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23 septiembre 2018 - 04:35
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La mitad de los pobres

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Siempre se puede comprar a la mitad de los pobres para que mate a la otra mitad. (Pandillas de Nueva York)

Jamás asistí a una corraleja, sin embargo hace ya cuarenta años que vi en una sala de cine un cortometraje en el que el presidente Alfonso López Pumarejo sentado en la tribuna de una Corraleja en Sincelejo lanzaba billetes a los participantes, mientras estos embebidos en alcohol, arrastrándose en el pantano y agasajados con oropeles, brindaban gustosos su sangre mientras se arrastraban por las calles en pelea directa con las reses; muertos arrollados por la turbulenta carrera de ambiciosos y ganado, charcos de sangre en contraste con los linos y sombreros blancos en las tribunas, entre copas de fino Whisky me marearon hasta las náuseas, lo cual resolví con un profundo llanto. Creí entonces que la repugnancia infantil pasaría, que los años traerían la sabiduría para entenderlo. Hoy sé que la Ley 1272 del 5 de enero de 2009 sancionada por Álvaro Uribe, que declara Patrimonio Cultural aquellas fiestas encierra un profundo sentido cultural y político. Qué patrimonio caribeño ni colombiano!... Córdoba es tierra de antioqueños, cuna del paramilitarismo, evidencia de que las más prestantes familias paisas, los grandes industriales antioqueños se inventaron todo este charco de sangre que no ha dejado de ser Colombia desde 1948, año en el que confluye el origen de nuestros más pesados lastres, incluyendo la fundación de Córdoba. Por supuesto Don Chano (Sebastián Romero Acosta) un español pobre comerciante de cebollas y ajos, que llegó en la época de la colonización antioqueña a Sincé, con su enriquecimiento inexplicable en corto tiempo y sus aspavientos de ganadero ya había fundado en el siglo XIX la cultura de las corralejas... estas que se dedicarán al santoral de las órdenes inspiradas en San Benito; por algo es el patrono de Europa! A donde llega el Benito Abad, se enciende la guerra y la muerte. Pero las corralejas no son nuestro tema, son apenas el referente para que se sepa que los paramilitares no son un fenómeno reciente, sin ellos la llamada “colonización antioqueña” se haría imposible. Y lo digo en presente porque este proceso aún está vigente.

 

Colombia ha vivido entre muros de contención que reservan su tendencia suicida y mortal, como capital para la masacre continua. Un siglo XX que extiende sus alas militares sobre las muchedumbres que no aprendieron a hacerse ciudadanos, luego de que el XIX fuese un macabro y exitoso proyecto para abolir los logros independentistas y eliminar toda posibilidad al pensamiento liberal moderno. Un siglo XX con un ejército al servicio del interés individual y las ganancias de socios extranjeros, contra toda posibilidad de organización sindical que no fuese pasada por armas, asesino de familias enteras en la plaza pública y cómplice del establecimiento de la mentira en las noticias y en la historia. Cómplice digo, para no decir idiota útil, como lo van a ser luego los paramilitares. Idiotas digo, porque jamás han recibido el pago que soñaron, los llevan a cárceles extranjeras y los pasean derrotados por los noticieros, humillados y culpables, como si ellos alcanzaran la inteligencia de haberse inventado todo este concierto sangriento que no deja ni gloria ni oropeles a los ejecutores. Poderes extralimitados al ejército y la policía, así como el sostenimiento con capital privado a auxiliares asesinos o la invención de las Acciones Comunales a mediados del siglo XX han hecho de Colombia un Estado Comunitario en donde se hace tangible la comprensión de lo que Foucault retomara de Jeremy Bentham y denominaran el Panóptico.

 

Un estado en donde la mitad de los pobres vigila, controla y castiga a la otra mitad. Luego de lo cual sólo iba a tratarse de tirar “monedas a la corraleja” para verlos desangrarse unos contra otros. Las luchas obreras en Colombia no tuvieron logros más allá de las charcas de sangre y las secretas historias de torturas que habitan en las fosas comunes de la historia olvidada a fuerza de prohibida. Desde las vejaciones a los indígenas amazónicos cometidas por los ingleses de la Peruvian Amazon Company, socios de la Casa Arana; o las de la United Fruit Company socios de Antioqueños prestantes; hasta las temerarias prácticas actuales de la Pacific Rubiales en contra de sus trabajadores, compañía canadiense creada por venezolanos enemigos de los pobres venezolanos, para colmo dueños de Cable Noticias, lo que puede leerse como “dueños de la verdad”.

 

Allá por los años 80; en concierto con la dinámica estadounidense de la Guerra Fría, la Perestroika; en armonía con la voluntad ANGLO-JESUITA de sacar provecho de su invención, ensayada a lo largo del siglo XIX en Asia, de acuerdo con la cual se instituye la obligación de permitir el consumo de alucinógenos a las muchedumbres, lo cual fue sin más el objetivo de las Guerras del Opio y la promoción del vino de coca Mariani Win con la imagen publicitaria del papa León XIII. El control internacional juzga a Colombia como un estado perverso cuyo ejército asesina a sus ciudadanos. Es también la época de las masacres en Guatemala y el Salvador, la época en que Argentina y Chile se hallaban en el letargo de la búsqueda de sus desaparecidos por la Operación Cóndor, la época de la edad adulta de las dictaduras de América Latina y la época de los nuevos héroes al estilo de Pablo Escobar y Carlos Castaño, inversión a la que hoy le sacan provechosos dividendos en las telenovelas que afianzan el modelo paramilitar

 

Los asesinatos de sindicalistas, estudiantes, líderes sociales, intelectuales empezaron a ser cometidas, ya no por los uniformados, como hasta entonces, sino por los mercenarios meretrices que hoy llamamos paramilitares, criados en los cuarteles y entrenados por el mismo ejército y la policía. Lejos de ser enemigos del Estado los paramilitares son su creación, son la mitad de los pobres que mata a la otra mitad, son los corraleros embriagados que se bañan en sangre y oropeles por la vana esperanza de alcanzar el cielo de la riqueza con la que, desde las tribunas, los animan los dueños de la hacienda que es Colombia, con sus manos limpias y sus trajes blancos y sus gobernantes-marioneta para mentirles protección y en cambio pagarles con la expropiación y una cárcel estadounidense.

 

Cuando iniciaba el siglo XX los liberales de la guerra de los mil días seguidores del General Uribe Uribe (que García Márquez llamaría Aureliano Buendía) hablaban ya de garantías sindicales, bienestar social y luchas obreras. Liberales y conservadores llamaron a éstos “liberales de izquierda” y los convirtieron en blanco de todos sus ataques, buscando una unidad en torno a la derecha, inventando una “tercera opción política” promocionada a través del recién nacido periódico el Tiempo de Los Santos (antecesores del actual presidente) y los Villegas (de la Concesión Villegas, colonizadores antioqueños), esa tercera opción política no era más que un partido republicano, de minorías contra las mayorías, como puede verse en El Tiempo el 8 de mayo de 1912 “el verdadero sentido de la opinión y sus corrientes propias no se confunden ni se detienen ni contra ellas se empañan los gobiernos genuinamente republicanos; solo que las mayorías por la misma conciencia de su fuerza son inactivas mientras las minorías no olvidan un instante que su vida reside en el movimiento y que un grito de protesta se oye más que el silencio de todas las aquiescencias. Es el viejo ardid de la guerra: el agudo toque de los clarines anunciando, al amparo de la noche, la proximidad de un ejército que no existe”. De ese mismo periódico vendrían abucheos contra Uribe Uribe antes del magnicidio. Que las mayorías se quedaran sin palabras, sin quien representara sus ideales, ese es el objetivo desde entonces. De igual manera le sucedió a Jorge Elíecer Gaitán que resistía como representante del liberalismo y denunció ante el Congreso la Masacre de las Bananeras donde el general Cortés Vargas y la totalidad de los conservadores quedaron delatados. Pero Gaitán también fue asesinado, tenía la capacidad de hablar para las masas y en su nombre. Con él moría en 1948 la resistencia civil, la posibilidad de la democracia para los colombianos. García Márquez volvería sobre esta denuncia en Cien Años de Soledad. Pero Colombia entró en la tenebrosa noche anunciada el 8 de mayo por El Tiempo. Por calles y veredas, por senderos y cañadas, por valles y desiertos se propagó ese “ejército que no existe” sembrando el silencio de todas las aquiescencias a fuerza de machetazos.

 

El terror de los años cincuenta tenía el objeto de instaurar el miedo y el silencio. Para dar la cara al mundo, se inventaron una “democracia fingida” en donde liberales y conservadores que estaban de acuerdo en todo, compartían periodos de gobierno por cuatro cuatrienios. En este período los colombianos asesinados, desplazados, desaparecidos a manos de las fuerzas públicas y mercenarios paramilitares iba en aumento. La concentración de la propiedad sobre la tierra incluyó a militares y asesinos a sueldo que cobraron con tierras los favores de sangre acometidos. En los años sesenta se dio inicio a una fallida reforma agraria de la que nació el Incora (Instituto Nacional de Reforma Agraria) que jamás pudo, mientras existió, controlar la concentración de la propiedad sobre la tierra. Tal vez con esta experiencia ya podremos adivinar lo que sucederá con la propuestas de Juan Manuel Santos.

 

Entre los años ochenta y finalizado el Frente Nacional, el pacto firmado por liberales y conservadores en España en la época de Franco; Belisario Betancur pondrá de moda el tema de la paz y el diálogo nacional (un momento bastante semejante al actual). No obstante el número de homicidios ascendió a cifras escandalosas entre los años 1980 y 1992, con una media de 16.047 defunciones violentas y el pico más alto de 30.573 fallecidos en 19921 ejecutados estos por los narcotraficantes, que son al mismo tiempo los paramilitares. A partir de entonces y hasta el momento, los narcotraficantes se apropiaron del 50% de las mejores tierras del país que convirtieron en grandes haciendas, aboliendo la producción agrícola, desplazando y masacrando grandes poblaciones; con ello queda al desnudo que jamás se conformaron como autodefensas contraguerrilleras, sino como auxiliares de los uniformados para consolidar la tarea por más de un siglo adelantada por las familias dueñas del país: la apropiación privada de todas las reservas naturales del país para el establecimiento de megaproyectos. Cinco mil terratenientes controlan la corraleja y sostienen el régimen de muerte que conviene a sus intereses particulares, mientras crean de cuando en cuando el espectáculo mediático de diálogos de paz que esperanzan a las mayorías. Hidroeléctricas, petroleras, mineras y todas las compañías extranjeras que hoy usufructúan los territorios colombianos, también gozan de leyes excepcionales que los presidentes entre César Gaviria y Alvaro Uribe, es decir entre 1992 y 2010, habían consolidado. Desde la excepciones legales, la modificación de derechos laborales, las leyes que atropellan a los trabajadores, hasta el TLC, todo estaba preparado para la prosperidad de los megaproyectos. A esta nueva hueste colonizadora, al estilo de la colonización paisa (porque eso sigue siendo) a la que ya le habían construido los rieles, solo le faltaba la locomotora de Juan Manuel Santos, para sacar las riquezas del país.

 

Ante la actual propuesta de restitución de tierras a campesinos desplazados del gobierno de Santos, los latifundistas ya han advertido que no devolverán tierras adquiridas de buena fe si puede llamarse buena fe a la expropiación forzada, agravada con el destierro, el desarraigo y las masacres soportadas por los campesinos. Las ciudades se han atestado de miseria. La pobreza aguza a las multitudes, hay que sobrevivir! La oferta de empleo industrial había empezado a decrecer en los años setenta, el agro no necesita peones, la necesidad empuja al individuo colombiano y las posibilidades se reducen al “emprendimiento”, que redunda en microtráfico de drogas, bandas delincuenciales y de asesinos, vacunas por celadurías privadas, prostitución heterosexual y homosexual. Todas estas posibilidades atadas a los gobernantes locales que protegen a sus secuaces y les garantizan el ejercicio ilícito. El municipio autónomo creado en los ochenta con la elección popular de alcaldes y los presupuestos locales fortalecieron a politiqueros gamonales con más sabiduría hampona que conocimientos políticos. Son estos los aliados de las bandas criminales y a través suyo se amalgaman tareas entre policías, ejército y bandas.

 

En estricto sentido, un colombiano no podría entender nada diferente sobre la paz que el afianzamiento de la violencia, porque esto ha vivido durante más de un siglo. Los colombianos no son un pueblo feliz, ni alegre, son un pueblo enfermo cuya vida cotidiana está atada a formas implícitas y explícitas de violencia que ya consideran una vida normal. Por ello detrás de un colombiano no hay ya un ciudadano, es realmente un pueblo enfermo que a fuerza de terror y silencio, a fuerza de noticieros fraudulentos, a fuerza de masacres y atropellos, aprendió a amar a su verdugo. Un pueblo en el que la mitad de los pobres es paramilitar. dentro de un colombiano habita un posible corralero.

 

Marta Lucía Fernández Espinosa, Especial para La Pluma 22 de mayo de 2013

 

1Nicolás Arturo Núñez Gómez VIOLENCIA EN COLOMBIA: La mortalidad por homicidios entre 1973 - 1996.

 

TESIS PRESENTADA EN OPCIÓN AL GRADO DE CIENTÍFICO DE DOCTOR EN CIENCIAS DE LA SALUD. 2004

 

 

*Marta Lucía Fernández Espinosa: Licenciada en Historia y Filosofía, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín; especialista en Planeamiento Educativo, Universidad Católica de Manizales. Colombia. Corresponsal de La Pluma

Artículos de Marta Lucía Fernández Espinosa publicados por La Pluma:

¿Para qué?

Incertidumbres franciscanas a propósito de Jorge Bergoglio

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Palabras clave:Marta Lucía Fernández Espinosa  Especial para La Pluma  Violencia  despojo  violacion DDHH  terrorismo de estado  Colombia  desplazamiento forzado  

Actualizado ( Domingo, 09 de Noviembre de 2014 18:24 )  

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