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23 septiembre 2018 - 04:38
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Eduardo Galeano y sus palabras abiertas

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reinaldo-spitalettaBis1. Una mirada desde la utopía

Cuando lo escribió, a fines de 1970, no sabía mucho de economía ni de política, según lo afirmó años después, pero, aun así, su texto reveló verdades y puso a leer a las juventudes de América, entonces ávidas de libertad, crítica y cambios sociales.

Las venas abiertas de América Latina, que alcanzó la categoría de bestseller (y no siempre un libro muy vendido es sinónimo de calidad), escrita por un muchacho de treinta años, denunció el saqueo, las transnacionales, al Fondo Monetario, el imperialismo y las desventuras de los habitantes de estas tierras de promisión y vastas riquezas.

En 2009, durante la Quinta Cumbre de las Américas, el presidente de Venezuela Hugo Chávez le regaló un ejemplar del libro a su homólogo de Estados Unidos, Barack Obama. Tal vez ese gesto condujo a que muchos volvieran a hojear la ópera prima de Galeano y otros a leerla por primera vez. En los setentas, las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay prohibieron el inquietante texto del tipo que antes de ser escritor había sido obrero, dibujante, pintor, mensajero, cajero de banco y mecanógrafo.

Galeano, al que historiadores y otros intelectuales acusaron de falta de rigor, en la década del setenta se fue de su país, Uruguay, para Argentina, donde trabajó como director de la revista Crisis (fundada por Federico Vogelius, y en la que estuvieron, entre otros, Haroldo Conti, Juan Gelman, María Esther Gilio). Alguna vez, un miembro de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) llamó a la redacción a amenazar: “A ustedes los vamos a matar, hijos de puta”, dijeron al otro lado. Galeano respondió: “El horario de amenazas, señor, es de 6 a 8” y colgó.

Grupo revista CrisisBis

Galeano, muerto en Montevideo a los 74 años de edad, representa un tiempo de alzamientos en las palabras, en el carácter, en la búsqueda de identidad de un continente sometido a dictaduras, gobiernos títeres y despojos. Los setenta y ochenta, antes del Consenso de Washington y la aparición mortífera del neoliberalismo, tuvieron diversos discursos en la intelectualidad de izquierda, todos en contra de las injusticias sociales y por la independencia y la libertad.

“Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos”, se dice en el clásico libro de Galeano, un intento por explicar el subdesarrollo de América Latina con respecto al desarrollo de las metrópolis del capitalismo mundial.

El escritor, que caminó por toda América en busca de historias y consejas populares, recaló después en las filas del ecologismo, con ataques al consumismo y cuestionamientos a la depredación capitalista. Uno de sus textos, Úselo y tírelo, da cuenta de su posición frente a la barbarie contra el medio ambiente, aunque con algunos apartados reciclados de otros libros suyos, como el Libro de los abrazos y Memoria del fuego.

El libro de los abrazo_Memoria del fuegoBis

Galeano solía decir que su maestro Juan Carlos Onetti, advertía: “Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”. Y la norma la asumió el autor de Las palabras andantes, en una posición contra la inflación verbal o palabrera, según dijo. Galeano, periodista notable, tiene una obra que puede ser la que lo sobreviva por muchos años: El fútbol a sol y sombra. Y aun así, en ella, hay un texto sobresaliente, no escrito por él, sino por su amigo, el también fallecido periodista y escritor Osvaldo Soriano, y es el referido a José Sanfilippo, goleador del San Lorenzo de Almagro.

Una de las luchas que apoyó Galeano fue la del brasileño Chico Mendes, organizador de sindicatos, peones esclavizados e indios despojados, contra los devoradores de tierras y sus matones a sueldo. También contra el Banco Mundial. A Mendes lo asesinaron a tiros. Y sus sueños de reforma agraria se quedaron truncos.

Una vez escribí un ensayo sobre el Quijote, que terminé con unas palabras que encontré anotadas en una vieja libreta, que hubieran podido ser de Cide Hamete Benengeli, o de Cervantes, o de algún quijote moderno: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se aleja diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”. No sabía de quién eran las frases y después alguien me dijo que eran de Eduardo Galeano. Aunque, según lo supe más tarde, tampoco eran de él, sino de un director de cine argentino, Fernando Birri. No importa. Porque, viéndolo bien, tales palabras se pueden aplicar a Galeano: ese puede ser su gran valor: un escritor que, como las utopías, nos sirve para caminar.

Galeano

2. El paso infinito del caminante

Eduardo Galeano (1940-2015), que ascendió a las cimas de la popularidad con Las venas abiertas de América Latina, influyó en varias generaciones, sobre todo de estudiantes, que apenas comenzaban a ser conscientes de que podían convertirse en protagonistas de la historia y tener capacidad para cambiar el mundo. O al menos, para intentarlo. El libro en mención, escrito por un joven de 31 años, que tiene vacíos históricos y de interpretación, pero que, a su vez, promovió discusiones y críticas al capitalismo, devino, como por ejemplo La vorágine, de José Eustasio Rivera, en un texto de denuncia social sobre el saqueo permanente y asumió como hipótesis la demostración del despojo desde el río Bravo hasta la Patagonia.

Si bien para algunos críticos al libro le faltó rigor histórico, como, verbigracia, la confusión acerca de cuándo los Estados Unidos comenzaron en efecto a ser imperialistas, que no fue, como equivocadamente lo indica el escritor uruguayo, desde los días de la Doctrina Monroe, tampoco de los tiempos del presidente Lincoln (que no era imperialista ni colonialista) ni del Destino manifiesto, sino mucho después, con todo, el texto del autor de Nosotros decimos no, ofrece un panorama de las múltiples desventuras de América Latina.

Otro aspecto clave de Galeano fue el rescate de la cultura popular, envilecida y despreciada en muchos casos por las élites. Asuntos tales se notan en su libro más sonado en el que se cuelan leyendas y consejas indígenas, de peones y obreros, y que él desarrollará en otras creaciones, como Memoria del fuego, un largo periplo por tradiciones, lenguajes, creencias y otras expresiones populares. Para el escritor y periodista, la tragedia de los exiliados, de los que con palabras y hechos promovieron distintas resistencias y desobediencias en el continente, fue material para sus crónicas y ensayos.

Así, en Días y noches de amor y de guerra, denuncia, por ejemplo, que fue Guatemala el primer laboratorio latinoamericano para la aplicación de la guerra sucia en gran escala, en un plan de exterminio ideado y concretado por los norteamericanos. O pone al lector frente a momentos cruciales de amenazados por sus ideales políticos, como el caso del poeta argentino Juan Gelman, que, junto con Galeano, trabajó en la revista Crisis. O en la que dice una brevedad sobre el autor de Pedro Páramo: “Juan Rulfo dijo lo que tenía que decir en pocas páginas, puro hueso y carne sin grasa, y después guardó silencio”.

Galeano era un caminante (“el hombre es tierra que anda”, había dicho el inca), un ser que creyó en las utopías y por ellas creó libros y planteó reflexiones. En Las palabras andantes, con grabados del brasileño José F. Borges, vuelven de nuevo la memoria, los territorios imaginados y reales, los brujos y los muros pintados. Y parece flotar en todo el texto aquello del que cuenta historias puede sobrevivir en medio de terrores y desamparos.

Palabras abdantes_El  futbol de sol a sol

El montevideano, que tuvo entre sus maestros a su paisano Onetti, fue un cuestionador del neoliberalismo y en sus últimos tiempos se erigió en ecologista y en agudo crítico del mercado y del consumo. En Patas arriba o la Escuela del mundo al revés (con grabados de José Guadalupe Posada) hay ataques contra multinacionales y, en general, contra los poderes que han sumido al mundo en la destrucción y la miseria mental y física.

Tal vez su libro más entrañable haya sido El Fútbol a sol y sombra, en el cual, con dosis bien medidas, demuestra cómo este juego dejó de serlo para erigirse en negocio universal y perder, así, la alegría y la imaginación. Este escritor (también fue caricaturista) quiso ser futbolista, pero las palabras le ganaron el partido. Y con ellas dejó un legado de honestidad y de preguntas. Su nombre continuará unido a las luchas sociales de América Latina.

Reinaldo Spitaletta especial para La Pluma, 26 de diciembre de 2015

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