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Basem Tajaldine: La integración regional, hasta el último inning

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Dilbert Reyez RodriguezBisEn conversación con Granma, el analista venezolano Basem Tajaldine opina que la unidad latinoamericana es fundamental ante el empuje conspirativo de las derechas golpistas de la región, alentadas desde el exterior para desestabilizar gobiernos progresistas

Por:

CARACAS.—A juzgar por las realidades simultáneas en va­rios países del área, tal pareciera que el continente sudamericano se mueve con fragilidad sobre un mar de lava política.

Basem Tajaldine_Granma

Basem Tajaldine, analista internacional venezolano.

Sin embargo, hay una coincidencia demasiado sospechosa cuando, sin mucho esfuerzo, revisamos el origen democrático y la postura sociopolítica de los gobiernos amenazados: un Ecuador hostigado por una derecha furibunda empeñada en hacer saltar al Presidente del poder, un Brasil sacudido por pretensiones similares de una oposición claramente golpista que invoca las fórmulas anquilosadas de la intervención militar; El Salvador acosado por la arremetida terrorista de la delincuencia organizada; el incesante aliento a la división que en Bolivia pretende aprovechar sus rasgos de plurinacionalidad, así co­mo la invariable provocación ensayada contra Venezuela des­de los más diversos pretextos, ahora mismo con su expresión más fuerte en la intención clara de dinamitar su economía.

Y todo esto justo ahora, que el gobierno de los Estados Unidos, la más grande e histórica amenaza para el orden social democrático, la soberanía política y el progreso económico de la región, se presenta con un cambio de discurso y postura.

¿Son estas convulsiones entonces un resultado exclusivo de las contradicciones internas de estos países, sin vínculos una con otra? ¿Es pura casualidad que suceda contra los gobiernos más progresistas? ¿Acaso cambió la historia y ya Estados Uni­dos, por primera vez, no juega por debajo de la mesa?
“La historia del continente es demasiado clara, y sus lecciones no les dan el derecho a los pueblos a pecar de ingenuos”, inicia en conversación con Granma el analista internacional venezolano, de origen sirio, Basem Tajaldine, funcionario del Mi­nisterio del Poder Popular para las Relaciones Exteriores y co­mentarista reconocido en espacios noticiosos y de opinión de los canales Telesur y Russia Today.

“En primer lugar se trata de eso, de una cuestión histórica. Desde sus propios orígenes como nación, el gobierno de los Estados Unidos siempre ha visto a Latinoamérica como un espacio muy importante y a la vez difícil de controlar.

“Aquí existe una tradición de lucha de más de 200 años, pueblos y culturas muy diversas que incluso unieron acciones en sus actos de liberación, y partiendo de ahí, ya existe una diferencia que implicó un esfuerzo mayor de Estados Unidos para tratar de tragarse a estos países según sus intereses imperiales.

“Hay una especie de identidad latina que representa una barrera para ellos, un valladar que han comprendido muy bien y los ha obligado a apostar más a la división, a la fragmentación de las sociedades y sus fuerzas políticas representativas.

“En la región han sido profundas las huellas de procesos referentes que les ha costado mucho interferir, doblegar, evitar; y partiendo de ellos es importante reconocer esa barrera histórica que significa la integración latinoamericana frente a los propósitos imperiales.

“Hablamos, por ejemplo, del sandinismo, el nacionalismo peronista argentino, el periodo truncado de Allende en Chile, la Revolución Bolivariana en Venezuela y por supuesto, la Re­volución Cubana como el faro de los movimientos sociales de izquierda, la gran lección de cómo resistir las condiciones más difíciles en la defensa de un proceso soberano, independiente y socialista.

“Junto con Cuba, convertida en uno de los motivos más fuertes en la adopción de una postura agresiva de Estados Unidos contra el continente, Venezuela ha dado en los últimos tiempos nuevas razones para un recrudecimiento de esa posición.

“No ahora, sino desde Bolívar y su proceso emancipador, Venezuela ha sido un factor perturbador para las ambiciones imperiales sobre el continente, y con la Revolución Bolivariana se volvió mucho más peligrosa, debido a que su política de justicia social llevaba unido el músculo de su condición como potencia energética mundial, puesta de pronto al servicio del proyecto integracionista regional.

“Desde muy temprano, a Chávez quisieron arroparlo, chantajear sus posiciones, pero les fue imposible doblegar sus principios y vieron cómo se les iba de las manos el país; lo que explicó el golpe de estado del 2002 y el entramado siguiente de acciones terroristas, de provocación, de incitación a la violencia, y últimamente de boicot económico.

“O sea, que hay un liderazgo imposible de desligar entre las revoluciones cubana y bolivariana; la primera por su fortaleza moral, sus ideas, su experiencia, su ética, y la segunda por atreverse en un proyecto socialista de reivindicación nacional que a la vez promueve el gran sueño integracionista, haciendo uso de su fortalezas energéticas y financieras.

“De cierto modo, el surgimiento de gobiernos democráticos y progresistas en el continente tienen el influjo de estos referentes. Han seguido un programa de justicia y soberanía acorde a sus realidades nacionales, y ahora deben pagar las consecuencias de una guerra solapada.

—Con la Cumbre de las Américas en Panamá hubo una especie de cambio de discurso de Estados Unidos hacia el continente: de la agresión abierta practicada por siglos, a la promoción ahora del acercamiento. ¿Qué implicaciones tiene ese giro?

—“La Cumbre de las Américas en Panamá no es el inicio de esa agenda; es más bien el ahínco de esa política de golpe contra la región, pero con otro antifaz.

“Ya habíamos visto las nuevas formas de agresión, por ejemplo, contra la Revolución Ciudadana en el Ecuador desde el momento mismo de la llegada al poder de Rafael Correa; o contra Bolivia desde los primeros años de la presidencia de Evo Morales, objeto de una presión sin igual por las oligarquías de los departamentos llamados de la Media Luna, que alentadas desde Estados Unidos por una especie de política de antropología mercenaria, han querido dividir a los pueblos originarios explotando la plurinacionalidad del país, los orígenes étnicos, infiltrando varios movimientos indígenas.

“Los Estados Unidos saben que ya no es el mundo unipolar donde la Unión Soviética caía y ellos se levantaban, de cuando no se avizoraba aún el surgimiento de bloques emergentes. Hoy esos mismos bloques ya no son tan emergentes, sino potencias medias o grandes potencias económicas; China, por ejemplo, como país o integrada a estructuras como la Organización de Co­o­pe­ración de Shangai, a los BRICS, a otros bloques regionales de Asia.


“Ya es un mundo multipolar que se le escapa de las manos a Estados Unidos y promueve otras realidades como la latinoamericana, donde nacen nuevas relaciones directas que dejan fuera del juego al imperio.

“China ha desplazado el mercado inversionista norteamericano en Latinoamérica, y viene con una propuesta para los próximos años de 250 mil millones de dólares, que ridiculiza las opciones ofrecidas por Estados Unidos en la propia Cumbre de Panamá.

“Es una necesidad para Estados Unidos este cambio de imagen, y así lo han aceptado sus tanques pensantes. La realidad al interior de su propio país los complica, pues hay evidencias muy claras en el diferencialismo social que están viviendo, en el segregacionismo creciente, otra vez el Kukluxklán en acción, un Donald Trump con un discurso racista que prima en las encuestas como aspirante a candidato republicano… o sea, toda una serie de consecuencias de esa crisis estructural que vive el país, más la cola del desastre que en el campo diplomático dejó el gobierno de George W. Bush.

“Hay, definitivamente, una coyuntura para girar el discurso hacia una aparente aceptación de todo el articulado de la Carta de las Naciones Unidas, hacia una política de acercamiento, de entendimiento, de racionalidad; pero América Latina no puede pecar de ingenua.

—La madurez política de los gobiernos avanzados de América Latina ha permitido hacer de la integración regional una especie de escudo frente a estas intenciones, las visibles y las solapadas. ¿Cómo podrían ayudar estos mecanismos de unidad, primero para fijar posiciones comunes, pero también para resolver los problemas específicos de los países en convulsión?

—“Si nos fijamos, Latinoamérica no fue a la Cumbre de Panamá como grupo de países aislados, sino como bloque, co­mo CELAC, UNASUR, ALBA, MERCOSUR, y eso fue un mensaje esencial de la postura continental.

“Hay una realidad insoslayable basada en la integración, con mecanismos concretos muy claros para fijar posiciones políticas comunes por un lado, y por otro articular el mercado económico regional en bloques de fuerza creciente, con el MERCOSUR como eje fundamental, y la pretensión de extender un brazo al mundo mediante una relación estrecha con los BRICS.

“En lo político, ni hablar de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA), con posiciones muy firmes, consistentes y oportunas, de manifestación expresa de solidaridad ante los conflictos sociales en los países amenazados del área.

“Ahí está el ejemplo reciente de la postura unánime de su Consejo Político frente a la situación desestabilizadora y golpista en Ecuador, priorizando la denuncia de la arremetida artificial contra el gobierno constitucional de Correa, así como la convocatoria a los movimientos sociales para marchar en protesta.

“También está UNASUR, como especie de observatorio electoral que destronó la vigilancia tendenciosa de comisiones injerencistas y ahora contribuye a legitimar los procesos de sufragio. Una UNASUR, incluso, con mecanismos de cooperación militar que rompen con la visión de la Escuela de las Américas, y proponen un patrón de complementariedad real en el entrenamiento conjunto para la defensa de la soberanía de los pueblos.

“En lo económico ya hablamos de MERCOSUR, pero hay que decir de otros espacios financieros que surgen, como el Banco del Sur, aún incipiente pero en crecimiento.

“Sin embargo, la presentación de nuestros países como Co­munidad de Estados Lati­noamericanos y Caribeños (CELAC) ha sido lo más relevante, no solo en Panamá, sino también en la cumbre con la Unión Europea.

“El hecho de haber ido a Panamá como CELAC significó una fuerza mayor a las pretensiones históricas de los Estados Uni­dos sobre la región, un espaldarazo de unidad contra su política tradicional de “divide y vencerás”; pero hay que entender, a pesar del discurso, que esa política no ha muerto.
“Lo que se gesta en América Latina, esa consolidación de pa­trones progresistas, soberanos e integracionistas, no conviene en nada a lo que históricamente buscó la potencia norteña; por lo cual la premisa sigue siendo desunir, y a eso se dedica todavía.

—¿Es entonces la integración regional la estrategia fundamental de enfrentamiento a estas agendas desestabilizadoras, promotoras de conflictos internos?

—“Por decirlo en términos de béisbol, el juego no se cierra hasta el último inning. La pelea se da peleando, y el empuje que hoy representan estos pueblos y sus gobiernos democráticos, con todas sus conquistas sociales, ya no será fácil de desmontar sino con la vuelta de férreas dictaduras, con otra “internacional de las espadas”, como dijo el presidente Ni­co­lás Maduro en recordación a aquellas tiranías de carácter gorilesco que poblaron de terror el continente.

“Pero son otros los tiempos, otros los pueblos, y es cierto el convencimiento de que ya no podrán volver aquellos regímenes dictatoriales basados en el despojo y la irracionalidad.

“En los ejemplos de Grecia, de España, hay una realidad mundial inocultable sobre las consecuencias finales de las recetas neoliberales. Sería un fracaso intentar traerlas a la región.

“Mientras tanto, seguimos jugando un juego que se decide en el último inning; pero la estrategia debe continuar siendo, invariablemente, la integración”.

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