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El animal humano y la plaza pública (reflexiones sobre una Colombia dividida entre el SÍ y el NO a la sombra de las mayorías silenciosas)

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El grado máximo de racionalidad al que se puede llegar con una gran masa poblacional, es al “utilitarismo”, y esto no sólo en tiempos de la política y la plaza pública; un rasgo común en todos los animales, volviéndonos al piso más arcaico de la humanidad.  “existe una base biológica importante para que los humanos nos comportemos  de la manera universal como lo hacemos: muchísimas veces egoístas, bastantes veces altruistas con los parientes, pocas veces altruistas con el resto de la humanidad”[1] sobre este piso biológico ¿cómo se instala la democracia?, más allá de todo presupuesto racionalista e idealista, los valores humanos y toda su moralidad exitosa es aquella que suele rendir dividendos útiles a los individuos.

Bajar al nivel del subterráneo animal es para la antropología tanto como para la filosofía un elemento imprescindible en la comprensión de fenómenos que vuelven a repetirse a través de los tiempos en el comportamiento masivo de los grupos humanos.  No es este siquiera un acercamiento al positivismo aplicado a las ciencias humanas, sólo pretende ser un recordatorio de aquello que no puede olvidarse a la hora de introducir juzgamientos morales sobre comportamientos humanos.  Se trata del animal humano encerrado en el corral de piedra de la cultura.

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Los recientes acontecimientos sobre las propuestas de paz en Colombia y los agrupamientos de unas minorías opuestas que pretenden definir el futuro de acuerdos políticos entre el gobierno y la guerrilla de las FARC-EP, se nos acontecen como un pequeño laboratorio al que no queremos dejar de observar con todos los lentes posibles.  Especialmente cuando un par de minorías de electores se juegan una guerra cotidiana que trastoca incluso la vida familiar de los individuos; y que además las hace sentirse dueñas de la razón, incluso cuando tienen a sus espaldas a una mayoría silenciosa de abstinentes, a los que podríamos llamar el grupo del “Tercero Excluido”.  ¿Quién lo ha excluido?, ¡al parecer decidió excluirse a sí mismo! O ¿fue excluido?

Dos minorías de electores se enfrentan en el remedo de plaza pública entre el SI y el NO, lo hacen a la sombra de las mayorías silenciosas (parodiando a Jean Baudrillard), al parecer hemos ingresado en los terrenos de la lógica. ¿Qué dicen las mayorías silenciosas? Volvamos al laboratorio: Colombia octubre de 2016.  No es una lógica polivalente, se está en los terrenos de la clásica lógica bivalente expresada en el enunciado llevado a las urnas ¿está o no está de acuerdo con esto?  El redil público ha sido llevado ante la lógica aristotélica; no hay matices, no hay posibilidades de discusión, no hay condiciones cercanas a la montonera para el conocimiento a profundidad de lo que se está decidiendo. No se está ante la democracia idealizada y utópica jamás conocida por la humanidad.  ¡No hay plaza pública!, la racionalidad está en descrédito y proscrita desde los recientes tambores de paz allá por los años sesenta, la asediaron perversamente los posmodernos. La paz ha sido usada como cometa de papel en tiempos de guerra. El individuo anda ensimismado en un confortable útero, maximizadas las posibilidades de enajenación para el goce de sí mismo, o self enjoyment  que tanto ponderara Gilez Deleuze en sus estudios sobre Leibniz. Este es el panorama, uno que Colombia comparte con el resto del mundo por el milagroso efecto de la globalización en las comunicaciones.  Parecidos índices de abstencionistas pesan sobre las democracias europeas y latinoamericanas. Al parecer, estar al tanto de este fenómeno particular y nacional, nos permitiría obtener conocimientos más profundos del acontecer de la humanidad.

La paz, por si misma no sería capaz de atraer masas a la plaza pública en una sociedad donde los grandes recursos vienen del delito. Es la Paz un bien tan etéreo como idealista y ofrece pocas utilidades al egoísmo ejercitado por un largo periodo de economías informales; en tiempos de “El Fin del Trabajo” reconocido por Jeremy Rifkin, y por lo tanto el fin de la era industrial cuyo modo de producción estaba determinado por el capitalismo.  Es en cambio la agresividad la que sí es capaz de convocar a la plaza pública. No nos sorprenderá hallarla a la base del comportamiento de multitud de especies desde invertebradas hasta mamíferos.  El apaciguamiento denota generalmente la derrota del animal vencido en franca lid.  Las señales de apaciguamiento pueden ser leídas fácilmente por los animales agresores y vencedores, en cuyo caso cesa el hostigamiento a condición de que el vencido se someta a la autoridad o huya.  Esto sucede en condiciones naturales, tal como lo explica a profundidad la antropología y en nuestro caso, Antonio Vélez, el brillante antropólogo de la Universidad de Antioquia.  Pero en condiciones artificiales, cuando los animales son encerrados en jaulas, zoológicos, laboratorios; la respuesta agresiva aumenta, “las cosas son peores cuando se encierra en un recinto estrecho animales de una especie que no posee armas naturales y que por este motivo no ha necesitado desarrollar conductas eficientes de apaciguamiento. Las palomas (símbolo de la paz, las gacelas y los corsos son animales excesivamente pacíficos en estado natural y huyen rápidamente al sentirse derrotados; pero si se encierran dos de ellos en un espacio muy limitado y con una sola fuente de alimento, uno de los dos terminará eliminando al otro en forma desesperadamente lenta y cruel, sin que sirva para nada la sumisión del vencido. El vencedor seguirá hiriendo sin apiadarse de la heridas del compañero, y no suspenderá su macabra tarea hasta terminar con él” [2]

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Nos dirán los antropólogos que lo que más puede desencadenar conductas agresivas en los animales, es la competencia por el alimento; no siendo este el único desencadenante, existen otros factores capaces de generar conductas agresivas, como la competencia por la reproducción, por el territorio, el hacinamiento, la defensa de la vida propia y de las crías, el establecimiento de jerarquías, la reacción al abuso, la necesidad de expulsar miembros discordantes de la manada y la frustración.  Quiérase que no, todos estos elementos están presentes y en juego en el remedo de plaza pública electorero en la Colombia del 2016. 

Como se ha dicho anteriormente y con pretensiones definitorias, el animal humano está encerrado en el chiquero de la cultura, no apto para regresar a unas, casi míticas, condiciones naturales. Obra como el animal encerrado, no está dotado naturalmente para defenderse cuerpo a cuerpo, eh allí la importancia que este animal le da a sus armas de guerra. Las grandes multitudes, al parecer, no quieren arriesgarse en la querella, la suponen sangrienta. Pero habíamos dicho que éste es un tercero excluido por quién aplica el plebiscito; no obstante puede llegar a no ser un simple dubitativo entre la verdad o falsedad de la pregunta llevada a votación.  A lo mejor esa multitud silente diera la razón a la Lógica Trivalente de Lukasiewicz. Este podría ser un tercero indeterminado.  No obstante, su indeterminación no podrá viajar más allá de las condiciones ya previstas por la antropología y coleccionadas en el párrafo anterior. Asuntos de una eminente utilidad práctica, que no los asuntos racionales y abstractos de querer o no una paz estable y duradera, están en juego. 

Esas mayorías silenciosas han atiborrado censos y nutrido indicadores para la paz del gobernante en otros momentos. Por ejemplo, han sido grandes masas de personas “ocupadas” que no trabajadoras. Lo que no ha contado el gobernante de turno, es ¿en qué se ocupan? Ocupados están los vendedores de drogas que nutren las cifras del micro tráfico.  Ocupados están los trabajadores de minerías, contra los que se alzan poblaciones desplazadas. Ocupados están los actores armados conocidos como paramilitares, que no solo están vinculados al micro tráfico, como su “emprendimiento particular”, sino que han sido los asesinos de grandes poblaciones desplazadas a favor de unos cuantos terratenientes, cuyos nombres no aparecen jamás en los diarios ni en las noticias oficiales, ni circulan en las redes . Ocupados están todos los colombianos que nutren la economía del delito que la define.  Muchas familias viven de estos recursos “mal habidos” (como decían nuestros abuelos) y que muy seguramente no irían a las urnas a decidirse por un SÍ o un NO.

 

Los votantes activos se han enardecido en contra de sus opositores, han sido enclaustrados en una disyuntiva lógica que arremete contra la paz civil. La alternativa es fagocitarse; mientras de paso entierran la vieja democracia, cuyas urnas sagradas están expuestas a la hoguera, en la recién abierta plaza pública. Los movimientos sociales harán la tarea. Es posible que un futuro no muy lejano, estos movimientos sociales, que hoy suplantan a la imaginada lucha de clases (aquella que debió nacer desde las condiciones materiales de vida y hacerse conciencia rebelde, como lo prometieran las cartillas del partido revolucionario); encuentren ensangrentadas sus manos cuando se pregunte por los asesinos de la democracia.  No obstante están en todo su derecho; a finales del siglo dieciocho esas mismas fuerzas sociales fueron convocadas a la plaza pública para erigirla; y también lo hicieron a sangre y fuego.

Marta Lucía Fernández Espinosa  para La Pluma, 17 de octubre de 2016

Notas:

[1] Vélez, Antonio. El Hombre, herencia y conducta. Editorial Universidad de Antioquia. Segunda Edición junio de 1990. Pág. 311.

[2] Vélez, Antonio. Opus cit. Pág. 353

 

Josetxo Escurra, Tlaxcala

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Actualizado ( Viernes, 04 de Noviembre de 2016 23:44 )