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A trabajar, vaga adolescente

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reinaldo-spitalettaBisEl capitalismo, que al decir del filósofo del trabajo “nació chorreando sangre y lodo por todos sus poros”, condenó desde los tiempos de la Revolución industrial a los niños a ser esclavos. A carecer de esa clave vital de la existencia, la infancia, a la que muchos poetas han calificado como la auténtica patria. Una niñez sin futuro y atada a las cadenas del laburo la muestra, por ejemplo, Charles Dickens en varias de sus novelas.

Habría que agregar que, para aquellas calendas de la primera mitad del siglo XIX, se decía que los pobres eran corruptos y pervertidos y que, por eso, jamás saldrían de su condición de parias. Dickens es el primer novelista que incluye a un niño como protagonista de una obra de largo aliento. Después, Víctor Hugo, además de dar cabida al gamín o niño de la calle en Los miserables, en el que además un héroe adolescente, Gavroche, muere en las barricadas de París, pone en evidencia a la niñez y juventud arrasadas por la explotación y el trabajo humillante.

La adolescencia, que debería ser un tiempo de cultivo de la belleza y el espíritu, como bien podría ser un modelo el retratado por Óscar Wilde en su Dorian Gray, el capitalismo la asume como mano de obra. Y en este punto, podríamos dar un vistazo a los días en que, ya no tanto los muchachos, sino las muchachas, se tornan parte del mundo fabril, como pasó, verbi gracia, con las que inauguraron en Medellín (mejor dicho, en Bello) el modelo empresarial antioqueño a principios del siglo XX.

Aquellas “mucharejas”, muchas de ellas infantes todavía, como que entraban a la fábrica a trabajar para poder comprar el traje de la primera comunión, estaban casi todas en la inestable etapa adolescente. Y se les exigía el “solterismo” para poder ser enganchadas. No había lugar —ni riesgos— para aquella que, sin casarse, tenía ya un hijo, y si se casaba entonces no podría estar en la factoría. También a ellas los capataces y patrones las perseguían para desflorarlas.

La adolescencia debe ser un tiempo para el estudio, las ensoñaciones, el ejercicio corporal, la posibilidad de ir ocupando un lugar en el mundo de las posibilidades de ser (“quiero ser ingeniero”, “quiero ser científico”, “quiero ser artista”, etc…). Es un momento (fugaz y todo) de indefiniciones, de rebeldías a veces sin causa, de transformaciones físicas y mentales, de ir contra la autoridad (no solo paterna) y de reconocimiento del cuerpo.

La adolescencia es un período de músicas. Es el hallazgo de nuevas sensibilidades. El adolescente es un predilecto de los dioses. Y si hoy, por distintos factores, la muchachada revive el narcisismo y es sujeto (y objeto) de consumo, tiene en su poder las posibilidades de ejercitarse en la crítica, de ocupar un puesto de vanguardia en las luchas sociales. Es la primavera. Posee, a lo Rubén Darío, el tesoro de la juventud. La gracia de lo nuevo. Están viviendo las emociones del trapecista. Pueden ver el mundo desde arriba. La adolescencia es un cielo. No puede ser un infierno.

Cesare_Pavese

No es tiempo para el trabajo. Y como se sabe, trabajar cansa (¡oh, Cesare Pavese!). Son días para el ocio. Sí, para la imaginación. Para el encuentro con la cultura, con los cantos a la vida, con la formación de criterio. Son instantes (es fugaz la adolescencia) para la educación sentimental. Y, por qué no, para el “dolce far niente”.

Así que para evitar los embarazos en las adolescentes no hay que ponerlas a trabajar, como lo propone un candidato de ultraderecha, sino a estudiar. A que gocen de los placeres del conocimiento. A que tengan la posibilidad de tener educación sobre el cuerpo, sobre el espíritu. A que desarrollen, con la fuerza de su juventud y con las posibilidades infinitas de la imaginación, sus talentos. Que bailen. Que lean. Y, por si las moscas, que tengan una muy bien fundamentada educación sexual.

No es ocupándolas laboralmente (¿acaso para que “no tengan malos pensamientos”?) como se evita un embarazo, cuando se trata de un período fértil para la formación integral, para el acceso al conocimiento, a las maravillas de la historia, del arte, de las literaturas, de los números. Se trata es de mejorar la educación pública, los caminos hacia la cultura, las maneras de que la niñez y las juventudes tengan la posibilidad de soñar en un mundo mejor.

Más bien, es embarazoso para una adolescente estar trabajando. Y ahora, que al candidato, acostumbrado a desbarrar, ni se le ocurra decirles a las peladas que trabajen, aunque sea de prostitutas. A él habría que aplicarle una frase de alguna de sus connotadas camaradas: “A estudiar, vago”.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 23 de abril de 2018

Editado por María Piedad Ossaba

 Artículos, ensayos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma

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Palabras clave:Capitalismo  economía  historia  Revolución industrial  niños esclavos  niñez sin futuro  adolescencia  Reinaldo Spitaletta  

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