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Los pájaros extraviados de Prévert

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reinaldo-spitalettaBisCon un canto en voz baja de Las hojas muertas y azulejos fugaces

No sé qué fue primero: si leer un poema de Jacques Prévert en el que aletean pájaros irreales, o que mis ojos se desviaran de las hojas blancas (quizá hojas muertas) del libro titulado Paroles, y ver en el carbonero que esparce sus brazos generosos sobre la carrera San Martín unos azulejos que alborotaban ramas y picaban en las hojas allá y más allá.

El ventanal de amplias claridades dejaba mirar con nitidez a las saltarinas aves y en algún momento me estremeció la posibilidad de que esos pájaros se hubieran escapado de las palabras del poeta francés: “Lluvia de plumas, plumas de lluvia La que amabais ya no está más…”.

 

La mañana reciente se metía por la vidriera, con los brillos de un martes luminoso en el que trabajar no era una de las prioridades del día. No sé por qué me había dado por volver al poeta, cuando, en realidad, tenía sobre la mesita de lectura Las olas, de Virginia Woolf; Hija espiritual, de Alfonso Castro, y un reciente libro de ensayos de Memo Ánjel, titulado Sin parasitar. Les había dado hojeadas en el principio, y después, como impulsado por una ráfaga invisible de ganas de un poema (¡ah!, ya había desayunado jugo de naranja, granadillas, chocolate con galletas saladas y dulces, queso y mantequilla), busqué el librito de aquel autor que pasó por el surrealismo, padre (eso dicen) del cadáver exquisito, que escribió guiones para filmes de Marcel Carné, que algunos de sus poemas han sido cantados por la Piaf y Montand y la Juliette Gréco, y del cual sus Hojas muertas han sido versionadas en no sé cuántos idiomas y tiene infinidad de grabaciones…, que una colega periodista, que no volví a ver (yo la apodaba Robertica), tenía más de doscientas de ellas.

Me topé así no más, con Desayuno, que parece una descripción anodina, pero de honduras inconcebibles en un acto que, por otra parte, ha sido pintado por impresionistas y hasta por pintores de brocha gorda: “Echó café En la taza Echó leche En la taza de café Echó azúcar En el café con leche Con la cucharilla lo revolvió…”,  y el poema termina con una imagen de tristezas que, no sé por qué, me evocaron un tango: “fueye, no andés goteando tristezas, / fueye, que tu rezongo me apena”. Pero también me llegaron las ondas sonoras de otro poema de Prévert que hace tiempos un muchacho universitario, cuando éramos parte de las juventudes surrealistas-realistas del Alma Mater, El fusilado, recitó muy cerca de la fuente central: “Las flores los jardines las fuentes las sonrisas / Y la alegría de vivir / Un hombre está caído y bañado en su sangre / Los recuerdos las flores las fuentes los jardines / Los sueños infantiles…”.

Estaba desconcertado. Afuera, los azulados plumajes continuaban en movimiento. Adentro, recordaba así sin proponérmelo lo soñado horas antes, cuando torné a ver a un hombre muerto hace años, en Venezuela, accidentado en una carretera. Se llamaba Ismael, como el narrador de Moby Dick, y en el sueño lo único que conservaba de cuando lo conocí era la estatura baja, porque su cara no era la misma, tampoco su  flacura, pero, sin dudas, era él, que habitaba tras volver de tiempos de dificultades, en una caserón dividido en dos partes, muy bien amoblado: una para él y su negocio de imprenta, y otra para una de sus hijas…

No sé si fue el sueño el que, con los misterios de la inconsciencia, me hizo volver a Prévert y a sus Paroles, que parecen burlas muy bien concebidas, pero, a su vez, tristecerías combinadas con una ironía sutil, que, como en otro tango, uno puede gritar: “¡cuánto dolor, que hace reír!”. Y ahí estaban las palabras vivas de un poema titulado Para hacer el retrato de un pájaro (los azulejos seguían en el carbonero): “Pintar primero una jaula con la puerta abierta pintar después algo bonito, algo simple, algo bello, algo útil para el pájaro…”. Quise seguir las instrucciones poéticas, pero, aparte de que soy perverso para dibujar, nunca me han gustado los pájaros encerrados, y pensar solo en que esos azulejos que ahora disfrutaban aire y luz y hojas y cortezas estuvieran en una jaula, me hizo lagrimear. Así que se quedaría sin firmar mi obra maestra de unos azulejos encerrados en una pintura sin principio ni fin.

Después, o pudo ser antes, que las lecturas de poemas y los vuelos exteriores de pájaros azules pueden confundir, llegaron Las hojas muertas, y no sé por qué sentí una especie de desvanecimiento sentimental, como un lejano dolor, el recuerdo confuso de una historia de amor diluida en el pasado:

Es una canción que nos acerca
Tú me amabas y yo te amaba
Vivíamos juntos
Tú, que me amabas, y yo, que te amaba…
Pero la vida separa a aquellos que se aman
Silenciosamente sin hacer ruido
Y el mar borra sobre la arena
El paso de los amantes que se separan.

Después —no sé si hubo algún lagrimón— volví a los poemas de pájaros, como uno que habla de un gato que a medias ha devorado al “único pájaro del pueblo” que, a su vez, el “único gato del pueblo” ha convertido en un muerto que una niña lleva a enterrar mientras llora con aflicciones sin fin. Qué poeta doloroso y risueño, burlón y satírico, era el señor Prévert, que se murió a los 77 años, y no sé si a sus funerales fueron los pájaros de la desesperación, o los que se fugaron de las jaulas pintadas, o los azulejos que hasta hace poco estaban en el carbonero enorme de mi calle y que parece los devoró un gato invisible o los alejó la contaminación de exostos de motos y carros que asustan los pulmones y matan a los perdidos pájaros prevertianos.

 

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 23 de marzo de 2016

Artículos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma

 



Palabras clave:Jacques Préver  pájaros extraviados  azulejos  azulados plumajes  Las hojas muertas  Reinaldo Spitaletta  

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