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Elecciones presidenciales en Colombia y la tecnología de la dominación

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En los dos últimos siglos, la historia de Colombia es rica en mostrarnos una conducta política repetitiva de dominación oligárquica-imperial sobre el pueblo trabajador, o mejor una “tecnología político ideológica de dominación”, entendiendo por tecnología un saber aplicado, por ejemplo, el inmenso conocimiento concentrado y aplicado que hay en una gota de vacuna contra la poliomielitis. Tecnología de dominación, consistente en “sectarizar y polarizar a la chusma” en dos bandos aparentemente irreconciliables, representados en dos trapos con simbolismo político ideológico y religioso, uno rojo y otro azul, para llevarlos al enfrentamiento armado.

Elecciones presidenciales en Colombia y la tecnología de la dominación

Santos, Vargas Lleras y Pinzón-Bueno 

Una vez pasada la devastación militar que los historiadores y violentólogos nacionales o extranjeros han dado en denominar “guerras civiles”, cualquiera que hubiera sido la fracción oligárquica triunfadora, ofrecía a la fracción vencida un “pacto nacional” de reconciliación y reparto del presupuesto oficial y de la burocracia estatal que, generalmente se convertía en Constitución de la República de Colombia; pacto que por excluir intencionalmente los reclamos “populares” y no tocar los asuntos esenciales o básicos de la sociedad (como el asunto del desarrollo capitalista en el campo y la tenencia de la tierra fuente de todos los conflictos colombianos) sino los supra estructurales, duraba en promedio una década y media, abriéndose a continuación un nuevo ciclo de confrontación y violencia política que conducía a un nuevo pacto en las alturas oligárquicas y a darle paso a una nueva confrontación y a un nuevo pacto. Un verdadero circulo virtuoso.  

El desentrañamiento de este mecanismo histórico de dominación oligárquico imperial para Colombia es (no me canso de repetirlo) el genial aporte del sociólogo Fernando Guillén Martínez con su libro “El Poder Político en Colombia”. ¿Aún no lo han leído?

El 24 de noviembre de 2016, después de un intrincado y largo proceso de diálogos, contra-diálogos, revisiones, refrendaciones, enmiendas, correcciones, ajustes, etc;, de cerca de cinco años de duración, finalmente se logró firmar un pacto político entre el Estado colombiano y la organización insurgente y guerrillera Farc-Ep, para poner fin a lo que se ha dado en llamar el conflicto armado interno de Colombia, que en esencia han sido 70 años de guerra contrainsurgente anticomunista, adelantada por el Estado colombiano apoyado por los EEUU,  en contra de la categoría sociológica marxista conocida como “el Pueblo Trabajador”.  

Ya no fue un pacto político en las alturas entre fracciones de la oligarquía trasnacional dominante, sino un pacto vertical entre una fracción de dicha oligarquía, la que en ese momento gobierna al Estado colombiano. Este pacto o Acuerdo de Paz, precisamente por sus características de tocar tanto problemas de la base económica como el asunto agrario territorial y de los cultivos llamado ilícitos, también tocó problemas supra estructurales como la justicia, la apertura política, el para militarismo y el cese del terror del Estado, ect; generando un rechazo en la fracción oligárquico imperialista que más intereses tiene en la “conservación” y especulación con la renta del suelo y en el mantenimiento de sus cerrados y excluyentes privilegios económicos, políticos, ideológicos y religiosos.

Es decir, el pacto político llamado Acuerdo de Paz del teatro Colón (por ser esta la última versión del mismo) impidió un pacto horizontal en las alturas entre las fracciones del bloque oligárquico imperial dominante y, por el contrario, escindió aún más las dos facciones enfrentadas, convirtiéndose en una cuña dentro de tal bloque de clases, que no parece estar próximo a resolverse.

Ante este avance de la lucha de clases y de ideas en la conciencia social de los colombianos, que ha apresurado la exposición de estrategias y tácticas electorales para elegir el próximo presidente de Colombia en 2018, se han puesto en evidencia las diversas concepciones que se debaten tanto dentro del bloque dominante como en el bloque de clases subalterno y explotado, y que me permito resumir así:     

Hay tres estrategias y taticas electorales dentro del bloque dominante: Una, siguiendo el ejemplo histórico del presidente “reformista” López Pumarejo (1934-1938 y 1942-1945) hay quienes pretenden (políticamente) recurrir al “pueblo” es decir, al conjunto proteiforme de clases subordinadas y explotadas para contar con su apoyo electoral y elegir el próximo presidente en el 2018, e impulsar, a trancas y mochas, la segunda fase o implementación del Acuerdo citado del teatro Colón de Bogotá.

Otra, que cuenta con el respaldo de la mayoría de empresarios e industriales colombianos, así como del apoyo del “actual” US Departamento de Estado; consiste en buscar una persona de fuerte liderazgo político-militar que unifique electoralmente a las dos fracciones oligárquicas enfrentadas en un gran pacto nacional, para que una vez lograda la presidencia en el 2018, enfrente las tareas de la implementación del Acuerdo de paz, pero, modificándolo, retocándolo o ajustándolo a los interese de la clase dominante en su conjunto, ya unida.

Y tres, una estrategia fanática y ultramontana de desconocer la legitimidad y legalidad nacional e internacional del Acuerdo de Paz alcanzado entre el Estado colombiano y las Farc-Ep, para que una vez llegados a la casa de Nariño, modificarlo totalmente hasta estructurar un nuevo acuerdo de paz.   

A su vez hay cuatro estrategias y tácticas electorales dentro del llamado bloque de clases subalternas o popular: Una consiste en hacer un acuerdo programático electoral con el sector de la oligarquía trasnacional dominante que está comprometida en la implementación, a trancas y mochas del Acuerdo de Paz mentado.

Otra, una estrategia de temporada, que más bien es una táctica electoral, para reemplazar o sustituir el Acuerdo de Paz del teatro Colón de Bogotá, por un “acuerdo nacional contra la corrupción”, en donde llegados a la casa de Nariño, se iniciaría un gobierno que acabe definitivamente con esta lacra inherente y constitutiva del capitalismo en general.

Tres, hay otro sector popular que centra su estrategia en desarrollar una política “Independiente” y hasta clasista, que se presente como alternativa de Poder y, ganadas las elecciones, saque al país de la grave crisis general y de todo tipo en la que se encuentra sumergido.

Y cuarto, una estrategia política y táctica electoral a todas luces extremista, y de un total aislamiento del bloque popular del conjunto de los demás sectores sociales, algo así como el Yo con Yo, representado en el “niní” del Moir: ni con los yanquis, ni con Santos, ni con Uribe, ni con los godos, ni con Clara, ni con los comunistas, ni con las Farc, ni…, y llegados a la presidencia de la república: veremos.

Ahora bien, este panorama político electoral impuesto con una rotundidad innegable, gira alrededor del Acuerdo de Paz, de su implementación, su sustitución, su modificación, su subestimación o su menosprecio, pero no con su ocultamiento, pues por más cortina de humo se lancen para esconderlo o invisivilizarlo, no se podrá desconocer, ni su legalidad ni su legitimidad, y si bien la contrainsurgencia , el anticomunismo así como  el sometimiento a las políticas de Washington son patrimonio compartidos íntegramente por las dos fracciones del Bloque de Poder dominante y sus  agrupamientos electorales; un desconocimiento, anulación del Acuerdo de Paz, o incluso un detenimiento o indefinición en su implementación, sin lugar a dudas abrirá un nuevo ciclo de violencia, ya no guerrillera, sino social,  difusa y caótica en donde nadie saldría indemne; algo así como lo sucedido en los frustrados proceso de paz centroamericanos que dieron origen a la pesadilla interminable de los “Maras”, y que ni siquiera el más obstinado y psicótico militarista y ultramontano de Colombia, imaginaría y desearía para su país.

Esto es lo que está en juego en Colombia, durante los próximos comicios presidencial del 2018.

Señores del bloque de poder dominante: no es conveniente jugar con las expectativas y las ilusiones tan elevadas que se han formado los colombianos con una Paz posible y alcanzable, mediante la implementación de los Acuerdos de Paz firmados. Definitivamente, no es conveniente.   

Alberto Pinzón Sánchez

Fuente:  Blog Alberto Pinzón Sánchez, 7 de febrero de 2017

Artículos de Alberto Pinzón Sánchez publicados por La Pluma


 

Palabras clave:Colombia  elecciones presidenciales 2017 / Historia /dominación oligárquica-imperial / tecnología político ideológica de dominación / guerras civiles / conflicto armado interno / guerra contra-insurgente anticomunista / USA / Táctica electoral / panorama político / violencia social / Alberto Pinzón Sánchez  

Actualizado ( Domingo, 12 de Febrero de 2017 16:52 )  

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