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Cuando escuché la expresión «delito de hospitalidad…»

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aut_5921BisMateria de un seminario en los años 1995-1997, la hospitalidad es uno de los grandes temas emblemáticos investigados por Jacques Derrida (1930-2004). El 21 de diciembre de 1996, el Teatro des Amandiers de Nanterre hospedó una velada de solidaridad con los sin papeles organizada por el colectivo de Hauts-de-Seine y la coordinación nacional de sin papeles. Durante esta velada el filósofo improvisó esta intervención que aceptó luego transcribir para la revista del Grupo de Información y de apoyo a los inmigrantes, Plein droit (n°34).

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Recuerdo que el año pasado en un mal día sentí que se me cortaba la respiración, a decir verdad  tuve una náusea, cuando escuché, casi sin comprenderla, la expresió «delito de hospitalidad». En realidad no estoy demasiado seguro de haberla oído porque me pregunto si existe alguien que haya podido pronunciar alguna vez con sus propios labios tan venenosa expresión. No, yo no la he oído y apenas puedo repetirla, la leí quedándome sin voz en un texto oficial.

Se trataba de una ley que permite procesar  y hasta encarcelar a quienes hospedasen y ayudasen a extranjeros en situaciones juzgadas ilegales. Ese «delito de hospitalidad…» (todavía me sigo preguntando quién ha podido asociar ambas palabras) es pasible de encarcelamiento. Uno se pregunta, ¿en que se convierte un país, en qué se convierte una cultura, en que se convierte una lengua cuando se es capaz de hablar de «delito de hospitalidad», cuando la hospitalidad puede convertirse ante los ojos de la ley y de sus representantes en un crimen?

Estamos aquí  esta noche, en un teatro: para manifestar y actuar hablando – como se hace en el  teatro, dirán. Pero los teatros, hoy en día, al menos algunos teatros, son afortunadamente cada vez más ellos mismos, es decir más que teatros (un fenómeno que debe ser saludado, ya que debemos  saludar a la valentía  y la lucidez de los directores de teatro y artistas que asumen sus responsabilidades). Algunos teatros (los Amandiers, la Cartoucherie) son actualmente  lugares donde, mejor que en otros sitios, ejemplarmente se testimonia  actuando. De esta manera, un espacio público se abre así  a la palabra justa y a la urgencia de la solidaridad, pero  también un asilo, cuando todo se cierra en  otro lugar, dónde cada puerto, cada aeropuerto estrecha las mallas de sus redes, donde los Estados-nación de Europa, comenzando  por Francia, transforman sus fronteras en nuevas cortinas de hierro.

Las fronteras ya no son lugares de paso, sino lugares de prohibición, umbrales que lamentamos haber abierto, límites hacia los cuales se devuelven apresuradamente, amenazantes imágenes del ostracismo, de la expulsión, del destierro, de la persecución. Vivimos actualmente en refugios bajo estricta vigilancia, en pabellones de máxima seguridad-y sin olvidar la legitimidad de un determinado instinto de protección o necesidad de seguridad (enorme problema que evidentemente no podemos tomar a la ligera), somos cada vez más los que nos sofocamos y tenemos vergüenza  de vivir de este modo, de convertirnos en los rehenes de los fóbicos que todo lo mezclan, explotando cínicamente la confusión con objetivos políticos, que ya no saben o no quieren distinguir entre los límites del propio hogar y el odio o el miedo al extranjero y tampoco saben que el hogar de una casa, de una cultura, de una sociedad también implica la apertura hospitalaria.

Pensé, al llegar a esta palabra singular de representación. Y a los lugares de la representación en un país como éste. En el momento en el que este  monumento sagrado de la representación nacional que debería ser un Parlamento, la mayoría de representantes, de diputados en este caso, acaban de dar (ayer, anteayer) el espectáculo tanto lamentable como  inquietante de una demagogia xenófoba, represiva, electoralista, inventándose chivos expiatorios para eximirse de una política catastrófica y de una impotencia manifiesta, apremiados de robar votos imaginarios a Le Pen. En el momento en que esta «representación» nacional, por lo tanto, da un espectáculo tan triste, es en algunos teatros, afortunadamente, en estos lugares llamados de representación que sin representación y sin demagogia, los hombres y mujeres pueden reunirse, ciudadanos o no, franceses y extranjeros, para plantear los problemas en su más cruda  luz, y responder a las verdaderas exigencias de la justicia.

Por eso estamos aquí, para manifestar y actuar en primer lugar hablando – y cantando (luego, escucharemos a Sapho). ¿Pero qué es lo que eso quiere decir aquí, hablar, cantar? Eso quiere decir alzar la voz por los sin papeles, por supuesto, en favor de las personas indocumentadas, como símbolo de solidaridad con ellos: por ellos, en este sentido, pero no por ellos en el sentido de en su lugar. Hablaron y hablan por sí mismos, nosotros los oímos, a ellosy a sus representantes o abogados, sus poetas y sus cantantes. Hablar aquí, quiere decir que los sin papeles tienen derecho a la palabra: estamos aquí para oírlos y escucharlos decirnos lo que tienen que decirnos, para hablar con ellos y no solamente, para hablar de ellos o en  su lugar.

Pero como se habla de ellos, desde hace algunos meses, y bajo este nombre extraño, sin papeles, a la vez mal, insuficientemente y demasiado para lo que se dice, se plantea la cuestión. ¿Qué se dice y qué se quiere decir cuándo se dice sin papeles? Ellos  son «sin…», se dice. ¿Qué les falta pues, a estas personas sin papeles? ¿Qué les falta según el poder del Estado francés y según todas las fuerzas que él representa actualmente? Pero eso  es algo muy distinto, ¿qué les falta a nuestro juicio,  a nosotros que queremos expresar  nuestra solidaridad y nuestro apoyo a todas las personas sin papeles víctimas de las legislaciones vigentes, de los policías de ayer y de mañana?

No sé quién inventó esta expresión sin papeles y cómo poco a poco se instaló, para legitimarse estos últimos tiempos, la aterradora expresión sin papeles. Hay allí todo un proceso, a veces lento e insidioso, a veces explosivo, brutal, acelerado como una carga policial en una iglesia. Esta siniestra costumbre que aclimató esta palabra en nuestro léxico merecería largos análisis.

Lo que solemos llamar en una palabra, una persona sin papeles, se supone que carece de algo. Él está  «sin». Ella está «sin». ¿Qué le falta exactamente? Le haría falta lo que dicho papel representa. El derecho, el derecho al derecho. Se supone que la persona sin papeles está finalmente «sin derecho» y prácticamente fuera de la ley. Al impugnarle la normalidad y la identidad cívica, no se está  lejos de impugnarle la identidad sin más. Se diría que algo determinado le falta, una cosa entre otras cosas: está desnudo y expuesto, sin derecho, sin recurso, le falta lo esencial. Sin nada.

Lo que le falta, en realidad, esta falta que se le imputa y que se quiere sancionar, que se quiere castigar, no lo ocultemos – y quiero mostrarlo sirviéndome intencionalmente de esta palabra muy precisa – es  una dignidad. El «sin papeles » carecería de dignidad. ¿Qué dignidad? ¿De qué una persona sin papeles es indigna? ¿Y por qué un sin papeles es supuestamente  indigno? ¿Por qué, en nombre de quién  se le niega la dignidad?

Ya que la ley y la policía francesa no se limitan a maltratar a los sin papeles, obligándolos  a apilarse en lugares apenas habitables, antes de concentrarlos en una especie de campos de selección, de campos de «transición», de perseguirlos, de expulsarlos de las iglesias y del territorio, de tratarlos a menudo en contradicción  de los derechos humanos, quiero decir con precisión  los derechos garantizados por el Convenio  de Ginebra y por el Convenio  europeo de derechos humanos (art. 3), en contravención de dichos derechos humanos y en contravención de la dignidad humana – que les es, digo esto sopesando estas palabras, literalmente negada, explícitamente negada. Se rechaza esta dignidad a los que se acusa (cito aquí un texto antiguo pero actual y sobre el cual voy a detenerme un momento) de ser«indigno (s) de vivir en nuestro suelo»

Antes de hablar de esta supuesta falta, de este defecto que se pretende castigar como una falta, habría que hablar de las fallas de la justicia que este país está cometiendo. Profundamente más graves hoy, desde que una legislación más represiva que antes está en curso de adopción en el  Parlamento.

Habría que hablar de los incumplimientos de la justicia con respecto a los extranjeros específicamente  al lugar de aquéllos que se conocen extrañamente como los sin papeles, que se designan e intentan de circunscribir así para reducirlos con la expulsión acelerada. No olviden que en el momento en que, en un debate alrededor de estos terribles proyectos de ley, la izquierda parlamentaria estaba ausente de los bancos de la Asamblea nacional o discreta y en retirada en su oposición, sin una verdadera propuesta de alternativa coherente sobre este tema,  un chárter más volaba de Roissy; era el 33avo desde el acceso o el retorno al poder de Chirac, Juppé, Debré (prefiero citar estos tres nombres: concentrando las acusaciones contra Pasqua o Debré, que bien las merecen, ciertamente, corremos el riesgo en efecto de exonerar toda la mayoría, o incluso una gran parte de la oposición – que se permite a veces el lujo de palabras más generosas pero sigue siendo de hecho, si de hecho, solidaria de la política represiva en curso).

Con la violencia que acompaña estas política represivas, estos grandes fallos de la justicia no son recientes, aunque sintamos que estamos en un particular punto de inflexión original y especialmente crítico de esta historia. Datan por lo menos de medio siglo, desde la víspera de la guerra, desde mucho antes de la famosa ordenanza de 1945, cuando los motivos de un decreto ley de 1938 pretendían en un lenguaje que volvemos a encontrar hoy en todas las retóricas politiqueras, y cito: «no vulnerar las reglas tradicionales de la hospitalidad francesa».

El mismo texto argumentaba simultáneamente igual que hoy y de modo –volveré sobre el tema–igualmente poco convincente, destinado a tranquilizar o halagar las fantasías del electorado, y declaraba, y cito (es en 1938, en el momento de la  llegada engorrosa de algunos refugiados con rasgos faciales o acentos juzgados característicos y que Vichy no tardó en remitir a los campos y a la muerte que todos sabemos y; como todos los que se les parecen, estos discursos nos recuerdan hoy en su misma anacronía,  una suerte de vigilia «pre-vichysta»)

«La creciente cantidad de extranjeros que residen en Francia [ya era una mentira, y más aún hoy que nunca: la inmigración no aumentó desde hace veinte años, y todos los estudios serios ponen de manifiesto que, incluso desde el punto de vista estrictamente económico, aunque quería confinarse en el cálculo del interés económico en particular, la proporción de extranjeros en Francia no constituye de ningún modo una amenaza o una desventaja, al contrario] obliga al Gobierno (…) a decretar ciertas medidas imperiosamente regidas por la preocupación por la seguridad nacional, la economía general del país y la protección del orden público».

Y en el mismo texto donde, una vez más se reúnen y se preparan todas las armas a las cuales han recurrido todas las legislaciones francesas, en su guerra contra los inmigrantes, con la misma retórica tratan de hacer creer que solo son objeto de una represión legítima aquellos que no tienen derecho a ser reconocidos en su dignidad simplemente por haberse mostrado indignos de nuestra hospitalidad.

Continúo citando un texto que preparaba,  en 1938 como hoy en día, una agravación del sistema legislativo en una atmósfera de víspera de guerra. He aquí lo que decía en una forma de evidente denegación y con la insolente jactancia narcisista y patriotera que conocemos muy bien:

«Conviene indicar desde el principio (…) que el presente proyecto de decreto-ley no modifica en absoluto las condiciones normales de acceso a nuestro territorio (…) no afecta las normas tradicionales de la hospitalidad francesa, al espíritu de liberalismo y humanidad que constituye una de las más nobles características de nuestro genio  nacional».

Estas denegaciones subrayan que todo esto no es obvio y  nos hacen pensar que en efecto existe una real falta de hospitalidad. Ahora bien, he aquí  el mismo texto, cuya resonancia es de una actualidad extraña, acusa a todos aquellos a quienes se está  preparando para atacar de haberse mostrado «indignos» –esa es la palabra, «indignos»– de nuestro genio de hospitalidad, «indignos y de mala fe». Se diría que actualmente a los ojos de la ley que está a punto de ser endurecida, los sin papeles no tienen dignidad y son de mala fe porque son indignos de nuestra hospitalidad. Mienten, usurpan y abusan. Son culpables. Leo este texto de 1938 en el que ya se reconocen toda la lógica y la retórica del poder actual:

«Este espíritu de generosidad  [el nuestro desde  luego ] hacia el que llamaremos el extranjero de buena fe encuentra su contrapartida legítima en la decisión formal de castigar con penas severas a todo aquel extranjero que se muestre indigno de nuestra hospitalidad […] Si hubiera que resumir brevemente las características del actual proyecto subrayaríamos que crea una atmósfera depurada alrededor del extranjero de buena fe, que sigue manteniendo plenamente nuestra benevolencia tradicional para que respete las leyes y la hospitalidad de la República pero que finalmente marca, para quién se muestre indigno de vivir en nuestro suelo, un justo y necesario rigor».

Desde la época en que fueron pronunciadas estas palabras de tal hipocresía (de mala fe, justamente) que sería cómica si no fuera aterradora, justo antes de la guerra, se produjo la ordenanza de 1945 que preveía ya en su capítulo III, «Penalidades», castigos muy graves para los extranjeros en situación irregular (en esa época no se decía aún sin papeles) o para quienes ayudaran a esos indeseables extranjeros: el capítulo titulado: «De la expulsión» consigna una serie de medidas que ya anticipaban las que se están fortaleciendo o reactivando : actualmente: desde aquella época, las condiciones de la hospitalidad en Francia (inmigración, asilo, acogida de extranjeros en general) no han cesado de empeorar y de mancillar, hasta avergonzarnos, la imagen que finge reclamar el patriótico discurso de la Francia de los derechos humanos y del derecho al asilo. El año pasado algunos observadores neutrales han llegado a referirse a un «año negro» del derecho de asilo en Francia.

Cuando se  escucha hablar de lo que les falta a los sin papeles, sería necesario primero hablar de los grandes fallos del Estado francés, de Francia y de su representación estado-nacional, de sus grandes fallos  en la justicia en nombre de un derecho que, bajo el nombre de Ley Pasqua mejorada, más ofensiva aún, está empeorando y mutando en Ley Debré: grandes fallos en la justicia en nombre de un derecho o de un aparato legislativo que está dotándose con una máquina Pasqua con embrague automático y Debré además, de un dispositivo destinado a discriminar, filtrar, perseguir, expulsar de manera más eficaz que nunca. Y este gran fallo de la justicia se acompaña generalmente de una buena conciencia arrogante, con el pretexto de que algo les falta a los sin papeles que los privaría del derecho a permanecer en este país donde, sin embargo, la mayoría de ellos viven pacíficamente y trabajan duramente desde hace tiempo.

¿Comenzaríamos entonces  a acostumbrarnos a esta expresión, los sin papeles? ¿No es  que alguien esté sin papeles, lo que puede pasarle a cualquiera, pero  que alguien se convierta y sea considerado como, un ser sin papeles, un sujeto sin papeles, como si el ser  sin papeles definiera y agotara la definición de su ser  en la sociedad, en una sociedad que se siente autorizada a perseguirlo impunemente dado que su ser es un ser sin papeles, en una sociedad xenófoba que se siente autorizada a excluirlo, a expulsarlo, a privarlo a su vez de los derechos elementales?

¿De qué papeles se trata? La expresión es extraña, a la vez inquietante y cada vez más familiar. No se sabe si es un adjetivo, un atributo o un nombre, que se pronuncia en singular o en plural. Se puede ser una sin papeles, una persona sin papeles, personas sin papeles, una multitud indistinta, o incluso una comunidad internacional de personas sin papeles (ya sabéis  que en Francia los sin papeles son de todas las nacionalidades, ciudadanos o no de todos los países).

Y al decir eso, los sin papeles, ya podríamos escuchar alzarse la llamada, a la que responderíamos quizá esta noche: «sin papeles de todos los países, uníos», o mejor: «a los sin papeles de todos los países, unámonos». O también «somos todos sin papeles», o, «somos todos los sin papeles franceses». No, desgraciadamente, no todos somos sin papeles franceses en Francia.

Los sin papeles en Francia  constituyen  una categoría determinada de personas sometidas a una discriminación  inadmisible, a una injusticia flagrante, a una represión y una violencia que conocemos, quienes estamos aquí a la que hay que replicar tanto con el análisis, con  la protesta y  con la lucha.

Repito entonces  mi pregunta: ¿empezaríamos a acostumbrarnos  a esta expresión «el  ser  sin papeles»? ¿A la situación,  del estatuto del sin papeles?

La expresión es francesa, puramente francesa, esto es un idiomatismo. Alguien, en un diario, anteayer, señaló acertadamente que pertenecemos actualmente a una sociedad del «sin», «sin techo», «sin empleo», «sin hogar», «sin diplomas», «sin domicilio fijo», SDF, que se abrevia más de buen grado hoy en S. El «sin papeles”, no es «el hombre sin calidades», como  lo define Musil, pero cabe preguntarse lo que le sucede en una sociedad cuando se define el origen de todos sus males (porque es un poco lo que quieren hacernos creer hoy) por el «sin» de los otros, de quienes se ven privados de lo que ella piensa  que debemos estar provistos.

Si la expresión sin papeles es sin duda un idiomatismo francés, debemos sin embargo precisar dos cosas al respecto: por una parte, el síntoma es universal y en primer lugar europeo, es el mal de todos los países «ricos» y «neoliberales» que, según las necesidades de su economía, acogen o dejan venir desde los países económicamente menos favorecidos, en su mayoría  excolonias, una mano de obra que explotan hasta el día en que otra coyuntura, a la vez económica, política, ideológica, electoral, pida otro cálculo y organice una política de alergia racista, de xenofobia proteccionista, de acoso y de expulsión, al menosprecio de todos los principios proclamados alto y fuerte por los polítiqueros y los retóricos  de la democracia y de los derechos humanos – a la izquierda y a la derecha.

No existe ningún país, ni ningún Estado-nación en el mundo actual y especialmente en los países capitalistas ricos, en el que no se aplique esta política del cierre de fronteras, esta puesta en hibernación de los principios del  asilo y de la hospitalidad hacia el extranjero, buena para cuando «parece ir bien» o «sirve» o es «muy útil» (entre la eficacia, el servicio y la servidumbre).

En el momento en que, desde hace varias décadas, una crisis sin precedentes del Estado-nación que arroja a las carreteras a millones de personas en realidad desplazadas, lo que queda del Estado-nación se crispa a menudo en medio de una convulsión nacional-proteccionista, identitaria y xenófoba, una figura a la vez antigua y renovada del racismo. Hay una palabra para «sin papeles» en cada cultura estado- nacional. En USA, por ejemplo se dice « undocumented », y se organizan cacerías a los « ilegal immigrants ».(…)

Para hablar seriamente del problema de los sin papeles franceses, para luchar con consecuencia contra lo que es, no lo olvidemos nunca, una tragedia humana singular, cada vez singular, que afecta hombres, mujeres,  niños en perdición, y simultáneamente un fenómeno general, el síntoma ejemplar de lo que ocurre en el ámbito geopolítico de lo que se llama la globalización del mercado bajo la hegemonía neoliberal, es necesario pues tener en cuenta y las situaciones singulares y el caso particular de Francia e incluso  el contexto político europeo (lo que se hace o quiere hacer de Europa, de los acuerdos de Schengen, por ejemplo, que todavía no se aplican en Francia ) y de un mundo en la llamada «globalización». Este concepto de mundialización  o de «globalización» se convierte hoy en día, del resto, el último lugar común  de las peores confusiones, o incluso de mistificaciones calculadas.

Por lo que está pasando aquí ahora en Francia, les recordaré cosas bien conocidas sin duda, pero que conviene tener siempre presentes.

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Hay que denunciar en primer lugar un proyecto de ley que, so pretexto de ofrecer un conjunto legislativo más equilibrado y supuestamente más humano, con el  pretexto de resistir al extremismo de una extrema derecha que se intenta seducir y competir al mismo tiempo, bajo el pretexto de dejar de abogar  por  la inmigración-cero para atacar solamente a la inmigración clandestina, bajo pretexto de conceder permisos de residencia renovables de un año a ciertas categorías de extranjeros (padres de un niño francés, cónyuges de francés), bajo estos pretextos de pura fachada, la nueva legislación introducirá, cuando la asamblea votará la ley después de su examen  por el senado, un gran número de medidas de un excepcional rigor y de una violencia sin precedentes.

Se refieren a los extranjeros que, aunque residen en Francia desde hace más de quince años, trabajan y viven aquí, etc., no han regularizado su situación; estos podrán  ser expulsados. ¡Después de quince años de estancia! Y esto a raíz de la más escandalosa y siniestra de las confusiones mantenidas por un poder triste, deprimido, deprimente, desesperado, desesperanzador. Este poder se busca coartadas en el momento en que su impopularidad alcanza umbrales catastróficos, donde el fracaso de su política, especialmente en materia de empleo, se vuelve espectacular y donde no le queda más que halagar al peor entre sus electores. Esta confusión es a la vez siniestra en su grosería y escandalosa en su hipocresía: es la confusión entre los sin papeles y los clandestinos.

¿Es necesario recordar aquí que los sin papeles no son clandestinos? ¿Qué la mayoría de ellos trabajan y viven,  han vivido y trabajado a plena luz del día durante años? Como a menudo lo hemos señalado, es la iniquidad de la represión gubernamental respecto a las personas sin papeles que crea a menudo la clandestinidad allí donde no había. En un debate en  la Asamblea, un diputado de la fracción más dura de la mayoría obtuvo incluso que se renuncie a esta regularización al cabo de quince años abusando de esta confusión, y fue apoyado cuando declaró: «En ningún caso la situación de un extranjero clandestino debe ser regularizada». ¡En ningún caso! ¡se atrevió a decir!.

Un proyecto gubernamental ya muy cruel pues fue endurecido por numerosas enmiendas como el que aumenta a dos años la duración de un matrimonio con un francés o una francesa para la sola obtención de un permiso de residencia temporal. Ustedes saben también que la criminalización de quienes manifiestan la hospitalidad hacia los sin papeles también se empeoró. Nos atrevimos a hablar oficialmente el año pasado,  como lo dije al comienzo, de «delito de hospitalidad»,  incluso se ha encarcelado por eso. Pues bien, ahora los «albergadores», como se dice ahora señalándolos como criminales en potencia, los anfitriones, aquellos que creen que deben ofrecer la hospitalidad, ahora no sólo serán «fichados» sino perseguidos más duramente que antes. Toda persona que invite a un extranjero a su casa  deberá informar su partida a la policía a los ocho días siguientes.

¿Cómo es posible que  un ciudadano de este país pudiera no tener vergüenza de tal legislación? ¿Vergüenza de la mayoría de los representantes que la votan? ¿Y vergüenza, sobre todo, de una oposición que no se opone con el rigor necesario, que no se compromete solemne y claramente a cuestionar, de manera muy precisa, una política tan siniestra, llegado el momento?

Testimonios y análisis, otros hablaron o le hablarán mejor que yo de esta tragedia – mundial, europea o francesa. Me limitaré, para concluir, a recordar algunas evidencias – en cuanto a lo que sucede y en cuanto a lo que me parece  que habría que hacer.

 

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En cuanto a lo que sucede, por supuesto, es necesario, sin olvidar la singularidad del mal, saber que el análisis y las luchas deben ser a la vez mundiales, europeas, nacionales y locales. Los analistas serios lo demostraron, resulta vano creer que vamos a detener algunos flujos migratorios, pero también es vano creer que estos flujos no pueden exceder algunos límites y sobre todo son peligrosos; es estúpido y chocante ignorar, incluso desde el punto de vista del interés nacional de Francia y la francofonía cultural, que no tenemos solamente deberes, deberes de reconocimiento respecto a los que eligen nuestro país, nuestra cultura y nuestra lengua (a menudo por habernos ayudado antes cuando eran duramente colonizados por Francia,  por ejemplo durante las dos Guerras Mundiales), sin embargo su elección es una oportunidad para nosotros.

Algunos de nuestros vecinos tuvieron la inteligencia de comprender esta oportunidad, y aceptarla: por ejemplo, muy cerca de nosotros en Europa, los portugueses, los españoles y los italianos acaban de operar regularizaciones masivas. En el fondo de estos análisis y de estas luchas mundiales, no hay que  olvidar nunca que la actual  política de represión en Francia, no es solamente un incumplimiento de una tradición de honor y a los derechos, esto no es solamente una ignominiosa traición, es también una mentira y una burda mistificación, la respuesta a un peligro imaginario que sirve sólo de coartada conveniente a un fracaso político de fondo. Este fracaso también hay que decirlo, no es solamente el de la actual mayoría.

Ya se trate del creciente desempleo, de una economía de mercado o especulativa cuya desregulación constituye una máquina de producir miseria y marginación o de un horizonte europeo regido por cálculos simplistas, por una falsa ciencia económica o una loca rigidez monetarista, etc., por abandono del poder en las manos de los bancos centrales, desde todos estos  puntos de vista es necesario saber que la política en relación con los «sin papeles» y de la inmigración en general consiste en una diversión electoralista, en una operación «chivo expiatorio», en una miserable maniobra para captar votos, en una pequeña e innoble demagogia destinadas a vencer al Frente Nacional en su propio terreno.

Y no olvidemos nunca que si las primeras víctimas de esta estrategia de bancarrota son nuestros amigos, nuestros huéspedes, los emigrados y los sin papeles lo que ha puesto en marcha el gobierno es un sistema policial, de inquisición, de fichaje, de rastreo sistemático (en territorios tanto francés como europeo). Esta maquinaria amenaza todas las libertades, las libertades de todos, las de los indocumentados y las de los documentados.

Creo que para contraatacar es necesario analizar el proceso y luchar en varios frentes, simultánea o sucesivamente. No olvidar lo que está en juego a niveles mundiales y europeos, por supuesto, pero saber que esta política contra los sin papeles es sólo una pieza en el dispositivo general de una política que debe combatirse como tal.

Indudablemente debemos ayudar  a nuestros amigos sin papeles de manera individual, local, día tras día, con todos los apoyos materiales o simbólicos, financieros, jurídicos o legales que necesitan. Muchos lo hacen, en los teatros, las iglesias, las comisarías y los tribunales; hay que agradecerles, pero no son bastante numerosos.

También es necesario, como algunos de entre nosotros lo han hecho, desafiar al gobierno declarándonos listos  para juzgar nosotros mismos de la hospitalidad que queremos aportar a los sin papeles, en los casos que juzguemos pertinentes, con nuestra conciencia de ciudadanos y, más allá, nuestro compromiso con lo que ellos  llaman sin creer los «derechos humanos». Es lo que se  denomina  en los USA  la «desobediencia civil» mediante la cual un ciudadano declara que en nombre de una ley superior, no obedecerá a tal o cual legislación que considera  inicua y culpable, prefiriendo así la delincuencia a la vergüenza, y el presunto delito a la injusticia.

Por último, durante toda clase de manifestaciones y declaraciones públicas, me parece que también debemos luchar para cambiar la ley un día; porque es la única perspectiva que puede esperar seriamente algún día hacer más y mejor que sólo resistir empíricamente, paso a paso, e  interminablemente.

Para cambiar la ley algún  día, por lo tanto inscribamos esta gran cuestión, en toda su envergadura política, en el centro de los retos electorales de los próximos comicios. Exijamos, en particular, a los llamados partidos de izquierda que sean consecuentes con sus principios y a aquellos de los cuales dicen valerse  en sus declaraciones.

Exijamos que hagan algo más que moderar moderadamente, con un discurso fundamentalmente homogéneo al de la mayoría, los excesos de la actual mayoría a la que pretenden oponerse. En el tiempo que nos separa de las próximas elecciones legislativas, ejerzamos presión,  cuestionando, exigiendo respuestas precisas y que se asuman compromisos para otra política, una política verdaderamente diferente, a la vez inteligente y generosa, que elimine la vergüenza y la infamia de las leyes actuales, una política del extranjero, un derecho de los extranjeros que no sea una trasgresión a la justicia.

Es necesario que  podamos por fin vivir, hablar, respirar diferentemente. Es necesario que podamos recuperar el gusto de vivir una cultura, una lengua y un país donde la hospitalidad ya no  sea más un crimen, cuya representación nacional ya no proponga castigar la recepción del extranjero y donde nadie se atreva a hablar nuevamente de «delito de hospitalidad»   

 

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Con o sin papeles, ¡Trabajadores Unidos!

Jacques Derrida (1930-2004)

Original: « Quand j’ai entendu l’expression “délit d’hospitalité”… »

Traducido por  María Piedad Ossaba para La Pluma y Tlaxcala, 19 de febrero de 2018

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

Palabras clave:Sin papeles  Migrantes y refugiados  Fortaleza Europa  Delito de hospitalidad  Deber de hospitalidad  Derecho de asilo  Nadie es ilegal  Solidaridad  Racismo de Estado  Dulce Francia  UEropa  Derrida  

Actualizado ( Lunes, 26 de Febrero de 2018 15:40 )  

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