La pluma dice lo que el hombre calla...

25 septiembre 2018 - 09:07
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Urgencias para una rodilla que grita

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reinaldo-spitalettaBisEs lunes de mayo florido, luminoso y sensorial. La ciudad tiene infarto, ya no de plomo, sino de carros. Las montañas azulverdosas brillan con el sol matinal. Es una mañana de lunes, que podría ser el peor día de la semana, sobre todo cuando la víspera se ha conmemorado el penoso Día de la Madre, que en Medellín es más para las riñas que para los encuentros con los afectos y el pretérito imperfecto.

Todo parece normal, menos mi rodilla izquierda, que amaneció con turbulencias que no me dejaron dormir, y con dolores agudos que mis gritos nocturnos parecían salidos de los de un torturado en prisión militar argentina de los setenta, o de los presos en las caballerizas de Usaquén, en tiempos de miedo del chistoso presidente Turbay Ayala.

El dolor, que comenzó el sábado, va in crescendo, como el Bolero de Ravel, hasta llegar a momentos cumbre en que mis alaridos ya no dejan respirar a mi compañera, que, por lo demás, también alteró sus sueños. Creo ser, para ella, una pesadilla. Nos vamos en esta mañana de esplendores, que veo por el ventanal de la sala, a consulta de urgencias. El taxista me ayuda a bajar las escaleras, me apoyo en su hombro y en el pasamano. Luego me sube al carro, en medio de quejidos. Veo que algunos vecinos y transeúntes observan mi estado de lamento. Primer destino: la clínica El Rosario, la de las monjas dominicas de La Presentación. Sí, la misma que fue célebre por sus pabellones de maternidad, en el barrio San Miguel, que no en Villa Hermosa ni Los Ángeles.

“No señor, aquí no lo podemos atender. Hay ahora mucha gente en urgencias, sobre todo está llena de muchachas que van a dar a luz”, dice un funcionario. Yo, en mi silla de ruedas, que mi mujer sacó cuando arribamos a la sección de urgencias, pienso que me espera un largo camino de desdichas, al tiempo que la rodilla parece darme codazos. ¡Vaya!, una rodilla dando codazos, y ahí recuerdo la expresión del niño de una vecina que dijo hace tiempos a su mamá que le estaba doliendo “el codo del pie”. El funcionario, seco y lejano, dice que con mi empresa de salud yo puedo ir a otras clínicas. Las lee con rapidez.

Ya estoy en el barrio Prado, afuera de la clínica CES, en Cuba con Popayán. El portero de blanco y azul oscuro, saca una silla de ruedas, me ayuda a subir en ella y me empuja por una rampa. En la taquilla dicen que solo se atienden urgencias, y mi señora pregunta que, en rigor, qué es una urgencia, y echa un discurso sobre la noche de anoche, que su marido gritaba, no podía dar pie con bola, se acostaba, se erguía, se iba de un lado a otro de la cama, se ponía almohadas, se las quitaba, las tiraba contra la pared, hijueputiaba, qué cómo así que esto no es una urgencia, si ni siquiera puede caminar. Me inscriben y espero, mientras leo un libro que me llevé previendo que las esperas serían eternas. Sí, he visto en filas de hospitales y en bancos y en salas de espera de consultas externas de las empresas de salud, gentes a montones y ninguna lee; si mucho, manipulan su móvil, o miran los televisores colgantes con canales mediocres que dan noticias de agresiones sexuales y asaltos.

Estoy leyendo una novela de Patrick Modiano, mientras mi amada compañera compra tintos en una máquina. De pronto, escucho mi nombre. Paso al consultorio. Una médica blanca, o tal vez paliducha pero de bonito semblante, de nombre Paula Andrea, me pide información sobre mis dolencias. Le cuento que hace 32 años me dieron un tiro en la rodilla izquierda, que si quiere ver una radiografía que me acompaña, bien pueda (la mete al computador, pero el cedé no abre), luego me toca la rodilla, no sé si gritar porque dirá que soy un cobarde, pero si no lo hago, pensará que es una farsa. “No señor. Esto no es una urgencia. Tendrá que ir a otra parte”, dice, fingiendo una sonrisa. Me indica adónde ir. “Así es nuestro sistema de salud”, agrega con resignación.

El portero me devuelve a la calle. Dice que así es todos los días. “Aquí le hacen el triaje y pare de contar”, agrega con simpatía. Me ayuda a subir al taxi. “Vamos al Instituto Neurológico”, le dice mi mujer. Vuelve y juega con otra silla de ruedas. Rampas. Gente acumulada en la portería. “Urgencias queda en el sótano”, le dice un funcionario a mi señora, que todavía no ha cambiado el semblante de cansancio ni sus ojeras pronunciadas. “Si aquí no te atienden, voy a armar un escándalo”, me dice. “Ah, y por favor, cuando te toquen la rodilla, gritá así como lo hacías toda la noche”.

Me inscribe en una taquilla. Se va luego a comprar café y me deja sentado en medio de mucha gente expectante. Modiano me acompaña con su Libro de familia, una novela que comienza con un nacimiento. “José Reinaldo Spitaletta”, llama una voz masculina. Impulso la silla, con Modiano en mis rodillas. Entro al consultorio. El médico, de nombre David, parece muy cordial. Me pone un termómetro, indaga sobre mis dolencias, apunta antecedentes, a qué me dedico, pregunta qué medicamentos tomo, y de pronto me sorprende con una pregunta: “¿Es usted católico, pentecostal, Testigo de Jehová, cristiano, tiene alguna religión?”. “Ninguna. Soy librepensador”. A mi respuesta, su cara se ilumina y dice: “ah, eso sí es bonito”. Después de examinarme, me dice que en realidad lo mío no es una urgencia, pero que me atenderá como si lo fuera. “Te pondrán dos inyecciones en la nalga y una en la barriga”, dice, sonríe. Me da la mano. “Te incapacitaré tres días”, agrega.

Después de las inyecciones, aplicadas por una enfermera joven y simpática, que sonríe cuando mi mujer, junto a la camilla, ríe y dice que ojalá me chucen bien duro. “Qué acompañante tan mala tiene usted”, dice entre risas. “Respire”. Y zas. “Respire”. Y otra zas. “La del vientre no le dolerá. Es subcutánea”. Y zas. “Ya se puede ir, joven”. Claro, lo de joven es para animarme.

Afuera, mayo sigue soleado. Calienta el sol, en medio del tráfago vehicular. La mona, que es mi compañera, devuelve la silla de ruedas hasta la portería. En el camino, pasamos por el viaducto del metro, en la carrera Bolívar, lleno de vendedores ambulantes, de suciedades y apilamientos de todo: mendigos, buhonerías, olores a orín, bullicio. La rodilla, qué curioso, ya no me duele tanto. Cuando llego a casa, el señor que despacha los taxis en un acopio, me ayuda a subir. “Si quiere, profe, lo cargo”, dice. Roza mi rodilla, y doy un grito. Apoyado en él, asciendo las escalas. Mayo me recibe con flores de guayacán y un aroma de ruda y romero. Todavía siento los aguijonazos en cada nalga. Por la ventana, pétalos amarillos y hojas verdes, con un fondo de cielo azul, me auguran que tal vez esta noche sí pueda dormir bien.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 13 de mayo de 2015

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