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El clima de la paz

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Una vez que hemos estudiado a Maquiavelo, no podemos abrir los ojos de la misma manera. Quien “lea” el alborozado retrato de los colombianos el 26 de agosto de 2012, día en que el presidente Juan Manuel Santos y las FARC anunciaron la suscripción de un “Acuerdo General para la terminación del Conflicto”, y lo compare con el desvaído óleo de la actualidad, encontrará que si bien las conversaciones en La Habana han transcurrido bajo un clima de moderada tensión dialéctica y al ritmo responsable de los acontecimientos históricos -aunque alteradas desde la institucionalidad por la retórica guerrerista, la violencia simbólica del neoliberalismo y el estruendo de la guerra real-, su críptico desarrollo no permite todavía apreciar la construcción de una atmósfera de opinión favorable a su feliz culminación.


La ausencia de una pedagogía de la paz y de una información democrática sobre el desarrollo del proceso, ha permitido la efervescente carrera especulativa de quienes hacen afirmaciones heterodoxas y falsas desde el trono pontifical y autocensurado de los medios comerciales. A ello se suma la liturgia barroca del Procurador con su esclerótica amalgama de jurisprudencia y teología, conculcadora de derechos y libertades para oponerse a la convivencia pacífica. Es el mismo proyecto fascista con resonancias escatológicas en la pluma del sombrío tinterillo de Invercolsa.

Resulta paradójico que mientras el presidente Santos –con todo y sus británicas inhibiciones- mantiene un retórico interés por el proceso, su vociferante ministro de la Defensa esté cada día en los medios sembrando de minas el camino de la paz y que, aprobado el primer acuerdo de la agenda (“Hacia un nuevo campo colombiano”), el gobierno se empeña en suscribir asimétricos TLC que contradicen el espíritu de entendimiento; o presiona a su aplanadora legislativa para imponer un “Fuero militar” contra las documentadas advertencias de la ONU y de Human Rights Watch.

Sin duda, este proceso entraña problemas que impiden su cabal comprensión por la opinión nacional: primero, su desarrollo en medio de la guerra, que el presidente atiza al ordenarles a ´las fuerzas´ “profundizar la confrontación”, eludiendo la convicción nacional de que este conflicto tiene motivaciones históricas y causas sociales y políticas. En segundo lugar, la inexplicable presión para que las conversaciones concluyan cuanto antes, desconociendo que se trata de problemas antiguos y estructurales cuya discusión, esclarecimiento y solución demandan reflexión, sensatez y paciencia.

Por ello, en una sociedad desigual, de escasa cultura política democrática, es indispensable que “los actores del conflicto”, los partidos políticos, los movimientos sociales y los medios de comunicación desarrollen un proceso pedagógico orientado a generar una opinión pública solidaria y la consiguiente movilización en su respaldo.

La paz requiere, además de una sólida voluntad nacional, un consenso político democrático; formar y promover espacios de tolerancia y convivencia ciudadana, de modo que pueda estructurarse el escenario adecuado para favorecer un postconflicto que contribuya a la transformación democrática de la sociedad en términos políticos, económicos y sociales.

Alpher Rojas

 

Fuente : Argenpress.info, 2 de julio de 2013

 

Palabras clave:Colombia  

 

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