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La industria automotriz es un arma de destrucción masiva

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aut_3406BisLa misa mayor parisiense del automóvil, que es bianual, se pintó de verde. En vano. El automóvil « sigue siendo la expresión más visible del modo de producción capitalista y productivista», explica  nuestro cronista. Visto que este medio de transporte construyó nuestro mundo, la transición ecológica pasa necesariamente por una «transformación radical de su uso social». 

El Mundial del Automóvil es el último refugio de la economía verde. Allí solo se habla de medio ambiente y de autos híbridos y eléctricos, que reducirían el consumo de gasolina y acabarían con el diésel. Como si someterse a la ecología permitiese liberarse definitivamente de cualquier tipo de crítica del “hombreauto”, para retomar el título de una obra de Bernard Charbonneau, publicada hace más de cincuenta años. Este pensador ecologista de la “gran mutación” ya criticaba la subordinación del hombre al automóvil, la integración física y psicológica del hombre moderno, encadenado a su automóvil.

El Salón del auto, creado hace 118 años, fue siempre la misa mayor  bianual de esta nueva religión, mientras que las misas semanales son los Grandes Premios de Fórmula 1, siendo por sí mismos el símbolo del despilfarro e ilustración por adelantado de todos los Grandes Proyectos inútiles e impuestos. El automóvil sigue siendo la expresión más visible del modo  de producción capitalista y productivista. Ya que hay que  llamar las cosas por su nombre: desde la producción del primer automóvil hasta el último modelo de 2016, la industria automotriz fue el vector de una revolución industrial  que se ha convertido en arma de destrucción masiva del planeta por excelencia y en matriz del taylorismo, organización científica del trabajo aplicada por Henry Ford, que organizó metódicamente la explotación de millones de obreros en todo el mundo. El trabajo en cadena disciplinó a la clase obrera al imponerle una sumisión diaria, mostrada tanto por la película “Tiempos modernos” de Charlie Chaplin, como por los ensayos de Simone Weil sobre la condición obrera.

En torno al auto se construyó un modo de vida

El automóvil solo podía funcionar con petróleo. Por lo tanto, contribuyó a dibujar las líneas de fuerza geopolíticas cuyas consecuencias todavía sufrimos. Hace cien años, el acuerdo Sykes-Picot creó Irak y Siria con el fin de delimitar las zonas petrolíferas anglo-francesas, mientras que USA hacía un pacto con la familia de los Saud por el oro negro, que hasta hoy está vigente, pese al 11 de septiembre, Siria, el salafismo y las revoluciones árabes.

La industria automotriz también tuvo un papel fundamental en la organización de la ciudad. La última expresión de esto es el absurdo debate sobre la liberación de las orillas del Sena. Con el auto, los bulevares periféricos  amputaban radicalmente a los centros urbanos de sus periferias, expulsándolas a los márgenes de la civilización urbana. Mientras que las fábricas, esas fortificaciones obreras, estructuraban la vida de las ciudades, había un equilibrio, pese a todo. Cuando éstas fueron deslocalizadas, se extendió el desierto francés y algunas zonas rurales fueron abandonadas a las periferias, construyendo barreras invisibles en el vínculo social.

Pero también se construyó todo un modo de vida en torno al auto: los fines de semana en familia sobre rutas embotelladas, hasta llegar a la casa de campo propia o de los padres; las vacaciones pagadas cuando íbamos al mar o a la montaña y nos amontonábamos en la playa o en la pista de esquí. Esta ilusoria civilización del tiempo libre le permitía al asalariado olvidar su servidumbre cotidiana.

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 "El carro mata,  apesta, envenena y emboba": eslogan de los años 1970

El pico petrolero, la asfixia de las ciudades por la contaminación y el calentamiento climático

Con la televisión y el Prozac, los “Treinta Gloriosos”, construidos sobre el triunfo del automóvil, crearon la ilusión de un paraíso aceptable, o al menos habitable, para los millones de obreros que accedían así a una aparente igualdad con las clases medias y altas. En los embotellamientos, todo el mundo parecía igual; las clases sociales se desplomaban,  la conciencia de clase desaparecía.

Es todo este mundo del siglo XX que se desvanece hoy ante nuestros ojos. En este Mundial, la instrumentalización del medio ambiente en una dosis elevada, donde PSA anuncia su asociación con France Nature Environnement (Francia naturaleza medio ambiente, FNE), donde se celebra como avance el sistema del coche compartido, que no es más que un taparrabos para ocultar el derrumbe de la civilización automotriz, que comenzó a decaer en Detroit con la crisis de las hipotecas subprime en 2008. Desde esta fecha, más de 75.000 empleos fueron suprimidos en Francia, pese al incremento que hubo en las ventas.

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 Louis Renault, victorioso en el París-Rambouillet 1899 con su primer cochecito, Renault Type A

Este proceso se acelerará con el pico petrolero, la asfixia de las ciudades por la contaminación y el recalentamiento climático, que pondrán a los industriales ante un dilema: elegir entre invertir en otros medios de transporte, más colectivos, menos contaminantes, más preocupados de la movilidad de proximidad, u operar  una huida  hacia adelante, apoyándose en el enverdecimiento   o blanqueo ecológico  y mintiendo sobre sus rendimientos. En los países de la Unión Europea, treinta millones de automóviles diésel están fuera de las normas, de los cuales 5,5 millones están en Francia, pero continúan circulando y provocan la muerte prematura de cientos de miles de personas. Tal es la realidad que le debemos a estos asesinos de cuello blanco.

Crímenes ecológicos cometidos en nombre de la libertad automotriz

Detrás del Mundial del automóvil, se plantea la pregunta de la transición ecológica. ¿Cómo hacer, de hecho, para que las clases populares, especialmente aquellas relegadas a las afueras del centro urbano, puedan reapropiarse de su movilidad sin involucrar necesariamente al objeto automóvil? ¿Cómo salir, en dos o tres generaciones, de esta adicción al auto de la que todos somos responsables cuando pensamos, en mayor o menor medida, que el auto es un instrumento de libertad?

Esta transición plantea el problema de la relocalización y la reconversión de la industria del transporte, respaldada por una planificación ecológica que partiría de los territorios y que ya no dependería exclusivamente de las decisiones financieras de los grandes grupos multinacionales, cuyos efectos se pueden constatar, especialmente en Alsthom. Aquí, el Estado demuestra tanto su impotencia y la ausencia de proyecto, como su hipocresía: ¿cómo se puede aprobar la ley Macron sobre los autobuses, relanzar las inversiones en las autopistas y destruir  los intentos de reactivación del transporte ferroviario de mercancías, al mismo tiempo que se reclaman  los objetivos  ya obsoletos de la COP21? Esta  es la impostura que surge  durante un Mundial del automóvil, que se ha repintado en verde para la ocasión.

Durante el Mundial del automóvil de 2014

¿ Ha muerto la chatarra, viva el auto libre y verde del siglo XXI? ¿Quiénes serán los cornudos de esta narrativa de pacotilla, escrita por los patrones multimillonarios y tramposos de esta industria? ¿Quién hará, algún un día, el balance de los crímenes ecológicos cometidos en nombre de la libertad automotriz: muertos en accidentes de tránsito, muertos por contaminación del aire, muertos por accidentes de trabajo en sus fábricas? No estamos pidiendo el fin del automóvil, sino la  transformación radical de su uso social.

Entiendo perfectamente las reticencias de la gente del campo para prescindir de  una máquina que les permite desplazarse rápidamente, pero también verifico que, en un 95% de los casos, el auto de la inmensa mayoría de los parisinos está en el garaje. Y que lo mismo sucede en el resto de las grandes metrópolis. Es una tendencia de fondo: el auto es útil, a condición de saber cuándo usarlo  y dejar de considerarlo indispensable.

P.D.1: No le dediqué ninguna crónica a la primaria de los ecologistas, porque creo que, desgraciadamente, es anecdótica en una situación en la que no se alcanza a ver el sentido de presentar a un candidato que “lleve el mensaje de la ecología”. Hoy en día, hay que pasar a una velocidad superior, transformar por completo a la izquierda mediante la ecología. ¿Quién será el más indicado para esta tarea esencial? Pese al talento y a las cualidades innegables de los cuatro candidatos en pugna, el espacio del EELV no me parece que pueda cumplir con este objetivo.

P.D.2: El No al plebiscito colombiano es una tragedia. El proceso de paz, llevado adelante en conjunto desde hace seis años por el presidente Santos y las FARC-EP, era una superación de la guerra civil que asola a este  país desde 1964. Esperemos que, pese a este resultado, las partes involucradas sepan preservar lo esencial: los logros de una negociación que permitía a unos y a otros acabar con los demonios del pasado.

Noël Mamère

Original: L’industrie automobile est une arme de destruction massive

Traducido por Juan Manuel Rendón

Editado por María Piedad Ossaba

Fuente : Tlaxcala, 11 de octubre de 2016

 

Palabras clave:Industria automotriz | Dictadura del coche | Capitalismo verde | Destrucción medio ambiente | Pico petrolero | Esclavitud asalariada | Ilusión tiempo libre | Mundial automóvil 2016 | Cochecracia | Noël Mamère  

Actualizado ( Viernes, 28 de Octubre de 2016 18:34 )  

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