La pluma dice lo que el hombre calla...

22 septiembre 2018 - 15:06
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Salas de redacción: de la clínica de partos al cementerio de escritores

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 reinaldo-spitalettaBisReproducimos la Ponencia presentada por el autor el 9 de septiembre de 2007,

que adquiere especial relevancia en el contexto actual

Comenzaré con la evocación de una imagen, la de un gran cronista argentino, Roberto Arlt, en la sala de redacción del periódico El Mundo de Buenos Aires. Como sabemos, este periodista escribía unas notas, unas crónicas estupendas llamadas Aguafuertes que narraban la ciudad y sus habitantes.

Escribió más de dos mil que luego fueron recogidas en libros. En esa sala no solo planeaba sus notas urbanas sino que escribía sus novelas, robándole tiempo al periodismo. Arlt se convirtió en un periodista para la gente, que esperaba con ansiedad sus columnas y las devoraba. El periódico se agotaba los días en que aparecían las Aguafuertes porteñas.

Algunos críticos, muy estirados y buenos gramáticos, decían que Arlt escribía mal. Lo acusaban de ser casi un analfabeto, de descuidado en la redacción, que hasta cometía errores de ortografía. Al principio de su vida, por su condición económica, tuvo que desempeñar varios oficios, como aprendiz de pintor, ayudante de hojalatero, mecánico, vulcanizador, cargador en el puerto, en fin. Pero siempre quiso ser escritor por encima de todas las cosas. Y sus libros de ficción los escribió entre un trabajo y otro. Incluso en la sala de redacción de El Mundo. La imagen que quería evocar es la siguiente y la narra Roberto Arlt con sus propias palabras:

“El jefe de redacción del diario ha pasado un día a las 9 de la mañana por la redacción, otro a las 3 de la tarde y otro a las 9 de la noche, y me ha encontrado siempre rodeado de papeles, hecho un forajido, con barba de siete días, tijera descomunal sobre el escritorio y un frasco de goma agotándose. Entonces, se ha detenido frente a mí, diciéndome: ‘¿Se puede saber qué hacés? Escribís todo el día y no entregás una nota sino cada muerte de obispo. He tenido que contarle: ‘Querido jefe, confieso que aquí comienzo y termino mis novelas”.

Y esas novelas de Arlt revolucionaron la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX. El Juguete rabioso, Los lanzallamas, El amor brujo, Los siete locos son obras maestras de un cuasi analfabeto influenciado por Dostoievski y que halló en la calle la materia prima para sus ficciones y desde luego para su periodismo. Digamos que en ese caso la mesa de redacción contribuyó a la formación del novelista y éste no se dejó absorber por la actividad reporteril y la escritura de prensa, que para otro escritor argentino era puro material para el olvido.

Porque también sucede, en particular en Colombia, que las salas de redacción se convierten en cementerios de novelistas, o mejor dicho, de reporteros que aspiraron a ser autores de novelas y cuentos. A nuestro moderador de esta tarde, Juan José Hoyos, le escuché hace años una historia acerca de un señor que trabajaba en El Tiempo de Bogotá, confeccionaba además crucigramas, un señor que se vestía de negro y que tenía como nombre “artístico” Frailejón. Al final de sus días en el periódico, ya muy viejo y silencioso, se le notaba la melancolía en todo el cuerpo. Y su tristeza se debía a que siempre quiso escribir una novela y no pudo hacerlo por sus labores en el diario. Frailejón fue una víctima de las salas de redacción.

El escritor Manuel Mejía Vallejo, que también fue periodista y bohemio, decía que el periodismo era el servicio militar obligatorio de la literatura. Incluso llegaba a aconsejar a algunos de sus discípulos que eran reporteros que se retiraran pronto de ese oficio y se dedicaran de lleno a escribir novelas. Es preciso decir que antes los periódicos colombianos podían servir para que los pichones de escritores pagaran en ellos su servicio militar. Eran periódicos que contaban historias, que daban espacio a los géneros narrativos, que respetaban  al lector. Tenían cierto grado de rigor y seriedad, y, en general, se buscaba, además de la precisión, una escritura con dimensión estética. Por eso no es extraño que de esos diarios de entonces hubieran salido novelistas como García Márquez y Cepeda Samudio, por mencionar solo dos ejemplos.

Sin embargo, hoy, la mayoría de periódicos en Colombia están dedicados a la banalización de la realidad, a notas superficiales y de farándula fatua, a un periodismo liviano en el que ya no hay cabida para los grandes reportajes ni para las investigaciones y los análisis de fondo. Así que para muchos jóvenes reporteros que quieren cumplir con la premisa de Manuel Mejía no hay esas posibilidades. Por lo demás, es un periodismo acrítico, oficialista, de mandaderos o estafetas. Hoy el periodista, como pudo serlo en otros ámbitos y otros días, no tiene carácter intelectual. Es un tornillo o una tuerca más en la cadena de producción. Está atravesado y medido por los índices e instrumentos de productividad y no por la calidad de la escritura ni de las ideas. El periodismo ilustrado se murió hace rato en Colombia. Por eso cada vez está más vigente aquella definición que dice que “periodismo es llenar los huecos que dejan los avisos publicitarios”. Ah, y, por cierto, mal llenados. Es decir, con material absolutamente desechable.

Ahora, con mayor razón, la canción de Tite Curet Alonso, interpretada por Héctor Lavoe, es más actual. Si antes se decía para qué leer un periódico de ayer ahora dan menos ganas de leer el periódico de hoy, porque en realidad poco tiene para leer. A diferencia de periódicos de otros lugares, como decir de Buenos Aires o de México o de Madrid, los de por estos lados los consume uno en diez minutos y a veces son más interesantes los avisos comerciales que las noticias. De ese modo, si quisiéramos hablar de la relación periodismo-literatura en cuanto a los diarios colombianos, habría que señalar que se trata más bien de un total divorcio. Y no es porque en los diarios se tenga que hacer literatura, no qué tal, ni más faltaba, sino porque un asunto ético tiene que ver con una buena edición, con una propuesta informativa que incluya los géneros narrativos como el reportaje y la crónica, o una mezcla de ellos.

Creo que son necesarias otras precisiones. La formación del escritor trasciende las salas de redacción. Si bien el periodismo le puede dar a un escritor una visión de la realidad, una manera de observar el mundo, distinta a la de aquel que se mantiene en las torres de marfil de su casa, él sabe que en la literatura se depende de sí mismo. En el periodismo —y es una de sus características—  se depende del otro. Así que en el reportero no tiene por qué haber lugar para las vanidades y la arrogancia. Ni para el exhibicionismo. Se debe al otro, debe conocerlo, entenderlo, respetarlo. El buen periodista sabe, además, que sus bártulos y herramientas están en la sociología, en la antropología, el cine, la historia, el humanismo.

El escritor por supuesto también se forma en múltiples disciplinas, sobre todo en aquellas que le ayudan a comprender al ser humano, su condición, sus desamparos y crisis existenciales. Y mientras la escritura periodística es el resultado de lo que se ve y de lo que narra la gente, en la literatura hay más una elaboración personal, individual, de mayor dedicación. El gran reportero que era el polaco Ryszard Kapuscinski sostenía que para ir hasta el fondo de las cosas no le servía ser solamente corresponsal de una agencia de noticias. Para él era imposible en un despacho de ochocientas palabras introducir toda la tragedia del hombre contemporáneo. Por eso, llevó una suerte de doble vida. La otra era la del escritor, la del periodista que registraba paisajes exteriores e interiores y llevaba diarios para después convertirlos en libros. Siempre intentó —y a fe que lo logró— unir el lenguaje rápido de la información con la “lengua reflexiva del cronista medieval”.

Dicen que para el escritor el periodismo es un ejercicio de calentamiento (una calistenia) y por eso no puede quedarse calentando toda la vida. El periodismo, sobre todo aquel que se hace a diario y en las salas de redacción modernas, en las que casi todo se hace en ellas, poco se sale a la calle, puede castrar la creatividad y convertir al escritor en un hacedor de noticias sin mucho fondo. En los diarios de hoy en Colombia no hay lugar para los Luis Tejadas, que hacían notas para divertir a las muchachas inteligentes, ni tampoco espacio para los cronistas de postín como los hubo en otras calendas. Así que aquel periodismo narrativo, tan emparentado con la literatura, es hoy una curiosidad arqueológica. Asunto de dinosaurios.

Recuerdo que en los periódicos hasta hace unos diez o quince años se proponía no solo escribir bien, sino contar historias, no estar metidos en la sala de redacción ni haciendo notas a punta de teléfonos o de boletines de prensa. Se seguía de alguna manera la consigna de Joseph Pulitzer cuando mandaba a sus reporteros a buscar las noticias en la calle, a conocer los barrios y el centro de la ciudad. En esa situación de estar siempre afuera, de escuchar las conversaciones de café, de saber qué pasaba en un bus, de conocer el encanto de una tienda de esquina, en fin, se descubría en lo cotidiano lo extraordinario, lo diferente. Algunos maledicentes llegaban a acusarnos a los que de tal modo actuábamos de hacer periodismo “costumbrista” o “chocolatero”. Sin embargo, en aquellas notas vibraba el espíritu de una ciudad o de la gente que nunca aparecía en los periódicos y que de pronto se veía retratada en ellos.

Recuerdo que hace años escribí una serie de crónicas sobre El Bagre, un pueblo de alucinación y de pesadilla en el Bajo Cauca antioqueño. Se hablaba de la fiebre del oro, de las putas, en particular de una llamada La brasilera que era capaz de acostarse con todos los mineros en una noche, de los brujos de aquella población que podían desaparecer a cualquiera con solo pronunciar un conjuro (advierto que entonces no había por allí paramilitares), de casas de lenocinio fundadas por francesas, en fin. Y algunos lectores no daban crédito a lo narrado y creían que eran ficciones. Así lo manifestaban en cartas y llamadas telefónicas a la jefatura de redacción. Entonces, el jefe de redacción a partir de ahí a todo aquel que escribiera crónicas de esa naturaleza lo empezó a llamar “novelista”. Había en el calificativo un tono de burla pero también de mimetizado elogio. Recorriendo pueblos de Antioquia y barrios de Medellín pude confirmar las palabras de Hemingway: La realidad es más fantástica que cualquier ficción.

Me parece que en los periódicos de ahora, en los cuales sin duda hay muchachos interesados en la literatura y la historia, inclinados hacia una escritura elaborada y de mayor permanencia, digo que en esas publicaciones ya no hay espacios para los géneros narrativos. Se han convertido de acuerdo con los tiempos en sucedáneos de la hamburguesa y las comidas rápidas. Hay en el fondo un enorme irrespeto por los lectores, a los que además se les considera retrasados mentales. Ya el periódico, y estoy hablando del plano local, no es el gimnasio en el que un escritor puede prepararse para emprender fuera de las salas de redacción una propuesta literaria.

Estos medios aquí aludidos han sido permeados por el modelo económico que en los últimos años ha empobrecido más a los pobres. Están dedicados de lleno a la rentabilidad pero con un producto de pésima calidad. Le han dado paso a la denominada “cultura de consumo”, al mercado de lo intrascendente, pero que, según los gerentes y jefes de mercadeo, es lo que se vende, lo que da ganancias y aumenta la plusvalía. Y en ese sentido, las empresas de comunicación parecen tener como objetivo el empobrecimiento del lenguaje, su envilecimiento, y mantener en la oscuridad a los lectores.

Hace rato que en Colombia los periódicos exiliaron de sus páginas a la crónica y el reportaje. Los mandaron a dormir a los cuartos de san alejo. Se dirá que aquí todo tiempo pasado fue mejor. Por lo menos en el aspecto de los géneros narrativos en la prensa, sí. Podríamos remontarnos a finales del siglo XIX al  Papel Periódico Ilustrado de Alberto Urdaneta, pasando por casi toda la centuria del Veinte de los grandes cronistas en revistas y diarios y veremos que de múltiples maneras había una preocupación por la dimensión estética del periodismo y por contar bien las cosas y los acontecimientos.

Recordemos que además en las publicaciones de antes había espacios para la crítica literaria y musical, para el ensayo, para un periodismo más enriquecedor de los procesos de intercambio de ideas y debate. Ahora no, cuando precisamente hay más facilidades para el ejercicio periodístico por el avance de la tecnología. Hace unos meses, cuando se desarrolló en Medellín el certamen internacional de la lengua española, se realizó en la Universidad Pontificia Bolivariana un encuentro de editores de suplementos culturales. El tema en discusión tenía que ver con el ensayo. El del diario El Tiempo de Bogotá, sin sonrojarse, dijo que en ese periódico no se le daba cupo a tal género porque el ensayo estaba en crisis. En realidad, el que estaba en crisis era ese periódico y otros de estos entornos. Porque si observamos, por ejemplo, diarios como Página/12, Clarín, La Nación, los tres de Buenos Aires, todos dan cabida al género y no solo en sus muy bien editados suplementos sino en las páginas corrientes. Por supuesto, contratan escritores y otros especialistas para que los escriban.

Muchos escritores que en el mundo han sido han encontrado en el periodismo un refugio, una inspiración, un aprendizaje. Algunos lo han visto como una especie de estación; otros como una posibilidad para entrar en contacto con otros mundos. Todos para conocer un poco más al hombre. Creo que este tipo de encuentros como el de hoy sirven para abogar una vez más por un periodismo en el que prime la dignidad, el conocimiento del otro, la construcción de cultura. En las salas de redacción hay reporteros con un talento enorme para la literatura, para la novela, el ensayo y el cuento. Los viejos maestros recomendaban que hay que retirarse a tiempo de esas salas, porque puede pasar que en ellas en vez del nacimiento de un escritor se asista a su muerte. Lo cual también puede ser tema para alguna novela.

 Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez

Septiembre 9 de 2007

(Ponencia presentada en la Fiesta del Libro y la Cultura, Jardín Botánico de Medellín, Colombia)

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 9 de marzo de 2016

Artículos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma

Lea en La Pluma:

¿Qué hay de nuevo doc? Reformismo (también) en los lenguajes audiovisuales



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Actualizado ( Sábado, 12 de Marzo de 2016 18:18 )  

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