Esto se debe a la aceleración del ritmo de estrés de la vida profesional y alto costo del tratamiento de los problemas sexuales psicológicos comprar-rx.online
Inicio Articulos Cultura Literatura


Luis Vidales, sin temor a la risa

E-mail Imprimir PDF
Usar puntuación: / 0
MaloBueno 

Juan Manuel Roca“La risa y el aleteo son parientes”

Walter Benjamin

En los inicios de su tratado de La risa, Henri Bergson señala que el reír siempre pertenece a un grupo y no a todo el entrevero social, y se vale de un singular ejemplo: “Un hombre a quien le preguntaron por qué no lloraba al oír un sermón que a todo el auditorio movía a llanto, respondió: no soy de esta parroquia”, con lo cual el viejo filósofo equiparaba la risa al llanto como perteneciente a una colectividad. Su hipótesis era que la risa necesita de una asociación, de un guiño de complicidad.

Si fuera cierto, la risa y el humor pertenecen a códigos sociales que si no logran hacerse compartibles, generan muecas de escepticismo, climas vacíos. Para que esa risa y ese humor se universalicen y ya no seamos como el feligrés que no llora porque es “de otra parroquia”, se necesita tocar fibras esenciales a cualquier hombre, de cualquier cultura y lugar. Ocurre con Cervantes y con Chaplin que nos conducen por un humor trágico o absurdo desentrañando la comicidad que hay en el dolor del único animal que ríe. Y que a veces llora, como los cocodrilos.

Sin embargo, hay que señalar que hay sociedades refractarias en su arte a todo lo que atañe al humor, como ocurre con buena parte de la poesía escrita en Colombia. Si hasta alguien a quien debemos unas bellas traducciones del socarrón François Villon, Andrés Holguín, decía que la poesía y el humor nada tenían que ver entre sí, con lo cual adiós Quevedo y Michaux, es porque nuestra lírica ha estado -cuando no son chistes flojos para la tribuna de vanguardistas tardíos- cargada de solemnidad. El papel de bedeles, de cuidanderos de lo que rodea las aulas, ha sido sacralizado desde una trascendencia vacua. Habría que recordar a Ugo Foscolo: “la seriedad es amiga de los impostores”.

¿A qué viene este recuento? Viene a propósito de uno de los equívocos con los que se ha juzgado la poesía de Luis Vidales. Cuando publicó en 1926 su detonante libro Suenan timbres, el país aún dormía un largo bostezo virreinal. De ahí que un poeta burlón ante la solemnidad colombiana, que ante tanto vaniloquio centenarista y tanto soneto al claro de luna se asomara a un presente cargado de nuevos signos, fuera visto como un puñado de aserrín en la sopa aldeana, como una especie de mosca en la nariz del orador. No era una pequeña aventura otorgarle un rango poético al humor cuando la generación del Centenario, anterior a la de Vidales, había hecho del aburrimiento una religión. Esa forma de ver el reverso de las cosas que anunciaba Suenan timbres no podía ser entendida sino con las escasas excepciones -Luis Tejada, Jorge Zalamea, Ricardo Rendón, entre otros- de quienes pertenecían, como en el ejemplo de Bergson, a unos códigos de grupo. Pensar que “hay un pino dormido en la Tour Eiffel” y que “cada catedral gótica es como una selva dormida”, en una Colombia adormilada cuya capital olía a orines desde la Colonia, debería resultar producto de una vesania precoz.

Es 1926. Sólo hace dos años se han publicado los Manifiestos del surrealismo que, obviamente, el poeta de Calarcá desconoce. Vale la pena aclarar que Vidales nunca se consideró surrealista, y que los posibles nexos que pudieran encontrar algunos críticos entre su obra y los postulados surrealistas, tienen que ver más con un aire de tiempo, cuando el poeta trabajaba con la irracionalidad a su favor, con el rapto poético que envuelve toda gran intuición.

Afficher l'image d'origine

Suenan timbres trastrocaba la realidad aparente y espantaba los árboles “como si se tratara de unos altos pájaros verdes que hubieran escondido en el plumaje la otra pierna". Al encuentro con esas nuevas analogías Luis Tejada expresó que "nuestra lírica está atrasada cincuenta años", para luego señalar, visionariamente: "yo presento hoy a Luis Vidales, y reclamo para él el título de poeta en el mejor y más noble sentido de la palabra. Sus versos no irán a gustar todavía a la gran masa de público rutinizada en el viejo sonsonete, sin alma ni médula... la poesía de Vidales es, en esta primera etapa de su obra, una poesía de ideas, sobria y sintética. El no sufre la voluptuosidad rudimentaria del color ni de la forma... el humorismo es, siempre, una actitud trascendental ante la vida. Hasta podría decirse que todo gran pensamiento es humorístico”.

El país que presenció la aparición de Suenan Timbres empezaba a asomarse al siglo XX con el retraso que es hábito en el espíritu nacional. Por esos años, valga de ejemplo, llegaría el cine y los jovencitos bogotanos que leían los informes del clima de Londres para saber qué traje usar ese día en Bogotá, apedrearon la pantalla del teatro Olimpia, donde se pasaba una película de Chaplin. Vendría el desagravio de Vidales al gran mimo que, como él, se fijaba en los objetos cotidianos y en la soledad de los vagabundos, exaltándolos a un nivel estético, restituyéndoles su nobleza. Eduardo Santos le autorizó una edición del suplemento literario de El Tiempo dedicado al agraviado artista apaleado a distancia en un cine de aldea. No es por capricho que al hablar del poeta se mencione a menudo a Chaplin, “inmigrante en la ciudad”, cantor del paria, del bastón sin nobleza, del pan y de la infancia.

Aún en sus inicios de militancia Vidales no perdió la ruta de su humor. Como ocurrió cuando viajaba en tren por todo el país creando núcleos comunistas con un camarada casi analfabeta. Trasegaban de manera gratuita, gracias a las palabras con las que ese humilde obrero y él mismo habían convencido al puñado de maquinistas que se alternaban las locomotoras. Pero ocurrió que un día los bajaron del tren, a muchos kilómetros de su destino, ante la indignación del maquinista de turno. Le habían prometido, y ya habían transcurrido varios meses, que cuando triunfara la revolución le iban a regalar el tren. El impaciente maquinista creyó ver que la estación prometida de la revolución estaba más lejos que el movedizo horizonte. Entonces, a seguir a pie, por la carrilera, como en un filme de Chaplin. Lo que hace recordar una visión de Fernando Arbeláez a propósito de Vidales: “veo al poeta, con su andar, y su mirar, y su sentir, un poco chaplinesco, en medio de las máquinas, de los monstruosos artefactos que sudan aceite y petróleo”.

Todo esa aventura ferro-revolucionaria hacía el deleite de Vidales, así como los parentescos estéticos que creyeron encontrarle, más allá de las influencias por él reconocidas, esto es, el influjo de Rimbaud, de Villon o Rabelais, el primero catalogado como “místico en estado salvaje”, el segundo como tunante y el último como grosero bufón. Son equivocadas muchas apreciaciones sobre Vidales. Siempre quiso leer poemas de Max Jacob para encontrar cómo diablos podría haberlo influido alguien que no había leído. Entre otros equívocos está señalar a Vidales como surrealista. Nada tan lejano a su sentir como la “escritura automática”. Ni siquiera en su época parisina, luego de publicar Suenan Timbres, tuvo filiaciones con los surrealistas.

Vidales es un anticipador. Sus poemas en prosa, a los que llamaba Estampillas, de la misma época de Suenan Timbres, un género anfibio entre el relato breve y el poema, no tienen antecedentes en Colombia. De su humor dislocado, que por momentos evoca a Michaux, a quien tampoco debió conocer Vidales, no sólo por lo solitaria de la obra del poeta belga -sus poemas de El que fui datan de 1927, un año después de la ópera prima del colombiano-, podría decirse lo que anotó Rolland de Renéville sobre el mismo Michaux: “su humor es el humor que permite a los chinos soportar la intimidad de los dragones surgidos de sus propios pensamientos, que se instalan -sin saberlo ellos mismos- en un rincón de sus propias casas. De ahí quizá el hecho de que su universo parezca situado en un oriente interior, jamás nombrado”.

Pero ¿dónde la empatía entre algunos poemas de Vidales y de Michaux? Diría que en el tamizado de lo absurdo, en la creación de una lógica de lo irracional, en una burla amorosa al hombre razonador. Michaux escribe La jaula vacía, poema donde dice: “Se ve la jaula, se escucha el aleteo. Se percibe el ruido indiscutible del pico que se aguza contra los barrotes. Pero nada de pájaro. Fue en una de esas jaulas vacías donde escuché la gritería más intensa de cotorras de toda mi vida. Naturalmente, no se veía ninguna. ¡Pero qué algazara! Como si en esa jaula hubiese tres o cuatro docenas. ¿No estarán acaso muy apretujadas en esa jaula?, pregunté maquinalmente, añadiendo a mi pregunta, a medida que me la escuchaba formular, un matiz burlón. Sí, me respondió el Dueño con firmeza, esa es la razón por la que chillan tanto. Querrían más espacio”.

Y Luis Vidales escribe en Paisajes ambulantes: “Mr. Wilde ha dicho que los crepúsculos están pasados de moda. Es indudable que se podría disimular ese defecto si los paisajes variaran constantemente de sitio. Eso de ver un paisaje en un mismo lugar es necesariamente aburrido. Lo contrario sería encantador. Y espectacular. Un grupo de árboles emigrando bajo el cielo. O un árbol que pasara bajo la selva -solo- recto- sobre sus innumerables patitas blancas. Pero entonces la gente inventaría jaulas para cazar paisajes. Y un paisaje dentro de una jaula no debe sentirse contento”.

En los dos textos el absurdo tocado de una sencillez en la visión y en el lenguaje, crea una verdad estética: una jaula vacía donde se escucha la algazara de cotorras y el picotear en las rejas, unos paisajes migratorios que podrían dar nacimiento a cazadores furtivos que quisieran enjaularlos, ¿de hecho no son las ciudades paisajes enjaulados? Es, de nuevo, el humor que permite a los chinos pastorear dragones en los rincones de sus casas.

En esa observancia de las pequeñas cosas es donde la poesía de Vidales se tiñe de una lógica neurótica cargada de humor. Como en este aparato lógico con forma de poema: “Así para qué sirve la religión. Y la moral. Y la sociedad. Y las buenas costumbres. Esto es el vértigo. En la calle. En el salón. En el teatro. En todas partes. Sí. POR DENTRO DE SUS VESTIDOS LAS GENTES ESTÁN COMPLETAMENTE DESNUDAS. Así para qué sirve la religión”. O este otro aparato burlón: “Si te pegan en la mejilla izquierda,/ pon la derecha, me dijeron./ Pero si todos hacen eso mismo/ ¿quién al fin es el que pega?”.

Al señalar algunos momentos de humor que hay en Vidales me siento como ese arlequín que una vez, en un paraje de la “commedia dell´arte”, irrumpe en escena queriendo vender una casa. Se refiere a la construcción señalando sus bondades arquitectónicas. Pero como no tiene manera de que las gentes del teatro la puedan ver en su aspecto material, exhibe ante todos uno de sus ladrillos. Margot Berthold recuerda a ese bufón de la escena para hablar del teatro y señalar lo imposible de dar cuenta cabal de un edificio por una de sus piedras. Las lajas tomadas al edificio de la poesía de Vidales no dan cuenta contundente del edificio de su poesía pero pueden ayudar a esclarecer una figura que no encaja en el rompecabezas de la poesía colombiana. Vidales es la ficha solitaria, la pieza de un reloj que queda suelta, aunque supiera que “los relojes pierden el tiempo”.

Su poética está hecha para grandes espacios, sufre de claustrofobia. En esos grandes espacios caben sus temas más frecuentes: la libertad y el sueño, los fantasmas del yo y del otro, el hombre y la dignificación de las cosas y los hechos cotidianos. Pero es también con Vidales que aparece, ya que en Luis C. López y antes en José Asunción Silva los espacios urbanizados son conatos de ciudad, la preocupación en la poesía colombiana por lo urbano, por ese entorno mágico y miserable al mismo tiempo, a través de su visión de los autos traídos por una nueva burguesía industrial, o de los barrios y los nuevos asentamientos proletarios, algo nuevo que el poeta anuncia con timbres de alarma.

De Suenan Timbres decía Fernando Arbeláez: “Con su aparición, en 1926, empieza a conmoverse en sus estratos más profundos la tendencia anquilosante en la literatura colombiana. Un viento joven se apodera de las palabras, y las convoca para expresar las cosas nuestras con una desacostumbrada maestría”. A las palabras de Arbeláez se podría agregar lo que expresó Porfirio Barba Jacob, categórico: “Va a llegar una época en que la poesía sea de olores, de perfumes y sabores. Luis Vidales está por esa ruta, es el poeta del porvenir”. ¿Del porvenir? Claro. Habría de esperar 50 años para que una entidad oficial volviera a publicar Suenan Timbres. El país llegaría con retraso –si ha llegado- a la asimilación de sus nuevas formas poéticas. Esa especie de ceguera nacional la precisaría Jorge Eliécer Gaitán en su tesis sobre las ideas socialistas en Colombia, de 1924, por la misma época del libro de Vidales: “Parece que a este nuestro pueblo, al igual que al personaje de Poe, lo ha invadido la irremediable cobardía de no abrir los ojos, no tanto por esquivar la visión de horribles cosas como por el fundado temor de no ver nada”. Y es que el país siempre parece pedaleando en una bicicleta estática. Que lo digan los versos de Vidales: “la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.

Aún en algunos poemas panfletarios se filtran metáforas del tartufismo político, para señalar un pájaro que “empolla”, si se pudiera cambiar el término biológico, serpientes. Como si en Colombia la paloma de la paz fuera un cuervo travestido. La ironía de Marx tras un ropaje teórico hace nido en Vidales. Por eso lo citaba: “se nos ha acusado de querer abolir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen”.

Vidales, lo repito, se ríe. No le importa que el filósofo no ría ni llore, que sólo entienda. Ni que los cristianos de la antigua época satanizaran la risa, como Cipriano y Tertuliano, que a pesar de sus nombres de clowns fustigaron con saña los viejos espectáculos de mimos y las burlas teatrales. Si Bertolt Brecht dice que “el que ríe no ha recibido la terrible noticia”, jugando a los contrarios se podría decir que lo liberador es reír después de recibirla. Imaginar la primera risa de Adán tras su expulsión, cuando aún merodeaba en los suburbios del paraíso, es creer que el reír no nace solo de la alegría sino, también, del dolor que exorciza. Así parece entenderlo Vidales.

Su humorismo parece ocurrir contra la voluntad. Las situaciones de comicidad nacen particularmente de lo que se escapa, de lo no controlado, y a eso apunta en parte su obra. Es cubista, ama la distorsión de los espejos.

A propósito de su cubismo cito uno de sus “cuadros macabro-humoristas” titulado El ángulo facial: “Cuando me lo presentaron le dije con inquietud: -¿Pero qué hizo usted su ángulo facial? La boca, la nariz, los ojos, las orejas, fuera de su sitio, aparecían amontonados en su rostro. -Señor -me dijo el hombre de boca vertical- una vez un prestidigitador me escamoteó el ángulo. Desde entonces sé que, como los paraguas, los rostros tienen una armazón. Y que la armazón de los rostros es un ángulo facial”.

Se podría decir que se trata de un poema cubista, donde el creador es un escamoteador de ángulos que da nacimiento a un hombre con boca vertical, picassiana. No sé si esta imaginería de Vidales, de hondo sentido plástico, tenga que ver con su conocimiento de la pintura y la escultura. Pero resalta en sus cuadros “macabro-humoristas” un sentido de repulsa al naturalismo. No ve el paisaje de manera bucólica, como lo hace con tanta belleza Aurelio Arturo. No, él ve árboles como pájaros que ocultan una pata en su plumaje, o siente que “en la pupila del lado del paisaje” lleva “el monóculo de la luna”.

Entre el paisaje y la máquina, se pone del lado del hombre y dice que “Diógenes no pudo encontrar al hombre porque se encontraba detrás de su linterna”. Suenan Timbres, decía su autor, “es un grito contra el estiramiento social, rezago del feudo y, antes, de la corte de pacotilla del virreinato”, “contra esa hipócrita gravedad que no entiende la jerarquía sino transferida al estatismo de origen divino”. Y otra vez las vecindades de Michaux, que afirmaba que escribir es igual a recorrer, y de Vidales que señalaba: “escribir es descubrir”. En esa expedición por sí mismo para descubrir un mundo, el poeta reflexionó sobre el humor, “no desde luego el chiste ni el juego de palabras, que generalmente son ejercicio de gente ordinaria”, decía en su Confesión de un aprendiz del siglo, sino de la fuerza del humorismo “en todo lo que de paradojal se esconde en la historia humana”.

Quizá de allí venga la repulsa que hubo cuando apareció su primer libro, repulsa que aún suscita en no pocos medios. Del hecho de que el ámbito parroquial no soporte lo nuevo. El propio poeta recordaba que hubo en Bogotá unanimidad en cuanto a la ninguna calidad de sus versos. Al encontrarse en la carrera séptima con Augusto Ramírez Moreno y escuchar de sus labios que en el café Riviere dos bandos se enfrascaban en una batalla campal por su libro, el poeta, entusiasmado, le dijo a su amigo: ¿Una batalla? Entonces quiere decir que hay quienes defienden a Suenan Timbres? La aclaración que le hizo su interlocutor no pudo ser más desconsoladora: “No, hombre, no. Lo que pasa es que un grupo dice que tu libro es malo por un motivo y otros dicen que es malo por motivos diferentes”. Ante las arremetidas contra su desequilibrada poesía, un compañero de generación suya, Alberto Lleras Camargo, otro animador de Los Nuevos, expresaría que “Vidales está desequilibrado porque de intento, de propósito deliberado ha querido ver el mundo de modo distinto del que lo ves tú, del que lo veo yo, del que lo ve el Señor del Banco. Recordadlo, oh público nuestro, despreocupado y colérico con sus versos, Vidales se ríe de ti y de lo que dice porque es un humorista.”

Su humorismo es, quizá más que sus panfletos, lo que molesta a los puristas. Vale recordar a Aldo Pellegrini: “hay un signo inmediato que revela a la verdadera poesía: provoca la irritación y el encono de los mediocres.”

Si Vidales utiliza su humor como un niño sus juegos, cuando se desdobla en el poeta lírico revela su insatisfacción con la realidad: igual al pueblo carnavalesco y rabelesiano, se siente incompleto y hace burla de los burladores, como señala Bajtin de la cultura popular. Luego manifiesta su insatisfacción política y por último, aunque a veces entrelace varios estadios, asume la posición del lírico en un mundo sin lirismo. Pero es su visión del humor que subyace en la tragedia lo que lo hace subversor. Lo que nos regresa a Bergson y a saber que si no nos conmueve el sermón de un cura que a todos mueve a llanto, es porque no somos, señores, de la misma parroquia.

Juan Manuel Roca, especial para La Pluma, 20 de diciembre de 2015

Juan  Manuel Roca (Medellín, 1946). Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 17 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán. Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003).  Premio Nacional de Poesía 2004 del Ministerio de Cultura. Colaborador de La Pluma.net.


Textos y poemas de Juan Manuel Roca Publicados en La Pluma:

Lecciones de Godofredismo en 343 páginas

Alberto Rodriguez Tosca, un álbum en la memoria

El vuelo de La Pluma

Poema sin fecha de vencimiento

Triptico de la infamia, una coreografía de sombras

La calle del error

Pequeñas cosas que trae la Paz

De la carta enviada por Funes el memorioso a Don Lorenzo de Miranda. Por Juan Manuel Roca

Charlot encuentra al Fürher en el espejo mientras filma El Gran Dictador

Fe de erratas

Esquirlas trágicas de la literatura alemana

Memoria en mapas fragmentados

Al pobre diablo

En algún lugar

Crónica de México, entre carnaval y cuaresma

Con el perdón de Kafka

Kawabata y García Márquez: dos novelas habitadas por muchachas

Álvaro Mutis, Las tierras bajas (Bogotá, 1923-México 2013

 


Palabras clave:Luis Vidales  Suenan timbres  poética  Colombia  poeta burlón  humorismo  tartufismo político  Manifiestos del surrealismo  empatía  Michaux  La jaula vacía  Paisajes ambulantes  Edición especial « Balance 2015 »  La Pluma  Juan Manuel Roca  

Actualizado ( Miércoles, 13 de Enero de 2016 21:56 )  

Dosieres de actualidad destacados

 

Editorial La Pluma n° 1: A tod@s

Tenemos enemigos. Algunos de ellos intentaron hacer desaparecer nuestro sitio el 27 de marzo. Ese ataque maligno fue rechazado por nuestros proveedores de servidor. Sin duda estos enemigos trataran de...

 

Colombia: Solicitud de suspensión de las aspersiones con glifosato

Petición para solicitar la inaplicación de la Resolución 001 de enero 2017, expedida por el Consejo Nacional de Estupefacientes  En el año 2015, la suspensión de las aspersiones con glifosa...

 

Alerta: En Colombia, una nueva pacificación disfrazada de paz

« En el silencio no hay movimiento, el grito es por la libertad! Graffiti barrio San Antonio, Cali, Colombia » La Pluma.net hace un llamado a los ciudadanos del mundo, a los medios alternativ...

 

Venezuela: la palabra al Poder constituyente originario ¡El Pueblo!

« En el silencio no hay movimiento, el grito es por la libertad! Graffiti barrio San Antonio, Cali, Colombia » La Pluma.net apoya irrestrictamente la Revolución Bolivariana, hace un llamado ...

Otros artículos relacionados

Colombia : Manifiesto por la paz, hasta la última gota de nuestros sueños...   

 Colombia: Manifiesto por la paz, hasta la última gota de nuestros sueños

Existe en el corazón de América un refugio humano abrazado a tres cordilleras, arrullado por exuberantes valles, frondosas selvas, y bañado por dos océanos... Leer / firmar manifiesto

Contador de visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy19046
mod_vvisit_counterAyer48192
mod_vvisit_counterEsta semana220053
mod_vvisit_counterSemana precedente247482
mod_vvisit_counterEste mes634399
mod_vvisit_counterMes precedente1463694

We have: 495 guests, 17 bots online
Tu IP es: 54.196.42.8
 , 
Hoy es el 17 de Ago de 2018