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Los átomos de Ricaurte y un horrible himno nacional

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reinaldo-spitalettaBisUn recorrido por himnos, poemas patrióticos y espantosas bandas marciales

Cuando en el patio de recreo de la escuela Marco Fidel Suárez sonaba a través de unas cornetas grises el Himno a la Bandera, me parecía que la tierra temblaba, más porque las estrofas me sonaban como una carga de caballería, tal vez de la misma que en las clases de historia patria contaba la maestra para referirse a los lanceros del intrépido coronel Juan José Rondón, en el Pantano de Vargas.

El “salud adorada bandera que un día” tenía entusiasmo y en ocasiones nos hacía correr más de la cuenta en los juegos de la persecución, La lleva (la Chucha) o la famosa “Guerra libertada”. No había un asta ni una pértiga en la que ondeara bandera alguna, sino solo la música y la letra: “batiendo tus pliegues allá en Boyacá, sellaste por siempre la lucha bravía de un pueblo que ansiaba tener libertad”.

—¡Libre!

El grito era colectivo y fiestero cuando una especie de heraldo casi exhausto tocaba la mano del preso, al que tenían vigilado otros muchachos, y el tocado salía de nuevo a correr, mientras los demás de su equipo entonaban una palabra sublime, la coreaban, reían, sentían el viento en la bandera invisible.

El patio, en el que también había encuentros de gladiadores a la romana, espadachines cuyas armas eran el brazo y antebrazo agitados al aire como si tuvieran brillo y filo, sí, juegos de capa y espada, como los de las películas del matinal de domingo, el patio era una mezcla numerosa de muchachos al garete, algunos haciendo fila en un kiosco para comprar gaseosas y parva, y el himno sonaba no sé por qué, quizá había una fiesta patria, no sé, una intención de amar lo que se escuchaba, de completar la disciplina escolar.

En el recreo, claro, también se escuchaban por los altoparlantes de enormes dimensiones (a veces también se les decía bocinas, cornetas) La danza de las libélulas, El ferrocarril de los altos y La leyenda del beso, pero, nunca supe por qué, la pieza que más se molía era el Himno a la bandera, como si quisieran los maestros o no sé quiénes convertirnos en soldados de plomo, en héroes del Bárbula, que no faltaban recitaciones de “permite Dios Poderoso que yo plante esta bandera…”, o se trataba más de transmitirnos afectos por la enseña tricolor.

El Himno Nacional, por el contrario, se escuchaba solo en las fiestas patrias y no se estaba repitiendo en los altoparlantes. Ya la profesora de segundo de primaria nos había explicado acerca del escudo, sus símbolos y significados, y también sobre el himno, compuesto por un italiano, Oreste Sindici, y con letra del presidente cartagenero Rafael Núñez. Igual, había narrado los orígenes del Himno de Antioquia, con letra del poeta (ese sí un poeta) Epifanio Mejía y música del caucano Gonzalo Vidal. Hasta ahí todo funcionaba con cierta dosificación, sin exageraciones. Tal vez, y de eso me di cuenta años después, una de las hipérboles que nos envolvieron en una especie de telaraña fue la de que el Himno Nacional de Colombia era uno de los más bellos del mundo, mejor dicho, era el segundo más bonito, después de La Marsellesa.

El himno de Francia, compuesto por Rouget de Lisle, nos lo sabíamos de memoria en casa, mis hermanos y yo, porque mamá lo entonaba casi todas las mañanas y había sido en la práctica como una de las canciones de cuna que ella nos interpretaba, y tal vez por eso, el 14 de julio era toda una revelación con banderita franchute y el “Allons enfants de la Patrie, / Le jour de gloire est arrivé!”. En cambio, no nos gustaba, al parecer, estar cantando el de la letra de Rafael Núñez, que tenía fragmentos como para tenores, que había que subir mucho y no era raro soltar un gallito, o, mejor dicho, desgañitarse con aquello de “el que murió en la cruz”.

No sé si fue por tanto escuchar en la escuela el Himno a la Bandera y otras marchas muy patrióticas, que me empezaron a molestar las bandas marciales. Por fortuna, en la mía no había ninguna y por aquellos tiempos, según se decía, tener en el colegio una formación de tambores, clarines y redoblantes, además de los “bastoneros” era una señal de distinción. Nunca aspiré a estar en una “recocha” de esas, con miembros uniformados, tocados con yelmos de latón a la romana, con cimeras, que más que piezas agradables, lo que dejaban sonar era una bulla medio acompasada, pero pobrísima y monótona. Y a aquellos rechazos, se agregaron de contera los desafectos por himnos y patrioterías.

Además, en la escuela, en la que uno memorizaba poemas cívicos y algunos otros de carácter romántico, se aprendía una composición de amores a la patria, de Miguel Antonio Caro: “Patria, te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo…”. Qué pelmaza. Era más bien una suerte de castigo tener que salir al frente del salón de clase a recitar esa tremebunda declamación de “Lo que lengua mortal decir no pudo”.

En  segundo de primaria, o quizá desde primero, ya nos sabíamos casi todo el Delirio del Chimborazo, las últimas palabras del Libertador Simón Bolívar, las proclamas de Atanasio Girardot, con su bandera en alto: “Compañeros avanzad, nos espera el enemigo, venid a buscar conmigo la muerte o la libertad”. Y al paso de vencedores de José María Córdoba le mezclábamos aquella faena heroica que con el tiempo nos dimos cuenta de que había sido una invención de Bolívar: “Ricaurte en San Mateo en átomos volando ‘deber antes que vida’ con llamas escribió”, también parte de una estrofa del Himno del señor regenerador Núñez.

Sobre la leyenda de Ricaurte, el mismo Bolívar, en las confidencias hechas a su edecán Louis Perú de Lacroix, dice que en realidad el combatiente no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo. “Yo soy el autor del cuento y lo hice para entusiasmar a mis soldados, atemorizar a los enemigos y dar una idea más alta de los militares granadinos”, tal como se puede leer en El diario de Bucaramanga.

Bueno, en tercero de primaria, si no estoy mal, ya paseábamos por las palabras del peruano José Domingo Choquehuanca, autor de una arenga incendiaria que salía en casi todas las cartillas: “Quiso Dios de salvajes crear un imperio y creó a Manco Capac; pecó su raza y lanzó a Pizarro…”, que termina con un elogio perenne al Libertador: “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”. ¡Carajo! Si esa última frase la ponían en casi todos los retratos y estatuas de don Simón, aunque en Bello, mi pueblo natal, no había ninguna, porque era una aldea más dedicada en su monumentalidad a Santander y con habitantes laureanistas; cuna de un gramático excelso, que, como político y presidente conservador, fue todo un desaguisado.

En la escuela, para resumir, se aprendían las últimas palabras de los héroes, tal vez como un influjo religioso de las siete palabras del Cristo en agonía, y por eso en los patios de recreo y en los juegos infantiles no faltaba aquello, que hacíamos con un recitativo rítmico y gozoso: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”, que también, en voz baja, decíamos el Viernes Santo por la noche, en las visitas panteónicas al Santo Sepulcro, más risas que luto.

Pero lo que más me molestaba, aparte de los tambores marciales, era el Himno Nacional. No me importaba si era el más bello o el segundo más bonito del orbe. No me sonaba nada atractivo aquello de “la virgen sus cabellos arranca en agonía y de su amor vïuda los cuelga del ciprés” y esto rimaba con su “alba tez”, que siempre imaginé que la virgen era una morena muy simpática, quemada por soles de desierto, pero, según Núñez, era una mujer de blanca piel (“Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar…”, escribiría la imprescindible poetisa Alfonsina Storni, que de seguro no supo nunca de los desabridos versos del señor de El Cabrero).

Resultado de imagen para rafael nuñezY no sé desde cuándo ni a son de qué, una ley obliga a que el Himno Nacional de Colombia suene en las radios a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, que ni que fuera el Ángelus, caramba. Y, como si fuera poco, que se toque antes de empezar los partiditos de fútbol rentado, que vea pues que hasta a la extraordinaria bailarina barranquillera, la mona y caderona Shakira se le olvidó una parte y más bien dijo: “La libertad de sublibe”, que viéndolo bien poco de sublime tiene el himno.

Y así, con Termópilas brotando, con cíclopes y centauros y con la abnegación de Cartagena, que es mucha, llegamos a un día de julio de 2012, cuando un periódico británico, The Telegraph, publicó una encuesta en la que el Himno de Colombia resultó ser el “sexto más horrible” de las 207 naciones que participaban en los Juegos Olímpicos. En ese escalafón nos superaron las ferósticos himnos de Corea del Norte, Uruguay, Grecia, España (que no tiene letra) y Argelia.

Y de ese modo, sobre una inocencia (o inocentada) que se tejió con que el Himno de Colombia era uno de los más hermosos del planeta, y con la cual mi intuición de infante (pero no de marina) y adolescente me advertía que todo el que decía eso estaba equivocado, que no tenía oído y, sobre todo, carecía de gusto poético, el Himno de Núñez y Sindici no deja de ser un mal obligado, que de todas maneras la patria no es el escudo, ni la bandera, ni una selección de fútbol, porque sigo engolosinado con aquello de los latinos de que la patria es la casa, o con lo que dicen los poetas, como Rilke, que la patria es la infancia, o con la entrañable idea que ningún urbanista quiere decir: la patria es la calle en la que crecí y jugué a la guerra libertada y a la pelota envenenada.

De aquellos versos sonoros del Himno a la bandera,  los únicos que me gustaban eran aquellos de “la lucha bravía de un pueblo que ansiaba tener libertad”. Y por la libertad seguimos en la gesta. Y en la ingesta. Buen apetito y salud.

 

Bolívar y su Delirio en el Chimborazo

 

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 12 de abril de 2016 

 

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Palabras clave:himnos  poemas patrióticos y espantosas bandas marciales  Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Jueves, 14 de Abril de 2016 18:48 )  

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