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Colombia: Los paros agrarios y la lectura de su impacto político. Contribución para un debate necesario

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Colombia ha sido conmovida en los meses recientes por grandes movilizaciones campesinas y populares. Desde la huelga del Catatumbo hasta los paros agrarios en distintos lugares del territorio nacional, las masas han hecho una presencia multitudinaria en la esfera pública, saliendo de las profundidades y el subsuelo social. Para nadie es una duda que el telúrico paro agrario y popular que comenzó el 19 de agosto, es un punto de inflexión innegable en las luchas sociales colombianas que requiere repensar estrategias y muchas categorías por parte de la izquierda.

Un campo de conflicto se configuró y los sujetos que emergieron, desde la vida campesina, plantearon duros retos al sistema político nacional que controla la oligarquía. Los “no lugares” de la política, los no institucionales, los actores ubicados en los márgenes de la democracia liberal representativa (burguesa, oligárquica), ganaron preponderancia en el curso de la sociedad y marcan el desarrollo de la nación.

Un paradigma nuevo ante una bisagra histórica

Amainada la furia con el repliegue natural de la movilización social, la que seguro regresará y muy pronto, han surgido los análisis e interpretaciones sobre lo sucedido y sus alcances. Muchas de las opiniones se inscriben en el marco de una epistemología atrapada por la rutina y los lugares comunes, incapaz de romper con los esquemas restrictivos del democratismo demo-burgués. Repiten tesis de manual que les impide captar la esencia de lo ocurrido. Parecen vivir en un enclaustramiento perpetuo omitiendo que la crisis desafía al pensamiento convencional y sugiere otros paradigmas epistemológicos para ver lo que no es evidente, para captar lo emergente y para descubrir lo emancipatorio. No se percatan que probablemente las teorías que tenemos y los conceptos que utilizamos no son los más adecuados y eficaces para enfrentar los desafíos y para buscar soluciones hacia el futuro.

Necesitamos de un pensamiento alternativo para pensar alternativas, para poder captar toda la riqueza de las experiencias emancipatorias que ocurren en la actual coyuntura nacional. Un pensamiento que además pueda aprehender dialécticamente los vasos comunicantes entre los distintos procesos políticos que se están dando, en lugar de distinguir artificialmente, conflicto social por una lado, y conflicto armado por otro, proceso de paz en La Habana por un lado y movilización campesina y popular por otro.

Un análisis del actual proceso debe considerar el nuevo ciclo político colocado por la apertura de la Mesa de La Habana como un elemento central de la actual coyuntura que vive el país. Esto, de la mano de la espiral de movilizaciones sociales que el país viene viviendo claramente desde mediados del 2008, nos sitúa en una bisagra histórica. Vivimos una transición que no necesariamente parte de y hacia una revolución socioeconómica. Estamos delante de un potencial acto fundacional que es preciso delimitar. Un acto fundacional de la res-pública y de la democracia en términos que se plantean tanto en el debate de la Mesa de La Habana como en las movilizaciones por los campos y ciudades de Colombia. Las categorías político-ideológicas utilizadas por los diferentes sujetos en este proceso pueden servir para imponer camisas de fuerza al proceso, o bien para explorar su potencial transformador y ayudar, consecuentemente, a su desarrollo.

Entre el universo de interpretaciones publicadas, creemos particularmente interesantes las del académico Medófilo Medina, reconocido profesor de historia de las universidades bogotanas, autor de varios textos sobre los partidos de izquierda y los movimientos sociales, quien ha ofrecido su visión de lo ocurrido en los últimos días en una entrevista para el portal La Silla Vacía (ver http://lasillavacia.com/historia/pensar-que-lo-que-ensayaron-los-campesinos-fue-una-revolucion-seria-muy-equivocado-medofilo ). Esta entrevista ha sido publicada con el provocador título de “Pensar que lo que ensayaron los campesinos fue una revolución sería muy equivocado”. Medófilo Medina es uno de los pocos representantes honestos de una vertiente de pensamiento que podríamos llamar, en estricto rigor, socialdemócrata en Colombia. Hombre de larga trayectoria, conocedor como pocos de la realidad colombiana y de la trayectoria del conflicto, da en el clavo con su evaluación de la lectura que se hace del paro desde el establecimiento en términos represivos y contrainsurgentes. Su lectura del gabinete para la “paz” de Santos (que más bien parece un gabinete para prolongar la guerra), así como su indignación ante la perversa utilización, por parte del gobierno, de categorías inadecuadas como las de la infiltración también nos parecen aportes importantes al actual momento. Esto no significa, en absoluto, que tengamos que estar de acuerdo con él en todo, aun cuando sus opiniones siempre dan material para re-pensar los problemas de Colombia. Valgan estas notas como una contribución a debates necesarios, para los cuales no disponemos de respuestas mágicas  ni certezas absolutas, sino apenas de algunas reflexiones que esperamos sean de utilidad.

Medina, revolución o no-revolución, esa es la cuestión

Medina compara la magnitud del actual Paro Agrario Nacional con el Paro Cívico de 1977, algo que muchos analistas han hecho, con respectivos matices por el carácter fundamentalmente agrario de las recientes protestas, aunque la movilización en ambos casos encontró ecos en amplios sectores sociales y se convirtió en una coyuntura que fuerza replanteamientos estratégicos y políticos al movimiento popular. El recurso heurístico utilizado, remite al de la analogía histórica para indicar que las lecturas que se hacen por parte de la izquierda y el pensamiento crítico podrían ser similares a las hechas a raíz del paro cívico de 1977, cuando según él se infirió la necesidad de la lucha armada como vía exclusiva para la conquista del poder y la realización de la revolución socialista. Aproximación débil que ignora el nuevo mundo de la movilización popular del siglo XXI en Colombia y el mundo, y la re-significación que se ha hecho de conceptos tan manoseados como revolución. Lo que nos enfrenta a problemas de paradigma. Según él:

En la izquierda, en el movimiento guerrillero, el paro cívico se leyó en clave de insurrección (…) La izquierda no armada, vale aclarar, no toda, participó de alguna manera de este delirio insurreccional. (…) No creo que se hubiera producido en 1977 una situación revolucionaria. El Paro, (…) fue una respuesta contra unas políticas económicas y sociales (…) El paro fue una coincidencia de sectores socialmente abigarrados y políticamente diversos. Valorar eso como una revolución frustrada fue producto de una distorsión del juicio (…) El movimiento de los trabajadores rurales y también urbanos tiene exigencias de modernización de la vida política, de mayores condiciones de participación pero pensar que lo que se ensayó allí por parte de los campesinos fue una revolución sería muy equivocado (…) Porque las demandas tienen unos horizontes inmediatos, son muy concretas”.

Más allá de si en 1977 el campo revolucionario elaboró conclusiones respecto de los acumulados políticos para plantear nuevos escenarios de lucha (cosa que, en principio, no nos parece una equivocación, hipótesis latente en la reflexión de Medina) de manera apresurada[1], nos parece temerario el salto a sugerir que, respecto de la actual ola de movimientos campesinos, no podemos avizorar posibilidades de cambios profundos, porque eso sería alimentar un delirio extremista en la izquierda. En nuestra opinión nadie tiene derecho a imponer riendas a la voluntad de un pueblo en movilización, a decirle “hasta aquí es aceptable”. Tal cosa equivale a seguir tratando al pueblo llano como rebaño y no como agente activo.

Preocupa el hecho de que en el manejo conceptual quienes apostamos por una transformación social profunda (y no nos cabe duda que, pese a ciertas diferencias, estamos en el mismo bando con el profesor Medina) nos vemos rezagados y a la defensiva, o manejamos los conceptos de manera poco dialéctica, rígida, de manera analítica. Tal cosa ocurre con el manejo, en nuestra opinión inadecuado, que el profesor Medina hace del concepto de “revolución”. Las revoluciones rara vez son obra exclusiva del “partido único” y siempre presentan contradicciones importantes en el seno de las masas que las hacen. Ni siquiera la Revolución de Octubre, prototipo de la “revolución por excelencia” respondió a ese esquema, pese a su  posterior mistificación. Medina dice, para demostrar que no existe potencial revolucionario en el presente, que José Antonio Ocampo critica a los TLCs pero que no propone una alternativa socialista. ¿Acaso las masas en San Petersburgo y Moscú en 1917 pedían socialismo? ¿Se deriva mecánicamente de la consigna “Pan, Tierra y Paz” el socialismo? Y esa consigna fue la que impulsó a la formación de la república soviética. No queremos decir con esto que la “amenaza comunista” esté a la vuelta de la esquina, como dirían los alucinados del uribismo.

Algo nuevo crece, sin embargo, en Colombia, algo que se ha escapado todos estos años a los sabihondos que desde la violentología o las teorías importadas sobre “construcción de paz” (empacadas en el mismo formato macdonalizado por las grandes instituciones de la “gobernanza” internacional, para consumo lo mismo en África o los Balcanes que en Colombia). Algo que se le ha escapado a la socialbacanería que defiende estridentemente las instituciones podridas y que no imagina otros modelos políticos que aquellos actualmente existentes. Entender la naturaleza de este nuevo fenómeno requiere una mirada fresca y sacudir presupuestos fáciles, nociones manoseadas y categorías de análisis anquilosadas. Desafortunadamente, las categorías con que Medófilo Medina sigue mirando al mundo están ancladas ideológicamente en el dogmatismo y las mistificaciones de un cierto sector que aún no se desprende de una lectura mecanicista y eurocéntrica de las revoluciones. Y no se trata, con esta crítica, tampoco, de estirar el concepto de revolución hasta el punto de que pierda todo valor explicativo, sino de entender la naturaleza sui generis que tiene en cada momento histórico y en cada espacio concreto, la irrupción de las masas en la arena política para efectuar transformaciones sociales y económicas de fondo.

Lo que es revolucionario en un contexto puede no serlo en otro[2]. Lo fundamental en un proceso revolucionario es que las masas se convierten en el actor protagónico en la arena política. Cosa que Medina reconoce y en lo cual insiste cuando afirma que “el verdadero valor de lo que ha pasado es esa participación con decisión de los trabajadores de manera sostenida”. Sin embargo, no valora este hecho en toda su dimensión y lo que significa, no en cualquier contexto universal, sino en las condiciones específicas de Colombia a inicios del siglo XXI. No ha sido una exageración, en nuestra opinión, hablar de la “revolución de las ruanas”, aún cuando este proceso aún esté lejos de concretizar todo su potencial. Desde luego no estamos ante un proceso revolucionario abierto en Colombia en el sentido clásico (dogmático-eurocéntrico) de la palabra, pero sí estamos ante un período de transformaciones sociales profundas que tienen que darse –y que pueden darse- para superar la actual crisis de hegemonía que aqueja a la formación social colombiana, el cual, si es llevado a sus lógicas consecuencias, tiene alcances revolucionarios. ¿Podemos, acaso, entender “la modernización de la vida política del país” al margen de los equilibrios de poder entre las clases y fracciones de clases, así como de la constante lucha entre ellas? ¿Podemos seguir hablando de modernidad y progreso como categorías objetivas, positivas y sin contenido político, de clase, sin referencia incluso a cosmovisiones más profundas que nos sitúan en paradigmas diferentes al eurocentrismo? Si estas transformaciones reclamadas por las muchedumbres asumen o no un carácter revolucionario, dependerá de las apuestas que desde hoy haga el movimiento popular. Pero para Medina la revolución, como deja en claro más adelante en la entrevista, se reduce a una “aventura armada”.

¿Aventureros o transformadores?

Entender la naturaleza del conflicto armado que sacude a Colombia desde hace décadas en clave de “aventura armada” es un craso error del cual no pueden salir sino conclusiones erróneas. Aun cuando el conflicto armado tenga una dinámica particular, no puede aislarse ni divorciarse artificialmente del conflicto social, en el cual tiene sus raíces profundamente clavadas y desde el cual se nutre. Tampoco el conflicto social es indiferente a la dinámica política del conflicto armado. Tal cosa es evidente al hacer una rápida lectura a los temas claves del proceso de paz en La Habana y los reclamos de los millones de colombianos movilizados durante el paro agrario y popular. Desde luego que ninguno es reflejo mecánico del otro, pero las superposiciones entre ambas visiones de Colombia, son evidentes a cualquier lector desinteresado. Tanto como el abismo que ambas comparten con el proyecto de Colombia del bloque en el poder.

La visión de Medina de la revolución según esquemas preconcebidos o como una mera “aventura armada” llevan a que establezca distinciones artificiales que no aportan a una lectura más fina del actual momento político, como se desprende de una sorprendente afirmación que hace en la entrevista:

Las Farc tienen todo el derecho de sentirse fortalecidas pero en su propuesta de paz y no para creer que están allí perdiendo el tiempo porque el pueblo está protagonizando una revolución”.

¿Acaso las FARC-EP han hablado, alguna vez, de paz a secas? Cuando la insurgencia y muchísimos sectores del movimiento popular hablan de paz, se dice “paz con justicia social”, eso Medina bien lo sabe. Como hemos explicado en ocasiones anteriores[3], tal cosa no es un capricho sino que obedece a la realidad de que la paz, sin tocar las estructuras sociales y económicas que alimentan el conflicto, no es sino una quimera. En ese sentido, la distinción que adivina Medina entre la “propuesta de paz”, y la “propuesta política”, de cambio social, profundo, radical, nunca ha existido, ni en la insurgencia ni en las principales expresiones del movimiento popular. Cuando las FARC-EP llegaron a La Habana lo hicieron para discutir una agenda de cambio político para el país, y eso es lo que se ha expuesto y demostrado en todos sus comunicados y propuestas. Esa distinción entre la propuesta de paz y la de cambio es totalmente artificial y solamente contribuye –aunque sea inadvertidamente- a la causa de quienes, a veces agazapados en la izquierda, buscan una desmovilización exprés y la mera conversión de las insurgencias en partidos dentro del actual sistema democrático-burgués de pelambre mafioso y paramilitarizado. Esto es exactamente lo que espera Santos de estas negociaciones, aunque de cuando en vez se deje llevar por arranques retóricos insustanciales que no merecen ser tomados muy en serio. A los pocos minutos una declaración del intocable ministro de defensa nos devuelve la sana dosis de realismo político que necesitamos para afrontar la actual coyuntura.

La irrupción del pueblo en el escenario político no puede leerse por parte de la insurgencia como si las negociaciones de paz fueran lo mismo que perder el tiempo porque precisamente ella ha sido enfática que la agenda de cambios que el país necesita debe ser amplia, construida desde la lucha, desde abajo, al calor de la movilización popular. Poner pueblo a las negociaciones, una frase que han repetido hasta el cansancio, significa algo más que mandar recomendaciones por foros o a través de internet. Significa que el pueblo, en todas sus expresiones necesariamente contradictorias, asuma el debate y se movilice para avanzar en el camino de los cambios que el país necesita. La unidad entonces se ve como un proceso dialéctico, contradictorio, fruto de la movilización concreta y no como la imposición de categorías homogéneas ni de verdades únicas. Lo cual implica superar visiones vanguardistas-iluministas que no se ajustan a la realidad nacional, por una parte, y buscar la confluencia amplia al interior de la izquierda en lucha y los sectores populares, por otro. El escenario al que más teme la oligarquía colombiana se está materializando, y es la confluencia entre las demandas del pueblo movilizado con la agenda política  de La Habana, la cual no es diferente a la agenda de paz. Un escenario que nada tiene de maquiavélico sino que muestra los vasos comunicantes propios del bloque popular y la identidad de intereses objetivos a largo plazo. Si algo ha demostrado este paro, es que la agenda política de la insurgencia, con todos los peros que pueda haber, se ajusta muchísimo más a la realidad nacional y a las aspiraciones de las amplias masas, que la agenda impresentable del santismo. Eso es lo que más le duele a una oligarquía que parece haber perdido todo impulso histórico. Y eso también es a lo que se refiere el mismo Medina cuando dice acertadamente (sin sacar las conclusiones necesarias de su reflexión) que “el ambiente general es de demanda de un reformismo social y de una modernización política de un país, es decir de una democratización efectiva. Y eso está también en el discurso de la FARC.

¿Esa agenda de cambio político, de alcances revolucionarios, entonces, no es parte de la propuesta de paz? Son dos caras de la misma moneda, desde luego. La distinción artificial entre “paz” y “propuesta transformadora” en Medina, lo inhabilita para comprender la posibilidad de la emergencia de un poder genuinamente popular, del pueblo como un soberano en ciernes, que es lo que se está empezando a ensayar con instancias como la Cumbre Nacional Agraria, Campesina y Popular. Al margen del ejercicio del poder popular como una apuesta inmediata, que no se relega hasta la calendas, uno no puede sino limitarse a las propuestas de apertura política, coincidentes con las del santismo, a ver si quizás en las próximas elecciones... ya conocemos ese cuento.

Pensar la novedad en lo político desde una matriz crítica y alternativa

Desde nuestra mirada, las acciones sociales que están ocurriendo hoy aquí – que, pese a sus particularidades y originalidades, no están al margen del contexto caracterizado por rebeliones multicolores que han sacudido a todo el continente americano- son protagonizadas por grupos sociales (campesinos, indígenas, mujeres, afro descendientes, desempleados, estudiantes) cuya presencia en la historia no fue prevista por la teoría crítica eurocéntrica. Se organizan muchas veces según formas (movimientos sociales, autogobierno, organizaciones económicas populares) muy distintas de las privilegiadas por la teoría clásica: el partido y el sindicato. No habitan los centros urbanos industriales sino lugares apartados en las alturas de las cordilleras o en llanuras de la selva amazónica. Hablan desde la periferia urbana y rural. Expresan sus luchas a veces en sus lenguas y dialectos particulares y no en ninguna de las lenguas coloniales en que fue redactada la teoría crítica que sustenta el bagaje intelectual de Medina y el nuestro. Y cuando sus demandas y aspiraciones son traducidas en las lenguas coloniales dominantes de las clases blancas o en las plataformas reivindicativas invariablemente desarrolladas desde los centros políticos, no emergen los términos conocidos de democracia o desarrollo, sino dignidad, respeto, territorio, autogobierno, autonomía, el buen vivir (sumak kawsay), la Madre Tierra. Aun cuando creamos que estamos todos hablando la misma lengua, incluso, hay diferentes lugares desde los cuales se habla que implican formas de entender el mundo y la realidad totalmente diferentes. Problema que no es único de la actual coyuntura colombiana sino que es propio de una modernidad plagada de quiebres y contradicciones internas. Mientras en la revolución haitiana (1791-1804) los líderes revolucionarios entendían la libertad (liberté) en los términos ilustrados planteados por la revolución francesa, para los bozales y esclavos sublevados, la libertad era indisociable de su conuco y su pedacito de tierra. Condiciones fundamentales para “ser” y no meramente “existir”.

Los movimientos sociales recientes más allá de los contextos, construyen sus luchas sobre la base de conocimientos ancestrales, populares y espirituales que siempre fueron ajenos al cientificismo propio de teorías críticas eurocéntricas[4]. Por otro lado, sus concepciones ontológicas sobre el ser y la vida son muy distintas del inmediatismo y de los individualismos occidentales. Los seres son comunidades de seres antes que individuos, y en esas comunidades están presentes y vivos los antepasados así como los animales y la Madre Tierra. Estamos ante cosmovisiones no-occidentales que obligan a un trabajo de traducción intercultural para poder ser entendidas y valoradas. La movilización social que hemos visto no sólo recomienda tomar alguna distancia con relación a ciertas categorías del pensamiento; más que eso, exigen pensar lo impensado, o sea, asumir la sorpresa como acto constitutivo de la labor teórica.

Si algo caracteriza a estos nuevos movimientos sociales es su complejidad, su diversidad, su permeabilidad y su interés por implicarse en la acción, en la práctica, de un concepto re-significado de ciudadanía. Lo que les sitúa en una predisposición para buscar una múltiple articulación temática, sectorial, entre escalas y entre agencias. El conocido eslogan de “pensar globalmente y actuar localmente'' se ve complementado con el “pensar localmente y actuar globalmente'' -permitiendo el reconocimiento de las identidades particulares, de las diferentes subjetividades (diferencias étnicas, territoriales, de género, orientación sexual, edad, etc.), identidades sectoriales (trabajo, medio ambiente, educación, sanidad, vivienda, etc.) y territoriales, conjugándose a la vez con la defensa y conquista de principios universalistas como los derechos humanos, o los mismos valores democráticos, que se re-significan incorporando otras voces y otras contribuciones aparte de aquellas que vienen desde los centros del desarrollo capitalista. De tal modo que el objetivo de estos nuevos movimientos sociales, articulado como una ciudadanía democrática e inclusiva, tiene un doble sentido: particularizar los valores universales y universalizar las identidades particulares. En definitiva, tienen el reto de articular las distintas posiciones subjetivas en un sujeto unitario y pluridiverso, en una nueva identidad de identidades que sea mucho más que la suma mecánica de sus partes.

Hubo “pitonisos” que anunciaron que con la globalización todo se iba a desterritorializar, que todo iba a ser global, predicciones empañadas por la repentina importancia que cobran el territorio y la tierra como aspectos centrales para la emergencia de una nueva protesta social, aspectos que muchos teóricos entendían como “residuales” o “atávicos”. Demandas que adoptan diferentes formas, rurales pero también urbanas. Los bloqueos de todo orden son modos de apropiación de lo rural y lo urbano, son otras formas de territorialidad que no figuraban en los esquemas convencionales, que han cobrado una desmesurada importancia en las luchas en curso, que interrumpen la circulación “libre” del capital en el mundo globalizado. El desafío del momento es tratar de comprender la trayectoria sui generis del movimiento popular y campesino colombiano, que con todas sus particularidades, es un crisol en el cual se sobreponen rebeliones y resistencias que comparten objetivos y territorios, aunque no siempre métodos. Está naciendo algo nuevo que no responde a la visión de las elites sobre el país, ni a los mecanismos rígidos de las diversas sectas ideológicas, ni a quienes mecánicamente tratan de replicar experiencias de otras latitudes. Algo nuevo que busca consolidarse como un nuevo poder (contra) hegemónico, nacido del seno de un pueblo multifacético.

Se requiere un trabajo teórico que acompañe la labor transformadora de los movimientos agrarios, cuestionándola, comparándola sincrónica y diacrónicamente, ampliando simbólicamente su dimensión mediante articulaciones, traducciones, alianzas con otros movimientos. Es más un trabajo de artesanía y menos un trabajo de arquitectura. Más un trabajo de testigo implicado y menos de liderazgo clarividente. Un trabajo que implica una autocrítica profunda no sólo a los métodos con los que hemos trabajado sino hasta el mismo prisma con el que hemos mirado al mundo, que implica una renovación no sólo de la sociedad como realidad externa, sino también de todo lo que de ella hemos internalizado.


[1] La discusión sobre la analogía con el paro cívico de 1977 requiere una reflexión extensa en derecho propio, reflexión que por cuestiones de tiempo y espacio no nos es posible abordar en este artículo pero que esperamos retomar a futuro.

[2] Jaime Bateman, comandante del M-19, decía que lograr la democracia en Colombia era de por sí una tarea revolucionaria. Resulta paradójico que en los actuales diálogos de La Habana, las exigencias, supuestamente “desproporcionadas y extravagantes” de los guerrilleros de las FARC-EP tengan que ver con el cumplimiento de una ley sobre reservas campesinas… ¡una ley hecha por el gobierno de Ernesto Samper!

[3] http://www.anarkismo.net/article/25891

[4] Nuestra crítica al eurocentrismo no significa rechazar el aporte específico realizado desde Europa y desde las luchas populares europeas a los movimientos emancipatorios, aportes valiosos y profundos. Tampoco nos interesa la exaltación postmoderna de un “pensamiento alternativo” que sigue definiéndose en función del pensamiento europeo, aún cuando sea por oposición. Tal aproximación pecaría de la misma falta de pensamiento crítico y dialéctico que hemos venido criticando. Significa sencillamente ser capaces de leer los movimientos sociales desde más allá de los conocimientos desarrollados en Europa, valorar sus aportes específicos y no tomar al conocimiento europeo como el único centro de gravedad del pensami

José Antonio Gutiérrez D., Horacio Duque Giraldo para La Pluma, 30 de Septiembre, 2013

Horacio Duque Girado: Formación en Historia de Colombia, experto en análisis de problemas globales, activista de derechos humanos en Colombia.

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Actualizado ( Sábado, 19 de Octubre de 2013 20:58 )  

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