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Nada, un tango del amor perdido

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reinaldo-spitalettaBisHay extraordinarias versiones de Julio Sosa, Roberto Goyeneche y Roberto Rufino

Se dirá que hay un hondo desgarramiento, una ausencia que duele, un retorno desesperanzado al notar que la que se quería ya no está. Se advertirá que en ese volver de un hombre a buscar lo que es improbable que esté, hay una tragedia existencial. El tango es, ante todo, un examen del ser desde todas las perspectivas de la vida. Y en el titulado Nada (un vacío absoluto o quizá relativo) hay una desesperación sin límites.

 

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Producto quizá de las desazones de tiempos de guerra, este tango del bandoneonista y compositor argentino José Dames y de Horacio Sanguinetti, letrista uruguayo, estrenado en 1944 por la orquesta de Carlos Di Sarli con la voz de Alberto Podestá, es una pieza maestra de la angustia por una ausencia, por la desaparición del sujeto amado y, al fin de cuentas, plantea la expresión de una culpa, de un error del que ya no puede haber reivindicación ni resarcimiento. De pronto, es demasiado tarde para cualquier reparación. El tiempo ha cobrado su cuota de ruptura de un romance que jamás se podrá rehacer.

Nada es un tango narrado en primera persona. Es una suerte de vuelta a un lugar, a una casa vacía, a una morada sin la presencia de la que un día pudo ser el centro de la vida de alguien que ejerció el abandono. “He llegado hasta tu casa / ¡yo no sé cómo he podido! / Si me han dicho que no estás, / que ya nunca volverás… ¡si me han dicho que te has ido!”. En su primera estrofa está enmarcada la situación trágica, la fuerza del destino ineludible. Y una convicción: la que se ha ido no volverá.

Después, ante una soledad que pesa y lastima, el narrador pinta el frío, los años, lo que ha transcurrido, y sugiere un doloroso sinsabor. Pone en evidencia que ya nada podrá ser como antes. Es lo que se extravía sin posibilidad de recuperación: “¡Cuánta nieve hay en mi alma! / ¡Qué silencio hay en tu puerta! / Al llegar hasta el umbral / un candado de dolor / me detuvo el corazón”.

Y el panorama que se abre, la melancólica visión de un vacío infinito, es un estrujamiento de alma. ¿Qué hacer ante lo que ya no está?, ¿ante las cosas y evidencias que se fueron? No hay esperanza, como les pasa a los que van camino del infierno dantesco. Es la conciencia de la extinción de un mundo: “Nada, nada queda en tu casa natal… / solo telarañas que teje el yuyal. / El rosal tampoco existe / y es seguro que se ha muerto al irte tú… ¡Todo es una cruz!”.

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Confieso que cuando escuchaba este tango en las pianolas de barrio o tal vez en alguna radio, había una sensación de pérdida, de desmoronamiento interior. Era como asistir a una ruina. La versión que más se escuchaba en las esquinas, es decir, en los bares, era la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico (grabación de 1963), aunque, claro, había otras más antiguas, como la de Raúl Iriarte con la orquesta de Miguel Caló y la de Rodolfo Biagi con la vocalización de Alberto Amor, de los años cuarenta.

Nada es un tango que puede llevar a una especie de derrumbe sentimental. O, desde otro ángulo, a reflexiones acerca del paso del tiempo y de lo que se ha llevado. “Nada, nada más que tristeza y quietud. / Nadie que me diga si vives aún… / ¿Dónde estás para decirte / que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?”.

Hay, asimismo, la presencia de una inutilidad, de un esfuerzo vano, de un intento frustrado. Ya es tarde para el regreso, para el encuentro. Y después de presenciar un paisaje de carencias, de cosas que ya no están, de una especie de bancarrota del corazón, no queda otra que devolverse. Algunos vocalistas, como Sosa, entran con un recitativo: “Ya me alejo de tu casa / y me voy ya ni sé dónde… / sin querer te digo adiós / y hasta el eco de tu voz / de la nada me responde”. Otros lo hacen cantando hasta el final.

En esa recta última, en el desenlace, aparece un arrepentimiento, una penitencia, un dolor sin nombre. Y no puede faltar la lágrima “hecha flor de mi pobre corazón”. Y así, Nada ganó la luz, que es la posibilidad de estar en la memoria de la gente, de hacer revivir aquello que Fernando Pessoa decía de la melancolía: “una nada que duele”.


Nada tiene más de trescientas versiones. Una de las más bellas es la del Polaco Roberto Goyeneche con la orquesta de Osvaldo Berlingieri. Creo, y debe ser discutible, que la mejor interpretación de este tango la hizo Roberto Rufino, en 1973, con la orquesta de Osvaldo Requena, en la que el cantor hace gala de un despliegue vocal con “lalalás” llenos de color y dramatismo.

Esta composición de Dames y Sanguinetti, es una poetización del amor perdido, de aquello que por mucho que se quiera, es imposible recuperar. Después de los arrepentimientos, de la ida y la vuelta, en esencia no queda nada. O sí, una lágrima hecha flor. Una pena larga.

 

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Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 30 de mayo de 2018

Editado por María Piedad Ossaba

Artículos, ensayos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma

Palabras clave:Nada  desgarramiento  ausencia  tragedia existencial  desesperación sin limites  Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Martes, 12 de Junio de 2018 15:09 )  

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