,  por  ejemplo,  y  otra muy  distinta  su  “ser”  como  balón  de  fútbol, que es construido sólo por el discurso que le atribuye significado. Lo mismo sucedería  en  la  política:  aunque  existen  realidades  extradiscursivas,  éstas  se  “politizan”  siempre  y  necesariamente a través del discurso. Éste es el sentido de la Teoría del Discurso de Laclau y  Mouffe.

La  concepción  de  la  hegemonía  de  Gramsci,  aún  con  su  innovadora  reivindicación  de  la  importancia  de  la  lucha  por  la  interpretación  cultural  de  los  fenómenos  sociales,  se mueve  dentro de los parámetros del marxismo, afirma Errejon. Por lo tanto, para él la hegemonía es un fenómeno de  clase cuyos  resultados dependen de  la  lucha política, pero se mueven necesariamente dentro  de  las  condiciones  fijadas  por  la  posición  de  los  distintos  grupos  sociales  en  la  estructura  productiva[5].

Para Laclau y Mouffe, plantea Errejon, esto es un “residuo economicista” en el pensamiento gramsciano que,  una  vez  eliminado,  permite  desarrollar  plenamente  su  rica  concepción  de  la  hegemonía[6],  una  vez  abierta  a  la  “contingencia”  absoluta,  despojada  de  cualquier limitación extra discursiva:

“Evidentemente,  la  relación  entre  estas  diferentes  posiciones  [del  sujeto]  está  lejos  de  ser  obvia  y  permanente;  es más  bien  el  resultado  de  construcciones  políticas  complejas  que  se  basan en la totalidad de las relaciones sociales y que no pueden derivarse en forma unilateral  de  las  relaciones  de  producción.  […] El  concepto  de  “lucha  de  clases”,  por  ejemplo,  no  es  correcto ni incorrecto, tampoco absoluto, es, simplemente, completamente insuficiente como forma de dar cuenta  de los conflictos sociales contemporáneos[7].

La hegemonía en Laclau y Mouffe es una actividad de articulación que ocurre en un campo  marcado  por  el  antagonismo,  pero  sin más  fronteras  que  las  temporalmente  fijadas  por  el  choque de conformaciones discursivas:

“una práctica articuladora que instituye puntos nodales que anclan parcialmente el significado  de  lo social en un sistema organizado de diferencias. El sistema discursivo articulado por un  proyecto  hegemónico  está  delimitado  por  fronteras  políticas  específicas  resultantes  de  la  expansión  de  cadenas  de  equivalencia  [el  afuera  constitutivo]”[8].

Esta práctica ya no se da necesariamente entre clases sociales, sino entre “identidades” que se  constituyen en  torno a “demandas” del proceso político. Diferentes grupos pueden “politizar”  una  identidad cualquiera entre  la pluralidad  inagotable de ellas, a  través de su reivindicación  de ésa como  la central y  su oposición a otra  identidad. Este esfuerzo  será  tanto más exitoso  cuanto  más  reconstruya  el  campo  de  identidades  y  demandas  dispersas  en  torno  a  “su”  demanda, en una lógica confrontacional:

“No hay posición de sujeto cuyos enlaces con los otros estén asegurados en forma permanente  y, en consecuencia, no hay una identidad completamente adquirida que no está sujeta en mayor  o menor grado a la acción de las prácticas articulatorias”[9].

El antagonismo social precede y hace posible  la construcción política de  identidades, que es  totalmente contingente y, por tanto, siempre inestable. Por esa misma razón el conflicto puede resignificarse o  atenuarse  con  reglas, pero  jamás  cancelarse. No hay  fin  de  la historia.

Esta  idea se basa en las teorías psicoanalíticas de Lacan[10], y su afirmación de la imposibilidad  de  plenitud,  de  fijación  y  cierre  absoluto,  armónico  y  eterno  de  los  significados  y  las  identidades  sociales  –a menudo  responsabilizando  al  “otro”  de  la  plenitud  no  alcanzada,  y  auto constituyéndose  por  ese  mecanismo-,  que  conduce  necesariamente  a  un  campo  de  contingencia  y, hasta  cierto punto,  de antagonismo. Por  eso  afirma Torfing, citado por Errejon,  que  “la hegemonía  nos  lleva del nivel  indecidible de  la apertura no-  totalizable al nivel decidible del discurso”[11].

La  intervención  ético-política  contingente  es  para  Laclau  y  Mouffe  la  intervención  de  construcción  hegemónica.  De  hecho,  hegemonía  en  el  sentido  original  de  Gramsci  es  la  articulación  contingente  de  una  pluralidad  de  intereses  en  una  voluntad  colectiva  capaz  de  instituir un orden social determinado[12].  

Es  en  este  sentido  que  hegemonía  y  deconstrucción  están  estrechamente  ligadas.  La  hegemonía produciendo certeza, agregando, y  la deconstrucción mostrando  la subjetividad y  contingencia de cualquier articulación hegemónica.

El papel de la ideología en la construcción de la hegemonía.

La actividad hegemónica es impensable sin la ideología y su labor “metafórica” de representar  lo universal desde lo particular, afirma Errejon. La conexión con la ideología es clara si atendemos a Ricoeur  (1986)  que  la  entiende  como  “la  reivindicación  de  legitimidad”;  legitimidad  para  hablar  en  nombre  de  la  comunidad  política,  del  pueblo,  de  la  voluntad  colectiva.  Esta  legitimidad  es  siempre una “fabricación cultural”[13].

La Teoría del Discurso se construye a partir de la crítica de la teoría marxista ortodoxa de la ideología. Si  ha  sido descrita  como  postestructuralista  es precisamente por  su voluntad de   problematizar  las  categorías  marxistas dogmaticas  y  su  aplicación  para  el  análisis  político.  Este  es  el  sentido  de  su  reivindicación e  interpretación “heterodoxa” de  la teoría gramsciana de  la hegemonía. Desde  la  escuela  de  la Teoría del Discurso,  especialmente  a  través  de  los  trabajos  de  Laclau,  se  entiende  la  ideología como un elemento del nivel superestructural de  la  totalidad social, mientras  la acepción marxista ortodoxa  la entiende como “falsa conciencia”.

Para  la primera, es una manifestación superficial de fenómenos más profundos, cuyo sentido  último se manifiesta sólo en  la estructura económica. Gramsci se ubica en esta comprensión,  si bien matizándola en el  sentido de negar que el carácter “superestructural” de  la  ideología  signifique  que  ésta  es  un  fenómeno  superficial:  afirma  que  estructura  y  superestructura  funcionan  como  esqueleto  y  piel  de  la  organización  social,  respectivamente,  y  alerta  gráficamente sobre el riesgo de minusvalorar el papel de la ideología:

“Se diría un despropósito si se afirmase que el hombre se mantiene erecto sobre  la piel y no  sobre el esqueleto, y sin embargo esto no significa que la piel sea una cosa aparente e ilusoria,  tanto  es  así  que  no  es  muy  agradable  la  situación  del  hombre  desollado”[14].

Para  la  segunda,  que  es  la  concepción  más  simplista,  la  ideología  es  poco  más  que  un  “engaño”:  el  velo  que  es  preciso  rasgar  para  que  las  clases  explotadas  comprendan  su  verdadera posición en el sistema social. Laclau acusa a las dos visiones de estar enraizadas en  una visión esencialista que  representa a  la  sociedad como un “todo” estructurado, unitario y  plenamente  inteligible  y  disecable  en  categorías  como  “estructura”  y  “superestructura”.  La  crítica  postestructuralista  entiende,  en  una  idea  desarrollada  por  Derrida[15],  que  toda  construcción  “total”  está  siempre  superada  por  un  exceso  de  sentido  que  no  ha  logrado  capturar,  por  lo  que  la  “unidad”  absoluta  es  imposible.  Laclau  concreta  esta  postura  en  su  aseveración  de  que,  dado  que  la  articulación  está  siempre  basada  en  el  antagonismo,  el  elemento “expulsado” como enemigo es siempre una falla en la unidad conseguida gracias –en  oposición- a él.

También  rechaza  el  concepto  de  agencia  social  que  describe  a  un  sujeto  con  “intereses  objetivos”  a  priori,  no  políticamente  construidos,  sobre  los  cuales  puede  juzgarse  si  su  conciencia realmente existente es “real” o “falsa”.  En el artículo “The Death and resurrection  of  the  theory of  ideology”[16], citando a Zizek, Laclau argumenta con más  fuerza que el  problema  con  la  teoría  estructural  de  la  ideología  es  que  no  reconoce  que  la  realidad extraideológica  es  siempre  ideológica,  pues  no  tenemos  acceso  a  ningún  elemento  de  la realidad más que a través de su construcción como forma discursiva en sistemas más o menos  ideológicos. Si no existe un mundo real esencial exterior a la ideología, entonces no podemos  “desenmascarar”  las  falsas  formas  de  representación.  La  teoría  marxista dogmatica de la ideología no sería desmontada por la muerte de la alienación, sino porque ésta reina.

Esto, lejos de descartar el concepto de ideología, significa la reivindicación de su importancia  central  para  la  hegemonía:  la  ideología  es  lo  que  permite  a  cualquier  proyecto  hegemónico  efectuar  una  reducción  dentro  del  infinito  campo  discursivo  que  le  permita  construir  la  “ficción” de una  totalidad ordenada y  transparente. La  ideología entonces es  la voluntad de  totalidad en cualquier discurso  totalizante. La operación de cierre es por  tanto  imposible,  por  la  dislocación  constitutiva  que  está  en  el origen  de  toda  articulación  discursiva, y absolutamente necesaria, para anclar el sentido, afirma Laclau.

Este análisis permite a Laclau revelar la representación de la ideología como epifenómeno que  expresa  los  intereses  objetivos  de  clases,  como  operación  ideológica  del  marxismo  en  sí  misma.  Lleva  el  sello  ideológico  de  la  totalización:  la  presentación  de  la  realidad  dispersa  como una unidad cerrada y estructurada.

El mito y la totalidad social.

Para Laclau, afirma Errejon,  la  ideología es siempre el esfuerzo de construcción de una forma discursiva que  inscriba la realidad dislocada en un horizonte totalizador y universalista.

En este  punto se hace fundamental el papel del mito, que Laclau define como “un principio de lectura  de una situación dada”.

El mito, para ser exitoso, tiene que ser capaz de “suturar”  la dislocación estructural posibilitando la constitución de un nuevo espacio de representación.

Tiene  un  papel  central  para  la  hegemonía  “formar  una  nueva  objetividad  a  través  de  la  rearticulación de elementos dislocados”[17]. Para ello tiene que incluir siempre  una visión de la sociedad ideal, pero debe ir más allá del diseño de la “tierra prometida” y ser  una  metáfora  de  la  totalidad  ausente,  bloqueada  e  imposibilitada  por  las  condiciones  del  presente, contra el que así  llama a movilizarse. Como el mito es  siempre anticipación de  lo  prometido, la ideología no tiene que concretar su sentido literal, sino abrir  una superficie sobre la que se inscriban todas las demandas insatisfechas.

Cuando ninguna de las demandas inscritas en el mito se hace hegemónica en el sentido de que  articula  y  representa  a  las  demás,  entonces  sigue  primando  esa  totalidad  imaginada  y  prometida por la ideología. Estamos ante un imaginario social que es el  horizonte  de  sentido  y  condición  de  posibilidad  para  cualquier  demanda  o  proyecto. Como  ejemplos de imaginarios sociales se puede citar el “progreso” en la modernidad ilustrada o “la  sociedad sin clases” en el movimiento obrero.

El mito y el imaginario social, en consecuencia, son, propone Errejon, las formas discursivas por las que opera  la  ideología. 

En  ambos  casos  se  trata  de  una  intervención  externa,  política  y  parcial:  un  principio o particularidad que, aspirando a ser hegemónico, construye un intento de reducción  y “totalización” de la realidad. Por eso mismo, todas las ideologías olvidan voluntariamente la  contingencia, y afirman de una u otra forma principios preexistentes u objetivos que permitan  “asegurar”  o  fijar  definitivamente  las  identidades  políticas  que  construyen,  que  no  obstante  son  siempre  limitadas  y  sometidas  a  permanente  disputa.  El  nacionalismo  con  la  identidad  nacional,  el  marxismo  con  la  pertenencia  de  clase  o  el  indianismo  con  la  condición  étnica,  son  todos  ejemplos  de  que  la  capacidad  del  mito  ideológico para inscribir una pluralidad de demandas y movilizarlas en un sentido unitario es  tanto  mayor  cuando  más  pueda  sustraer  de  la  lógica  de  la  contingencia  las  identidades  respectivas  que  construyen  y  en  las  que  se  basan.  Es  más  fácil  llamar  a  batirse  por  una  identidad arraigada e indiscutida que por una que es el producto temporal, transitorio y hasta  cierto punto arbitrario de las decisiones políticas hegemónicas. El ejemplo de la exacerbación  de un nacionalismo naturalizado y mistificado en períodos bélicos es suficientemente claro al  respecto.  La  corriente  poscolonial  de  los estudios subalternos    llama  a  esta  operación  el  “esencialismo estratégico” para lograr metas políticas[18].

Se puede afirmar así, con Laclau, que  las  ideologías necesitan “esencializar”  las  identidades  que ellas mismas construyen: llamarse “descubridoras” de principios preexistentes en lugar de  “creadoras”  de  articulaciones  puramente  políticas. Esta  posición  es  fundamental, sugiere Errejon, para entender el conflicto político y, lejos de desestimar la ideología como “puro  invento” la reivindica como el terreno fundamental de lucha política. 

Si  la  ideología  presenta  el mundo  como  un  conjunto  de  esencias  plenamente  constituidas  y  niega que estas sean el resultado contingente de decisiones políticas tomadas en un terreno de  imposibilidad  de  elección  “objetiva”,  la  “deconstrucción”[19]  subvierte  estas conformaciones  discursivas  y  hace  inteligibles  las  identidades  políticas  y  las  luchas  por  la hegemonía.  Ésta, dice Errejon,  es  la  aportación  fundamental  de  la  óptica  postestructuralista  de  Laclau  y  Mouffe: 

“La práctica política en una sociedad democrática no consiste en la defensa de los derechos de  las identidades preconstituidas, sino más bien en la constitución de las identidades mismas en  un terreno precario y siempre vulnerable”[20].

En The making of political  identities, Laclau[21] ofrece posiblemente  su elaboración más  acabada sobre su teoría de la contingencia de toda identidad política como terreno en el que se  da la práctica hegemónica. 

El fin de la Guerra Fría supuso un cambio fundamental en términos ideológicos, inaugurando  una  época  caracterizada  por  la  crisis  de  las  ideologías  “globalizadoras”:  aquellas  que  se  presentan  y  legitiman  en  tanto  realizadoras  de  una  tarea  universal:

Esta  es  la  condición  central  de  la  posmodernidad.  En  ese  relativo  vacío,  proliferan  las  identidades  políticas  particularistas  y  la  sospecha  de  las  “legitimidades  históricas”  de  los  macrorrelatos de  la modernidad. En esto, Laclau coincide con elaboraciones críticas como  las  de los estudios de-coloniales[22].

No  obstante,  para  Laclau,  este  vacío  no  elimina  la  pretensión  de  universalidad,  sino  que  muestra de manera nítida el carácter contingente y precario de toda construcción ideológica de  las  identidades  políticas  que,  no  obstante,  siguen  siendo  imprescindibles  para  articular  la  diversidad social. 

En esta crisis de las categorías políticas tradicionales, se hace evidente que el sentido atribuido  a éstas es sólo uno de los posibles. Una vez que la deconstrucción de esas categorías revela plenamente los juegos de poder que gobiernan su estructuración real, se hacen posibles nuevos y más complejos movimientos político-hegemónicos en su interior, afirma Laclau.

Sobreviene  entonces una  explosión de  los  relatos    ideológicos que  estructuraban  la  realidad  social, que supone una situación de desorganización radical en la que existe la necesidad de un  orden,  que  ya  no  puede  ser  asegurado  por  la  idea  de  que  ningún  sujeto  particular  encarna  necesariamente  lo universal –como  la burguesía portadora de  la  razón moderna, o  la  “clase  universal y de vanguardia” en el marxismo-leninismo.

Por eso cualquier identidad social [conlleva] necesariamente, como una de sus dimensiones, construcción, y no simplemente descubrimiento.

La conciencia del carecer eminentemente político de toda identidad y la puesta en cuestión de los criterios de “veracidad”, significan entonces la centralidad del acto político “instituyente”.

La hegemonía, como articulación discursiva contingente, deviene aún más  importante, como  el centro de la actividad política misma, nos sugiere Errejon.

Slavoj Zizek revisa críticamente el concepto de  ideología en Laclau, desde premisas  teóricas  muy próximas, agrega.

Defiende que la ideología implica siempre una cierta confusión por parte de los sujetos pero no porque la ideología sea una falsa representación que reduce la realidad: en la sociedad actual, que califica de “postideológica”, muy pocos individuos confían plenamente en  las  verdades  ideológicas. Lo  que  sucede  es  que,  incluso  desde  una  distancia  irónica  con respecto  de  ellas,  se  sigue  actuando  acorde  con  ellas.  Es  a  lo  que  Zizek  llama  “la  ilusión ideológica”, que opera no en el nivel del conocimiento, sino en el de  la práctica, para  la que  sigue  siendo  guía. Ofrece  los  ejemplos del  fetichismo de  la mercancía por  el  cual  el dinero sigue  siendo  usado  como  si  fuese  riqueza  a  pesar  de  que  se  sabe  que  es  sólo  la  expresión simbólica de  relaciones  sociales,  la existencia de dios o  la  legitimidad “natural” de  los  roles patriarcales[23].

De esta forma, la “fantasía ideológica” opera pese a que los individuos sean conscientes de la  labor totalizante y reductora de la realidad de la ideología. Funciona entonces como “la última  red de seguridad” de la ideología[24]. Su fuerza radica, según Zizek asegura, en términos  freudianos, del  “placer”  que  se  obtiene  actuando  conforme  a  ella  y  evitando  así  confrontar el carácter imposible y antagonista de lo social, y culpar de este vacío a un enemigo  que es construido como su encarnación.  

Hay toda una línea de evolución que mezcla la Teoría del discurso con la teoría del afecto en  Lacan  y del placer en Freud.

Pese a  sus aportaciones  innovadoras desde  la psicología a  la ciencia política, se alejan del propósito de este análisis sobre el papel del discurso en la construcción de la hegemonía.

La reflexión de Zizek es en cambio de  mucha utilidad para comprender por una parte  el papel del “enemigo”  en  toda construcción  hegemónica  –explicado  más  adelante  en  el  uso  que  Laclau  hace  del  concepto  de  “afuera  constitutivo”- y en el carácter que tiene que asumir una crítica de la ideología: de su análisis,  Zizek tampoco deduce que entender una ideología sea sólo “desenmascarar” los intereses que  actúan detrás suyo, sino que afirma la necesidad de comprender cómo toda ideología interpela,  articula  y moviliza elementos “no  ideológicos” –no  sometidos a  la  lucha por  la apropiación  del sentido- para fines ideológicos.

El discurso como espina dorsal de la hegemonía.

Aunque ya se ha avanzado antes de llegar aquí, el concepto de “Discurso” es la espina dorsal de una reflexión teórica acerca de la hegemonía, por lo que necesita ser estudiado y discutido.   

Las lógicas de construcción política operan a través de discursos que no pueden ser reducidos a  representaciones  de  identidades  -agrupaciones  de  demandas-  preexistentes,  sino  a  las intervenciones  políticas  que  dan  sentido  a  elementos  heterogéneos  y  dispersos  en  el  campo social.

Laclau define así el discurso: “La misma posibilidad de la percepción, pensamiento y acción, depende  de  la  estructuración  de  un  determinado  campo  de  significación  que  preexiste  a cualquier inmediatez factual[25].

Los “campos de significación” son relatos   dentro de los cuales cobran significado las prácticas y conocimientos.  

El discurso, en cualquier caso, no es una construcción unívoca del sujeto, ni es inmóvil, sino que  debe  ser  entendido  como  histórico  y  dinámico;  como  un  conjunto  articulado  de significantes –en el sentido de formas del discurso- en el cual el significado –en el sentido del contenido o a  lo que  refiere el  término- es una producción cambiante dependiente de  luchas por el sentido.

El termino discurso.

El  término  “discurso”  refiere  inmediatamente  al  campo  de  la  lingüística.  El  propio  Laclau reconoce a Saussure[26] como una fuente fundamental de su teoría. La “lingüística sincrónica” dice que el lenguaje  

1.  Todo  lenguaje  es  relacional: “en  el  lenguaje SOLO  existen diferencias,  sin  términos positivos”[27].

2.  “El lenguaje es forma y no sustancia”[28].

Aplicado al discurso, esto significa que los diferentes significantes adquieren un significado u otro no porque  lo posean esencialmente y de  forma previa a su despliegue en  la arena de  lo político,  sino  sólo  por  su  relación  con  otros  términos.  “Socialismo”,  por  ejemplo,  cobraría significado sólo por su asociación diferencial a “feudalismo” y “capitalismo”.

Sin embargo, Laclau  encuentra dos componentes problemáticos que necesita descartar de  la lingüística de Saussure para poder desarrollar a partir de ésta su teoría del discurso: El primero es  su  isomorfismo,  por  el  cual  cada  significante  corresponde  a  un  y  sólo  un  significado.  El  segundo  y  más  importante  es  la  convicción  de  Saussure  de  la “afirmación  cartesiana  de  la  omnipotencia  del  sujeto”  en  el  sentido  de  que  la  sucesión  de oraciones –unidad básica de su  lingüística- depende enteramente de  la voluntad del hablante.

Para estas dos rupturas Laclau emplea a Althusser y resitúa al sujeto dentro de una estructura discursiva  que  determina  qué  es  “decible”  y  qué  no  lo  es,  así  como  la  forma  en  que  será interpretado:  

la  forma en  la que el hablante  junta oraciones no puede en adelante  ser concebida como  la expresión  de  los  deseos  de  un  sujeto  plenamente  autónomo,  sino  como  en  gran  medida determinada por la forma en la que las instituciones se estructuran, por lo que es “decible” en un contexto determinado, etc.

De lo que se trata entonces  es de comprender estas reglas que organizan el discurso.

El  uso  de  la  lingüística  para  el  estudio  de  las  relaciones  sociales  discursivas  significa “politizar”  la  lingüística, en el sentido de abandonar  la creencia en  la  libertad del hablante y trasladar el foco hacia  las prácticas –necesariamente políticas- que construyen y/o subvierten las  estructuras  discursivas  que  influyen  a  éste.

Entramos  así  en  el  terreno  inestable  del conflicto político.

Para  Laclau  y  Mouffe  todas  las  prácticas  son  discursivas.  Incluso  las intervenciones políticas o  la organización de  la producción constituyen sistemas  relacionales de diferentes identidades articuladas por el discurso. La mayor parte de analistas del discurso se  preocupan  de  él  como  una  dimensión  más  de  la  vida  política,  con  fronteras  bien delimitadas.

El enfoque postestructuralista de Laclau y Mouffe, en cambio, pretende construir toda una teoría en torno a este concepto: la comprensión de la política en términos de discurso.

Esta  postura  difiere  de  la  visión  de  Foucault,  que  entiende  los  discursos  como  algo delimitable,  y  que  unifican  las  producciones  intelectuales  durante  una  época  determinada.  Para  Foucault,  más  importante  que  la  veracidad  absoluta  de  las afirmaciones de  los discursos son  las condiciones de su producción: el conjunto de reglas de formación a partir de  las cuales se adquiere esa veracidad. Las reglas que determinan  lo que puede ser dicho, recordado o la forma en la que se interpretan los discursos, son dispositivos de disciplinamiento y producción de orden[29].

No obstante,  en Foucault  sí que  existen  condiciones  “externas”  al discurso que  afectan  a  la formación del discurso. En  su estudio del discurso médico a  finales del  siglo XVIII,  refleja como  una  serie  de  condiciones  no  discursivas:  económicas,  institucionales  o  tecnológicas marcan  la formación y desarrollo de éste. No es una relación en modo alguno  de  determinación  objetiva  del  discurso  por  la  estructura,  en  la  que  éste  sea  mera expresión de aquella, pero sí es una relación entre dos esferas diferenciadas –lo discursivo y lo no  discursivo-  en  la  que  lo  extradiscursivo  transforma  las  condiciones  de  existencia  y funcionamiento de  lo discursivo. La autonomía de  la que goza el discurso en Foucault, sin embargo no le da el estatus de idealidad pura e independencia histórica total, agrega Errejon.

Los autores que más específicamente se han dedicado a la cuestión, matizan esta diferencia y coinciden en señalar que  la atención de Foucault a  la genealogía del discurso en sus últimos trabajos  le  acerca  a  la  concepción  de  Laclau  y  Mouffe,  por  cuanto  desplaza  su  foco  de atención  hacia  un  área  de  convergencia:  el  combate  político  “interno”  –en  el  sentido  de discursivo-    por moldear  las  formas  históricas  del  discurso.

De esta manera, y tras rechazar cualquier “exterioridad”, Laclau y Mouffe sólo pueden ver el discurso como un conjunto de secuencias cuyo significado depende de  la  relación que se de entre ellas.

Aclaraciones previas necesarias. Discurso y condiciones externas.

Un  malentendido  habitual  acerca  de  la  teoría  del  discurso  es  aquel  que  entiende  que  la postulación de que  todo objeto es discursivo  significa poner  en cuestión  la existencia de un mundo  externo  al  pensamiento.

Laclau  y  Mouffe  responden  que el  carácter discursivo de un objeto no implica en absoluto la puesta en cuestión de su existencia. Es clara aquí la influencia de la afirmación de Derrida[30] de que “no hay nada fuera del texto”: no niega la existencia de los objetos o afirma su existencia sólo hipotética y en los libros; simplemente afirma que cada referente es siempre  interpretado. Nadie puede concebir ningún objeto si no es a través de estructuras discursivas.

Esta es una premisa central del armazón  teórico de Laclau y Mouffe, más sencilla de  lo que pudiera parecer a simple vista: para el estudio de  la política, no nos  interesa  tanto  lo que  los objetos son como el sentido que éstos cobran en el conflicto, que resulta definitivamente de su construcción  discursiva. Ofrezco, nos propone Errejon,  a  continuación  un  breve  ejemplo  para  ilustrar  esta  piedra angular de la teoría del discurso.

La  realidad  “física”  de  una  pigmentación  oscura  de  la  piel  no  deja  de  existir  en  ningún momento, pero su  intervención política en un sentido o en otro –incluso su no  intervención- dependerá  de  que  sea  construida  discursivamente  como  una  diferencia  menor  entre  los hombres  o  como  negritud,  evidencia  física  que  respalde  la  racialización  de  una  jerarquía social.  Por  ello,  las  luchas  antirracistas  más  exitosas  no  son  aquellas  que  han  discutido “científicamente”  las  características  objetivas  –extradiscursivas,  diríamos-  de  este  elemento físico innegable, sino las que lo han rearticulado inscribiéndolo en un discurso diferente. Este puede ser uno que cuestione la homogeneidad y rigidez de las fronteras raciales, por ejemplo a través  del  mestizaje,  o  uno  que  dote  de  un  nuevo  significado  al  significante  negro, sustituyendo  su  asociación  en  una  cadena  de  significados  con  “subdesarrollo”,  “fealdad”  o “salvajismo” por otra que lo vincule a “belleza”, “dignidad” y “solidaridad”. Desde este punto de  vista,  el  éxito  del  Black  Power  norteamericano  o  de  los  movimientos  africanos  de descolonización  fue  fundamentalmente  su capacidad discursiva de deconstruir el  significado subalternizante de la negritud y construirlo de nuevo convirtiéndolo en una identidad popular con posibilidad hegemónica.

Lo discursivo  es, además, coextensivo a  lo  social:  si  todas  las acciones  tienen  significado  y éste se construye en el discurso, entonces no hay separación teórica posible entre “discurso” y “práctica”,  ni  mucho  menos  representación  del  primero  como  “expresión”  más  o  menos verdadera de la segunda.

El campo de lo discursivo, por último, no se encuentra en una situación de caos, sino de una relativa estructuración. Lo que sucede es que esta estructuración no se debe a ninguna relación con un “exterior” que fije los significados de una vez y para siempre, sino a la relación entre sus elementos. Estas  relaciones  son  “necesarias” no en el  sentido de determinación objetiva por una racionalidad superior, sino en el de que  todo discurso adquiere un carácter u otro en función exclusivamente de la relación entre sus partes[31].

No obstante, esta relación es siempre inestable y cambiante, sometida a la lucha política.

Pero si la relación fuese enteramente diferencial, sin límites ni rupturas, no habría espacio para la  política,  puesto  que  sólo  podríamos  demarcar  un  único  discurso  que  inscribiría  todas  las diferencias.  Por  el  contrario,  la  estructuración  del  discurso  no  se  realiza  en  torno  a  ningún centro  permanente,  ni  es  capaz  de  cerrar  la  atribución  de  significado,  que  resulta  siempre excedente.

El concepto de “excedente de significado” es un préstamo del psicoanálisis lacaniano[32] y sirve para explicar el campo en el que se dan las condiciones de posibilidad relativa e imposibilidad absoluta de fijación  de  sentido:  la  competición  de  diferentes  discursos  por  establecer  una  fijación  del sentido que siempre será incompleta, pero que es posible por esta heterogeneidad irreductible.

En consecuencia, el discurso político no es un fenómeno a ser estudiado y medido desde  las condiciones “objetivas” que existen fuera de él. Lo pertinente  es  preguntarse por  las condiciones  de  posibilidad  de  discursos  concretos  en  contextos  políticos  concretos,  pero aceptando que estas mismas condiciones son discursivas porque su interpretación y atribución de sentido sólo se produce dentro de horizontes históricos discursivos determinados.

El discurso, entonces, se estudia “desde dentro”. En un terreno de autonomía, de multiplicidad y cambio permanente, el conflicto político es así la lucha por la fijación –siempre parcial- de sentido  de diferentes significantes a través de su inscripción en un  discurso determinado, siempre en competición con otros.

El campo de la discursividad, no obstante, incluye también los elementos cuyo sentido no ha sido  fijado  en  una  relación  diferencial  con  otros. Pero  eso  no  significa  que  sean  elementos “extradiscursivos”, sino el resultado de una exclusión más o menos consciente y voluntaria del discurso dominante. 

No  hay  ningún  principio  de  ordenación  del  discurso  más  allá  de  las  relaciones  entre  sus elementos  constitutivos,  que  veremos  en  seguida.

En medio  de  la  dispersión  y  el  conflicto, sólo  la  práctica  hegemónica  construye  totalidades  parcialmente  cerradas:  agrupación  de demandas  fragmentadas  en  continuos  articulados  orientados  por  un  proyecto  político determinado. En  definitiva:  el  antagonismo  es  el  principio  de  posibilidad  de  la  articulación discursiva o hegemonía, al mismo tiempo que representa un límite insuperable, plantea Errejon.  

Los elementos estructuradores del discurso.

La  Teoría  del  Discurso  centra  su  análisis  en  tres  factores  cruciales  a  identificar  en  todo discurso, que se exponen y explican a continuación.

Primero.

Las relaciones de diferencia y equivalencia.

Si  hemos  visto  que  el  contenido  de  los  discursos  depende  exclusivamente  de  la  relación establecida entre sus elementos, hay que prestar atención a ésta. 

Las  relaciones  entre  los  componentes  o  –ya  en  clave  política-  demandas  de  un  discurso pueden  ser  de  dos  tipos:  las  relaciones  diferenciales  que  vinculan  a  los  elementos  en  un conjunto  marcado  por  la  diversidad;  y  las  relaciones  equivalenciales,  que  vinculan  los elementos  por  su  oposición  equivalente  a  otro(s),  colapsando  así  la  relación  diferencial. A estas  vinculaciones  le  llaman  “cadenas”[33].  

Esta tensión es irresoluble en última instancia, y marca la ambivalencia y precariedad de toda identidad,  que  es  un  constructo  discursivo  a  base  de  la  agregación  de  demandas[34]. Pero  las  luchas políticas pueden ser exitosas en construir significados enfatizando uno u otro aspecto.

Si  lo que  se  enfatiza  es  la  relación  equivalencial,  se  extienden  cadenas de  equivalencia que simplifican  el  espacio  político,  reduciendo  las  diferencias  a  una  tensión  entre  identidades dicotómicas.  En  la  práctica,  esto  siempre  tiene  que  ver  con  la  construcción  de  un  “afuera constitutivo”  que marca  la  frontera  de  la  polarización. La  construcción  del  “pueblo”,  como se vera, está basada en esta expansión de cadenas equivalenciales que postulan una voluntad nacional-popular por oposición a la “oligarquía”.

Esto implica a su vez la construcción de un “significante vacío” que expresa la cadena equivalencial e impide que el régimen la diluya en la absorción individualizada de las demandas.

Laclau  y Mouffe,  ofrecen  dos  ejemplos  de  discursos  políticos  estructurados  en torno al enfasis de la lógica de la equivalencia: utilizan el estudio de Furet[35] que muestra  cómo  los  revolucionarios  fueron  exitosos  en Francia dividiendo  la  sociedad  en dos campos:  el  “pueblo”  y  el  “antiguo  régimen”.

Estos dos polos  inscribían  toda  la variedad de demandas en dos  identidades,  y dibujaban  la  frontera política de  forma beneficiosa para  los partidarios  de  la  subversión  del  status  quo.

El  movimiento  cartista  es  el  contrajemplo:  intentando  repetir  la  operación  discursiva  jacobina  fracasó  en  su  intento  de  división dicotómica  del  campo  político,  y  acabó  disolviéndose  en  una  pluralidad  de  demandas  que fueron desagregadas y asumidas unas por el sistema político y aisladas y marginalizadas otras.

Segundo.

Lo particular y lo universal.

El paso del particular al universal, no pudiendo estar sustentado por ninguna determinación a priori, por ninguna propiedad  esencial de ningún  sujeto,  tiene que  estar  entonces  en Laclau librado  enteramente  a  la  actividad  político-discursiva.  Cada  vez  que  una  particularidad  es excluida  y  postulada  como  amenaza  para  todo  un  sistema  de  diferencias  articuladas,  se construye una relación universalista[36].

Los movimientos de liberación nacional son capaces de reunir a una gran cantidad de grupos frente  a  gobiernos  oligárquicos  incapaces  de  integrar  la  gran mayoría  de  las  demandas.  La insatisfacción  común  permitirá  articular  a  diferentes  grupos  contra  el  régimen.  La universalidad  se  construye  así,  de  forma  contingente  e  “incompleta”  al  interior  de  la  construcción antagónica, como una universalidad  relativa. Lo universal del “pueblo”, así, lo constituye la oligarquía, responsable de la unidad inalcanzada pero afuera constitutivo que permite la unidad realmente existente.

No  es  una  universalidad  obtenida  desde  un  principio  incondicional  ni  a  priori,  sino  que  no puede existir  sin, ni antes de, el  sistema de equivalencia del que procede.  Invoca una causa común pero no  tiene contenido positivo  fuera de su articulación  relacional es sólo “un  lugar vacío unificando un conjunto de demandas equivalenciales”. El contenido de este “lugar vacío” depende de las luchas políticas entre los grupos articulados en la cadena.

La identidad particular que consigue llenar ese universal es la hegemónica, plantea Errejon en la línea de la argumentación de Laclau.

No se trata de un mero acuerdo táctico de suma de fuerzas ni de una imposición vanguardista: Laclau reivindica el  sentido gramsicano de  la hegemonía  como  construcción nueva de una voluntad  colectiva que supera la suma de las partes que la constituyen.

La  relación entre particularidad y universalidad  resulta circular  y política: es a  través de  las luchas  por  la  hegemonía  que  se  fija  el  contenido  de  lo  universal,  a  través  de  la universalización de unas demandas y la marginalización de otras.

Sin  embargo,  para  la  construcción  de  esa  “universalidad  relativa”  se  requiere  algo más  que una  diferencia,  que  podría  ser  reintegrada  a  la  cadena  disolviendo  así  la  frontera.  Los significantes  vacíos  no  son  ni  significantes  equívocos  asociados  a  diferentes  contenidos  en diferentes  contextos,  ni  “significantes  flotantes”  asociados  simultáneamente  a  diferentes sentidos  en  pugna. Son  significantes  no  asociados  a  ningún  significado  particular  debido  el incesante  deslizarse  de  significados  que  lo  sobrecargan,  que  terminan  por  vaciarlo. Conceptos  como “pueblo”,  “nación”, “orden”, “liberación” o “unidad” pueden significar  prácticamente  cualquier  construcción  política,  por  eso  son más  bien  nombres  que conceptos puesto que crean y no sólo describen. Estos nombres son así puramente neutros, y su contenido depende de qué grupo social los dote de sentido.

Por esta razón, para que un grupo social se vuelva hegemónico, debe ser capaz de trascender una  perspectiva  corporativista,  y  presentar  su  particularidad  como  la  encarnación  de  ese  significante  vacío  que  refiere  a  la  universalidad  ausente.  Como  decía Gramsci, presentarse como el que persigue y hace avanzar efectivamente objetivos generales  compartidos por una mayoría de la sociedad.

No obstante,  la fuerza hegemónica que es capaz de posicionar su proyecto concreto como  la más  fiel  realización  del  significante  vacío,  paga  el  precio  relativo  de  perder  parte  de  su identidad:  la  función  de  universalidad  transforma  y  difumina  el  contenido  “puro”  de  esa particularidad  elevada  para  que  pueda  convertirse  en  una  superficie  de  inscripción  de  –idealmente-todas  las  demandas  políticas, sostiene Errejon.

Esta  es  la  condición  de  “partición”  del  agente hegemónico de la que habla Laclau cuando analiza la conversión de los partidos socialdemócratas de partidos “sectarios y marginales” a partidos “popular-democráticos” que dejaron de  interpelar sólo a  la clase obrera para hacerlo al “pueblo” en nombre de  la  justicia social. En  su opinión, gracias a eso  se hicieron  fuerza hegemónica, pero al precio de vaciar términos  como  “lucha  de  clases”  o  “socialismo”,  que  produjo  la  división  del movimiento socialdemócrata  y  el  surgimiento  de  los  partidos  comunistas,  más  comprometidos  con  la identidad particular que se estaba difuminando. El análisis sobre el desarrollo del movimiento obrero y de la socialdemocracia europea es más que discutible, pues no tiene suficientemente en cuenta, precisamente en el  terreno de  la  lucha hegemónica, decisiones estratégicas de  las organizaciones  del  movimiento  obrero  que  acabaron  generando  sucesivas  fracturas ideológicas históricas–como las rupturas en torno a la posición de los partidos socialistas con respecto  a  la  Primera  Guerra Mundial  o,  después,  sobre  la  Revolución  Soviética.  En  esas condiciones,  parece  arriesgado  afirmar  que  el  núcleo  de  las  discusiones  al  interior  del movimiento socialista internacional se refiere exclusivamente a la tensión en las gestiones de la  identidad  política  “proletaria”.  Pero  sirve,  en  cualquier  caso,  para  comprender  que  la división  política  es  siempre  un  riesgo  del  agente  hegemónico,  en  su  recorrido  entre  sus políticas concretas y  la capacidad de éstas para  llenar el  lugar vacío de  lo universal.

Laclau atribuye a Gramsci el mérito de haber sido el primer pensador en adjudicar a la lucha política  en  exclusiva  la  tarea  de  constitución  del  universal,  no  fijado  a  priori  por  ninguna racionalidad externa.

Sin embargo, es importante destacar que, pese a la voluntad de Laclau, Gramsci no deja libremente a la articulación política de las identidades la  labor de  construir  el  universal, puesto que  en  su pensamiento  éste  está prefigurado  en  la estructura  económica,  aunque  sólo  cobra  sentido  y  actúa  políticamente  por  medio  de  la hegemonía.

El  esfuerzo  por  hegemonizar  el  vacío  de  lo  universal  tiene  límites,  por  cuanto  ningún contenido particular puede  eliminar  completamente  la oposición  construyendo una  totalidad estable  y  completa. En coherencia con  su  afirmación de que no existe ninguna  racionalidad que opere por encima de  la  lucha política contingente, Laclau defiende que ningún discurso consigue  afirmar  nunca  su  universalidad  plena,  y  ofrece  el  ejemplo  paradigmático  de  los derechos  universales  que  pese  a  estar  formulados  como  derechos universales  válidos  en  todo  tiempo  y  espacio,  no  pueden  trascender  el  contexto  de  su emergencia  y  realizarse  en  cualquier  situación.

La gestión entre la división –insalvable en última instancia- entre lo universal y lo particular, es la verdadera esencia de la hegemonía:  

“[…] que una diferencia, sin dejar de ser particular, asuma la representación de una totalidad inconmensurable. De esta manera, su cuerpo está dividido entre la particularidad que ella aún es  y  la  significación más  universal  de  la  que  es  portadora.  Esta  operación  por  la  que  una particularidad  asume  una  significación  universal  […]  es  lo  que  denominamos  hegemonía”[37].

Esta gestión contiene un aspecto que es  interesante apuntar. La  representación  tiene siempre un  rol  destacado  en  la  división  constitutiva  entre  universal  y  particular. El  vínculo  entre  el agente  hegemónico  y  las  demandas  particulares  insatisfechas  que  éste  inscribe  en  su universalidad se puede describir como de representación siempre que aceptemos que ésta no es  “pura”  sino  que  por  este  acto  la  nueva  articulación  combina  e  hibrida  las  identidades particulares que representa. 

Laclau define  la  representación como  la  fictio  iuris de que alguien está presente a  través de una mediación, donde no lo está directamente. Por medio de este proceso, alguien defiende los intereses  o  visiones  formulados  en  un  punto A,  en  el  punto B  donde  no  estaban  presentes. Laclau  contesta  la  visión  tradicional  de  la modernidad,  en  la  que  la  representación  perfecta  se  caracteriza  por  una  transmisión transparente  de  la  voluntad  preconstituida  del  representado  por  un  representante  neutral, argumentando que esto es  imposible desde el momento en que  toda  identidad es relacional y depende  del  contexto  en  el  que  ha  sido  construida.  La  representación  complementa  la identidad representada allí donde ésta no existe, en un proceso de hibridación y reformulación. Esta cuestión está lejos de ser accesoria o de concernir exclusivamente a la  filosofía  política:  la  comprensión  de  que  todo  acto  de  representación  es  un  acto  de inscripción y reformulación es fundamental para entender la hegemonía, que siempre implica representación  de  una  diversidad  de  intereses  por  parte  de  un  agente  central,  como  una operación  de  creación  discursiva  y  política  nueva,  que  no  implica  necesariamente manipulación o  engaño.

En  términos breves: hegemonía  es  creación de universalidad desde una  particularidad  determinada,  no  construcción  de  alianzas  mediante  un  uso  variable  del cinismo o el tacticismo, como suele ocurrir en los medios de la izquierda tradicional.  

Todo  agente  hegemónico  justificará  siempre  su  posición  dominante  en  razón  de  su encarnación de la voluntad popular, como su único y verdadero representante. Sin embargo, la representación de diferentes demandas como una voluntad popular unificada es en sí mismo un acto constitutivo. La construcción de esta voluntad del “pueblo” es una creación puramente política,  y  es  en  realidad  la  construcción  misma  del  pueblo.  Este  es  el  corazón  de  la hegemonía.

En  la medida  en que  la  posmodernidad ha  ido  expandiendo  y  fragmentando  las  identidades que adoptan los agentes sociales, el rol constitutivo de la representación deviene central. Una vez  que  cae  la  confianza  en  los  relatos  universales  que  “preconstituyen”  las  identidades  en operaciones  ideológicas  simplificadoras,  se hace más necesario un  trabajo  ya desnudamente político de unificación hegemónica. Las posibilidades para  la hegemonía y la política misma, en un contexto así, son  inversamente proporcionales a  la capacidad de  los grupos gobernantes para fragmentar y dispersar aún más las identidades en espacios privados protegidos por  la  ley, en un proceso de estrechamiento  tendencial del espacio político. Zizek llama a esta dinámica la post-política que poco a poco elimina la dimensión de universalidad que  aparece  con  la  verdadera  politización.  El  objetivo  de  los  grupos dominantes  es  entonces  desactivar  la  dimensión  “universal”  de  las  protestas,  esto  es, despolitizarlas, ya que: 

la  situación  se  politiza  cuando  la  reivindicación  puntual  empieza  a  funcionar  como  una condensación metafórica de una oposición global contra Ellos, los que mandan, de modo que la protesta pasa de referirse a determinada reivindicación a reflejar la dimensión universal que esa específica reivindicación contiene, sostiene Zizek.

Tercero.

El  campo  de  la  práctica  hegemónica: conflicto  y “afuera constitutivo” 

La afirmación de que  la  ideología es el  terreno principal de construcción de  las  identidades políticas, y aquel  sobre el que  se producen  las disputas hegemónicas, presupone otra que  se explica en este epígrafe: la del conflicto social y la dislocación, afirma Errejon.

Si la estructura es “objetivamente indecidible”, si no hay ningún contenido esencial a priori de las  identidades,  entonces  la  decisión  ético-política  de  su  articulación  en  un  sentido  y  no  en otro, tiene que provenir necesariamente de una fuente externa. 

¿No  es  éste  un  paso  hacia  un  subjetivismo  idealista  que  reemplace  al  economicismo?  Para Gramsci la solución es clara: la identidad del agente hegemónico, se constituye en el nivel de la estructura, de  las relaciones de producción, donde opera  la  lógica de  la necesidad. Pero  la lógica  de  la  contingencia,  la  articulación  hegemónica  en  torno  a  una  voluntad  colectiva, sucede en el  terreno  indeterminado de  la política. Laclau critica duramente estas “limitaciones estructurales” por operar con una concepción dualista de  la sociedad, en  la que cada  lógica  opera  en  un  nivel  diferente.  Se  opone  a  la  división  entre  estructura  y  sujeto,  y afirmar  que  todo  lo  que  sucede  en  el  nivel  de  la  estructura  cobra  sentido  sólo mediante  un proceso  discursivo,  en  el  que  se  fijan  “históricamente”  –en  el  sentido,  no  de  forma definitiva- los sentidos que en la estructura nunca son estables.

En el fondo, cuando Laclau tiene que defenderse de las acusaciones de “subjetivismo” vuelve a Gramsci para afirmar que es  la estructura  la que fija  las condiciones de posibilidad para  la emergencia de uno u otro principio hegemónico. Que el sujeto sea parte de la estructura y no un  agente  externo  es  sin  duda  un  elemento  cierto,  que  sin  embargo  no  es  en modo  alguno incompatible con el reconocimiento de que las prácticas discursivas articulatorias suceden en un  terreno históricamente heredado, y conformado por algo más que por sedimentaciones de sentido,  sino  también por una  relación entre  fuerzas que depende de  la potencia económica, militar  o  de  arraigo  cultural  a  lugares  determinados de  cada  una  de  ellas.  Es  sobre  esas condiciones de partida que interviene el discurso creando identidades en uno u otro sentido, y a  su  vez  reproduciendo/modificando  esas  condiciones,  que  no  significa  en  absoluto eliminándolas o difuminándolas.  

Estas cuestiones,  son discutidas más adelante, cuando en  las reflexiones conclusivas  se apuesta por un uso “débil” de  la Teoría del discurso, que  tenga en cuenta  las condiciones de posibilidad que preexisten  y  condicionan  la  articulación  discursiva.  En  este  punto  interesa,  sin  embargo, continuar derivando las implicaciones del desarrollo teórico planteado hasta ahora.

Que las identidades se construyan, o más bien se provean de sentido político, en operaciones discursivas, significa que no  tienen un sentido a priori que  la  ideología desvela, sino que su sentido  depende  de  su  articulación  en  relación  con  otras,  en  un  contexto  marcado  por  la heterogeneidad  y  el  conflicto,  en  el  sentido  de  la  pugna  permanente.  El  conflicto  es  así  la condición de partida y el resultado de toda construcción de identidad: 

La  creación  de  una  identidad  implica,  el  establecimiento  de  una  diferencia.  […]  Cada identidad es relacional y la afirmación de una diferencia es una precondición para la existencia de  cualquier  identidad  [puesto  que   ésta  creación  es] “básicamente la creación de un nosotros por la demarcación de un ellos, dice Mouffe.

Cuando  Mouffe  afirma:  concibo  lo  político  como  la  dimensión  de  antagonismo  que considero  constitutiva  de  las  sociedades  humanas  bebe  claramente  de Carl Schmitt, en su conocida formulación según la cual “la distinción específica de la política, a  la  que  las  acciones  y motivos  políticos  pueden  ser  reducidos,  es  aquella  entre  amigos  y enemigos”[38].

Esta  relación no es necesariamente antagónica en Laclau y Mouffe, que distinguen entre un enemigo y un “adversario político”. Ésta es en todo caso una preferencia ética:

“Una  vez  que  aceptamos  la  necesidad  de  lo  político  y  la  imposibilidad  de  un  mundo  sin antagonismo,  lo  que  necesitamos  pensar    [imaginar,  visualizar]    es  cómo  es  posible  crear  o mantener  un  orden  democrático  pluralista  bajo  esas  condiciones.  Tal  orden  se  basa  en  una distinción  entre  enemigo  y  adversario.  Requiere  que,  dentro  del  contexto  de  la  comunidad política, el oponente sea considerado no como un enemigo a destruir, sino como un adversario cuya  existencia  es  legítima  y  debe  ser  tolerada.  Lucharemos  contras  sus  ideas  pero  no cuestionaremos su derecho a defenderlas”[39] y menos abrigamos la idea de su eliminación violenta, afirmaría alguien en nuestro mundo cotidiano alejado del fetichismo armado.

Ésta es  la salida “democrática” con  la que Laclau y Mouffe hacen compatible su concepción de la política como un proceso siempre abierto, contingente y conflictivo. Los adversarios son aquellos con los que la pugna se libra dentro de las reglas del juego democráticas, mientras que los enemigos son los que atentan contra ellas. El único consenso, por  razones contingentes, es en torno a  la  indecidibilidad de  los valores y  la consiguiente apertura permanente de  la política asegurada por  reglas de  juego democráticas.

Tras  escribir  Hegemonía  y  Estrategia  Socialista,  Chantal  Mouffe  se  ha  dedicado específicamente  a  esta  cuestión,  en  un  esfuerzo  por  construir  una  filosofía  política  que  no eluda el conflicto y que construya sobre él –y no sobre su negación- cimientos éticos para una apuesta democrática. Quizás  las obras que mejor resumen estas posiciones sean El retorno de lo político (Mouffe 1993)[40] y En torno a lo político[41].

Sin embargo acá lo que interesa es constatar la función constitutiva del conflicto en  la pugna hegemónica, sea éste antagónico o sólo entre adversarios: la operación hegemónica  sólo  tiene  lugar  donde  hay  dislocación.  En  una  situación  ideal  en  el  que  las identidades  fuesen  estables  y  predeterminadas  para  siempre,  se  podría  dar  el mero  choque militar o  la disolución de  la política en  la simple gestión de  los asuntos comunes, pero no  la lucha por la articulación/desarticulación que constituye la hegemonía.

Para  Laclau  y Mouffe,  antagonismo  y  dislocación  son  sinónimos,  pues  es  precisamente  el antagonismo  el  límite  que  impide  la  constitución  plena  de  la  sociedad,  su  estructuración definitiva.

Zizek  lleva  más  lejos  este  razonamiento  y  asegura  que  no  se  trata  sólo  de  que  la identidad propia se construye negando la ajena, sino que se proyecta sobre la alteridad, la culpa de la imposibilidad de autoconstitución plena[42]. Como resultado, las acciones políticas  se  guían  por  la  ilusión  de  que  la  aniquilación  de  la  fuerza  antagonista  permitirá constituir plenamente el “nosotros”.

Por ejemplo, “la  lucha  feminista  contra  la opresión patriarcal masculina  se  alimenta necesariamente de  la ilusión de que cuando  la opresión patriarcal sea abolida,  las mujeres conquistarán  finalmente su  propia  identidad  consigo mismas,  se  darán  cuenta  de  sus  potencialidades,  etc.”[43].

La interpretación de Zizek tiene un extraordinario valor en un plano interior al discurso, pero arrastra  el  defecto  de  no  permitir  discernir  cuándo  hay  más  o  menos  espacio  para  la articulación  hegemónica.  Si  toda  producción  discursiva  del  enemigo  está  guiada  por  una imposibilidad intrínseca de constitución social plena, entonces la lucha discursiva se produce sobre un espacio “plano”, no influido por más circunstancias históricas que la propia sucesión de  construcciones discursivas. No parece  ser  este  el  caso  en  la  realidad. Laclau resulta  más  certero  cuando  afirma  que  el  antagonismo  social  es  más  bien  “una  respuesta discursiva a  la dislocación del orden social”, una respuesta que él  identifica con  la presencia del  afuera  constitutivo,  que  al mismo  tiempo  niega  y  constituye  la  identidad  del  “adentro”[44].  Gracias  a  este  antagonismo  pueden  existir  los  mitos  e  imaginarios sociales,  que  resisten  la  dislocación  e  inscriben  demandas  muy  diferentes  en  un  mismo discurso. 

Torfing[45]  ofrece  un  buen  ejemplo  que  respalda  la  visión  de  Laclau.  Para  él,  el desarrollo del Estado de bienestar nace de la dislocación discursiva y material del capitalismo en la crisis económica de los años treinta. El moderno Estado de bienestar, precedido por las experiencias de  planificación  estatal  exitosas  durante  la  Segunda  Guerra  Mundial  y  el sentimiento  de  comunidad  desarrollado  por  la  confrontación,  emergió  como  un  “mito suturante”  que  recomponía  una  sociedad  profundamente  fracturada,  funcionando  como  un espacio de representación para la mayor parte de las demandas económicas y sociales en tanto que  diferencias  legítimas,  desplazando  todo  cuestionamiento  a  las  relaciones  sociales capitalistas y al pacto social a su afuera constitutivo, como “extremismos” contra los cuales se unían  en  un  proyecto  nacional  fuerzas  de  otro  modo  difícilmente  convergente.  Sólo  una dislocación  de  enormes  proporciones,  como  la  crisis  de  los  años  setenta,  hizo  emerger fenómenos  y  fuerzas  que  finalmente  no  pudieron  ser  inscritos  en  el  mismo  discurso-(keynesianismo, paz  social,  crecimiento  económico por medio de  la demanda,  etc.), que  fue hegemónico y estable durante casi tres décadas.

En  la  dislocación  y  el  antagonismo,  sin  embargo,  no  hay  ninguna  determinación  de construcción política de uno u otro signo, sino sólo la marca de la imposibilidad de escapar de la  política  en  tanto  que  práctica  constructora  de  identidad  y  hegemonía  que  lidie  con  la dislocación. El antagonismo, por esa misma razón, es fuente de estabilización de  identidades pero  también  de  dislocación.  Puesto  que  la  oposición  constituye  la identidad al mismo  tiempo que  la niega. En Sudáfrica, por ejemplo,  la  identidad común que permitió la confluencia de afrikaners e ingleses, fue la de la blanquitud, construida gracias a la exclusión de  la negritud. Pero esa misma cadena de equivalencias,  subvertida, aisló y acabó derribando el régimen del apartheid[46].

La  fuerza  hegemónica  tenderá  siempre  por  tanto  a  construir  la  identidad  excluida  como  un conjunto de obstáculos y amenazas para  los fines de  la voluntad colectiva que ella construye. Esta  operación  está  siempre  relacionada  con  el  antagonismo. De  esta manera, la lucha hegemónica siempre sucede en contextos de antagonismo. 

Todo discurso construye una identidad reuniendo a un conjunto de elementos -“demandas” en términos  de  Laclau  y Mouffe-  que  son  diferentes  pero  pueden  ser  reunidos  en  torno  a  su común oposición a una alteridad radical que no es sólo una diferencia más, sino aquella que supone una amenaza para todo el conjunto.

Estamos  ante  un  concepto  clave  en  el  análisis  de  discurso  de  Laclau  y Mouffe:  el  “afuera constitutivo”  es  esa  alteridad  radical  que  niega  y  constituye  a  un  tiempo  la  identidad  de  la formación  discursiva  de  la  que  es  excluido.  Afuera  constitutivo  y  conflicto  son,  entonces, paralelos y se construyen mutuamente. Éste es el espacio de la hegemonía.

Cadenas  y  constitución  política: lo  “popular”  y  lo “institucional”.

Esta negación no se presenta en forma positiva, sino “a través de la expansión de cadenas de equivalencia que  subvierten  el  carácter diferencial de  las  identidades discursivas”[47]. Esto  significa que  los  elementos  excluidos no  tienen ningún  contenido que a priori  les haga ser antagónicos a una conformación discursiva, sino que ésta ha podido articular muchos elementos, por encima de  sus diferencias, gracias a  su condensación en  su común oposición a este “afuera constitutivo”, cuyo carácter viene dado no por características propias sino por su papel condensador de la cadena equivalencial.

La construcción de la “civilización occidental” es un ejemplo claro de esto: se hace por medio de  la  exclusión  de  países,  hábitos  y  pueblos  considerados  “bárbaros”.  A  medida  que  ésta cadena de equivalencia  se expande para  incluir más elementos,  se hace  evidente que  lo que todos  esos  elementos  excluidos  tienen  en  común  es  sólo  la  negación  de  la  civilización occidental. Al quedar absorbidos África, Sudamérica y Asia en  la cadena de equivalencia de los excluidos, el término “bárbaros” se va vaciando de contenido hasta significar tan solo los “no civilizados”. El afuera constitutivo es a la vez el principio de construcción discursiva para “la civilización” y su amenaza plena.

El  juego  de  articulación  y  rearticulación  de  identidades  políticas  en  el  que  se  dirime  la construcción de “voluntades colectivas” es en este sentido un equilibrio entre  la  lógica de  la diferencia  y  la  de  la  equivalencia,  ninguna  de  las  cuales  puede  dominar  completamente. Así  resulta que  todas  las  identidades  sociales  son “puntos de entrecruzamiento entre la lógica de la equivalencia y la de la diferencia”[48].

Laclau  y  Mouffe  emplean  el  ejemplo  de  la  política  británica  durante  la  Segunda  Guerra Mundial  para  ilustrar  este  juego  de  las  diferencias  y  las  equivalencias.  La  amenaza nacionalsocialista  hizo  que  conservadores  y  laboristas  pusieran  énfasis  en  sus  valores compartidos contra la Alemania de Hitler, que se convirtió así en el afuera constitutivo de una serie  de  elementos  unidos  en  una  cadena  equivalencial  en  torno  a  los  significantes “democracia”  y  “libertad”  que  se  vaciaron  para  poder  abarcar  identidades  diferentes.  No obstante, para que la alianza siguiese siendo tal, hizo falta que las diferencias entre laboristas y    conservadores,  sin  primar,  se  mantuviesen.  De  otra  forma  no  se  podría  hablar  de  dos identidades.

El equilibrio entre las dos lógicas (la que une a los elementos en relación a sus diferencias o a su oposición común a otro) puede estructurarse y  anclarse en una  jerarquía: cual de  las dos lógicas predomine depende de  las  luchas hegemónicas en ese campo. Podemos  imaginar dos resultados extremos:  

1. Que predomine  la  lógica equivalencial. Este es el caso del discurso británico durante  la IIGM en el que el espacio para  la diferenciación fue estrangulado por la expansión de la distinción amigo-enemigo. “Si no estás con nosotros estás contra nosotros”. El antagonismo entre Gran Bretaña y su afuera constitutivo lo penetró todo sin permitir término medio. Esto tuvo un efecto en reducir la pluralidad política en torno a una identidad absolutamente determinada por su oposición al “afuera constitutivo”.

2. La otra posibilidad es que predomine la lógica diferencial.  En  el  desarrollo  de  Gran  Bretaña  posterior  a  la  IIGM  el  gran  enemigo  había  sido derrotado y  las cosas volvían a ser “normales”, dando  lugar a  la proliferación de diferencias políticas.  Se  expandió  el  espacio  diferencial  y  la  cadena  de  diferencias.    El  término  “el acuerdo  de  postguerra”  expresa  claramente  que  se  trató  de  un  compromiso  entre  intereses políticos diferentes y diferenciados.

De este razonamiento, los autores, nos plantea Errejon, deducen dos formas fundamentales de construcción política en el antagonismo: la “popular” y la “democrática”.

La construcción de lo popular.

•  La  construcción  popular  predomina  cuando  prima  la  lógica  de  la  equivalencia,  que estructura  lo  social  en  un  antagonismo  que  divide  el  campo  político  en  dos  partes.  

Esta  construcción  constituye  al  “pueblo”  como  sujeto  a  través de una  simplificación del espacio político. Todas  las diferencias o contradicciones  están dominadas por un antagonismo principal que da  sentido y  rearticula a  todos  los demás. Es el momento máximo de “politización” y equivale por tanto a la hegemonía expansiva.

Las  revoluciones  burguesas  lo  consiguieron  oponiendo  a  la  “nación”,  de  la  que  su clase  era  valedora,  frente  al  antiguo  régimen;  los  movimientos  anticolonialistas uniendo  a  todo  el pueblo  subordinado  en  torno  a  la oposición  común  a  la metrópoli imperialista. Gramsci es el  teórico de  la construcción de un “pueblo” de  izquierdas, a partir  de  la  superación  por  parte  de  la  clase  obrera  de  la  conciencia  económico-corporativa  y  su  generación de una  “conciencia  colectiva nacional-popular”.

La construcción democrática.

•  La construcción democrática, dice Errejon, complejiza mucho más el espacio político, disgregándolo e imposibilitando su polarización en dos campos opuestos. Opera como una lógica de diferenciación que  fragmenta  los sujetos. Una vez que un  régimen hegemónico se ha instituido,  su mantenimiento  depende  de  la  capacidad  de  una  gestión  “democrática” del  antagonismo,  por medio  de  la  cual  cada  reclamación  particular  se  relaciona  de forma vertical con el Estado y no horizontal encadenándose a otras. Todo el aparato estatal está consagrado a esta  tarea: segmentar, satisfacer por separado y dispersar  lo insatisfecho,  aislándolo.  Las  políticas  públicas  tienden  a  partir  el  campo  social  en diferentes  arenas,  y  la  diferenciación  e  individualización  del  consumo  ayuda  a  esta dispersión, que se consagra con la crisis de los macrorrelatos ideológicos que llamaban a entender el mundo político desde una  sola  lógica que delimitaba de  forma nítida y definitiva  la  frontera  entre  amigos  y  enemigos.

Zizek  entiende  por  “post-política”  la  maniobra  ideológica  que  trata  de  negar  el conflicto  y  diluirlo  en  un  conjunto  de  gestiones  técnicas  orientadas  por  principios políticos  que,  así,  se  blindan  de  cualquier  posible  crítica.  El  “New  Labour”  es  un ejemplo particularmente  claro,  en  cuanto que  su  apuesta por  abandonar una división “doctrinaria” y “anticuada” de izquierda/derecha a favor de las ideas “que funcionan” supone en realidad la imposición del marco en el que unas ideas u otras funcionan: el de  la  economía  capitalista[49].  La  “post-política”,  entonces,  es  la fantasía  ideológica  de  la  disolución  imposible  del  conflicto  en  la  tecnocracia  que gestiona un cuerpo social marcado por la anomia y la individualización, dice Zizek.  

Esta es una concepción originalmente gramsciana: la de  la  función disgregadora del Estado, que N. Poulantzas, explicaba en los siguientes términos:  

[…]Los  aparatos  del  Estado  organizan-unifican  el  bloque  en  el  poder  desorganizando-dividiendo  permanentemente  a  las  clases  dominadas,  polarizándolas  hacia  el  bloque  en  el poder y cortocircuitando sus organizaciones políticas propias.[…], [Así] el Estado condensa no solo la relación de fuerzas entre fracciones del bloque en el poder, sino igualmente la relación de fuerzas  entre este y las clases dominadas[50].  

Es fácil percibir cómo esta cita, aunque con una formulación muy diferente, no está nada lejos de  la  concepción  de  la  “lógica  de  la  diferencia”  como  aquella  que  resuelve  las  demandas puntuales  o  las  tramita  de  forma  aislada,  con  la  función  de  evitar  así  la  construcción horizontal-equivalencial de una lógica “popular” contra el régimen.  

Para Laclau, en  cambio, el  triunfo de esta  lógica  se  relaciona con  los éxitos de  los “nuevos movimientos  sociales”  que,  estableciendo  una  diversidad  de  campos  de  batalla  –de identidades  de  género,  sexuales,  étnicas,  culturales,  etc.-  han  conseguido  una  diversidad  de reconocimientos e  inclusiones por parte de  las  instituciones. El propio éxito de estas  luchas democráticas hace más difícil su unificación como luchas populares.

Los diferentes tipos de sobredeterminación. 

El concepto de “sobredeterminación”, tomado del famoso trabajo de Freud “La interpretación de los sueños”, le sirve a Laclau y Mouffe para describir la operación simbólica de reunión de significados en un momento nuevo. 

La sobredeterminación puede darse como “condensación” o como “desplazamiento”.  

La  condensación  ocurre  cuando  una  variedad  de  significados  se  fusionan  en  una  unidad.

Como  si de una metáfora  se  tratase, una demanda  reúne y expresa en  forma  sintetizada una pluralidad  articulada  de  demandas.  La condensación es la operación  de  vinculación  de  significados  vinculada  a  la  hegemonía,  y  por  ello  la  más importante. 

El desplazamiento ocurre cuando el significado de una demanda se  transmite a otra. En este caso  el  recurso  literario  que mejor  lo  ejemplifica  es  el de  la metonimia:  en una  relación de proximidad, un elemento adquiere el nombre del contiguo.

Los puntos nodales y su efecto unificador. 

Todo  discurso  es  un  intento  de  dominar  el  campo  de  la  discursividad  expandiendo  cadenas que fijan parcialmente el sentido de los significantes “flotantes”, caracterizados porque se les atribuyen diferentes  significados,  y que  están por  tanto  en disputa:

Los  puntos  privilegiados  del  discurso  que  fijan  el  sentido  dentro  de  esas  cadenas  son  los llamados  “puntos  nodales”.  Zizek[51]  los  define  como  “significantes  puros  sin significados”,   o “significantes vacíos”. Su aportación crucial es crear y sostener la identidad de un discurso, tejiendo un nudo de significados anclados. 

Los  puntos  nodales  que  actúan  con  eficacia  unificando  un  terreno  discursivo  no  son necesariamente  aquellos  que  están  cargados  con  un  significado  denso,  sino  que  están tendencialmente  vacíos:  Tanto más  cuanta más  capacidad  de  extensión  tienen. Así  pueden “arropar”  a  una  variedad  de  significantes  flotantes  fijando  su  significado  en  un  discurso estructurado.  Es  necesario  precisar  que  todos  los  puntos  nodales  son  significantes tendencialmente vacíos, pero no todos los significantes tendencialmente vacíos consiguen fijar el contenido de una serie de significantes flotantes y convertirse así en puntos nodales. 

Torfing[52]  describe  el  proceso  como  sigue:  una  variedad  de  significantes  se encuentran  flotando,  suspendidos,  sometidos  a  diferentes  interpretaciones  después  de  haber perdido su significado original, hasta que un “significante maestro”  interviene y  reconstruye su  identidad  anclando  los  significantes  flotantes  dentro  de  una  cadena  de  equivalencia  –agrupación  marcada  por  la  dicotomización.  “Dios”,  “Patria”,  “Orden”  o  “Justicia”  son ejemplos de puntos nodales que pueden fijar el significado de una diversidad de significantes flotantes.  

Zizek resulta extremadamente esclarecedor al ofrecer una muestra práctica de la actuación de un punto nodal sobre un horizonte discursivo concreto:  

“Cuando  arropamos  los  significantes  flotantes  de Comunismo,  por  ejemplo,  lucha  de  clases confiere una significación precisa y fija a todos los demás elementos: a democracia (la llamada democracia real opuesta a la democracia burguesa formal como forma legal de explotación); a feminismo (la explotación de las mujeres como resultado de la división clasista del trabajo); a ecologismo  (la  destrucción  de  los  recursos  naturales  como  consecuencia  lógica  de  la producción capitalista orientada a la obtención de beneficio privado); al movimiento pacifista (el principal peligro para  la paz es el agresivo  imperialismo), y así…”[53].

El  discurso  en  marcha: nominación  e  identidades políticas

En  este  punto  debería  estar  clara  la  conexión  que  lleva  a  un  estudio  sobre  la  hegemonía  a vincularse a la producción discursiva de las identidades políticas.

Numerosos estudiosos sobre el nacionalismo recurren al concepto de discurso para su análisis ideológico  (Bhabha; Anderson; Brubaker; Calhoun),  incluso  (Smith). No obstante, en este caso no se trata de dar cuenta del “aspecto” ideológico-discursivo de uno u otro movimiento popular, sino de comprender de qué forma el discurso construye por sí mismo –aunque, como veremos más adelante, en una negociación con unas condiciones de posibilidad particulares en cada caso-  las  identidades populares, en  la operación crucial de  la lucha hegemónica o por construir totalidades encabezadas por un elemento particular, plantea Errejon. 

Este  es  el  terreno  de  la  retórica,  demasiado  a menudo  confundido  con  el  de  la  “forma”  de expresión de la ideología o equiparada a la oratoria.  

El  artículo  de Marc MCNally  “Countering  the  hegemony  of  the  Irish  national  canon:  the modernist rhetoric of Sea´n O’Faola´ in (1938–50)”[54] constituye, sugiere Errejon, una buena muestra de la aplicación de  la  retórica al estudio del nacionalismo  irlandés, para  redimensionar el  impacto de  una  figura  intelectual  histórica  en  el movimiento  republicano. McNally,  a  través  de  la atención al rol performativo de la retórica, alcanza conclusiones relevantes, en este caso sobre los mitos centrales del nacionalismo irlandés y su efecto sobre la práctica política.

McNally  argumenta  que  la  fuerza  de  la  retórica  reside  sobretodo  en  “su  habilidad  para explorar  la  dimensión  afectiva  y  dinámica  de  la  ideología  nacionalista”,  que  le  permitiría aprehender  “la  naturaleza  (re-)construida  y  maleable  del  nacionalismo  y  sus  variaciones ideológicas”[55]. Esto es así porque la retórica es algo más que la expresión de  la  ideología  nacionalista:  es  el medio  de  la  construcción misma  de  la  identidad  popular “nacional”  misma.  Lo  que  se  afirma  para  la  construcción  de  una  identidad  nacional  que funciona como “comunidad sagrada de ciudadanos”[56] puede ser extrapolado a todo proceso de constitución de las identidades políticas.

Esta conclusión es plenamente coincidente con la visión de Laclau: “La ideología solo puede considerarse como diferente de la retórica involucrada en la acción política si la retórica es entendida como un puro adorno del lenguaje, que no afecta en modo alguno a los contenidos transmitidos por éste”[57].

Esta  noción,  sin  embargo,  sólo  se  sostiene  sobre  una  visión  de  los  agentes  sociales  como constituidos de una vez por todas en base a intereses “objetivos” bien definidos.

No obstante, si no hay ningún principio ordenador externo al conflicto político, entonces  los mecanismos retóricos  son  instrumentos  de  construcción  de  identidades  –agentes-  políticos. De  hecho,  es mediante la retórica que se construyen los sujetos populares, y éste es el núcleo de la pugna por la hegemonía. 

Siguiendo a Wittgenstein, Laclau afirma que la diferencia entre lo que un movimiento político “dice”  y  lo  que  “hace”  es  insostenible  en  la  práctica,  desde  que  “los  juegos  del  lenguaje comprenden  tanto  los  intercambios  lingüísticos  como  las  acciones  en  las  cuales  están involucrados”, de  tal manera que  lo verdaderamente  relevante no  es  confrontar  la  ideología con una supuesta “práctica”, sino la comprensión de las “secuencias discursivas a través de las cuales una fuerza determinada lleva a cabo su acción política global”. Esta acción  se  realiza  mediante  actos  de  “nominación”,  en  los  que  se  produce  el  tránsito  del “concepto  al  nombre”,  por  el  cual  determinados  términos  dejan  de  ser  la  expresión  de realidades políticas preconstituidas y pasan a ser su construcción misma.

Esto  sucede  porque  las  identidades  populares  no  son  expresiones  pasivas  del  conjunto  de demandas inscritas en ellas, sino que:  

“constituyen lo que expresan a través del proceso mismo de su expresión. En otras palabras: la posición  del  sujeto  popular  no  expresa  simplemente  una  unidad  de  demandas  constituidas fuera  de  sí mismo,  sino  que  es  el momento  decisivo  en  el  establecimiento  de  esa  unidad”[58].

No habiendo ninguna preexistencia de la formación hegemónica antes de ser “nombrada”, su unidad pasa del orden “conceptual” al orden nominal.

Resulta  más  sencillo  de  comprender  si  se  atiende  a  un  ejemplo  cualquiera  sacado  de  la cotidianidad  política:  afirmar  que  un  conjunto  de  ciudadanos  asentados  en  un  territorio determinado constituyen “una nación” no es ningún reflejo conceptual de una unidad anterior al discurso, sino el acto político radical y fundacional de creación de esa nación, que sólo deja de  ser  necesario  cuando  la  nominación  está  plenamente  asumida  como  discurso  dominante.

En  un  ejemplo  sustancialmente  diferente  como  es  el  de  los  movimientos  estudiantiles, encontramos  la  misma  lógica:  la  afirmación  problemática  del  sujeto  interpelado,  “los estudiantes”  es  una  construcción  de  identidad  en  sí  misma,  que  agrupe  a  individuos  y demandas  muy  diferentes  en  torno  a  su  ocupación  común.  La  relativa  decadencia  de  la politización de este  sector no es ajena, en modo alguno, a  la  fragmentación creciente de  las formas  y  tiempos  de  inserción  en  el  sistema  educativo,  que  dificulta  la  construcción  de  la identidad  política  “estudiante”.  Este  ejemplo  sirve  además  para  realizar  una  crítica  y matización a Laclau: los actos nominativos son efectivamente constitutivos de las identidades políticas.  Pero  no  toda  nominación  puede  construir  exitosamente  un  sujeto.  Los  campus integrados y las facultades masificadas con estudiantes que realizan los mismos horarios y se dedican  al  estudio  de  manera  principal  y  continua,  por  ejemplo,  hace  más  factible  la construcción discursiva del “estudiantado” como sujeto político, mientras que las reformas de precarización  y  diversificación  de  las  formas  de  vinculación  a  la  universidad  lo  dificultan considerablemente, acota Errejon.

Sin esta precisión, la teoría del discurso caería, como veremos, en un cierto utopismo. Que las identidades  políticas  se  constituyan  en  su  nominación  no  significa  en modo  alguno  que  no existan condiciones materiales de posibilidad responsables de mayores opciones de éxito para unas identidades que para otras.

Es  sólo  en  este  sentido  que  una  teoría  de  la  hegemonía  se  ocupa  de  los  discursos  como totalidades  que  abarcan  elementos  lingüísticos  y  no  lingüísticos.

Un  modelo  para  el  estudio  de  la hegemonía. La Escuela de Essex.

La propuesta central de este grupo de  investigadores es  la de estudiar  la  realidad política en términos  de  discurso,  ya  que  “todos  los  objetos  son  objetos  del  discurso,  puesto  que  su significado  depende  de  un  sistema  de  reglas  y  diferencias  significativas  construido socialmente”[59].

El libro Discourse  Theory  and  Political  Analysis.  Identities,  Hegemonies  and  Social  Change[60],  representa  un  modelo  fundamental  a  seguir  para  todos  los  investigadores interesados en la Teoría del discurso, pues representa tanto una síntesis de los consensos fundamentales al interior de  la  Escuela  de  Essex,  como  un  compendio  de  ejemplos  prácticos  de  su  aplicación  a  objetos  de  estudio específicos.

Se puede afirmar por  tanto  la existencia de una “Escuela de Essex” entre cuyos exponentes más destacados figuran: Torfing[61], Smith[62] o la profundización especialmente sugerente de Howarth y Howarth y Stavrakakis.

Mc  Lennan[63]  propuso,  en  un  artículo  dedicado  hace  tiempo  a  examinar  esta  escuela  teórica que existen “dos usos” de  la Teoria del discruso: uno fuerte y otro débil.

La versión fuerte se caracterizarían por una negación implícita o explícita de la importancia de  los  factores  socioeconómicos  sobre  el  campo  discursivo,  enfatizando  en  consecuencia  el peso determinante de  los discurso sobre  lo político. Los usos  débiles, por su parte, estarían más preparadas para reconocer, parcial o totalmente, la posibilidad de un mayor rol constitutivo de los  factores  socioeconómicos  e  “intereses”,  inclinándose  así  a  un  mayor  “pluralismo metodológico”. Ambos usos se examinarán a través de una obra de referencia clave en  la Escuela de Essex[64], que  reúne a algunos de  los  investigadores más  representativos de esta perspectiva para ofrecer diferentes ejemplos de la aplicación de la Teoria del discurso a los más variados estudios de caso.

La Teoría del Discurso puede ser usada entonces como una valiosa caja de herramientas para comprender  la hegemonía, con  sólo  introducir una modificación que  sería un “pecado” para sus  autores  pero  que  está  en  el  corazón mismo  del  pensamiento  de Gramsci  del  que  ellos parten: el juego de las lógicas de diferencia y equivalencia, las investiduras del universal por particulares construidas por actos de nominación, no se desenvuelven en el vacío. Las propias dislocación y heterogeneidad, necesarias para que las identidades no estén preconstituidas y la ideología  no  las  “revele”  sino  que  se  construyan  en  la  lucha  política,  son  condiciones  que dependen  de  factores  como  la  cohesión,  fortaleza  y  capacidad  de  regulación  y  control de un Estado. La posibilidad de encarnar el universal por parte de un particular, a su vez, depende  también de  factores como  la posición  relativa de esa  identidad particular en  la estructura económica de una sociedad, su capacidad de movilización –simbólica y material- y su  relación  con  otras  fuerzas. El  reconocimiento  de  que  todas  las  identidades  políticas  son construidas  debe  ser  acompañado  por  la  constatación  de  que  no  todas  tienen  la  misma posibilidad de éxito en sus esfuerzos por ser hegemónicas. Esto conduce de forma necesaria a estudiar  las  “condiciones  de  posibilidad”  de  la  hegemonía.

Esperemos  que,  llegados  a  este  punto, propone Errejon,  quede  claro  que  la  hegemonía  no  es  una operación lingüística que se produce sobre un escenario plano, sino un despliegue político que parte de condiciones de posibilidad que  influyen en su potencial éxito o  fracaso. Gramsci  lo reconoce así al afirmar el carácter “de clase” de  toda hegemonía. Laclau, como hemos visto, incurre  en  peligrosas  contradicciones  al  intentar  afirmar  la  contingencia  absoluta  de  la hegemonía,  y acaba  reconociendo, cuando hace  análisis político de  situaciones concretas,  la existencia  de  “límites  extradiscursivos”  a  la  construcción  de  identidades  políticas.  Entre ambos, esta reflexión, coincidiendo con Errejon, apuesta por un uso blando de la Teoria del discurso para el estudio de la hegemonía en Colombia.

La propuesta central de este grupo de  investigadores es  la de estudiar  la  realidad política en términos  de  discurso,  ya  que  “todos  los  objetos  son  objetos  del  discurso,  puesto  que  su significado  depende  de  un  sistema  de  reglas  y  diferencias  significativas  construido socialmente”[65].

Un ejemplo de un uso  “fuerte” de  la Discourse Theory  lo encontramos en   Barros y Castagnola[66]  que  explican  el  peso  del  peronismo  en  la  política  argentina  sólo  en términos de  su  capacidad discursiva: de  las  reglas por  las  cuales  fue  capaz de  articular una gran  variedad  de  demandas  y  grupos  en  torno  al  significante  tendencialmente  vacío  del liderazgo  de  Perón.  Al  no  introducir  en  su  modelo  explicativo  ninguna  variable socioeconómica  con  independencia  de  su  articulación  discursiva,  como  “condiciones  de posibilidad” del despliegue de un proyecto hegemónico concreto el hecho de que el discurso peronista fuese particularmente fuerte entre los trabajadores urbanos sindicalizados no parece ser susceptible de explicación y es así tomado como un dato más.

Siguiendo ese hilo deductivo, este  analisis adopta entonces una perspectiva  blanda en  la que  la efectividad  política  no  se  atribuye  en  exclusiva  a  la  capacidad  preformativa  de  un  discurso concreto, sino que se pregunta también por sus condiciones de emergencia y transformación. Finlayson  y Valentine[67]  afirman que quizás   deba  ser más porosa  la  frontera  entre  las teorías de la contingencia y las estructuralistas, en una articulación que explique el “qué” y el “cómo” pero  también el “porqué”. La aleatoriedad no puede ser una excusa para no explicar porqué  los  mismos  discursos  cosechan  resultados  tan  dispares  en  lugares  diferentes, conformados por estructuras económicas, institucionales y sociales diversas.

Laclau  y  Mouffe,  en  el  fondo,  han  “historicizado”  la  ciencia  política,  al  reconocer  la variabilidad de las construcciones hegemónicas, y la necesidad de todo estudioso de la política de preguntarse por la producción de identidades políticas que ocurre siempre en y a través del conflicto. Ahora se trata de “espacializar” el enfoque: pasar de una teoría de la hegemonía en abstracto  a  comprender  su  despliegue  en  un  caso  particular  marcado  por  condiciones determinadas. No es otro el sentido gramsciano, que ya hemos visto, del concepto gramsciano de “bloque histórico”.

La Teoría del Discurso puede ser usada entonces como una valiosa caja de herramientas para comprender  la hegemonía, con  sólo  introducir una modificación que  sería un “pecado” para sus  autores  pero  que  está  en  el  corazón mismo  del  pensamiento  de Gramsci  del  que  ellos parten: el juego de las lógicas de diferencia y equivalencia, las investiduras del universal por particulares construidas por actos de nominación, no se desenvuelven en el vacío. Las propias dislocación y heterogeneidad, necesarias para que las identidades no estén preconstituidas y la ideología  no  las  “revele”  sino  que  se  construyan  en  la  lucha  política,  son  condiciones  que dependen  de  factores  como  la  cohesión,  fortaleza  y  capacidad  de  regulación  y  control territorial de un Estado. La posibilidad de encarnar el universal por parte de un particular, a su vez, depende  también de  factores como  la posición  relativa de esa  identidad particular en  la estructura económica de una sociedad, su capacidad de movilización –simbólica y material- y su  relación  con  otras  fuerzas. El  reconocimiento  de  que  todas  las  identidades  políticas  son construidas  debe  ser  acompañado  por  la  constatación  de  que  no  todas  tienen  la  misma posibilidad de éxito en sus esfuerzos por ser hegemónicas.

Las condiciones de posibilidad de la hegemonía de ciertas identidades.

Esto conduce de forma necesaria a estudiar  las  “condiciones  de  posibilidad”  de  la  hegemonía.  En  el caso colombiano: las condiciones de posibilidad para el surgimiento de  la hegemonía nacional-popular en  Colombia.

Esperemos  que,  llegados  a  este  punto,  quede  claro  que  la  hegemonía  no  es  una operación lingüística que se produce sobre un escenario plano, sino un despliegue político que parte de condiciones de posibilidad que  influyen en su potencial éxito o  fracaso. Gramsci  lo reconoce así al afirmar el carácter “de clase” de  toda hegemonía.

Laclau, como hemos visto, incurre  en  peligrosas  contradicciones  al  intentar  afirmar  la  contingencia  absoluta  de  la hegemonía,  y acaba  reconociendo, cuando hace  análisis político de  situaciones concretas,  la existencia  de  “límites  extradiscursivos”  a  la  construcción  de  identidades  políticas.

Un  esquema  de  la  producción  discursiva  de  la hegemonía.

Con lo discutido hasta ahora acerca ya tenemos materiales suficientes para completar nuestra definición de hegemonía. 

Del  examen  del  pensamiento  gramsciano  habíamos  extraído  la  definición  de  hegemonía  en base a cuatro componentes fundamentales: Dislocación, Articulación, Integración Parcial de otros grupos y Condiciones de posibilidad.

La Teoría  del Discurso  permite  comprender  las  identidades  políticas  como  una  producción relacional y contingente, que no expresa  sujetos preconstituidos  fuera del discurso,  sino que los constituye de manera radical e  inestable. Por consiguiente, el nacionalismo no expresa  la nación, sino que la construye, en la misma medida que el indianismo no es el descubrimiento, quinientos años después, de la dimensión étnica olvidada, sino su producción actual con mitos que apelan al pasado.

De entre todas las identidades políticas, la Teoría del Discurso presta especial atención a una forma particular de articulación: la formación de las identidades populares, la construcción del sujeto “pueblo”.

El trabajo de Ernesto Laclau preside el armazón teórico al respecto, en el que se incluyen trabajos de otros académicos que forman parte de esta perspectiva. 

La  teoría gramsciana de  la hegemonía giraba en  torno a  la  superación, por parte de  la clase obrera,  de  sus  intereses  corporativos  para  convertirse  en  el  grupo  dirigente  de  un  nuevo compuesto  social,  de  una  nueva  totalidad.  A  esta  nueva  totalidad  Gramsci  la  llamaba  una “voluntad colectiva nacional-popular”, por cuanto el objetivo del proletariado era reordenar el campo de lo político en un sentido nuevo que le posicionase como representante, conductor y valedor de una nueva mayoría nacional conformada por los sectores subalternos. Este combate político cultural no es reducible al de trabar alianzas entre diferentes grupos sociales contra un enemigo común, sino que es estrictamente “fundacionalista”: se  trata de  imaginar una nueva comunidad política y generalizar esta nueva imaginación. Estamos por tanto ante la institución de un “pueblo”. Como  se ha  visto,  para Gramsci  es  la  clase  obrera  la  que  está  –por  su posición  “objetiva”  en  el  proceso  productivo-  en  condiciones  de  interpelar  a  las mayorías sociales contra la sociedad de clases y la dominación de los propietarios del capital.

La  Teoría  del  Discurso  parte  de  esta  concepción,  pero,  como  ya  se  ha  explicado, “desnaturaliza”  toda  identidad  política  y  rechaza  que  alguna  pueda  ser  el  reflejo  de  una condición instituida fuera de la pugna de significados, en un terreno puro e incontaminado de la economía que no se vería afectado por la competencia entre discursos por darle uno u otro significado al hecho, por ejemplo, de ser “asalariado”.

De esta forma, la Teoría del Discurso puede generalizar sus propuestas, y ampliar la teoría de la hegemonía no sólo a los procesos políticos presididos por el conflicto entre clases sociales, sino a cualquier confrontación política.

Si los intereses no están prefijados, la política misma, en su momento de fundación o “popular” es entonces una lucha por el sentido, una pelea por construir articulación y representar los intereses propios como universales, y los del adversario como la amenaza a esa universalidad. Esto significa que una actividad central de la política es la actividad de constitución de  identidades, que no obstante su duración en el  tiempo, nunca pueden  darse  por  plenamente  instituidas,  y  siempre  están  sometidas  a  contestación  o reinterpretación.

Este continuo movimiento es, en rigor, la política.

Es necesario, sin embargo, repetir la advertencia efectuada con anterioridad, plantea Errejon. Este movimiento continuo es contingente  en el  sentido de que  sus  resultados no  tienen nada de necesario, no estaban  escritos  en  ningún  sitio  ni  tienen más  lógica  inherente  que  la  de  la  relación  entre elementos y la lucha política. No obstante, eso no significa que sea un movimiento arbitrario, en  el  que  todo  sea  posible.  La  articulación  vincula  y  resignifica  elementos  en  cadenas discursivas más amplias que les otorgan uno u otro significado político. Pero esos elementos o “condiciones  de  posibilidad”  tienen  existencia  empírica,  sea  en  forma  de  instituciones sedimentadas de sentido, sea en forma de “materias primas” disponibles para una construcción discursiva y no para otra.

Por  tanto,  no  todas  las  articulaciones  discursivas  son  susceptibles  de  ser  exitosas, sencillamente porque no todas cuentan con las mismas “materias primas” para su construcción de  identidad  política, nos advierte Errejon. Por  supuesto  todas  son  practicables,  pero  hacen  falta  parámetros  que, más  allá  de  la  contingencia,  ayuden  a  identificar  cuales  podrán  generalizarse  y  aspirar  a  la hegemonía y cuales cuentan con mayores posibilidades de fracaso.

Por oposición, la identidad popular nace de la vinculación entre sí de demandas insatisfechas por el sistema al que se dirigen. Cuando el Estado no es capaz de satisfacer o neutralizar un número  sustantivo de éstas, cabe  la posibilidad de que  la  frustración mutua produzca  lo que Laclau  llama  una  “cadena  de  equivalencias”,  en  la  que  una  de  las  demandas  se  eleva  por encima de  las otras. Esta demanda, que  señala una  contradicción principal, nunca pierde  su sentido  particular,  pero  éste  estará  siempre  en  tensión  con  el  significado  universal  recién adquirido: la expresión de todas las demandas unidas en la cadena y opuestas al sistema en el que no encuentran respuesta satisfactoria.

Por medio de esta cadena, las reivindicaciones más dispares pueden aliarse en una relación de solidaridad  frente  al  status  quo  y  los  grupos  dominantes.  Se  establece  así  una  frontera  que divide el campo político en dos bloques antagónicos,  interpelando al campo mayoritario –el “pueblo”-  a  fundar  un  nuevo  orden  político.  Esta  frontera  es  crucial,  pues  delimita  al “nosotros”  del  “afuera  constitutivo”,  que  es  a  un  tiempo  la  condición  de  posibilidad  y  la negación  de  la  nueva  identidad  –del  “nosotros”-. La  relación  con  esta  frontera  es  por  tanto siempre inestable.

Este  vínculo  equivalencial,  sin  embargo,  es  frágil  e  inestable.  Para  consolidarse  como identidad  popular,  una  cadena  de  equivalencias  necesita  cristalizar  en  ciertos  símbolos  que expresen algo más que la suma de demandas insatisfechas. Ese “algo más” es ya la oposición al  orden  existente  y  la  voluntad  de  transformarlo  en  un  sentido más  justo  por  cuanto más favorable  a  la  mayoría  de  diferentes  grupos  sociales  agraviados  y  que  ya  no  confían plenamente  en  la  institucionalidad  existente  para  la  satisfacción  de  sus  necesidades.  Esta cristalización  se  produce  en  torno  a  significantes  tendencialmente  vacíos,  términos  que anteriormente  eran  susceptibles  de  ser  significados  por  diferentes  discursos,  y  que  por  su propia  amplitud  pueden  pasar  de  ser  conceptos  a  ser  “nombres:  perdiendo  su  significado El significante tendencialmente vacío que expresa esa nueva identidad popular que ya es algo más que la suma de demandas insatisfechas –pero que nunca perderá ese significado de suma de particulares- resignifica una serie de significantes flotantes, los ancla fijando su significado de acuerdo con la identidad popular en formación.

La superficie de inscripción  y resignificación.

De  esta  forma,  se  ha  conformado  un  discurso  político  que  funciona  como  superficie  e inscripción  y  resignificación  para  diferentes  demandas,  a  las  que  vincula  y  expresa  en  una síntesis  mayor,  orientándolas  hacia  un  cuestionamiento  del  orden  existente  mediante  una polarización  del  campo  de  lo  social  en  dos  bloques:  de  un  lado  el  “pueblo”  olvidado, explotado,  sometido;  del  otro  el  sistema,  las  élites,  los  propietarios.

El significado particular que esta frontera  tenga, y en consecuencia  la conformación de estos dos bloques, depende de cual de entre las demandas insatisfechas asociadas en una cadena de equivalencias  haya  pasado  a  ser  la  demanda  fundamental,  la  “dimensión  ganadora”.  Este particular,  convertido  en  universal  por medio  de  su  articulación  en  la  cadena  y  la  posterior construcción de identidad popular, es el contenido específico de la hegemonía en formación y expansión, como ya se ha señalado. 

El significante  tendencialmente vacío ha adquirido así un sentido preciso, pero deberá seguir actuando  como  superficie  de  inscripción  para  diferentes  demandas,  en  un  movimiento pendular: si se amplía demasiado y llega a  representar  la  comunidad  política  entera,  se  deshace  y  no  imprime  ningún  contenido particular de  reforma a  las condiciones existentes;  si  se cierra demasiado y deja demasiadas demandas  fuera  de  su  construcción,  perderá  poco  a  poco  la  hegemonía,  la  posibilidad  de universalidad, y quedará encerrado en una particularidad más fácil de ser cercada y derrotada.

Es  la  tensión,  característica  del  populismo,  entre  hegemonismo  y  refundacionalismo:  entre disolver la frontera constitutiva y afirmarla.

En  este  sentido  identidad  popular  y  hegemonía  están  íntimamente  ligados,  y  son  dos componentes  de  un  mismo  proceso  de  ruptura  del  orden  existente  y  construcción  de  uno nuevo: el de la movilización y el cambio político profundo.

Hay que especificar solamente dos cuestiones. En primer  lugar, que este esquema sirve para comprender  las  transformaciones políticas  caracterizadas por  la  intervención de  los  sectores populares  –en  cuanto  sectores  carentes  de  poder  económico,  mediático  o  político-  en  un proceso de cambio antagónico y, por ello, sustancial. No debe ser por tanto confundido con la alternancia de adversarios en la contienda electoral dentro de la institucionalidad democrática liberal,  ni  por  la mera  sustitución militar  o  clientelar  de  élites  en  países  no  democráticos, donde la apelación al “pueblo” es ya un recurso retórico plenamente vacío.

En segundo lugar, como es propio a la política, este esquema no tiene nada de necesario ni de automático.  Designa  sólo  la  forma  que  toma  toda  construcción  hegemónica  que,  como  se defiende,  entraña  siempre  la  producción  de  una  identidad  popular  nueva,  encarnada  en  un particular que es el que le otorga su sentido político. Es, por tanto, siempre el resultado de una movilización  política  que  incluye  la  acción  de  los  intelectuales,  la  propaganda  cultural,  la agitación política,  la discusión  ideológica,  la presión popular y  las más diferentes  formas de intervención en  la agenda pública, desde  las peticiones y  las manifestaciones hasta  la acción disruptiva de masas  y  la  insurgencia  armada. Todas  estas prácticas  son objeto de diferentes estudios y enfoques teóricos por parte de diferentes disciplinas dentro de las ciencias sociales.

Lo relevante para este estudio es exclusivamente su carácter performativo, la medida en la que contribuyen  a  dotar  de  un  sentido  político  u  otro  determinadas  condiciones  sociales preexistentes,  ordenando  así  un  campo  múltiple  y  heterogéneo  en  una  conformación hegemónica, esto es, produciendo una “voluntad colectiva nacional-popular”.

Esquema general de la Teoría del discurso y de la teoría de Gramsci sobre la hegemonía.

De acuerdo con el marco de análisis de Errejon recogido y expuestos  los elementos centrales de  la Teoría del Discurso en  lo referente a  la construcción de  identidades  populares,  procedemos  ahora  a  sintetizarlas  en  el  siguiente  esquema.

En  la construcción de una identidad popular, en la producción del “pueblo”,  intervienen siempre los siguientes factores:  

1.  Acumulación de demandas  sociales que no han  sido  satisfechas o neutralizadas.

Esta vinculación de solidaridad por la frustración mutua es aún precaria, amplia, difusa y  altamente  inestable,  pero  ya  señala  la  debilidad  de  la  hegemonía  existente,  la incapacidad de los dirigentes para representar el bienestar colectivo y la desafección de los  gobernados.  Se  trata  de  un  terreno  conflictivo  y  disgregado  propicio  para  la articulación discursiva. 

2.  Formación de una cadena de equivalencias entre  todas  las demandas  insatisfechas en  torno a una de ellas, que   funciona como condensación de  la cadena y expresa al resto,  definiendo  la  frontera  que  constituye  el  enfrentamiento  y  los  contendientes, dicotomizando  el  espacio  político.  Este  es  el  momento  de  gestación  de  la  nueva hegemonía,  en  tanto  que  paso  de  la  suma  de  reivindicaciones  a  la  expresión  de  una nueva oposición unitaria y proyecto de transformación. Esta demanda particular define el contenido político de  la hegemonía, en función del grupo que haya conseguido ver sus intereses particulares encarnando el universal. 

3.  Cristalización de esta cadena en un significante tendencialmente vacío que termina por ser desprovisto de sus significados anteriores para pasar de ser un concepto a un nombre  que  refiere  directamente  a  la  cadena  formada  y  la  frontera  que  dibuja  el enfrentamiento.  Este  significante  vacío  puede  ser  un  líder,  una  consigna  o  una condición  común,  pero  desde  el  momento  de  su  conversión  en  nombre  es  ya  la expresión de la nueva identidad popular. 

4.  Fijación  de  significantes  flotantes  por  parte  del  significante  vacío,  dentro  del discurso hegemónico. Diferentes significantes flotantes, tales como “nación”, “pueblo” “libertad”  o  “dignidad”  son  articulados  dentro  del  nuevo  campo  discursivo, adquiriendo un  significado nuevo. Esta es  la operación que  sostiene  la pretensión de universalidad del proyecto político en cuestión, que ya es capaz de presentarse como el avance  de  la  comunidad  política  en  general.  La  conquista  del  poder  político  y económico,  ahora,  depende  de  los  avatares  del  conflicto  electoral,  insurreccional  o militar, pero la prolongada batalla cultural o “guerra de posiciones” ya es favorable al sector  o  sectores  que  han  conseguido  llegar  hasta  aquí.  En  este  punto  ya  existe  un sujeto “pueblo” que ha conseguido desmontar la dominación ideológica de los grupos dominantes, descabezar sus pretensiones de  legitimidad, y presentar como  intolerable su  dirección.  La  dominación,  por  tanto,  está  ya  cercada  a  la  espera  de  su  derrota formal. 

5.  Momento  de  péndulo  entre  el  “fundacionalismo”  y  el  “hegemonismo”.  La hegemonía construida sobre el nuevo “pueblo” está basada siempre en la tensión entre el particular y lo universal. En términos de Laclau –y de Dussel[68] una plebs que se reclama único pópulus legítimo. El nuevo orden político ha nacido  como  una  refundación  de  la  comunidad  política  que  termine  con  la  marginación, explotación o subordinación de las mayorías sociales y reconcilie a toda la comunidad.

Pero a  la vez se sustenta sobre  la construcción de una frontera que excluye siempre a una  minoría,  una  élite,  frente  a  la  cual  se  constituye  el  “pueblo”.  La  nueva institucionalidad  que  consolide  la  dominación  de  nuevo  grupo  social  hegemónico estará  siempre  sometida  a  un movimiento  pendular  entre  el  “fundacionalismo”  y  el “hegemonismo”; entre  la afirmación de  la  frontera  sobre  la que  se  sostiene el nuevo sistema  y  su  mayoría  política  o  plebs,  y  la  tentación  de  disolverla  y  hacerse  la comunidad entera, o populus. En la polisemia del término “pueblo” se juega el difícil equilibrio  de  la  hegemonía  entre  los  abismos  paralelos  del  aislamiento  o  el vaciamiento. Esta fase puede ser entendida como la de consolidación de la hegemonía que en el futuro será desafiada por alguna otra ruptura popular o contrehegemonía, y, por tanto, como el cierre del círculo.

De  la  teoría de  la hegemonía de Gramsci  se extraen  los  siguientes cuatro elementos centrales: Dislocación, Articulación,  Integración Parcial  de  otros  grupos  y Condiciones  de posibilidad.

De  la Teoría del Discurso se extraen  los siguientes cinco elementos: Acumulación de demandas insatisfechas,  Formación  de  una  cadena  de  equivalencias,  Cristalización  en  torno  a  un significante  tendencialmente  vacío,  Fijación  de  significantes  flotantes  por  parte  del significante vacío, y Momento de péndulo entre “refundacionalismo” y “hegemonismo”.

Una  apreciación  rápida  constata  la  extrema  cercanía  entre  algunos  de  los  elementos  o momentos individualizados en cada una de las dos perspectivas teóricas. 

Los elementos de la teoría gramsciana de la hegemonía hacen referencia a las relaciones entre grupos  sociales –entre clases  sociales y  fracciones de clase, originalmente en Gramsci- y  su articulación en una conformación hegemónica. Es por  tanto un esquema para comprender  la evolución en  la correlación de fuerzas en  la  lucha política entre grupos sociales. Así, a estos elementos  se agrupan  en  una  “Matriz  de  la  hegemonía  sociopolítica”

Los elementos de la construcción discursiva de identidades políticas refieren a las operaciones por  las que,  frente  a un orden existente,  se conforma, extiende, constituye  y  “estabiliza” un sujeto popular. Es por  lo  tanto un  esquema para  comprender  la producción discursiva de  la hegemonía  en  tanto  encarnación  particular  del  universal. Así,  estos  elementos  componen  la “Matriz de la hegemonía discursiva”.

Estas  dos  matrices  no  constituyen  dos  formas  diferentes  de  abordar  la  cuestión  de  la hegemonía. Significan más bien dos ópticas sobre un mismo proceso. No obstante, constatar que la primera privilegia su atención sobre la relación entre los grupos sociales, mientras la segunda lo hace sobre la producción discursiva no es suficiente. Es cierto que ambas matrices se mueven en niveles diferentes, pero no porque aludan  a  fenómenos  diferentes  o  aún  a  ópticas  diferentes  de  interpretación  de  un  mismo fenómeno.

En  realidad, una  segunda  lectura  comparativa de  estas dos matrices permite  apreciar que  la segunda es una concreción de la primera. Si la matriz sociopolítica se ocupa de la hegemonía como relación entre los grupos sociales, la matriz discursiva se centra sólo en el corazón de la hegemonía: la articulación.  

En  la matriz 1 (Gramsciana),  la  actividad  fundamental  es  la  articulación, de  la que  el  resto de  elementos suponen condiciones previas o derivadas: la dislocación es el punto de partida en ausencia del cual no puede haber práctica hegemónica, y las condiciones de posibilidad son en realidad el elemento  corrector  que  permite  entender  que  la  lucha  política  no  es  mera  confrontación literaria,  sino  que  envuelve  condiciones  que  no  se  eligen,  heredadas,  que  marcan  las posibilidades con  las que parten  los contendientes. El elemento  Integración parcial de otros grupos  es  el  resultado  primero  de  la  articulación  de  diferentes  intereses  corporativos  o particulares  en  una  nueva  voluntad  colectiva  unitaria,  y  después  del  ejercicio mismo  de  la dirección política, que satisface y atrae a algunos grupos subordinados mientras aísla, dispersa y neutraliza a los oponentes identificados como antagonistas.

La matriz 2 (Teoria del discurso) puede y debe ser utilizada, en consecuencia, como una concreción del elemento central que define la actividad hegemónica, la articulación, siempre que en ella se incorporen los elementos de  la primera matriz, sin  los cuales el análisis puede sufrir serias distorsiones: Partida  de  una  situación  de  dislocación,  Integración  parcial  de  grupos  subordinados  y Condiciones de posibilidad.

Incorporando estos elementos como premisas o condiciones de partida, podemos completar la matriz número 2 y usarla entonces como modelo explicativo de la construcción de identidades populares hegemónicas.

Pasemos ahora a la elaboración de la categoría “pueblo” como central en la construcción de la hegemonía nacional popular en tiempos de paz.

Notas.

[1] Ver de Laclau y Mouffe Hegemonía y Estrategia socialista en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1R0lkCy

[2] Señalamos nuevamente que en esta reflexión, acogemos y nos guiamos con el  rico y sugerente análisis de I. Errejon, cientista político español, que ha concentrado su reflexión en la crisis política española reflejada en la emergencia de las protestas de millones de ciudadanos indignados con la corrupción de la oligarquía política tradicional y con las consecuencias sociales de la debacle económica. Los trabajos de Errejon que hemos trabajado y seguimos en su argumentación son los siguientes en su correspondiente enlace electrónico: http://bit.ly/1SmiaIS ; http://bit.ly/1n6TEhR ; http://bit.ly/1ntEeop ; y http://bit.ly/1V28m4H , entre otros

[3] Ver de M. Foucault el siguiente texto  (1996): La arqueología del saber, Madrid: Siglo XXI, en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1u3rows

[4] Ver selección de escritos de Lacan en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1PBsixq

[5] Ver  Gramsci Antonio (1975    [2000]): Cuadernos  de  la  cárcel,  México,  Ediciones  ERA-Universidad Autónoma de Puebla, V. 5 p. 42 traducción de la edición crítica del Instituto Gramsci de Roma, a cargo de Valentino Gerratana. Consultar siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1nBf1c4

[6] Ver de Laclau y Mouffe Hegemonía y Estrategia socialista en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1R0lkCy P. 69

[7] Ver Laclau, E.  (1985): “New social movements and  the plurality of  the social” en Slater,  D.  (ed.),  New  social  movements  and  the  Estate  in  Latin  America,  Amsterdam:  CEDLA. pp. 28-29. Consultar siguiente enlace electronico http://bit.ly/1WQ55XT

[8] Ver de Laclau y Mouffe Hegemonía y Estrategia socialista en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1R0lkCy  P. 137

[9] Ver Laclau, E.  (1985): “New social movements and  the plurality of  the social” en Slater,  D.  (ed.),  New  social  movements  and  the  Estate  in  Latin  America,  Amsterdam:  CEDLA. P. 33. Consultar siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1WQ55XT

[10] Ver selección de escritos de Lacan en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1PBsixq

[11] Ver Torfing, Jacob  (1999):  New  Theories  of  Discourse:  Laclau,  Mouffe  and  Zizek.  Brighton: Blackwell Publishers. P. 102. Consultar siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1JJ98Dq

[12] Ver de Laclau y Mouffe Hegemonía y Estrategia socialista en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1R0lkCy  P. 137

[13] Ver Ricoeur, P. (1986): Lectures on Ideology and Utopia. New York: Columbia University  Press. P. 13. Consultar el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1UtBjGM

[14] Ver  Gramsci Antonio (1975    [2000]): Cuadernos  de  la  cárcel,  México,  Ediciones  ERA-Universidad Autónoma de Puebla, V. 2 p. 149 traducción de la edición crítica del Instituto Gramsci de Roma, a cargo de Valentino Gerratana. Consultar el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1SCewuN

[15] Ver Derrida,  J.  (1976):  De la Gramatologia.  Baltimore:  Johns  Hopkins  University  Press. Consultar el siguiente enlace electronico https://filosinsentido.files.wordpress.com/2013/06/132753226-derrida-de-la-gramatologia.pdf

[16] Ver Laclau, E. (1996):  “The  Death  and  resurrection  of  the  theory  of  ideology”  en  Journal of Political Ideologies, 1:3. pp. 201-220. Consultar el siguiente enlace electronico http://bit.ly/1JJa6zt

[17] Ver Laclau, E. (1990): New Reflections on  the Revolution of our  time. London. P. 61. Consultar siguiente enlace electronico http://bit.ly/1OSwHbF

[18] Ver Spivak,  G.  Ch.(1990):  The  post-colonial  critic:  interviews,  strategies,  dialogues.  London: Routledge. Consultar siguiente enlace electronico http://bit.ly/1KIa8mc

[19] Ver Ver Derrida,  J.  (1976):  De la gramatologia.  Baltimore:  Johns  Hopkins  University  Press. Consultar http://bit.ly/1nBgmj3

[20] Ver Mouffe. Ch. (1995):  “Post-Marxism:  democracy  and  identity”,  en  Enviroment  and Planning: Society and Space, 13. P. 261.. Consultar en http://bit.ly/1PlFLHB

[21]  Ver Laclau. E. (1994) The making of political identities. London. Consultar en http://bit.ly/1OSxsBy

[22] Ver Quijano,  A.  (2000):  “Colonialidad  del  poder,  eurocentrismo  y  América  Latina”,  en Edgardo  Lander  (comp.)  La  Colonialidad  del  saber:  Eurocentrismo  y  Ciencias Sociales.  Perspectivas Latinoamericana.  Buenos  Aires:  Clacso.  pp.  201-246.   636; (2000b):  “Colonialidad  del  poder  y clasificación  social”,  en  Journal  of  world2sistems research, XI, 2, sumer/fall: 342-386.  Ver igualmente a Mignolo,  W.  (2003):  Historias  Locales,  Diseños  Globales.  Madrid:  Akal. Consultar en http://bit.ly/1KIaWYi ; y en http://bit.ly/1G9IxsM

[23] Ver Zizek, S. (1989): The Sublime object of ideology . Consultar en http://bit.ly/1KIbeOW

[24] Ver Zizek, S. (1989): The Sublime object of ideology . London. P.126. Consultar en http://bit.ly/1KIbeOW

[25] Ver Laclau, E. (1993):  “Discourse” In  Gooding  and  Petit  (eds.)  The  Blacwell Companion  to Contemporary Political Philosophy. Oxford: Blackwell.  pp.  431-437. Consultar en http://biblioteca.itam.mx/estudios/60-89/68/ErnestoLaclauDiscurso.pdf

[26] Ver Saussure, F. (1981): Course in General Linguistics. Suffolk: Fontana. Consultar en  http://bit.ly/1SegP7x

[27] Ver Saussure, F. (1981): Course in General Linguistics. Suffolk: Fontana. Consultar en http://bit.ly/1SegP7x

[28] Ver Saussure, F. (1981): Course in General Linguistics. Suffolk: Fontana. P. 113. Consultar en http://bit.ly/1SegP7x

[29] Ver Foucault, M.  (1991):  “Politics  and  the  study  of  discourse”  en Burchell, Gordon  and  Miller (eds.) The Foucault Effect. London: Harvester. pp. 53-72. Consultar en http://bit.ly/1PlGCYM

[30] Ver Derrida,  J.  (1976):  Of  grammatology.  Baltimore:  Johns  Hopkins  University  Press. P. 148.

[31] Ver Benveniste, E. (1971): Problems  in General Linguistics. Miami: University of Miami  Press.   P. 48.

[32] Ver Torfing,  Jacob  (1999):  New  Theories  of  Discourse:  Laclau,  Mouffe  and  Zizek.  Brighton: Blackwell Publishers.

[33] Ver Laclau,  E.  y  Mouffe,  Ch.  (1985):  Hegemony  and  Socialist  Strategy:  Towards  a  Radical Democratic Politics. London: Verso. Pp. 128,137. Y (1996):  “The  Death  and  resurrection  of  the  theory  of  ideology”  en Journal of Political Ideologies, 1:3. pp. 201-220.

[34] Ver Torfing,  Jacob  (1999):  New  Theories  of  Discourse:  Laclau,  Mouffe  and  Zizek.  Brighton: Blackwell Publishers.

[35] Ver Furet, F. (1978): Penser la Révolution Française. Paris: Gallimard. Consultar en http://bit.ly/1Seh8zn

[36] Ver Butler,  J.  Laclau,  E.  y  Zizek,  S.  (2000):  Contingencia,  hegemonía,  universalidad. Diálogos en la izquierda contemporánea. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Consultar en http://bit.ly/1i2UURa

[37] Ver Laclau, E. (2005):  La  razón  populista.  Buenos  Aires:  Fondo  de  Cultura  Económica. P. 95. Consultar en http://bit.ly/1Sm16Bu

[38] Ver Schmitt,  C.  (1927  [1976]):  El concepto de la política. Consultar en http://bit.ly/1PIJIYT

[39] Ver Mouffe, Chantal. (1993):  “Introduction:  for  an  agonistic  pluralism”  in Mouffe  (ed.)  The  Return of the Political London: Verso. pp. 1-8.

[40] Ver Mouffe, Chantal. (1993b):  “Towards  a Liberal Socialism”  in Mouffe  (ed.)  The Return  of  the Political London: Verso. pp. 90-101.

[41]  Mouffe, Chantal (2007):  En  torno  a  lo  político.  Buenos  Aires:  Fondo  de  Cultura Económica.

[42] Ver Zizek, S. (1990): “Beyond Discourse-Analysis” en Laclau, E. (ed.) <ew Reflections on the Revolution of Our Time. London: Verso. pp. 249-260.

[43] Zizek, S. (1990): “Beyond Discourse-Analysis” en Laclau, E. (ed.) New Reflections on the Revolution of Our Time. London: Verso. pp. 249-260.

[44] Ver Laclau, E. (1990): <ew Reflections on  the Revolution of our  time.

[45] Ver Torfing,  Jacob  (1999):  New  Theories  of  Discourse:  Laclau,  Mouffe  and  Zizek. Brighton: Blackwell Publishers.

[46][46] Ver Howarth, David (2000b):  “The  difficult  emergence  of  a  democratic  imaginary: Black consciousness and non-racial democracy in South Africa” en: Howarth, D. Norval, A. J  y  Stavrakakis,  Y.  (eds.)    Discourse  Theory  and  Political  Analysis.  Identities, Hegemonies  and  Social  Change. Manchester  &  New  York: Manchester  University Press. pp. 168-192. Consultar en http://bit.ly/1lXWtRt

[47] Ver Laclau,  E.  y  Mouffe,  Ch.  (1985):  Hegemony  and  Socialist  Strategy:  Towards  a Radical Democratic Politics. P. 128.

[48] Ver Lalcau, E. (1995): “Subject of Politics, politics of the subject” en  Diferences, 7:1. P. 152. 

[49] Ver Zizek, S. (2007): En defensa de la intolerancia. Madrid: Sequitur. Consultar en http://bit.ly/P6G25l

[50] Ver Poulantzas, N. (1979): Estado, poder y socialismo. Madrid: Siglo XXI. Consultar en http://bit.ly/1KId2Ht

[51] Ver Zizek, S. (1989): The Sublime object of ideology . London: Verso.

[52] Ver Torfing,  Jacob  (1999):  New  Theories  of  Discourse:  Laclau,  Mouffe  and  Zizek. Brighton: Blackwell Publishers.

[53] Ver Zizek, S. (1989): The Sublime object of ideology .

[54] Ver MCNally,  M.  (2009):  “Countering  the  hegemony  of  the  Irish  national  canon:  the modernist  rhetoric of Sea´n O’Faola  inn  (1938–50)” en Nations and Nationalism, 15 (3).  pp. 524–544.

[55] Ver MCNally,  M.  (2009):  “Countering  the  hegemony  of  the  Irish  national  canon:  the modernist  rhetoric of Sea´n O’Faola  inn  (1938–50)” en <ations and <ationalism, 15 (3).  pp. 524–544.

[56]  Ver Smit, A (2001): Nationalism. Cambridge: Polity Press.  P. 35.

[57] Ver Laclau, E. (2005):  La  razón  populista.  Buenos  Aires:  Fondo  de  Cultura Económica.

[58] Ver Lalcau, E. (2005):  La  razón  populista.  Buenos  Aires:  Fondo  de  Cultura Económica.

[59] Ver Howarth,  D.  Norval,  A.  J  y  Stavrakakis,  Y.  (eds.)  (2000):  Discourses  Theory  and Political  Analysis:  Identities,  Hegemonies  and  Social  Change.  Manchester: Manchester University Press.

[60] Ver Howarth,  D.  Norval,  A.  J  y  Stavrakakis,  Y.  (eds.)  (2000):  Discourses  Theory  and Political  Analysis:  Identities,  Hegemonies  and  Social  Change.  Manchester: Manchester University Press.

[61] Ver Torfing,  Jacob  (1999):  Tew  Theories  of  Discourse:  Laclau,  Mouffe  and  Zizek. Brighton: Blackwell Publishers

[62] Ver Smith,  A.M.  (1994):  <ew  Right  Discourse  on  Race  and  Sexuality.  Cambridge: Cambridge University Press.

[63] Ver Mc Lennan, G. (1996): “Post-Marxism and the “Four Sins” of Modernist Theorizing” New Left Review, 218. pp. 53-74.

[64] Ver Howarth,  D.  Norval,  A.  J  y  Stavrakakis,  Y.  (eds.)  (2000):  Discourses  Theory  and Political  Analysis:  Identities,  Hegemonies  and  Social  Change.  Manchester: Manchester University Press.

[65] Ver Howarth,  D.  Norval,  A.  J  y  Stavrakakis,  Y.  (eds.)  (2000):  Discourses  Theory  and  Political  Analysis:  Identities,  Hegemonies  and  Social  Change.  Manchester: Manchester University Press.

[66] Ver Barros, S. y Castagnola, G.  (2000): “The political  frontiers of  the social Argentinean politics  after  the  emergence  of  Peronist  populism  (1955-1973)”  en  Howarth,  D. Norval, A. J and Stavrakakis, Y. (eds.) 2000 Discourses Theory and Political Analysis: Identities, Hegemonies and Social Change. Manchester: Manchester University Press.pp. 24-37.

[67] Ver Finlayson,  A  and  Valentine,  J.  (eds.)  (2002):  Politics  and  Pos2structuralism. Edinburgh: Edinburgh University Press.

[68] Ver Dussel,  E.  (2007):  Cinco  tesis  sobre  el  populismo.  México  DF:  UAM-Iztapalapa. Consultar en http://bit.ly/1TqgkX5

Horacio Duque Giraldo

Fuente: Blog de Horacio Duque Giraldo 28 de enero de 2016

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Actualizado ( Domingo, 31 de Enero de 2016 00:18 )  

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